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Toni García Arias

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Poemas

El mar menor

El ferry zarpó rumbo a la Perdiguera.
Un grupo de niños jugaba en cubierta
a lanzarse un flotador sin mucho acierto.
Terminaba el verano. Éramos, sin saberlo,
el último grupo de turistas.
El mar menor brillaba como un desierto de plata
frente a las terrazas vacías, desencajadas
como trajes que visten esqueletos.
Cubierto de soledad
me fumé el último pitillo.
No te esperé, como dijiste.
Juro que jamás quise tocar la costa.

Ausencia

Qué poco dura
la huella de una página
o el sabor de un verso,
o el saber de tan débil arquitectura;
poesía;
mezcla de tejidos y piel y memoria,
alquimia de fluidos y sangre y fotos y nada
sobre la palma inerte de esta hoja
que mide su tiempo
en ausencias al cuadrado.

Barcos

Barcos como olas, como alas.
Barcos que buscan barcos
como labios, como besos.
Barcos que regresan
como infancias, como ayeres
como pinceles de nuevo color
sobre el pasado.
Barcos que zarpan y que se alejan,
que derriten en los ojos
su distancia.
Barcos que naufragan y se hunden,
que doblan sus huesos
sobre una roca.
Barcos, siempre barcos
que zarpan, que atracan,
que se van y que regresan.
Como olas, como alas.

Barcos de tiempo

Pasan los días como barcos de tiempo. Dejan en su tránsito lento
la estela mortal de horas que se alejan.
Lo que habita bajo la piel del mar
cabe en un hombre:
tesoros,
naufragios.
En mi interior de redes guardo restos
de esas pequeñas cosas.
A veces, al contacto con el viento
la memoria azul
se eriza en espuma y acuden a la isla que soy
viejas heridas que el mar
no supo ahogar en la marea.
Travesaños de agua: el mar. Siempre distancia.
Zarpan los días como barcos de tiempo,
llevan en su bodega – mira su tránsito lento y lejano-
nuestros cuerpos.

Cuerpo

Y aunque parezco un hombre como tantos otros
y el aire que respiro
parece ser suficiente para llenar mis pulmones
y cobrar vida,
en realidad, vida,
no soy más que un paisaje de ropas
al que le falta tu cuerpo.

El gran sol

Zarparon un día hacia el gran sol. En el muelle
las mujeres encendieron una enorme luminaria
con cajas de pescado y cartones
para despedir a los marineros
con un poco de luz que llevarse a los ojos.
Partículas de ceniza se elevaban como gaviotas
y luego se dejaban caer sobre nuestras ropas humedecidas.
Memoria del fuego para un regreso.
Zarparon un día hacia el gran sol
y no volvieron.
Un golpe de mar quebró su barco.
Un golpe de mar: el agua.
Cómo detener desde entonces
esta lluvia de cenizas que cae
eternamente.

Ciegos

Nos volvemos ciegos
el día que no nace para nosotros
y en la oscuridad de ese incierto amanecer
la sed y el agua serán
la misma cosa.

Habrán de saberse por un igual
la pasión y la agonía,
la huella y el pie que traza rutas en cada paso,
se perderán también
tu blusa y mis manos, mi boca y tu risa.

Amaneceremos en a memoria de un nombre
sin nosotros.
Añadiremos nuestros cuerpos
a lo ya perdido.

Besos

Te pierdo.
A cada segundo
el olvido me borra un poco más de ti,
como un ejército de cenizas que invadiese
el mapa de tu rostro,
nublándome con su estéril manto
cada una de las palabras
que un día me dijiste,
hasta que, al fin,
no queda más que un frágil susurro
de lo que fue tu voz
en mi memoria.

Te pierdo,
y cada segundo sin ti
me duele una hora,
y cada hora,
la vida entera.
Tu rostro se desvanece,
y ya no queda ni un trozo de piel
sobre el que aferrarme en sueños,
y al irte así,
tan lentamente,
tan gota a gota,
me dejas, al fin,
unos besos sin boca,
un cielo sin alas.