Poemas:
El tacto
Los árboles guardan aún un sol tardío entre sus ramas,
velado como una mujer que evoca otro tiempo;
pasa el crepúsculo llorando. Mis dedos ascienden,
temblorosos, provocadores, por la línea de tus caderas.
Mis ingeniosos dedos se detienen cuando hallan
la carne de pétalo bajo el vestido que separan.
Qué curioso y complejo es el tacto, este arte sutil,
como el sueño de un perfume, el milagro del sonido.
Sigo lentamente el gracioso contorno de tus caderas,
las curvas de tus hombros, tu cuello, tus pechos serenos.
En tu blanca voluptuosidad descansa mi deseo,
desfallecido, negándose los besos de tus labios.
Ondina
Tu risa es ligera, tu caricia profunda;
tus fríos besos aman el daño que provocan;
tus ojos —azules olas de loto—
y los nenúfares son menos puros que tu rostro.
Huyes, fluida al alejarte;
tu cabello cae en suaves enredos;
tu voz, una marea traicionera;
tus brazos, flexibles juncos.
Largos juncos de río cuyo abrazo
enlaza, ahoga y estrangula ferozmente;
en lo hondo de las aguas, una agonía
apagada en la deriva de la noche.
Rosas ascendentes
Morena de ojos dorados, tu cuerpo de marfil, tu ámbar,
han dejado luminosos reflejos en la estancia
sobre el jardín.
El cielo claro de medianoche, bajo mis párpados cerrados,
aún resplandece… Estoy ebria de tantas rosas
más rojas que el vino.
Abandonando su jardín, las rosas me han seguido…
Bebo su breve aliento, respiro su vida.
Todas están aquí.
Es un milagro… Las estrellas han ascendido
apresuradamente tras las amplias ventanas
donde se derrama el oro fundido.
Y ahora, entre las rosas y las estrellas,
tú, aquí en mi habitación, desatando tu vestido,
mientras tu desnudez resplandece.
Tu mirada indecible descansa sobre mis ojos…
Sin estrellas y sin flores, sueño lo imposible
en la noche fría.
Prolonga la noche
¡Prolonga la noche, diosa que nos inflamas!
¡Aparta de nosotras la aurora de sandalias doradas!
Ya sobre el mar aparece el primer resplandor
del día que se aproxima.
Dormidas bajo tus velos, protégennos aún,
olvidadas de la crueldad que el día concede.
Que el vino de las tinieblas, el vino de las estrellas,
nos anegue de amor.
Porque nadie sabe qué aurora vendrá,
trayendo entre sus manos el triste porvenir
y sus dolores; temblamos ante la plena luz,
nuestro sueño teme todos los mañanas.
¡Oh!, manteniendo las manos sobre nuestros ojos cerrados,
recordemos en vano las dichas que se alejan.
Diosa que se deleita en la ruina de la rosa,
¡prolonga la noche!
Tu extraño cabello
Tu extraño cabello, luz fría,
posee pálidos reflejos y apagadas blonduras;
tu mirada tiene el azul del éter y de las olas;
tu vestido guarda el frescor de la brisa y los bosques.
Quemo con besos la blancura de tus dedos.
El aire nocturno esparce el polvo de muchos mundos.
Y ya no sé, en el corazón de estas profundas noches,
cómo mirarte con la pasión de ayer.
La luna te rozó con una claridad oblicua…
Fue terrible, como un relámpago profético
que revelara lo horrible bajo tu belleza.
Vi —como se ve marchitarse una flor—
sobre tu boca, semejante a auroras estivales,
la sonrisa ajada de una vieja prostituta.
Biografía:
Hay escritores que atraviesan su tiempo; otros parecen pertenecer a un reino aparte, suspendido entre la belleza y la melancolía. Renée Vivien fue una de esas figuras excepcionales. Nacida como Pauline Mary Tarn en Londres, el 11 de junio de 1877, eligió escribir en francés y construir una obra que aún hoy resplandece como una llama delicada en el ocaso del simbolismo europeo.
Hija de una familia acomodada, creció entre Inglaterra y Francia, dos mundos que moldearon su sensibilidad cosmopolita. La muerte de su padre y la herencia recibida al alcanzar la mayoría de edad le permitieron instalarse definitivamente en París, ciudad que se convertiría en el escenario de su vida literaria y sentimental. Allí encontró el ambiente bohemio y artístico que alimentó una imaginación fascinada por la belleza, los mitos clásicos y los amores imposibles.
Desde muy joven, Vivien mostró una personalidad singular. Su presencia elegante, a menudo andrógina, desafiaba las convenciones sociales de la época. En los círculos literarios parisinos destacó tanto por la musicalidad de sus versos como por la libertad con la que vivió sus afectos. Fue una de las voces más visibles de una generación de mujeres que se atrevieron a amar y escribir al margen de las normas establecidas.
Su relación con la escritora estadounidense Natalie Clifford Barney marcó profundamente su existencia. Aquel amor apasionado e intenso inspiró numerosos poemas y dejó una huella imborrable en su obra. Sin embargo, el desengaño sentimental fue una constante en su vida. También ocupó un lugar central el recuerdo de Violet Shillito, amiga de la infancia cuya pérdida se convirtió en una herida permanente y en una de las fuentes más profundas de su imaginario poético.
La poesía de Renée Vivien es, en gran medida, un espejo de su propia experiencia. Sus versos exploran el deseo, la ausencia, la memoria y la muerte con una delicadeza extraordinaria. Fiel a los últimos ecos del simbolismo, cultivó sonetos, versos de impecable musicalidad y una prosa poética cargada de imágenes evocadoras. En sus libros, la tristeza se transforma en arte y la intimidad adquiere una dimensión universal.
Fue también una viajera incansable. Recorrió Egipto, Oriente Próximo, China, Japón y los Estados Unidos en una época en la que pocas mujeres gozaban de semejante independencia. Aquellos viajes ampliaron su horizonte cultural y reforzaron su fascinación por las civilizaciones antiguas y los paisajes exóticos, elementos que aparecen con frecuencia en sus escritos.
Pero bajo el brillo de los salones parisinos y el reconocimiento literario se escondía una existencia marcada por la fragilidad. Las decepciones amorosas, las pérdidas personales y una sensibilidad extrema fueron debilitando su salud física y emocional. El alcohol, las drogas y una profunda depresión terminaron por acelerar un deterioro que se agravó durante sus últimos años.
Renée Vivien falleció en París el 18 de noviembre de 1909, cuando apenas tenía treinta y dos años. Su muerte puso fin a una vida breve, intensa y profundamente romántica, pero no logró apagar la voz que había dejado en sus poemas. Fue enterrada en el Cementerio de Passy, cerca de los lugares donde había vivido y escrito gran parte de su obra.
Conocida como la “Musa de las Violetas”, un sobrenombre inspirado tanto por su amor a estas flores como por el recuerdo de Violet Shillito, Vivien dejó una producción literaria tan delicada como poderosa. Libros como Cendres et Poussières, La Vénus des aveugles, À l’heure des mains jointes o Sillages continúan revelando a los lectores una voz única, capaz de convertir el dolor en belleza y la nostalgia en música.
Más de un siglo después de su muerte, Renée Vivien sigue siendo una figura esencial de la poesía francófona. Su obra representa el canto de cisne del simbolismo y, al mismo tiempo, una afirmación luminosa de la libertad artística y sentimental. Leerla es adentrarse en un jardín de violetas donde cada verso conserva el perfume de una vida tan intensa como fugaz.
