Poetas

Poesía de Argentina

Poemas de María Negroni

María Negroni (Rosario (Argentina), 1951) es una escritora, poeta, ensayista, novelista, traductora argentina. Obtuvo su doctorado por la Universidad de Columbia, con un PhD en literatura latinoamericana. Entre 1999 y 2013 fue profesora en Sarah Lawrence College. Desde 2008, es profesora visitante en la New York University. Actualmente, dirige la Maestría en Escritura Creativa, en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (provincia de Buenos Aires) donde también es docente.

Improvisaciones en babel

al estilo de cendrars o del franco alsaciano arp
que posaban de
políglotas

enamorada de las palabras que acentúan
lo inentendible o verosímil

en aras de pequeñas
desorientaciones
imprescindibles

querida:

exponerse por ahí es verdad que luce el gesto / pero fluctuar entre
representar algo y ser eso / ha sido tarea de cíclopes / desde mary
carmichael para acá.
lo que sucede en el n° 3 de mercer street /
(hay un museo holográfico) / no entra en el atadito de sus cosas / y
el calor y la violencia de un corazón de poeta / negocian desde siempre
mal con el cuerpo.
me pregunto / si no tirarse por la ventana
cual anónima / que no pudiera caminar hasta londres bastaría / o si la
guerra con su destino es el leit motiv del canto.
te escucho hablar / como si escribieras tu
epitafio / como si lo hicieras adrede.

(a Virginia woolf)

Carta a Sèvres

You are forced to be a good loser,
everything has run past you and away
from you.

Artur Lundkvist

‘…Ahora que llueve, que irrumpen las voces de la noche, el vientre de
la noche, la inspiración azul. Que todo se derrumba al fondo de sí mismo,
los héroes huyen, el silencio brama, lo cerrado es abierto, la parte el
todo, lo ambiguo ambiguo. Que me pierdo en ciudades que aún no he
sido, azorada de lo que existe sin ninguna razón, sin reclamar un sen-
tido, y es vasto y múltiple y vacío como un poema que le habla a Dios.
Que estas líneas al filo de mi cuerpo consuman por fin lo inexistente y
su alegría, este elusivo interregno que soy, ese jardín ilegible donde la
dama deshonesta escribe en su rincón de sombras. Y todo sucede tan
lento, el temor y la tensión, ese futuro perdido como una pena, el deseo
que hace tanto es una enfermedad, todo ocurre como si lo hubiera traído
un visitante, una parte de mí más grande que yo, la que tiene un sueño
incumplido pero la idea se le escapa, como una promesa. Y está bien
así, todo debe aprender a perder, a volver al reino de lo desconocido
incluso el amor más durable, el que se ignora a sí mismo. Ahora que los
cantos no importan, o importan en la medida en que fracasan (pues la
belleza se revela —sólo— en aquello que se quiebra), que me he que-
dado sola, sola en la casa ciega, yo, la novia sensual de la penumbra,
y alguien susurra a mi oído el arte de limpiar el jardín…’

Fata Morgana

Venecia completamente hundida. Sólo se ven los duomos, estatuas sobre
los duomos, el cobre de algún campanil. En la tarde, el agua tiene el
color de los espejos falsos. Melancolía en gris, duelo a la deriva. Pasa
un zapato de charol negro, enorme, de taco altísimo. Féretros envueltos
en terciopelo rojo se mecen en el agua, como góndolas. Pienso; Estoy
a salvo. El cementerio es esta isla amurallada. No hay nadie más que yo,
e hileras de camisas con corbata (siempre en tono gris), manos que
salen de la tierra, si uno levanta una de esas manos, aparece una mujer
en vestido de otra época, al instante se desvanece, su expresión no es
infeliz.. (Siguen los ataúdes, siguen los espejos bajo la tarde en vilo.)
Una bufanda azul se agita sobre una cruz, una fecha improbable sobre
un muro. Entonces aparece el ángel con una pluma en la mano y dice:
—Ahora, cierra los ojos y vuelve a perder el sitio de tu extravío.

