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Literatura cubana contemporánea

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Rigoberto Rodríguez Entenza

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Poemas

Juego de la puerta

Me extiendo por lo inmenso
como las raíces de un árbol sagrado,
como la música, como el mar.
Octavio Paz

Entro en la primera voz del árbol.
Con mi humilde traje rodeo la mesa
y mastico la música que escuchan todos.
El canto va al centro del óvalo
y su oro hacia la lúcida tarde cruza.
Un hijo anuda el silencio a su violín
a las formas perfectas y variables de la rosa
a los ciegos y apurados pedacitos de olvido
a las preguntas que reinan en el pudor de nuestras calles.
Mi lomo es un animal invisible.
El filo rígido de la soledad va hacia el fondo de mi ala.
Mi ojo en su mitad podrido es vuestro sueño.
La luz nos cerca.
Señor, dígale que soy como los otros
bajo el caos de un clavel herido.
Señor, hazle mirarse en la otra orilla.
Se balancea la costumbre.
Precarias sombras en equilibrio.
Ellos y yo estamos en el clamor.
El mar repliega las voces
hacia iguales palabras cómplices.
Somos el coro del verdugo.
Con su lengua de hierro
el hijo del rey nos ha marcado la cara.
El rostro y la herida somos.
El viaje envuelve ese peligro
y en la claridad se diluye.
Juego de la puerta blanca como la estrella.
Bajo un árbol habrá siempre esa verdad como principio.
Se incrusta el pie del animal en la tierra resbaladiza.
La realidad no es trigo ni paz sino un hombre allí.
Jadeo y no logro el otro paso.
Al apagarse la tarde
cada gota de sal entra en el crecido abismo
y yo con el rumor de mis anhelos y raíces
bendigo la mano que abre la puerta clara
y el aire que se sienta en el ojo del silencio.

 

Juego

esos muchos instantes y esos muchos días pueden ser traducidos a uno:
el momento en que un hombre averigua quién es,
cuando se ve cara a cara consigo mismo.
Jorge Luis Borges

I
En los residuos del verano y el silencio
se salva siempre un pedazo mío.
He convivido con los golpes, sus llagas
con el tiempo, su penumbra.
En mi cuerpo habitan pequeñas pocilgas
noches podridas en la contemplación del sueño.
Toda vez que tramo las delicias
dono a los muros las palabras.
La respiración ha sido siempre un juego
un giro de páginas, menudencias de la historia.
Y de cada frase dicha recuerdo quien la busca.
Un círculo y el espejo discuten su puerta.
Los otros salen y no pronuncian las adoraciones.
Están en el coro de la casa y no encuentran su quién.

II
Nos recostamos a un pedazo de madera
y esperamos todo el trecho de un hombre a otro.
Las monedas que pagamos cercaron nuestras caras.
Íbamos entre cortezas y cadáveres.
¿A quién?
decíamos
¿Qué buscar en el que nos espera?
Meto las manos en su establo
y saco la pena, su canto
la sangre donde estabas.
Es mi mano figurada en cera.
Eres tú que también miras el silencio.
Hemos hundido el pie.
Yo me tapo los ojos con el vestigio que dejas.

 

A doña Carmen

Ante la vitrina, sentado
como una abuela muerta
me pongo a mirar el borde de la taza
a sorber el café, humo redondo
en los ojos que se va a tragar la tierra.
Abro la ventana y entra el golpe
del jardín, la voz del arroyo
el espejo de la piedra, la canción
que viene desde la casa de los pájaros.
Con una escoba de yarey
entre saltos de olvido
fumo y deambulo por las habitaciones
cercado por paredes de madera
por ases diagonales, sesgos amarillos
alucinaciones encarnadas en los retratos
en las miradas fijas, en las ruinas.
Una y otra vez
miro por las ventanas para escuchar
por fin el crujido de la memoria
la densidad de las palabras
que me acosan con el peso real
la anulación de aquel destino
polvo, tablas que veo caer desde el humo
como una casa derribada
por la animosidad del tiempo.

