Poesía de Reino Unido
Poemas de Rosamund Marriott Watson
Pocas escritoras representan tan bien las contradicciones y aspiraciones de la Inglaterra finisecular como Rosamund Marriott Watson. Poeta, ensayista, crítica literaria, observadora de la naturaleza y pionera en espacios tradicionalmente reservados a los hombres, su vida fue una búsqueda constante de libertad creativa. Nacida en Londres el 6 de octubre de 1860, llegó al mundo en una época en la que las mujeres escritoras todavía debían ocultar su identidad tras nombres masculinos para ser tomadas en serio.
Rosamund Ball —conocida familiarmente como Rose— creció en un hogar donde la literatura formaba parte del ambiente cotidiano. Su padre, Benjamin Williams Ball, era contable y poeta aficionado, mientras que su hermano mayor, Wilfrid Ball, alcanzaría cierta notoriedad como pintor paisajista. La muerte de su madre cuando apenas contaba trece años marcó profundamente su infancia. Sin embargo, aquella pérdida también le otorgó una independencia poco habitual para una joven victoriana: el acceso libre a los libros, a la imaginación y a la escritura.
Aunque en su juventud soñó con convertirse en pintora, la oposición paterna frustró aquella vocación. No obstante, la sensibilidad artística que habría destinado a los pinceles encontró refugio en las palabras. Más tarde, esa mirada estética se reflejaría tanto en su poesía como en sus célebres escritos sobre jardines, decoración y naturaleza.
Su carrera literaria comenzó en la década de 1880, colaborando en revistas de prestigio. Como tantas escritoras de su tiempo, recurrió a diversos seudónimos para abrirse camino en un mundo editorial dominado por hombres. Primero firmó como Rushworth Armytage, apellido asociado a su primer matrimonio, y más tarde como Graham R. Tomson, nombre con el que alcanzaría una notable popularidad. Aquella estrategia no era una simple extravagancia literaria: era una forma de conquistar un espacio que la sociedad le negaba por su condición de mujer.
La vida sentimental de Rosamund Marriott Watson fue tan intensa como su trayectoria intelectual. Tras separarse de su primer esposo, inició una relación con el artista Arthur Graham Tomson, y posteriormente compartió su vida con el novelista H. B. Marriott Watson. Estas experiencias personales, marcadas por rupturas, cambios y pérdidas, dejaron una huella visible en una obra donde el amor aparece a menudo acompañado por la melancolía, el deseo y la conciencia de lo efímero.
Como poeta, se situó en la estela de autores como Alfred Tennyson y Dante Gabriel Rossetti, aunque supo desarrollar una voz propia. Su obra combina musicalidad, refinamiento formal y una extraordinaria riqueza temática. En sus versos conviven los jardines crepusculares, las leyendas populares, los fantasmas, los paisajes ingleses, el amor, la muerte y la belleza fugitiva del mundo natural. Dotada de una notable habilidad técnica, cultivó sonetos, baladas, villanelas, rondós y otras formas poéticas con una soltura admirable.
Entre sus libros más destacados figuran Tares (1884), The Bird-Bride (1886), A Summer Night (1891), Vespertilia and Other Verses (1895) y After Sunset (1904). En ellos puede apreciarse una evolución constante, desde las desilusiones sentimentales de sus primeros textos hasta una madurez poética donde la naturaleza y la introspección adquieren una dimensión casi simbólica.
Pero Rosamund Marriott Watson fue mucho más que poeta. Su pasión por los jardines la convirtió en una de las escritoras de naturaleza más interesantes de su generación. En obras como The Heart of a Garden logró transformar la observación botánica en literatura, revelando cómo las flores, los senderos y las estaciones podían convertirse en metáforas de la existencia humana. Del mismo modo, sus artículos sobre decoración y diseño doméstico mostraron una sensibilidad moderna y sofisticada que conectó con miles de lectores.
Su compromiso con la cultura femenina quedó especialmente patente cuando asumió la dirección de Sylvia’s Journal en 1892. Bajo su liderazgo, la revista se convirtió en una plataforma avanzada para debatir sobre trabajo, arte, literatura y el papel de la mujer en la sociedad. En sus páginas colaboraron escritoras destacadas de la época, contribuyendo a crear un espacio intelectual de gran relevancia dentro del naciente movimiento feminista británico.
