El embudo de cuero

The Leather Funnel by Amédée Forestier

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Mi amigo Lionel Dacre tenía su residencia en la Avenida de Wagram, en París, en la casita de la verja de hierro y una pequeña cespedera delante de la fachada, a mano izquierda conforme se va desde el Arco del Triunfo. Supongo que la tal casita es anterior a la apertura de la avenida, y lo deduzco de que sus tejas grises muestran manchas de líquenes, y de que los muros están comidos por la carcoma y descoloridos por los años. Vista desde la calle, la casa producía una impresión de pequeñez. Si mal no recuerdo, tenía cinco ventanas en la fachada, aunque en la parte trasera del edificio éste se estrechaba hasta quedar reducido a una habitación única muy larga. En esa habitación era donde Dacre tenía su extraordinaria biblioteca de ocultismo, y en la que iba atesorando fantásticas rarezas con las que satisfacía su pasión de aficionado, y con las que se divertían sus amigos. Hombre rico, de gustos refinados y excéntricos, había invertido gran parte de su vida y de su fortuna en reunir una colección particular, calificada de única en su género, de obras talmúdicas, cabalísticas y de magia, entre las que había muchas que eran rarísimas y de mucho valor. Llevábanle sus aficiones hacia lo maravilloso y lo monstruoso, y, según he oído decir, sus experimentos en el campo de lo inexplorado y misterioso habían sobrepasado los límites de lo civilizado y de lo decente. Nunca hacía alusión a esos experimentos cuando hablaba con sus amigos ingleses, adoptando en tales casos una postura de investigador y de gran especialista; sin embargo, cierto caballero francés de gustos parecidos a los de Dacre me aseguró que dentro de aquel amplio y elevado salón se habían perpetrado los peores excesos de la misa negra, entre los estantes de libros alineados a lo largo de las paredes y las vitrinas en que están encerradas las rarezas como en un museo.

El aspecto de Dacre bastaba para producir la impresión de que su extraordinario interés por esta clase de problemas psíquicos era más bien de tipo intelectual que espiritualista. En aquella cara voluminosa no se advertía rastro alguno de tendencias ascéticas, pero sí que se descubría mucha energía mental en su cráneo enorme y de forma de cúpula, que se curvaba hacia arriba desde las sienes, en las que raleaban los cabellos, elevándose como una cumbre nevada por encima de su orla de abetos. Sus conocimientos eran mayores que su prudencia, y su capacidad, muy superior a su carácter. Los ojillos brillantes, muy hundidos en su cara carnosa, centelleaban de inteligencia y de insaciable curiosidad por la vida, pero eran ojos de hombre sensual y egoísta. Y basta de hablar de ese hombre, porque el pobre ya ha muerto: murió en el instante mismo en que había adquirido la seguridad de tener en sus manos el elixir de la vida. No voy a tratar aquí de ese complejo personaje, sino de un incidente por demás extraño e inexplicable que se produjo con ocasión de una visita que le hice a principios de la primavera del año 1882.

Yo había trabado conocimiento con Dacre en Inglaterra, porque las investigaciones que llevé a cabo en el salón asirio del Museo Británico coincidieron con las que él llevaba a cabo para tratar de descubrir en las lápidas de Babilonia un sentido místico y esotérico. Nos unió esta conjunción de intereses. Algunos comentarios casuales acabaron convirtiéndose en diálogo de todos los días, y eso nos condujo hasta el borde de la amistad. Le prometí que iría a hacerle una visita en mi próximo viaje a París. En la época en que me fue posible cumplir esa promesa residía yo en una casita de Fontainebleau, y como la combinación de trenes de la noche resultaba incómoda, me invitó a que durmiese en su casa.

—No tengo disponible más que este sofá-cama —me dijo, señalándome con el dedo uno muy amplio que había en su espaciosa biblioteca—. Espero que le resulte cómodo.

