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Literatura cubana contemporánea

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Rito Ramón Aroche

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Lejos — de yo apuntar con esas (mis) dos mil palabras, de tono y trazo sentenciosos… «tendenciosos», según esa manera tuya de contradecirme y, de expresarte el-otro-día tumbada en la sala de bain y-al-otro-día con ese paño que tú o alguien llama (llamaba según tú, y entonces) «un paño koljosiano» tumbada aviesamente aviesa sobre esas (mis) dos mil palabras, se habría notado, afuera, seguramente un viento muy terroso, un poco antes, de caediza el agua, la oscuridad del agua, el cielo, un poco antes, caedizo.

 

Nos acercamos a un agua de colores.
Si así nos dejan.
Así un verano. Sin fechas. Así unos nombres.
Gí—
rando. Girando dicen. Así pasaban.
Oye, oye, eres mi segunda salvación dicen.
Un fruto salva. O nos pierde. Un fruto hay días gí—
rando.
O nos pierde.
Nos acercamos a un agua de colores.
Si así nos dejan.

 

¿Otro remedio no nos queda ya más que percibir? Haz una prueba. Del lado oeste, la tarde te va en ello, el lunes. Del ventarrón oscuro. Hay un aumento… Más bien una llegada húmeda y flotante (tú dices: «un aumento») de esporas. Sería en Rilke: «erzähls, daß wir solches vermochden». ¿Sería en Rilke? «Proclámalo, di que fuimos capaces de estas cosas». Y no lo hubiéramos creído (ondeaban, en la fronda los paños más livianos) si afuera, la luz que parpadea…

«¿La tarde me va en ello?», pensabas. Mientras, buscaras definir (en la llovizna) los muros de La Fortaleza: «erzähls / proclámalo».

 

Un pájaro se ovilla en una sombra.
Un pájaro de alcohol. Un fuego salta.
En su gusto de fruta un fuego dora. En su gusto de sal.
Y en las cornisas.
Un pájaro de alcohol en una tarde. O
un pájaro, y un sol, y en una hora.
En la orilla y el árbol sol pendiente. En la orilla y el sol
árbol. Pendiente.
Y la holgura y la fruta, me alejaba.
En el árbol de junio y me alejaba. Y la fronda te dora. ¿Haces un giro?
En el fuego de junio el árbol. La pendiente. En el fuego y ciudad, y noche y
suerte.

 

Qué varía encontrar por entre la hierba un abrecartas plateado
como no sea omitir todo sobre aquel libro leído tarde aquella
quizás — sobre un lugar en el puente o bajo el arco
no había forma de hacerlo — forma ni lugar dónde
qué daría por tener que mostrar ese tunante y sobre el patio
piezas cada una traída del Puerto de las Estanterías.
Aquel libro, de abrirlo, nos vuelve a deslindar, Dios, precede al sueño.

 

Presionaba un dolor fuerte en la boca del estómago.
Te dice: Los beneficios a mí vienen del noni. Pausa.
Si no lo otro es arcilla.
Arcilla —te dice—evitando a su edad decir mierda.
Y lo que dejan sus manos sobre tierra, mantos.
Dejan, a todo lo largo de la acera (en el parterre) mientras habla.
Malangas invadiendo el espacio de crotos. El caisimón
entre crotos invadidos y malangas invasoras. Agua (mucha)
a todo lo largo de la acera. Hierbas, en el parterre. Sin
poder detenerse ya ante ideas
obsesivas. Ideas, que lo signan. El viejo, en el parterre.

 

Y si aparece aun, dinos, delimitábase.
Donde se deposita.
Dónde.
Delimitábanse, fechas, las descripciones, dinos
entre qué sombras.
¿Más cercana una tibia (y dúctil) escaramuza?
Frías, frías las manos. Tensión lo de ese algo
en qué piel si ya no esperas
lo de ese algo dúctil, en qué piel, dinos, se deposita.

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