Poetas

Poesía de Cuba

Poemas de Víctor Fowler

Víctor Fowler Calzada (La Habana, 24 de febrero de 1960) es un ensayista, poeta, crítico literario y escritor cubano. Licenciado en Pedagogía (1987, Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona), fue jefe de Publicaciones de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños en dos períodos(1994-1997 y 2002-2007), y director de la revista electrónica Miradas. Ha pronunciado conferencias sobre literatura cubana en Colombia y Puerto Rico, así como en las universidades de Princeton, Brown, CUNY, Stony Brook, Berkeley, Harvard, Yale, Míchigan, FIU, Ohio y Austin, entre otras universidades norteamericanas. Ha recibido varios premios por su obra como ensayista y poeta. Es autor de Historias del cuerpo (La Habana, 2001), La maldición: una historia del placer como conquista (La Habana, 1998) y Rupturas y Homenajes (La Habana, 1999), entre otras obras. Con Caminos de piedra ganó el Premio Luis Rogelio Nogueras.

La mirada el bailarín

La mirada del bailarín que pudo ser la mía cuando
salgo al balcón a contemplar la lluvia. El ambiente
(me hubieras visto tomar esa foto del patio vecino
y escribir al pie: Beirut, a las 3 de la tarde). La ciudad,
por ejemplo: evidente y descarnada, sin gracia, todavía
más pobre. El olor de madera húmeda, de argamasa
podrida o cables requemados. El crujido de cosas,
cual si cayeran o pasaran arrastrándose, cual si el
final del agua –como en otros lugares cuando termina
la nevada– fuera una invitación a la chiquillería para
que salte entre los escombros, se bañe en los charcos,
haga muñecos con el desperdicio. En ése instante no
pienso, sino que me dejo invadir por el mensaje
fluyendo desde los sentidos: la promesa de un cambio,
esa electricidad que flota detrás del aguacero.
La sensación de que algo todavía no terminó.

Isla que resbala

Traté de sostener entre los dedos
isla que resbala,
su blanca playa parecía incendiarse
bajo el sol,
la noche musical llena de puntos.

Conversación sobre la yerba verde;
el cuerpo de los dioses desnudos,
su alegría. Era redondo el seno
y pleno el sabor;
os juro que lo tuve.

No esta aridez sajando,
mira el polvo cubrir las provincias;
os juro que lo tuve.

Sin vivir ni morir he contemplado,
pero no pude hacer del tiempo un hilo.
Resbaló de mis dedos y se hundió.

Malecón Tao

El movimiento del oleaje
y la oscuridad: diálogo estelar.
la ciudad viva disminuye

Para ceder (entidad)
a geometría imaginaria.

Sobredimensión. El agua toca
mis dedos, los sujeta en el balanceo
de dos respiraciones en equilibrio.

¡Me liberé!

Librejuciones

Con el repaso del teclado
clarifica, minucia.
Es como acariciar la barbilla
de Hegel que todo lo dejó escrito:
tesis, antítesis, síntesis.

Etapas o estaciones para el descanso
en el ascenso al sol
de una nueva metafísica.
En las alas de ese pájaro me eduqué,
atravesé los países futuros.

He jugado, lo mismo que un niño,
a soplar una pluma;
si cae al suelo, pierdo.

Eran países armónicos como
La construcción de una coral de Bach,
tejidos por arañas fulguraban
cual catedral en el bosque.
(Dios no era visible, se dejaba adivinar tan sólo.)

Regresar del niño alucinado al pájaro
y luego a Hegel empollando el cerebro
lo mismo que una madre-gallina:
sostiene con desesperación y tiene comicidad
de lo patético extremo.

Oh, Dios, qué bella esta rotura
de las catedrales,
qué imponente la música de Bach.

El deslizamiento de la montaña

Cansancio sobre la colina habanera desde donde
observa la ciudad. Haya su lado una silla cubierta
de polvo y un poco más allá pequeños montones de
basura, duros ya como piedra. De repente lo gana el
deseo, bien sabe que absurdo, de numerar la silla lo
mismo que una casa, de asegurarse un lugar hasta
la muerte para gozar los acontecimientos. No siendo
parte, desde lejos, como si estar allí encima concediera
cierta inmunidad, cierta frialdad de juicio al juzgar
lo que ocurre. En días de solo lluvia dormiría bajo
la silla. En días de frío haría fuego con los desechos.
Mientras no llega el instante, simplemente descansa.
Cansado de esperar a que los hijos crezcan. Del pico
que golpea entre las olas. De las tormentas. De los
azares de la autobiografía. De la madrugada de 1994
en la cual lloramos mi esposa y yo porque el mundo
había cambiado al parecer para siempre. De escribir
estas líneas, incluso.

Nada de lo perdido volverá con la lluvia

Nada de lo perdido volverá con la lluvia.
Las voces, los gestos de aquellos
a quienes deseábamos
y ahora son un hueco en la respiración.

Quemaduras al bosque de las mesas,
en las paredes, encima de la piel.
El agua será una purificación,
pero no un regreso.

No vuelven los objetos, ni sonidos,
ni escenas que tuvieron algún significado
o incumplieron su misión.

Tal vez, mientras observamos absortos
la enorme pared de agua que se desploma,
pasa lo Perdido, aunque irreconocible ya.
La memoria lo ha transformado en bucólico.

¿Quién tocaba a la puerta aquella vez?
¿Qué mano recorría los cabellos
haciendo breves surcos
y era un placer sentirla?

Sensaciones lejanas, perdidas.

Tal vez enfrente de nuestros ojos
todo se repite, pero gastadas las formas,
como en los aquelarres.

Quemaduras al borde de las mesas,
en las paredes, encima de la piel.
Quemaduras en el cerebro.

Establecer analogías con el agua
es el peligro en este país
donde nunca termina de llover.