Como dormitorio era aquél por demás extraordinario; las altas paredes estaban cubiertas de volúmenes de color marrón, pero para quien era, como yo, un ratón de biblioteca, no se podía imaginar decoración más agradable, porque no hay para mi olfato aroma más grato que el olorcillo rancio y sutil que despide un libro antiguo. Le di la seguridad de que no podía ofrecerme habitación más encantadora ni un ambiente más de mi gusto. Entonces él, mirando a los estantes de libros que había por toda la habitación, me dijo;

—Si estos decorados se salen de lo corriente y de lo apropiado, son por lo menos muy valiosos. He invertido cerca de un cuarto de millón en todos estos objetos que ve usted a su alrededor; libros, armas, joyas, tallas, tapices, imágenes, y difícilmente encontrará usted aquí ninguna cosa que no tenga su historia, una historia digna por lo general de contarse.

Él estaba sentado a un lado de la espaciosa chimenea mientras me hablaba, y yo enfrente de él. A la derecha de Dacre quedaba su mesa de lectura, y la potente lámpara que había encima de la misma proyectaba sobre su parte superior un círculo vivísimo de dorada luz. En el centro de la mesa había un palimpsesto a medio enrollar, y alrededor del mismo un verdadero revoltijo de objetos sumamente raros. Uno de esos objetos era un enorme embudo, del tamaño de los que se emplean para llenar las barricas de vino. Daba la impresión de estar fabricado de madera negra, y con los bordes revestidos de latón descolorido. Yo comenté:

—He ahí un objeto curioso. ¿Qué historia tiene?

—¡Ah! —me contestó—. Eso es precisamente lo que yo me he preguntado muchas veces. Pagaría bien a quien me la contara. Coja el embudo y examínelo.

Así lo hice, y descubrí que lo que yo suponía madera no era tal, sino cuero, aunque los años lo habían resecado dándole extraordinaria dureza. Era un embudo voluminoso que podría contener un azumbre cuando estuviera lleno. El reborde de latón recubría toda la extremidad ancha, pero también la parte estrecha tenía el borde metálico.

—¿Qué le dice a usted eso? —preguntó Dacre.

—Yo diría que perteneció a algún vinatero o fabricante de cerveza de la Edad Media —le contesté—. He tenido ocasión de ver en Inglaterra jarros de cuero que databan del siglo XVII y que presentaban idéntico color y dureza que este embudo.

—Pues sí, me atrevo a decir que esta pieza debe ser más o menos de esa misma época —dijo Dacre—. Tampoco cabe duda de que sirvió para llenar de líquido algún recipiente. Sin embargo, si mis barruntos son exactos, lo empleó un extraño vinatero, y el recipiente que con él se llenó era de clase muy especial. ¿No advierte usted nada raro en el extremo más estrecho del embudo?

Lo puse a la luz y descubrí que la parte estrecha del embudo estaba marcada de abolladuras y arañazos a unas cinco pulgadas por encima del borde metálico, como si alguien hubiese tratado de hacer muescas alrededor con un cuchillo romo. Fuera de ese lugar no se advertía en toda la negra superficie mate ni una sola aspereza.

—Alguien trató de cortar el gollete.

—¿A eso le llama usted un corte?

—Por lo menos parece lleno de rasguños y desgarraduras. Cualquiera que haya sido el instrumento empleado, se necesitó alguna fuerza para dejar esas señales en un material tan duro. Pero ¿qué opinión tiene usted acerca de ese detalle? Yo diría que sabe usted más de lo que dice.

Dacre sonrió y le relampaguearon los ojos de una manera expresiva. Luego me preguntó:

—¿Figura acaso entre sus temas de estudio el de la psicología de los sueños?

—Ignoraba hasta ahora que existiese tal psicología.

—Amigo mío, ese estante de libros que hay encima de la vitrina de joyas está ocupado por obras que se inician con las de Alberto Magno y que tratan exclusivamente de ese tema, que constituye por sí mismo una ciencia.

—Una ciencia de charlatanes.

