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Roberto Manzano Díaz

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Yo junto con las manos, con los ojos, con las sienes

Yo junto con las manos, con los ojos, con las sienes: siempre estoy sediento de seres y de cosas, hambriento de verdad y hermosura;

admiro los enlaces, las pitas invisibles, los eslabones finos, los engranajes más profundos, las hiladuras más aéreas;

todos los seres y cosas se me asocian en imágenes análogas como de padre a hijo, como de sobrino a concuñado;

por todos los senderos vienen hacia mis dedos, hacia el iris de mi corazón, veedor y tejedor incansable, turbinero fragante;

todo se arremolina en mi alma como un vórtice solidario, como un pozo que circula proyectando espirales sucesivas;

convergencia del oxígeno y del olivino, de las letras y los sentidos, de los ojos y las almas, de los astros, las yerbas y los bueyes;

padezco una vigilancia enorme, una haladura continua, todo lo atraigo a los bolsillos de mis versos, al jolongo sonoro;

estoy parado siempre, aunque me desplace, en un pozo a donde caen los seres y las cosas como las astillas regresando al tronco;

mi corazón crece como un frijol húmedo o un loco mamey procurando nitrógeno y pulpa, fijeza y dulzura;

mis brazos se alargan como ramas delirantes, tienen vocación de pulpos celestes, de grúa devolvedora del planeta;

me gustan las espigas balanceándose contra el viento, los caballos galopando por las playas solitarias, el silencio azul de las praderas;

me gustan las habitaciones extensas y altas, llenas de páginas y herramientas, de donde salen las sustancias y los pensamientos;

ay, tengo el dolor de los errores, de las culpas, de los tropiezos, de las caídas donde se malogra el destino;

pero tengo también la fe inoxidable, la pujanza del que levanta su lucero del lodo, del que acicala sus propias ánforas;

yo soy rápido de perdón, inválido para el rencor, conmigo puedes hablar como si los dos ya nos hubiéramos muerto;

todo lo junto, lo coso con la aguja de mi esperanza, con la algarabía de seres y de cosas que canta en mi pulso;

me gustan las cornucopias, que acumulan formas, y los relojes, que coordinan funciones;

prefiero la abundancia y el sistema, el desorden de la pasión y de la bondad, la claridad griega de la inteligencia;

todo lo junto con hambre, con sed, dentro de una extraña plenitud que desdeña lo partidario y lo fraccionario;

soy mílite de lo que crece hacia la luz, aunque no sepan los libros y los estatutos responder a ese crecimiento;

me acerco por todos los deltas del espíritu hacia el equilibrio que, como un eje móvil, nos adhiere al horizonte!

Gusto de ver sobre la mesa ciertas frutas agrupadas como pétalos

Gusto de ver sobre la mesa ciertas frutas agrupadas como pétalos, pues ellas saturan los ojos, ávidos del color diverso de la vida;

pero me gusta más ver tu mirada de semilla, tus manos en mis manos, palpar con mis yemas el ritmo intermedio de tus senos;

sentir el roce de la hermosa fruta de tu vientre, curvada y promisoria, ese geoide fascinante que ofrece tu cintura;

tu vientre equidista de todo, distribuye arquitecturas deliciosas, centralidad del mundo, Macchu Pichu del cielo;

desde tu vientre parten expediciones invisibles, los cordeles espumosos de la gracia, los fósforos fragantes del fervor;

en tu vientre canta la espiral de tu ombligo, cenote de Liliput, moneda cóncava, ojo primario de la vida;

tu vientre se clausura arriba, se ciñe contra tus vísceras hasta que es una faja y un gozne de movida elocuencia;

la piel de tu vientre es como una pulida sortija, como una transparencia de caracol rosado, como un paladar celeste;

hacia arriba tu vientre es solidario y se prolonga en dos colinas estrábicas hacia donde corre ansiosa la boca;

hacia abajo tu vientre se abre desde el abejeo oscurecido del pubis en dos litorales donde demorar los labios;

tu vientre es un blando cosechero, todo lo coordina y expande hacia la edificación soterrada del hijo;

tu vientre zarandea al planeta, como un péndulo líquido, gira sobre los arranques rítmicos de la entrega;

tu vientre crece hacia los costados con la misma voluntad de las guayabas, con la misma amplitud de los cometas;

a tu vientre me echo, bajo tus manos de gladiolo, para oír como un indio qué bisontes de ternura trae el horizonte.