Rosamund Marriott Watson falleció en Londres el 29 de diciembre de 1911, víctima de un cáncer, a los cincuenta y un años. Poco después se publicaron sus poemas completos, consolidando un legado que durante décadas permaneció parcialmente eclipsado por nombres masculinos más célebres.
Hoy, su figura emerge con renovada fuerza. La crítica contemporánea reconoce en ella a una autora que supo combinar el lirismo victoriano con una sensibilidad sorprendentemente moderna. Entre jardines, crepúsculos y leyendas, Rosamund Marriott Watson construyó una obra delicada y firme a la vez, un refugio poético donde la belleza nunca se separa de la inteligencia ni de la libertad.
Canción de otoño (Herbstlied)
Adiós, amor mío, tan bien amado,
mi dulce dueño, perdido al ser ganado.
Idilio estival, apenas comenzado…
¡Adiós!
Adiós, campos pardos, cielos barridos
por vientos errantes, y horizontes teñidos
por el tibio ocaso resplandeciente.
¡Adiós!
¡Ay, corazón querido, Auf Wiederseh’n!
Sin duda algún día nos veremos también;
y para que nuestra esperanza no se pierda,
que Mnemosine esta consigna recuerde:
«Auf Wiederseh’n».
¡Ay de las cosas fugitivas!
Ligeras y suaves descienden,
marchitos ornamentos que penden
de la corona otoñal.
Todavía caen,
con una gracia lenta y melancólica,
rozándome las manos, el rostro…
y el muro ancestral.
«Ohne Hast und ohne Rast».
Fríos y grises han pasado los años.
¡Ay de mí!
Junto a este viejo muro del huerto
aún recuerdo un rostro hermoso,
casi lo veo aquí.
¡Ah, aquel claro día de septiembre!
Qué valiente parecía el mundo,
qué alegre entonces para los dos.
Aquí permanecíamos juntos;
ahora las hojas vuelven a caer,
pardas y secas,
una vez más.
Gastado, cansado, viejo y gris,
distinto parece hoy el mundo.
Mía es la culpa;
pues lo contemplo
con ojos empañados por el tiempo,
aunque los benévolos cielos de otoño
sonrían igual.
Tan pura como encantadora,
tan hermosa como sincera,
¡qué duro destino perderte,
amada mía!
Aún te veo apoyada allí,
con hojas muertas en el cabello,
lejana…
y tan cercana.
TRÍPTICO
Lenta, triste, demorándose,
cuando el sol de invierno declina
y las grandes nubes ruedan hacia occidente,
la voz del mar llama a mi alma;
con una extraña insistencia clama
hasta que antiguos rostros surgen a mi alrededor.
Y vuelvo a gustar el viento libre y salobre,
y el hechizo de lo Indefinido.
Cuando los días lánguidos se alargan,
llega hasta mí una canción delicada,
que vierte su suave lamento en mi oído.
Entonces escucho el susurro de las hojas
y el anhelante canto de Filomela,
que vuelve a gemir en el tibio crepúsculo;
porque los bosques sombríos me llaman
con una dulce y callada melodía.
Mas la tercera voz habla alegre y sonora,
pues me devuelve a la multitud
y al hechizo de Circe que posee la ciudad.
Allí no respira ninguna calma meditativa;
sino que fluyen las aguas del Leteo,
ahogando el largo ayer.
Y en el rugido de las calles
pierdo el eco de unos pasos
que se alejan.
¿EIDOTHE?
¿Acaso en verdad, realmente,
llegaron una vez a encontrarse nuestras almas?
Si tus ojos no mintieron, sí;
pero nunca podré saberlo,
nunca poseer la certeza de que fue así.
Y, sin embargo, el solo pensamiento es dulce.
Amargamente dulce;
porque el conocimiento llegaría demasiado tarde.
¿Sueño ahora,
o fui ciego en aquel tiempo remoto?
¿Ciego,
y pasé de largo sin reconocer
la estación más hermosa de nuestras vidas?
¡Ay, cuán dolorosamente ciego es el destino!
Amada,
¿hubo entre nosotros algo más
que la historia tantas veces contada
—tan antigua como todos los veranos pasados,
tan nueva como este verano presente—?
¿Algo más que la vida de la mariposa
que la tarde extingue,
y aun así intacta
de toda huella de serpiente?
Quizá.
¿Quién lo sabe?
Y, sin embargo,
creo que nuestras almas lo sabían mejor.
Sólo por un instante, creo.