—El charlatán es siempre el que va abriendo caminos. Del astrólogo salió el astrónomo, del alquimista el químico y del mesmerismo la psicología experimental. El charlatán de ayer será el profesor de mañana. Andando el tiempo, hasta una materia tan sutil y resbaladiza como la de los sueños será sistematizada y puesta en orden. Cuando ese tiempo llegue, las búsquedas de esos amigos nuestros que hay en el estante de libros que le indico no serán ya elucubraciones de místicos, sino las bases de una ciencia.

—Bien; aun dando eso por admitido, ¿qué tiene que ver la ciencia de los sueños con un embudo voluminoso, negro, y con los bordes revestidos de latón?

—Se lo voy a decir. Ya sabrá usted que un agente mío anda siempre a la busca de objetos raros y curiosos con destino a mi colección. Hace algunos días se enteró de que el chamarilero de los muelles del Sena había comprado algunas antiguallas sin valor que se encontraron en un armario de una casa antigua que hay en la parte trasera de la rué Mathurin del barrio latino. El comedor de esta casa antigua está decorado con un escudo de armas, cheurones y listas rojas sobre campo de plata. Se hicieron investigaciones y resultó que ese escudo era el de Nicolás de la Reynie, alto funcionario de Luis XIV. No cabe duda de que los demás artículos descubiertos en el armario datan de los primeros tiempos de ese reinado. De ahí se deduce que todos ellos pertenecieron a ese Nicolás de la Reynie, y este caballero, según tengo entendido, tenía a su cargo el mantenimiento y la ejecución de las draconianas leyes que regían en aquella época.

—¿Adónde quiere llegar?

—Hágame el favor de coger en sus manos el embudo otra vez y de examinar el cerquillo de latón. ¿Distingue usted en el mismo alguna letra?

El cerquillo mostraba, desde luego, algunos arañazos, casi borrados por los años. La sensación general que producía era la de que allí había grabadas varias letras, y que la última de todas tenía cierto parecido con una B.

—Es una B, ¿no es así?

—Así me lo parece, en efecto.

—Y también a mí. A decir verdad, no tengo duda alguna de que es una B.

—Sin embargo, ese aristócrata del que le hablo tenía de inicial una R.

—¡Justamente! Ahí está lo extraordinario del caso. Poseía este objeto curioso, y, sin embargo, había hecho grabar en el mismo las iniciales de otra persona. ¿Por qué lo hizo?

—No tengo la más remota idea. ¿Y usted?

—Pues bien: quizá tenga yo alguna pista. ¿No ve usted un dibujo un poco más allá en el mismo cerquillo?

—Yo diría que es el dibujo de una corona.

—Lo es, sin género de duda; pero si usted lo examina con buena luz, caerá en la cuenta de que no se trata de una corona cualquiera. Es una corona heráldica, un distintivo de categoría, y consiste en un dibujo en el que se alternan cuatro perlas y cuatro hojas de fresal, es decir, el distintivo que corresponde a un marqués. Podemos, pues, inferir de ahí que la persona cuyas iniciales terminan en una B tenía derecho a usar esa corona de nobleza.

—Según eso, este vulgar embudo de cuero pertenecía a un marqués.

Dacre sonrió con una sonrisa intencionada, y dijo:

—O a alguno de los miembros de la familia de un marqués. He ahí todo lo que hemos podido sacar en limpio de ese cerquillo grabado.

—¿Y qué tiene que ver todo eso con los sueños?

No sé si fue que advertí en la cara de Dacre una expresión determinada, o que creí ver en sus maneras alguna sugerencia sutil; pero el hecho es que, mientras contemplaba aquella antigualla de cuero nudoso, sentí que me invadía una sensación de repugnancia, de horror espontáneo.