Ahora tengo unas ganas enormes de aullar…

Ahora tengo unas ganas enormes de aullar, oh Munch, de dar un largo lamento sonoro como una estentórea muralla china;

oh Munch, en el puente que junta los dos cadalsos me sostendría en la baranda gris para desbridar un gran aullido;

espejo del arte, que guardas el instante raro como una duplicación absoluta, qué bien cromas lo incoloro;

vertería un ronquido extenso, desenfadado de fauces, de modo que exhalara de un solo soplo todo el ácido del dolor;

porque ahora exhumo un gran dolor que no es élego ni hímnico, ni flemático ni atlético, ni femenil ni varonil;

es un dolor, Vallejo, sin sabor ni expediente, hincado como una mala vértebra en la sucesión congojosa del vivir;

Munch, para un resonar así con los bronquios del alma hay que poner la baranda, el peso del alma sobre la baranda;

luego que marbeteen, que ausculten, que desahucien como es usual cuando se ha cumplido la honradez del dolor;

ahora daría un aullido de cíclope, de farallón rocoso, de cristal lanzado, de retina pisada, de viento en el desierto;

y no es conmiseración ni perdón ni contribución ni ataque alguno lo que ahora pido, en vísperas de un gran aullido;

sólo deseo deshabitarme el dolor, como un estertor que de pronto sale y se divide en dos rostros que se miran de frente;

luego queda el cráter abierto y regresa el aire del silencio dentro de una inspiración tan larga como un tren;

y va entrando, en anillos de tristeza y consuelo, un color de brasa nocturna como una pequeña fiesta íntima;

y disolviéndose el contorno inmediato, ven los ojos aún rojos del resuello las nítidas palmeras de lo distante;

y los grandes alciones cruzan mientras se levanta convaleciendo el sol sobre las pulidas aguas del océano.

Así a dónde vamos a ir, si necesitamos tanto?

Así a dónde vamos a ir, si necesitamos tanto? Si todo se gasta un jolongo de algo, un tranvía de eso y de aquello, un triste diapasón de utensilios;

porque no hay manera, no basta con las manos, no basta con añadir los pies, las rodillas, los codos, los hombros, la cabeza;

no basta: siempre urge una prolongación, un abarque mayor o menor, una hendidura más larga, una extensión casi planetaria;

en cuanto se viene desnudos y desnudos nos marchamos, debíamos tener una desnudez intermedia, pero no es posible;

nos vamos entretejiendo, envolviéndonos, esposándonos, hilándonos y deshilándonos, oh Penélope;

y nos vamos alargando, demorando, sucediéndonos repletos de botones, bocinas, barrenas, oh Odiseo;

grandes son las alforjas de nuestro destino, crecen como los gajos de un milagro, pues vivimos de adminículos;

dependemos de los artesanos que se especializan, de las industrias que se especializan, de los países que se especializan;

toda nuestra libertad radica en el aceite, la sal, la tinta, el petróleo, el papel, el fósforo, el antibiótico;

toda nuestra existencia pasa como un hilo por el que trae el ajo, el distribuidor hidráulico, el mecánico de las imágenes y los dientes;

oh Edison, cómo es posible? hacia dónde vamos a ir si ya necesitamos de este modo? hacia dónde, si somos tantos, y demandamos tanto?;

cuántas cucharitas de diversos tipos, cuántos cuchillitos para los pies, los panes, los pescados;

cuántos espejos y cremas, cuántas tenazas y esmeriles, cuántos títulos y expedientes, cuántos galones y planillas;

cuántas sogas y diademas, detectores y lentes, armas y bebidas, aviones y peinetas, espátulas y misiles;

y hemos olvidado los matices simbólicos del cielo, el sabor del rocío o de la yerba macerada bajo las caderas del amor;

a qué olían las costas de los ríos vírgenes, los langostinos de los arroyuelos, las manos de la amada dentro de las hojas del sasafrás solemne?;

fíjate bien, Tersites, que todo es agotable, insostenible, deleznable, expulsable, pero goza de un acabado perfecto;

fíjate que todo fosforece en líneas puras, pero es para un sólo golpe de boca o para el paréntesis fugitivo del mes;

qué se fizieron los ebanistas que levantaban aquellos muebles sólidos, aquellas mesas que atravesaban como barcos las aguas de los siglos?;

qué se fizieron los artefactos solos, que no formaban cadenas de cadenas, que eran inderivables unos de otros como zafados eslabones?;

oh Plutón, vivir para tantas cosas grandes y chiquitas, urgentes y bellas, frágiles y mancomunadas, terminables y extensas;

con cuántos racimos vive el hombre, dentro de qué férulas, árbol que nunca acaba de gajear hacia la totalidad del viento.

Bajo la sombra del ilang-ilang

Bajo la sombra del ilang-ilang
escribo con el sol majado en el mortero del follaje;

allí sentado escribo, en medio del paisaje
interior que los hombres en sus casas se dan;

escribo, mientras los minutos van
cayendo, como mismo bajan las hojas demoradas;

las manos, alertadas,
copian en verbo rápido el suceso;

de cuando en cuando advierto el leve peso
de monedas solares desde arriba lanzadas;

pero la sombra gana la partida
y se siente un frescor que estimula a cantar;

en este manso sitio se puede oír el mar
cuando quiebra su frente en la margen herida;

se podría escuchar la boda enardecida
del basalto y la estrella;

o el texto aquel que dice la querella
—lo cantó Juan Cristóbal— dentro del bosque umbrío;

soy del planeta, pero tengo un fragmento mío
donde poner la huella;

ahora mismo las voces de los que allí trabajan
escucho:

me gusta mucho
sentir cómo el sonido y lo silente encajan;

las raíces que suben, los follajes que bajan
arriban solos a mi copa honda;