La ciudad nómade

Como si de tanto ser abril, abril se esfumara. Y yo, esa mujer cansada, sin
saber qué hacer con tanta huida, dónde esconder las armas del exilio y
la astucia. Al entrar, primero a un corredor y luego a un patio cuadrado
y generoso, alcanzo a ver al hombre que tal vez me enseñe a amar. Por
un beso, recogería ese umbral, ese cielo más hondo donde sueñan sus
labios, abrazaría mis lágrimas futuras, esta penosa vida que me avanza.
Pero no me detengo, el patio hierve: unos jóvenes corren, un auto frena
en seco, rugen ametralladoras, la noche clandestina, hay un algo de nup-
cias con fantasmas, de cita cantada. De pronto, dice una voz a mi lado:
—Córrete para atrás que ahí viene la ciudad.
Veo que la ciudad se acerca y pasa por delante como si fuera un río.
Una novia clara. Transcurre, de izquierda a derecha, lentamente, con su
perfil de almenas y de lumbre. Alborozada, me pregunto por dónde he
de cruzarla.

El espejo del alma

Como el alma que canta por sí misma
en su limpia casa de cristal

Hermann Broch

Tuve que viajar a Nevada para verte. Una gran planicie rodeaba la casa
donde me esperabas con una túnica blanca, más alta que de costumbre.
Presentí que la casa existía en la memoria, cosa que confirmaste atrave-
sando con tu brazo el hielo que suplantaba ahora a las paredes. Acos-
tumbrada a esconderme en las palabras, quise darte una carta. Esa carta
hablaba de las diferencias del río: lo que fue, lo que es, lo que será. Pero
vos eras el río y la imagen del río, visto desde la altura (quiero decir,
la furia misma). Me miraste, morada de ternura, bajo el color inconstante
de la niebla. Terminé por tratar de pinchar la carta a tu plumaje pero te
negaste, afable, como quien aprecia el esfuerzo de simular lo imposible.
El pico tembló ligeramente. Me dejaste a merced de la felicidad, contem-
plándote, ahora que eras un enorme pájaro blanco.

Islandia (fragmento)

I can sing of myself a true song, of my voyages telling
‘The Seafarer’

Life is an affair of people, not of places.
But for me, life is an affair of places
and that is the trouble

Wallace Stevens

Pensó que si no volvía a escuchar el chirrido de los
carros sobre las piedras de Fleet Street, no escribiría
jamás otro verso

Virginia Woolf

Otro esplendor hubiera sido la historia
de un naufragio. Su Robinson narrar
en femenino sin dar el brazo a torcer
ni simular que Wellfleet o New London
indiferentes fragmentos de natura
le son. Pero aquella que —inglesa
intensidad— los faros de Islandia
iluminan, natural tendencia a
reducir experiencia a nota trágica
no puede dominar. Prefiere anclar
en rumias. En una línea de vocales
claras que a su mentor temprano
pudieran devolverla, a decisión
de Usía, al happy end
de lo archi conocido.

La juventud es una zona de catástrofes. La habían vivido en otro lado.
Al evocarse, se recordaban vehementes, pero no efusivos. Instalados
en un punto de quiebre, un nudo de instintos contrapuestos. Puro
desorden. Afectos altaneros y conatos. Unas ganas de todo. Cierta
incapacidad del corazón, enseñoreándose. Se veían allí desfigurados.
Embebidos en una imagen forzada de sí mismos, como quien teme
verse desbordado por lo que desea ser. El embate inicial del odio a
los intrusos no ha ocurrido ni la pobreza de implorar la tolerancia
o darla. Ni el gusto por lo turbio. Ni el recurso triste de preparar la
alegría. Todo es aún desastre en ciernes, esperanza. Mal digerido de
golpe, lealtad y amor propio con el mundo y disposición a sufrir, sin
alivios. La habían vivido en otro lado. Cuando el futuro era excesivo,
el pasado inocente, tanto que parecía múltiple…

Cada vez que emprenden su delirio central, un temporal se cierne, el
viento ruge. Van y vienen despeinados, el corazón tirante, los arreos.
Se suben a los barcos. Bajan. Meten los remos dentro, el timón a
estribor, cadenas, cordajes. Gritan. Calculan los confines del Ártico,
las gaviotas varadas, posibles escollos, el perfil de las costas, el des-
plazamiento de las ballenas. A veces, hasta circunnavegan la isla.
Tienen miedo de mirar el mar —las astas furiosas, revueltas— por
miedo de verse la emoción. No quisieran alejarse demasiado, no más
allá del cabo. (La tragedia es indulgente de sí misma.) Se limitan a
adivinarse en el alba, en la bruma, en la locura, el extravío.
A mantener pura su obsesión. Cuando todo haya acabado, se enterrarán
con los barcos…