—Yo he recibido por medio de mis sueños en más de una ocasión datos de suma importancia —dijo mi interlocutor con la solemnidad de maestro que gustaba de adoptar—. En la actualidad, y siempre que me encuentro lleno de dudas sobre un punto concreto relacionado con un objeto, he tomado como norma el colocarlo cerca de mí mientras duermo, con la esperanza de conseguir algún esclarecimiento. A mí este procedimiento no me parece muy oscuro, aunque la ciencia ortodoxa no le haya otorgado todavía su bendición. De acuerdo con mi teoría, cualquier objeto que se haya encontrado en íntima relación con un paroxismo supremo de alguna emoción humana, sea ésta de alegría o de dolor, retiene cierta atmósfera o ligazón que es capaz de comunicarse a una inteligencia de suficiente sensibilidad. No quiero decir con esto que tenga que tratarse de una sensibilidad extraordinaria, sino de una inteligencia tal como la que poseemos usted y yo, entrenada y educada.

—En resumen, que, por ejemplo, si yo duermo junto a esa vieja espada que tiene usted allí en la pared, soñaría, según usted, con algún incidente sangriento en el que intervino esa misma espada, ¿no es así?

—Ha puesto usted un ejemplo excelente. A decir verdad, yo me serví precisamente de esa espada con ese mismo objetivo, y vi en sueños la muerte de su propietario. Éste sucumbió en una intensa escaramuza que no he logrado identificar, pero que tuvo lugar en la época de las guerras de la Fronda. Si usted se pone a pensar en el tema, algunos de nuestros ritos populares nos demuestran que ese fenómeno era ya conocido por nuestros antepasados, aunque nosotros, gente de mayor sabiduría, lo tengamos clasificado entre las supersticiones.

—Cíteme un ejemplo.

—Ahí tenemos, sin ir más lejos, la costumbre de colocar el pastel de la novia debajo de la almohada para que tenga en ella sueños agradables. Es uno de los varios ejemplos que expongo en un pequeño folleto que estoy escribiendo sobre esta materia. Pero, volviendo al punto de partida, le diré que una noche dormí teniendo a mi lado ese embudo, y que tuve un sueño que arroja, sin duda, una luz extraña acerca de su empleo y de su origen.

—¿Qué es lo que soñó usted?

—Soñé…

Cortó la frase, y apareció en su cara maciza una expresión de vivo interés. Luego me dijo:

—Vive Dios, que es una buena idea. Será un experimento de extraordinario interés. Usted es un sujeto psíquico, dotado de nervios que responden rápidamente a cualquier impresión.

—Nunca me puse a prueba en ese terreno.

—Pues lo pondremos esta noche. ¿Sería mucho pedir, como favor especial, que duerma usted esta noche en ese sofá-cama, colocando al acostarse junto a su almohada este viejo embudo?

La petición me pareció grotesca, pero soy hombre de naturaleza complicada y me fascina todo lo que resulta raro y fantástico. No creía ni remotamente en la teoría de Dacre, ni abrigaba esperanza alguna de éxito en aquel experimento; sin embargo, me agradó la perspectiva de realizarlo. Dacre acercó con mucha seriedad un pequeño mostrador a la cabecera de la que iba a ser mi cama y colocó encima el embudo. Luego, tras un corto diálogo, me dio las buenas noches y se retiró.

* * *

Permanecí algún tiempo junto a la chimenea en la que el fuego se iba encenizando, y di vueltas en mi cabeza al curioso incidente ocurrido y al extraño experimento que quizá me esperaba. Aunque yo era escéptico, no dejó de impresionarme algo la absoluta seguridad con que Dacre se había expresado. También lo extraordinario del ambiente, la enorme sala en la que estaban reunidos aquellos objetos extraños, muchos de ellos siniestros, me embargaron con cierta sensación de solemnidad. Finalmente me desvestí, apagué la luz y me acosté. Después de mucho revolverme en la cama, caí dormido. Voy a tratar de describir con toda la minuciosidad que me sea posible la escena que se me representó en sueños. Se me ha quedado grabada en la memoria con mucha mayor nitidez que todas las escenas vistas con mis propios ojos de hombre despierto.