Y hablaron así:
«Te he buscado durante mucho tiempo,
y ahora…»
¿Llegaremos alguna vez a escuchar el resto?
Aquí se rompió el encantamiento.
¡Ay de nosotros!,
porque nuestro breve día ha muerto.
Brillante de risas ligeras,
de sol
y de tintineante alegría.
El azar y el culto del mundo
sofocaron el nacimiento del espíritu,
aunque durante una hora
nuestras almas fueron una sola.
NIRVANA
¿Dormir… será eso lo que concede a los suyos?
¿No sueños, sino la preciosa recompensa del descanso más profundo?
Sí, sin duda.
Mira los ojos cerrados en la tumba,
las manos frías, cruzadas sobre el pecho sereno.
¿No será justo el Altísimo, y no habrá de perdonar?
Pues Él sabe —aunque no lo invoquemos ni lo lloremos—
cómo dolieron nuestras almas solitarias
cuando nuestra estrella pálida se extinguía,
cómo mirábamos el cielo sin promesas.
¿Vida después de la vida? No…
ya hemos vivido bastante.
¿Vida eterna? Dios nos libre de ello.
¿No hemos sufrido, amado, resistido, deseado?
¿No hemos atravesado todo el vasto registro del dolor humano?
¡Qué extraña ilusión!,
nacida de una fiebre de esperanza.
Sueño exaltado de una perfección que grita demasiado alto.
Dadnos la oscuridad para los ojos cansados,
la quietud para los pies exhaustos.
Silencio… y sueño.
Pero no un cielo ruidoso de resplandores.
No más la tarea interminable de allanar el camino pedregoso;
no más el temblor ante la mirada del páramo estéril,
donde cada paso, cada palabra,
cada mano viva que sujetamos,
no es sino un dique contra el dolor.
¿Y todo lo que muere vuelve a vivir?
¿Dónde? ¿Fuera del pensamiento, fuera de la vista?
¿Y dónde está la antorcha cuya llama apagó el viento brutal anoche?
En un jardín londinense
Oh hojas del tilo colgante, por donde la lámpara se derrama,
discos sueltos de una luz amarilla y líquida,
como frutos mágicos sobre el azul oscuro.
Sin voz, sin forma visible,
los sueños sin forma se agrupan en vuestra sombra.
Oh aire que sueña…
tu sueño debe de ser dulce.
El pensamiento secreto que quieres decir y no te atreves.
Uno con el mensaje de los pasos que pasan,
con el rodar de ruedas, con el murmullo de la calle.
Sea falso o verdadero, vida o muerte… no me importa.
Oh crepúsculo luminoso, corazón de la noche de verano,
guarda tu secreto, no pronuncies la palabra.
Mantenlo intacto, velado de ojos y sentidos,
libre del golpe que destruye el encanto de lo revelado.
Querido, deseado, desconocido… para siempre amado.
Balada del hombre lobo
La mujer del hogar está junto al rincón del hogar,
mirando la llama que danza.
La lluvia cae fría, y el viento aúlla,
mientras el viejo regresa a casa.
—¿Por qué tu rostro está tan pálido, esposa?
¿Por qué me miras así?
Tan sombría estás en el rincón,
con ese fuego rojo en tus ojos.
—Esta noche deberías darme la bienvenida,
más que en cualquier otra noche,
pues he herido a ese gran lobo gris
que se llevó a nuestros dos hijos.
Fue una lucha amarga, por mi vida misma,
mientras combatía solo.
Pero tendré su corazón antes de separarnos,
si es que nos volvemos a encontrar.
Y fue un solo golpe de mi buen cuchillo
el que le arrancó la huida.
Corrió por el brezal sin detenerse,
sin su pata delantera derecha.
Ve, toma la pata de la bestia oscura,
y cuélgala en la pared.
Y la próxima vez que nos veamos, esposa,
uno de los dos caerá.
Arrojó el saco sobre el regazo de la mujer,
a la luz del fuego.
Pero no vieron la pata del lobo,
pues lo que había allí era una mano ensangrentada.
Lentamente, muy lentamente, ella se incorporó,
con el fuego rojo en su mirada.
Y se quedó frente a él,
sin decir una sola palabra.
Se despojó de las vendas de su brazo derecho,
enrolladas una y otra vez.
La primera era blanca, la última roja,
y la sangre fresca caía.
Extendió hacia él su largo brazo derecho…
y él quedó helado como la muerte.
Las llamas brillaron en la penumbra.
No había mano allí que ver.
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