Errática, en su cansada búsqueda
de célebre, su moderada musa o
desesperación pequeña no la cunde.
La afilia solamente a la artimaña.
A las mañanas de un excesivo
siglo y la deslumbra. En versos,
romanceril juglara, de su fe
de ríos circundantes no da cuenta
sino apenas de la patria ingrata
en aventura dentro de sí.
Pavimentos y maltrechos cráteres
de alma que, en trechos de Islandia
a Islandia, puertos indeseados
y extravío han de medir. Habrá que
deducir cuantías de lo que no
se ve por exceso. De asfixias,
lo que le nutriera el habla.
De la distancia, el tiempo.

Como un tributo a Bragi el Viejo o a Eirik el Elocuente, un poco
separados del resto, en esa hora temprana de la noche en que el
milagro y la impostura aún no son más que riesgos, las escaldas
escriben. Se avienen, como quien dice, a sus aristas torpes, agudas y
por eso se consuelan (a veces) de no congeniar con otros. Escriben
con cierta majestad, lentitud. Como desentumecerse, como una forma
sofisticada del escepticismo. Aferrados al pavor, a ese lugar que odian
como a un engaño y que es el pliego en blanco. En las rapsodias que
urden hay bramidos y columnas de humo y lidias de caballos sobre
la arena blanca y fría y el sudor de la muerte y nubes enfrentadas en
estupor letárgico. Hay mujeres, cadenciosas, aclarándose los cabellos.
Hay, incluso, el elogio de sí mismos, de su poesía de batallas. Ah, pero
el botín de Odin (el invierno misterioso) está ausente…

Algunos poetas de Islandia:
1) Gunnlaug, el del Manto Escarlata, que combatió todo el día pero
el atardecer volvió a las naves y a los pergaminos (para que la man-
sedumbre no se le asentara en el pecho).
2) Ottar el Negro, él mismo tan ilusorio, consiguió que la tensión esté
en lo que escribe (no en él). Se le conoce un solo libro, difícil, obsesivo:
alto teatro. Algunos críticos lo achacaron a su juventud, su crueldad.

3) Björn el Ciego, rara avis, tan poco dado a las correrías bélicas,
se decía flechado por la belleza de las doncellas: fue misógino.
4) Egil Skallagrimsson, Huérfano de Hijo, marino intrépido, un poco
mago, bebedor. Enemigo acérrimo del rey de Noruega. Escribió cantos
impresionantes y un himno fúnebre ‘La pérdida irreparable de los
hijos’. Por fin, se abandonó a la tristeza, no conoció pasión más
tranquila.
5) Eyvind, Despojar de Escaldas, combinaba dos excesos, la ambición
y la modestia (esta última para aumentar su reputación). Se le cono-
cen rimas tan hábiles como insultantes. Sus biógrafos lo tildaron de
incierto y reservón. Un cretino.
6) Gudmund, el Querido, sometido a este mundo huidizo. Estaba tan
cansado de escribir, nada lo compensaba de sí mismo.
7) Snorri, el Jurista, hizo de la traición una alegría y una astucia y
celebró su flaqueza en un poema y ésta fue otra de sus violencias.
Sigue una larga lista de escribas, hombres de fe, que guardaron la
memoria de muchas victorias y tal vez de una derrota, irreparable.
Que copiaron en cantilenas épicas, alabanzas, encantaciones y poe-
mas genealógicos la abnegación de otros textos. Que, siendo sensibles
a la atracción de lo invisible, no tuvieron a mal ser visibles sólo un
momento…

Leyes del laurel e insomnio llegarán
en mudanza o virelai para alguien,
en proezas de alto rango, prefiriera
vivir que no en endechas ni en prolija
puesta de sol. Pero Hablar Dulce,
Dulce Mirada inútil portadora
de arcos y de flechas atravesando
un lais d′amour, no llegará. Ni impensadas
cruzas con la palabra rosa, salvo
en soneto cortés. Tan fermosa moça
habrá aprendido —tarde— la lección:
que cordura no fue aquélla de insistir
en islas de arte mayor.