Vi una habitación que tenía el aspecto de estar abovedada. Desde los cuatro ángulos del techo arrancaban otras tantas enjutas que se reunían en el centro, dándole la forma de una copa. La arquitectura era tosca, pero muy sólida, lo que indicaba que sin duda formaba parte de un gran edificio.

Había tres hombres sentados sobre una plataforma alfombrada de rojo. Los tres vestían de negro, con sombreros también de terciopelo negro, de forma rara y recargada en la parte superior. Sus rostros eran muy solemnes y fúnebres. A su izquierda había dos hombres de pie, vestidos con largos hábitos y sosteniendo en las manos unas carpetas que parecían atiborradas de documentos. A la derecha, mirando hacia mí, había una mujercita de cabellos rubios y de ojos bellísimos, de un azul claro. Eran unos ojos de niña. La mujer había pasado ya de su primera juventud, sin que pudiera decirse que hubiese entrado en la edad mediana. Su cuerpo era un tanto grueso, y su porte altivo y firme. El rostro pálido pero sereno. Era un rostro extraño, agraciado, pero felino, y de él emanaba una sutil sensación de crueldad producida por su boca pequeña, firme y recta, y por su mandíbula algo voluminosa. Vestía una túnica de pliegues, floja y de color blanco. Tenía de pie, a su lado, a un sacerdote de cuerpo enjuto y expresión anhelante, que le cuchicheaba algo al oído y levantaba a cada momento un crucifijo delante de los ojos de la mujer. Ésta volvió la cabeza y miró, por encima del crucifijo, a los tres hombres vestidos de negro, que me dieron la impresión de ser sus jueces.

Estaba yo viendo aquello cuando los tres hombres se pusieron en pie y dijeron algo. No pude escuchar sus palabras, aunque me fijé en que era el del centro quien hablaba. A continuación se retiraron de la habitación, seguidos por los dos hombres que llevaban los documentos. Inmediatamente entraron con mucho brío varios hombres de aspecto rudo vestidos con gruesos justillos, y retiraron primero la alfombra roja y después las tablas que formaban la tarima, dejando completamente despejada la habitación. Al desaparecer aquella especie de mampara vi que detrás de ella había algunos objetos por demás extraños. Uno de ellos parecía una cama, pero tenía en ambas extremidades cilindros de madera, con un manillar de torno para graduar la longitud de la misma. Otro objeto era un potro de madera. Vi otros objetos no menos curiosos, y algunas cuerdas que colgaban después de pasar por distintas poleas accionadas por ellas. Tenía cierto parecido con un moderno salón de gimnasia.

Una vez despejada la habitación, apareció en escena un nuevo personaje, alto, delgado, vestido de negro, de cara trasijada y severa. El aspecto de aquel hombre me espeluznó. Sus ropas brillaban de grasa y estaban salpicadas de manchas. Se conducía con lenta e impresionante solemnidad, como si desde el momento de entrar hubiese tomado posesión de todo aquello. A pesar de su aspecto rudo y de su sórdida vestimenta, era él quien tenía que actuar allí; la habitación le pertenecía; era él quien mandaba. Enrolladas en su antebrazo izquierdo llevaba varias cuerdas delgadas. La dama le miró de arriba abajo con mirada escrutadora, pero sin que cambiase la expresión de su rostro. Esa expresión era de firmeza, casi de desafío. En cambio, la del sacerdote había cambiado radicalmente. La expresión de su rostro era de una palidez mortal, y distinguí en su frente, ancha e inclinada, el brillo de las gotas de sudor que corrían por ella. Alzó los brazos en actitud de súplica, y se inclinó una y otra vez para murmurar frases frenéticas al oído de la dama.

