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Poetas de

Marcela Solís-Quiroga

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Revelación

Somnolienta, mi fatiga
se aterra en la velocidad
ficticia de un camino
que se recicla y quema
en el sudor de tus piernas,
largas siluetas,
reflejos opacos
que se electrizan,
dejan la sombra
de mis palabras.

Absorta frente a la luz de tu cintura
me dejo atrapar en el follaje
que extiende tu mirada,
en la imaginación de las piedras,
nobles testigos,
cómplices sobre la arena.

Las velas de mi vientre
se agitan cuando la penumbra
parece agobiarnos;
el humo de tu aroma
envuelve el calor
de mi cuerpo helado,
arroja mil cenizas de cristal
en un abraso,
cuando alertas mi cuerpo
y recoges mi voracidad
en tu cuello;
cuando sin mirarte
te admiro
hasta que, finalmente,
nos hundimos
en un mismo rito.

Poema de una isla imaginaria

Si existieran las sirenas
el mar no sería
ni dulce ni salado,
el aire cantaría rumbas,
bruma de rocío,
agua de lluvia
sobre las piedras.

Si existieran las sirenas
sus cabellos danzarían
en mis ojos,
acariciarían las ostras
que besan corales negros.

Si sus cabellos fueran
rizados o negros,
rubios o rojos,
les pediría su brillo
para iluminar la calva
de mi olvido.

Si su pecho fuera cálido
tendría perlas,
sólo perlas,
dulzuras de coco
en la espuma.

Si existieran las sirenas
su aroma secaría mis lamentos,
los años empolvados
de la lumbre en viento.

Si mis años fueran agua
la inmortalidad de su viaje
aseguraría que mis escamas
no sintieran el frío
de las olas congeladas.

Mas… ni el tiempo
ni mis sueños son agua,
tan sólo son el viento
de una marea,
sirena de tierra,
humedad entre ramas.

Oficios de un crepúsculo

I – Amalgama

a Juan Antonio.

Ayer, la oscuridad del cuarto
me abrazó distinta:
tu silueta dejó de ser sombra
para convertirse en la piel que me acaricia,
en el olor que escucha mis sueños
en vigilia.
Mi cuerpo, agua temblorosa, temió;
mi corazón, fuego entre la hierba,
deseó tu piel, tus ojos, tus anhelos.

Ayer, la oscuridad del cuarto
me abrasó distinta
porque tus deseos se unieron a los míos,
porque el agua tímida se evaporó
y mis brazos, granizo ardiente,
se precipitaron a la frescura de tus labios,
al rocío de tu mirada.

Hoy, el temblor se desvanece,
la oscuridad empapa nuestros cuerpos,
ilumina lo que antes fue
sombra y agua,
tierra y mar…

II – Declive

Inexperta y cansada,
la sombra de mi acaso advertía
lo impávido de nuestras palabras:
un vago aliento en la alfaguara perdida.

Tu silueta transparente, fugitiva,
siempre nueva, inagotable,
pretendía devorar
la asfixia de mi desierto,
el ahogo de tu selva.

Mis dedos se crispan,
la vida lacera, fulmina,
y mis velos escuchan
la ansiedad de tus manos,
la niebla de tu mirada lánguida…

III- Tornasol

Atrapado en el frío
de la fracturada máscara,
el aliento de tu boca
se deja envolver por la humedad
de mis palabras.

En la indiferencia,
no callo la desnudez
de tu fatiga lejana,
follaje helado que seca
el vapor de nuestros cuerpos.

Mis labios pintan
la profundidad de tus venas;
acarician tu pecho
embriagado en la tierra
de un viejo narciso.

Y, sin embargo,
una boca ciega
entorpece las palabras
en mis ojos:
oídos que perfilan
la serenidad del tiempo.

IV – Esfinge

Te quedaste sentada
–los ojos hinchados-
contemplando la agonía
en el evanescente humo
de un café tibio.

