Centinela

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Estaba húmedo, lleno de barro; tenía hambre y frío, y se hallaba a cincuenta mil años luz de su casa.

Un sol daba una rara luz y la gravedad, que era el doble de aquella a la que él estaba acostumbrado, hacía difícil cada movimiento.

Pero en decenas de millares de años, esta parte de la guerra no había cambiado. Los pilotos del espacio tenían que ser ágiles con sus diminutas astronaves y sus armas refinadas. Cuando las naves aterrizaban, sin embargo, era los soldados de infantería quienes debían hacerse dueños del terreno, palmo a palmo y costase la sangre que costase. Esto era precisamente lo que sucedía en aquel maldito planeta de una estrella de la que no había oído hablar hasta que puso el pie sobre él. Y, ahora, era terreno sagrado porque los extranjeros también estaban allí. Los extranjeros, la otra única raza inteligente en la Galaxia… raza cruel de monstruos abominables y repulsivos.

Se había tomado contacto con ellos cerca del centro de la Galaxia, después de la colonización lenta y dificultosa de unos doce mil planetas. Fue guerra a primera vista: habían disparado sin siquiera intentar negociaciones o firmar una paz.

Ahora se luchaba planeta por planeta en una guerra amarga. Se sentía húmedo, lleno de polvo, frío y hambriento; el día era crudo, con un viento que dolía en los ojos. Pero los extranjeros estaban tratando de infiltrarse y cada puesto avanzado era vital.

Estaba alerta y con el fusil preparado. A cincuenta mil años luz de su casa, luchando en un mundo extraño y dudando si viviría para volver a ver el suyo.

Y entonces vio a uno de aquellos extranjeros que se arrastraba hacia él. Encaró el fusil y disparó. El extranjero dio ese grito extraño que ellos dan y después quedó tendido sobre el suelo.

Le hizo temblar el espectáculo de aquel ser tumbado a sus pies. Uno puede acostumbrarse a ello después de un rato, pero él no lo había logrado nunca. ¡Eran unas criaturas tan repulsivas, con solo dos brazos y dos piernas, y una piel horriblemente clara y sin escamas…!

FIN

Fredric Brown. Nació en Cincinnati el 29 de octubre de 1906 y vivió hasta 1972, dejando tras de sí una obra que todavía hoy respira vida en las librerías de viejo y en los anaqueles digitales. Fue uno de esos escritores capaces de moverse entre géneros con la naturalidad de un funámbulo: ciencia ficción, misterio, fantasía y humor negro se entrelazan en sus relatos con la destreza de un prestidigitador literario. Aunque en vida nunca gozó de una fama abrumadora, su legado creció con el tiempo como esos vinos que necesitan aire para revelarse. Medio siglo después de su último escrito, Fredric Brown es aún objeto de culto.

Sus relatos breves, muchos de apenas una o dos páginas, son pequeñas bombas de ingenio, afiladas y certeras. Su economía narrativa, su sentido del humor irónico y sus giros finales —tan sorpresivos como inevitables— lo han convertido en un referente para generaciones de escritores y lectores. En una época en la que el pulp era refugio de plumas desesperadas por pagar el alquiler, Brown supo destacarse como un orfebre de lo inesperado. Sus cuentos de ciencia ficción, como el célebre Arena (1944), que inspiró un episodio de Star Trek, demuestran que se puede hacer filosofía en dos páginas y sin solemnidad.

Brown fue corrector de imprenta, una labor que alimentó su amor por las palabras y su oído para los ritmos del lenguaje. Pero también fue un trabajador incansable, escribiendo a destajo, acosado por la inestabilidad económica, el alcohol y la urgencia. Solo durante catorce años pudo dedicarse de lleno a la escritura, y sin embargo construyó un universo literario singular, tan mordaz como lúdico. Su obra está llena de guiños, paradojas y una lucidez disfrazada de ligereza. Universo de locos (What Mad Universe, 1949) y ¡Marciano, vete a casa! (Martians, Go Home!, 1955) son ejemplos brillantes de su estilo: sátiras de la ciencia ficción que al mismo tiempo celebran y destruyen sus convenciones.

En el terreno del crimen, Brown no se quedó atrás. Con La trampa fabulosa (The Fabulous Clipjoint, 1947), ganó el prestigioso Premio Edgar Allan Poe en 1948. Fue su primera novela policial, y también su favorita. En ella, y en otras como La noche a través del espejo (Night of the Jabberwock), mostró su capacidad para narrar desde la cotidianidad, capturando el absurdo y el misterio que se ocultan bajo la superficie de lo real. En esa última obra, por ejemplo, convierte un día cualquiera en la vida de un editor local en un viaje alucinante entre lo detectivesco, lo literario y lo filosófico.

Fredric Brown fue un lector voraz, curioso hasta el exceso, amante de la flauta y de las conversaciones imposibles. Se casó dos veces, tuvo dos hijos y muchas páginas escritas. A pesar de las dificultades, su obra sigue viva y vibrante, celebrada tanto en Estados Unidos como en Europa, donde se han hecho adaptaciones de varios de sus relatos. Hoy, como entonces, sigue descolocando, haciendo reír y pensar. Porque Fredric Brown no escribía para complacer, sino para jugar, provocar y dejar en el lector una chispa encendida. Su literatura es una máquina de sorpresas que sigue funcionando con precisión atemporal.