 

Cruce

Sobre la hierba, soy
un hombre sobre la hierba.
Sobre mi cuerpo pesan siete horas
siete siglos de arena, siete palabras
que pronto empezarán a lavarse
en el primer trozo de la jornada, el cruce.
Bien lo sé, el cuerpo
se resiste a la claridad real
prefiere esos paseos al interior del barro.
En el escape, siempre pienso en el escape.
Vivo en el umbral de su puerta
y no juego
no vayan a creer en el hombre
ni en ese color triste
ni en esa aspereza que improvisa
mientras dibuja un cuerpo sobre la hierba.
Bastante tuvimos
con imaginarnos la igualdad.
Se está posando la palabra sobre el asfalto
se está abriendo el meollo de mis creencias
y si se muestra todo, si todo llega
a abrirse sobre la mesa
como el pan de las siete de la mañana
se va a poner esto malo.
De los sillones al café
entro y salgo
y la hierba me agita los infiernos
y la boca puede abalanzarse, cuidado.
Del balcón a los ojos
de mi última puerta, desde
cualquier sitio al balcón
desde donde pueda ver
los últimos incidentes
de los gorriones en el alero.
Pican en mi memoria
y se llevan granitos de luz
resquicios de otros tiempos
partidas y regresos
en los que no pueden intervenir
las noticias, los eslóganes
los señores, el billete ni la tos
que ayer tronaba en el pecho de esa mujer.
Soy el animal que antes no era
la bestia dialéctica
el mequetrefe, el que no puede
ponerse de pie
ni saltar de la hierba al futuro
como saltan los otros, sin más ni más.
Soy la piedra sobre la hierba
atrapado en el río inmóvil.
La cáscara del cuerpo resiste.
Las palabras reiteradas
sus vértigos, trotan sobre los caminos
en los que una vez gritamos.
Desgarrados, puestos bajo el sol atroz
que mi cuerpo no bendice.
Desde allí, a través de la pequeña gota
puedo ver el mundo encima de mi cabeza
y pienso
y lo rehago para otros.
Quien entre podrá tocar muchos cuerpos
oler remotas plegarias
cantadas en el vuelo frondoso
del mejor amigo.
Con el aire que sueño
podrá llenar su aliento, vociferar
palabras que a medias pronunciamos
y solo pretenden llegar a un hueco servido.
Cualquier virtud o tristeza escapará
desde la entraña de la piedra donde vivo.
Seré yo quien pueda llevar sus cálices
a las bocas de quien ame.
Este es un laberinto, su bosque florecido.
Acércate y pon tus manos
sobre el cuerpo para que escuches
el secreto de todos los hombres
sus amasijos y caminos.
Porque he develado su alma
no puedo estirar la mano
ni ponerla en el meollo de otro ser.
De tal manera se ofrece el destino.
Cada quien ha de invocar
el mérito de sus ojos
para atravesar el cuerpo transparente
de todas las piedras e ir
juntando cenizas para reavivar el fuego
cada vez que llegue otro día de invierno.

 

Óleo del niño sentado en la acera

En ningún sitio del mundo vi antes los ojos de aquel niño.
Estaba sentado en la acera, como antes lo imaginé en mi tarde eterna.
Me miró y extendió su mano tocándome algún recuerdo
pero yo puedo jurar que no lo había visto antes.
Aunque he cruzado a través del humo, perdiéndome en el cielo cómplice
y en mis horas de silencio suelo escupir sobre nombres famosos.
Aunque también suelo curar heridas invisibles
cortando justamente la carne para dejar intacto
ese pedazo humano que el tiempo desgarra.
Hoy solamente recuerdo la huella de aquel niño.
Aun me mira su insistente acusación.
Reduce mi vida a sus dos piedras castigadas.
Las notas de la prensa ni los salmos
ni los por si acaso ni los futuros.
Nada puede contra su paz seca.
Ese niño es nuestro revés.
Sin él fuéramos otros.
Ahora mismo tú fumas.
Fumas y hablas.
Exhalas tus dones y no puedes ver la cara flotando en el deseo.
Si encontraras el rostro de tu amor llorarías ante ese testigo.
No sé si vive o muere.
Sólo sé que su mirada pudo alcanzarme.
Solo sé que en su sitio estuviera sentado con placer.

 

Los amantes

Los amantes bajan por la calle Cadena
hasta la vieja fuente donde bailan el augurio y el adiós.
Allí olvidan la historia la política
y en número absurdo de su identidad.
Suben a su silencio
se muestran abismos breves
estaciones
reinos
conjeturas de veranos antiguos.
Los amantes doran el declinar
y juegan en los íntimos puntos profundos.
Los amantes no han extraviado su transparencia
ni sus labios ni su ardor.
Los amantes van libres a favor de un verso.
Los amantes son la única esperanza.

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