Sonreías con la amargura
de una esfinge herida
y te aferrabas al barro,
a las encanecidas astillas
de un reloj sin tiempo.

El encierro, el café,
el tabaco, tu perfume envejecido…
La soledad, el recuerdo,
la conciencia de la muerte…
Todo se reunía en tu misma imagen.

Sin detenerse,
un hielo congelaba
tu leve y severa existencia:
el irrevocable verdugo de tus días.

V – Figuraciones

La ebriedad nocturna
iguala tu perfume
de pétalos encarcelados
en sus propias espinas.

Siempre vigilante,
rocía tus hojas;
alimenta vainas que crecen
y se despiertan al escuchar
mis ecos desalentados.
Añoro el aroma de un grito,
una boca seca que adquiera
el cuerpo espinado
de una sonrisa blanca,
envuelta en una sábana de rosas.

Recuerdo que mis pétalos
ya no son el manto de tu rocío
ni el néctar de tus tallos encendidos;
que nos hemos transformado en lluvia,
y caemos, callamos, volvemos a caer.

El silencio, un sueño congelado,
la armonía de cuerdas
inexistentes en el violín,
y una risa lejana, atosigante,
irrumpen en el bello sarcasmo,
quimera que detiene la lluvia:
el despertar de la armadura frágil.

VI – Soluna

Luna roja, temblor marítimo
que graba profundidades
en la rugosidad de sus tierras,
eres volcán cósmico,
eruptas estrellas heladas,
planetas que hierven lágrimas.

Sol crepúsculo,
miras al intruso
que se acongoja
en tu cuerpo,
porque eres su miedo,
su protección y consuelo.

Soluna,
fundes mi locura
en tus cráteres de fuego,
alivias mis olas enfermas
en la blancura inerme
de un ojo cíclope:
Luna de encuentros,
Sol en vela.

Apariencias de una espesura

Primera apariencia

Día con día, tu cuerpo
pensaba ser mi forma,
y al ser tan mío,
los ojos,
en penumbra,
sólo percibían el reflejo.

La costumbre, la vida fundida
y algunas cualidades
me hicieron olvidar
que, quizá, el tiempo
es el único dueño
de mis miembros.

¿Cómo podría ser su amo?
Ni siquiera el rostro me pertenece.
Soy el contrario del intérprete
de piezas clásicas:
un instrumento,
un violonchelo a medias
que se agota y se renueva
con la música de otros:
breve movimiento al sonreír.

Segunda apariencia

Cuerpo rencoroso
gritos punzantes
disminuyen el olvido
de mis flaquezas,
me hacen recordar,
una y otra vez,
que no eres mi esclavo,
que tienes la candidez
de un títere rebelde,
la inocencia del verdugo
que nunca oyó
las súplicas del arrepentido.

Cuerpo bondadoso,
tus sueños
dibujan la torpeza
de tu aliento enflaquecido,
debilitan mis noches,
el brillo de tu insomnio.
Hasta que un día,
con rayos de polvo,
velarás el desencanto,
desearás ser espejo,
rumor de vidrio
que fortalece historias:
cuerpo de espejos,
pequeña periferia,
refugio entre las sombras.

Lustro de piedra
Nervios de agua
sacuden la tierra
y azotan los cauces:
viejas vellosidades,
venas…
parecen impurezas líquidas,
huracanes entubados
en la palidez de mi sombra,
en la tibieza de mis brazos.

La delgadez del viento
estalla en un grueso bramido
y no me doy cuenta
de tu zozobra,
ni aspiro la menta
de tu breve,
cálido movimiento.
Sólo siento que tu piel
se estira y se abrasa
al rumor de la arena.

Pareces roca sin polvo,
llano en espera del hecatombe.
Pero tu sudor depura el cielo,
su granizo purifica
la superficie de tus días
y la amenaza se desvanece:
tan sólo es el principio
de una cosecha
en la guerra.