soy la cepa y la fronda
de un viejo eslaboneo;

percibo, más allá de lo que veo,
una luz más redonda;

tiene que haber un reino de mayor señorío
y un espacio de más delgada transparencia;

porque lo eterno nace desde la contingencia
y a la cumbre se llega transitando el bajío;

distingo ahora el impalpable envío
de los otros, adentro de esta honda soledad;

siento, por sobre la inconformidad
de mi sangre, una médula posible;

es algo unible
que se columbra hacia la oscuridad;

oh tarde silenciosa,
me siento sin edad, con todo el tiempo unido;

cómo es posible si yo no he vivido
mucho más que la rosa?;

y he sido una centella de carencia imperiosa
y un duro rayo de dolor tremendo;

cómo es posible, qué es lo que no aprendo
dentro de esta obcecada lucidez?;

ah la altivez
enarbolada en medio del remiendo;

y no eres dueño
ni de tu propio sueño;

sólo has tenido, y al desgaire,
el aire;

pero has sido monarca del empeño
y de la trémula mensajería de lo invisible;

se te volvió escribible
el mundo;

y ardes profundo
igual que un combustible;

azul derribo, el resplandor ahora
cae trucidado de la altura;

dentro de la blancura
de la página es una rabia invasora;

hacia la sombra protectora
corro el asiento;

y en este movimiento
toco los nudos del espacio;

congruencia viva, todo va despacio
dentro del pensamiento;

el discurrir preludia
la idea;

el interés —polea
pertinaz— interludia;

la gana estudia
alrededor;

en la boca la música del verso, ese temblor
convoca;

y la demanda de seguir provoca
una honda búsqueda interior!

El discurso de Omar Khayyam

A Jesús Aismar Zamora

Saquí! Exquisito es el vino, y el giro de tu mano escanciándolo es fascinante:
tu gesto tierno y el terrestre zumo son la gloria más alta del planeta!

Incitante es la oscilación de tu cintura bajo la cadencia del arpa,
y el rojo vino se desparrama en la copa suscitando una alegría sin medida.

Tengo setenta años, y me despabilo a tomar la copa que ofreces:
me reconforto viendo cómo chispea la vida en tu vehemente mirada!

Dudas tuve, pero ya no las tengo: lástima que resulte tan tarde:
ya tengo aprendido que manejamos sólo fórmulas del pasado o el futuro.

Todo se asienta sobre partículas: la razón es un acople funcional:
entre dos sombras despierta el instante, que es todo el intervalo del gozo.

La eternidad es sólo una centella: este ahora en que el vino se inquieta
derramado en el cristal por un ademán tuyo, ungido de música y delectación!

Te adelanto cómo son las cosas, para que estés bien decidida, saquí:
lo que vemos directamente es alucinante: la vida es misteriosa e involuntaria!

Esto que somos, saturado de anhelante temblor, es una eventual
simpatía de partículas: una breve y vanidosa asociación de materias!

Estamos en nosotros, pero sabemos poco de nosotros: el corazón
no comprende el enigma: los sabios cabales se encuentran perplejos!

Un parpadeo, y nos fuimos: y nunca estuvimos realmente a gusto:
viste que se marchitó de pronto el tulipán, y no volverás a verlo abrirse!

El tiempo es un alfarero: con arcilla torneó la estilizada cántara,
y el uso la devolvió a la arcilla, de donde volverá a extraerla en silencio…

Con la arcilla de nuestros cuerpos se moldearán ladrillos y cántaras:
el aprendiz que está cribando la tierra se encuentra cribando sesos y ojos.

Las bellas muchachas fueron cien veces partículas para nuevas jarras:
estoy viendo en las palmas húmedas del alfarero la mirada de mi padre.

Saquí, la alegría es mi auténtica dote: me caso con la hija de la vid,
y luego esparzan mis cenizas y empapen mi tierra con el fragante vino.

La yerba brota de continuo desde los labios de un ángel yaciente:
va la luna de llena a nueva y de nueva a llena, y en el muro canta el cuclillo.

En las ruinas del palacio ahora paren gacelas y reposan zorros:
sólo somos una gota de agua que al agua se suma y acaba en el mar.

Esto de existir o no existir en verdad es una quebradiza apariencia:
lo único tangible que tenemos mientras vivimos es el viento en la mano!

Cuánto gira el mundo: el mundo se encuentra sujeto a la rueda celeste:
no te vayas a entristecer cuando te alcance el instante de tu giración.

La copa de mi vida ya rebosa los setenta: levanto el vino y el tulipán:
maravilloso será atarse con la cabellera de mi amada, y que gima el arpa!

Todo fluye como el azogue: denme un trozo de pan, un poco de vino,
un libro de poemas, y tú y yo, mi amada, sentados en la orilla de un arroyo.

Alza la flor, y bebe vino: las páginas de existencia pasan sin cesar:
no estés sola: hay que tomarse de las manos con amor para irradiar la onda.

Como una cuerda es la vida: la tensión exacta da el más divino tono:
ahora que has entendido el giro canta con entusiasmo inmenso tu canción!