Cuando todavía son jóvenes (cuando los atora el coraje y, también,
la indolencia), las escaldas confían en el azar: se entregan a sueños
donde los pájaros tienen la forma de letras y un canto amarillo y
elocuente. Pero esta etapa dura poco. Cada vez el extravío es más
fuerte, más débil la esperanza de que pueda redundar en un núcleo
de belleza, más turbia la relación entre una tragedia privada y el
pasado de otros. Entonces los hipnotiza una rabia, los envenena. Les
parece que mintieron, que fueron sólo virtuosos, que no han podido
bautizar su enfermedad, el tono peculiar de su silencio. Se han vuelto
maduros, vulnerables. Poco les queda. Envalentonarse en la carencia.
Descubrirse, gracias a la técnica, en sus propios disfraces. Aceptar
que el mundo que surge cuando escriben es póstumo, una fusión (un
incesto), una forma vieja del deseo o de la épica.

Algunas cizañas que, protegidos por el anonimato (o para confundir),
urden los bardos:
1) Una serpiente se dormirá en el hiato del mundo. Las proas abrazarán
las bocas del fiordo. Habrá un reguero de estandartes y una pared de
escudos vivientes. El hierro proveerá la carroña. Pregunta: ¿Quién
dijo que era un deber hacerse amar?
2) La que buye es la isla (¡desconfíen!); el enemigo está adentro.
3) Somos la perpetuación de un paisaje ralo. Algo se ensaya en nues-
tros gestos para una ausencia final. El corazón mide las distancias.
Las armas brillarán como un campo de hielo roto.
4) En un poema bélico, el aniquilamiento y la embriaguez son de
ustedes. La osamenta para el alma, nuestra.
5) No sufran, se los conocerá por los fracasos.
6) En las periferias del tiempo, como una primera sensación de patria,
ausentarse.

De su caterva, del ejercicio de su lima,
tanteos meritorios dirán, y tal elogio
a maravilla ha de cuadrarle a quien,
sin gran vergüenza, por regiones de sí
ha organizado un tour. Pórtico en su isla,
paredón y después: miniaturas de urgencias
noticias. En consonancia toda
con el áureo siglo que le tocó
vivir, brilla como sólo brilla una
ruina. Nadie sabe, hélas, quién hará
su defensión después de asa/ travesía,
qué divisoria hallará entre fingidas
islas y ciertas, qué duelo a contraluz.
¿Habrá que esperar quien le glose
el laberinto? ¿Quién sus folios numere
y a su favor alegue en hojas romaní?

Es una suerte que, de viejos, conserven el sentido de la inmunidad de
un artista pues casi todo en ellos es errático, hasta el hábito desafor-
tunado de la pena. Aún aprecian en otros la belleza realzada por el
sufrimiento y pueden detectar los cuerpos que delatan un conflicto
interno pero no se engañan con el espejismo. Saben que al juzgar
cualquier mirada, emoción o persona acuñan distancias entre ellos y
la realidad: la inteligencia puede ser, también, un estorbo. En el fondo,
guardan poco de su extremismo, apenas la intuición de que el sentido
común es una reducción de la vida. Todo lo demás lo han perdido:
hasta su narcisismo, su gusto por las crónicas de momentos vacíos, la
tentación de lo heroico. Ya no creen que recluirse en la escritura es
una forma de conspirar. Que el escalpelo del dolor sea útil, que exista
algo parecido a la fecundidad. Son apenas una cara que pasa, una
inercia lacerada por cierta gratitud, como un epígono que peregrina
hacia la tumba de su patria. La poesía no se recibe sin costos.

Este iris de su carnaval, drama
de formas, éste a diestra y siniestra
azul prisión, panegírico o apagón
final no fuera ni monstruosa elipsis
sino júbilo en la tripulación:
descenso en hélices hacia otra isla,
la misma. Que búsqueda insistida
de tan hierática ilusión de un decorado,
no ha de mostrarla confusa sino ilustrar
mejor su irregular numérico
arte de jardín. En despoblados,
en intervalos pulsa la travestí
sus poemas. En un libreto
de escena pastoril teje un tapiz
de tiempo, de fósiles de luz.