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Literatura cubana contemporánea

Poetas

Pedro A. Assef

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Poemas

No conoce mi padre más hijos que yo mismo

No conoce mi padre más hijos que yo mismo.
Tiene espejuelos negros, enormes de miopía,
no puede estar sin verme siquiera un solo día
porque siente el planeta destilarse a un abismo.

Aún me besa la cara con ademanes tiernos
y me revuelca un niño por dentro de la barba,
me toma el sentimiento, se lo lleva, lo escarba,
y me deja recados por todos los inviernos.

Con el pelo bien crespo y los abrazos lisos
tiene los pasos largos, inquietos y precisos
y busca en junio siempre nísperos y consejos.

Mi padre se cerciora de que me duerma mucho
y así partir creyendo que entonces ya no escucho
cuando recoge el mundo, para quedarse lejos.

 

Siempre escribo tu nombre bajo el agua

Con el tiempo se me han ido desprendiendo tus ojos
el nombre de la calle
la esquina en que la lluvia te hizo un pájaro herido
que yo fui levantando hasta mi boca
Nadie / antes que tú llegaras
abandonó la belleza por mí
dejó toda la luz y todo el cielo
y caminó humildemente tras mi sombra
nadie dejó mi pecho como un faro
como un imperio en la penumbra que trasciende
Nadie / antes que tú llegaras
me dijo amor mientras moría

II

El día o la noche que me toque partir
voy a ponerme tu camisa blanca
y así cuando me veas dormido para siempre
reirás y llorarás a cátaros sobre mis ojos
y tus lágrimas irán despegando poco a poco mis párpados
hasta encontrarse con el mar
igual que el primer día de la primera vez que te abrazaba
con esta lengua torpe
con esta mano oscura
sabré que no triunfó el amor sino el olvido
pero veré desde la muerte cómo crece tu aliento
cómo se va inclinando tu hermosura hacia mí

 

Los poemas del hambre

I

nos vamos / no estaremos mañana
ni en las hojas del árbol / ni en las palomas fieras
estas habitaciones tendrán otras palabras
es por eso / que donde está el amor
quiero poner la niebla / tus brazos descubiertos
quiero enterrar las rosas al fondo de tus ojos
que nada se confunda con tu lengua esperando
que el sexo sea la vida / que lo que fue el poema
humille lo que pienso
que tus uñas me raspen la memoria del alma
que no mires al cielo / que se muera la luna
que me rujas
que nada se parezca al amor

II

aquí no pasa nada
el agua sigue cayendo sobre la fuente / sola
esta angustia es mentira
se acabará la noche
y mañana volverá la belleza los cendales el humo
mi madre lo decía
“los poetas se inventan cosas innombrables”
no es verdad que me duela el rencor de los muertos
porque el mundo está en calma
y la vida es muy simple
uno duerme despierta come trabaja espera
reza a dios a los santos al fulgor infinito
uno no entiende nunca que el tiempo se lo traga
yo soy el gran problema / el que enreda los hilos
david siempre pregunta “para qué escribes tanto”
y yo terco me empeño en que todo se quede
en salvar del olvido lo que se va extinguiendo
al fondo de la sombra

III

Para Lichi

la muerte es un silencio pequeño en el amor

la gente solo queda tranquila
y se olvida por un tiempo del pan
sucede que se van al humo a la ceniza
al agua de los campos
empujan desde abajo a las rosas
y regresan un día

IV

este poema no existe
yo no lo he escrito nunca
no es cierto que tú crecías en mí
ni que en tu boca comenzaba la vida
yo no pude salvarte con ninguna palabra

 

Yo soy el tiburón, el que esta ciego

Yo soy el mismo réprobo que vaga
por los mares del mundo sin sosiego
yo soy el tiburón, el que esta ciego
por la sangre y la muerte de su saga.
Me han cazado los hombres, me han hundido
el regio arpón en la memoria oscura
pero sigo arrastrando la amargura
por las playas del tiempo y el olvido.
Nada me detendrá, los manuscritos,
los códices en piedra, los escritos
del viejo dios sustentan mi venganza.
Soy bestia de las aguas temblorosas,
no conozco el descaro de las rosas
ni el tenue resplandor de la esperanza.

 

El padre

Llegaste esa noche a besarme, bajo el oscuro cielo de Miami. Al fin te has vuelto un hombre, un hombre con arañas en la piel, un hombre frío. Salimos caminando por esa patria que nunca fue la tuya y hablamos de la Revolución. Amé las cosas parecidas a ti; pero no supe nunca explicarte mi duelo. La noche seguía negra y Miami era como La Habana, o Ciego de Ávila, unos barcos grandísimos miramos regresar. Me fui quedando atrás, y me llamaste como cuando era niño, y entrabas en mi amor como una espada. Volviste a besarme la cabeza, y todo fue luz y esperanza en la muerte.

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