De pronto, el hombre vestido de negro se adelantó, desenrolló una de las cuerdas de su antebrazo izquierdo y ató con ellas las muñecas de la mujer. Ésta alargó sus manos mansamente hacia el hombre, mientras éste realizaba su tarea. Hecho esto, agarró con áspera presa el brazo de la mujer y la condujo hasta el potro de madera, que le llegaba un poco por encima de la cintura. La alzó en vilo y la tendió de espaldas encima del potro, con la cara mirando al techo. El sacerdote, trémulo de espanto, se había precipitado fuera de la habitación. Los labios de la mujer se movían rápidos, y aunque yo nada podía oír, comprendí que rezaba. Los pies le colgaban a uno y otro lado del potro, y los rudos lacayos que ayudaban al hombre de negro en sus tareas ataron cuerdas alrededor de sus tobillos y las fijaron a unos anillos de hierro que había en el piso de piedra.

Sentí que me daba un vuelco el corazón a la vista de aquellos ominosos preparativos, pero no pude apartar los ojos del extraordinario espectáculo, porque lo espantoso de la escena me tenía fascinado. Entró un hombre cargado con un cubo de agua en cada mano. Siguió a ése otro más, con un tercer cubo. Los colocaron junto al potro de madera.

El segundo hombre que había entrado traía en la otra mano un cazo de madera con un mango recto y se lo entregó al hombre vestido de negro. En ese mismo instante se acercó uno de los lacayos con un objeto negro en la mano. Ese objeto me produjo incluso en sueños una confusa sensación de cosa conocida. Era un embudo de cuero. Con un impulso tremendo y horrible lo metió en… No pude aguantar más. Se me erizaron de horror los cabellos. Me retorcí, forcejeé, rompí las ataduras del sueño, me precipité con un alarido dentro de mi propia vida y me vi castañeteando de espanto, tendido en el sofá-cama, en el interior de la colosal biblioteca, mientras la luz de la luna irrumpía por la ventana, proyectando extrañas formas en negro y en plata sobre la pared del fondo. ¡Qué sensación tan bendita de alivio experimenté al encontrarme de regreso en mi siglo XIX, al regresar desde aquella bóveda medieval a un mundo en el que los hombres tienen dentro de su pecho corazones humanos! Me senté en la cama, temblando de pies a cabeza, y con el alma dividida entre el espanto y la gratitud. ¡Pensar que hubo tiempos en que se hacían esas cosas, en que podían hacerse sin que Dios fulminase con su rayo mortal a semejantes canallas! ¿Era todo aquello una simple fantasía, o respondía en realidad a hechos ocurridos en las épocas nefastas y crueles de la historia del mundo? Hundí la cabeza sollozante entre mis manos temblorosas. De pronto, de una manera súbita, me pareció que mi corazón se inmovilizaba dentro de mi pecho. Fue tan grande mi espanto que ni siquiera pude gritar. Atravesando la oscuridad de la habitación, algo se iba acercando a mí.

Hay algo que desarma a un hombre, y es el espanto que se produce sobre otro espanto. No razoné, no me fue posible; tampoco pude rezar. Permanecí sentado como una estatua de hielo, con la mirada fija en la negra figura que venía hacia mí cruzando la enorme sala. De pronto, la figura salió al blanco camino del claro de luna y volví a respirar. Era Dacre, y la expresión de su rostro denotaba que su terror era tan grande como el mío. Me preguntó con voz ronca;

—¿Fue usted? Por amor de Dios, ¿qué le ocurre?

—¡No sabe, Dacre, cuánto me alegro de que haya venido! Me hundí en un infierno. Fue algo espeluznante.

—¿Fue usted, entonces, quien gritó?

—Debí de ser yo.

—Su grito resonó por toda la casa. La servidumbre está aterrada.

Encendió una cerilla y prendió la lámpara.

—Creo que podríamos encender otra vez el fuego de la chimenea —agregó, echando algunos leños encima de las ascuas—. ¡Válgame Dios, mi querido amigo, qué palidez la suya! Cualquiera diría que ha visto un espectro.

—Los he visto. He visto varios.

—Según eso, el embudo de cuero ha entrado en acción.

—Ni por todo el dinero que usted me ofreciese volvería yo a dormir cerca de ese artefacto infernal.

Dacre gorgoteó de risa, y dijo:

—Ya contaba con que tendría una noche movidita. Me lo ha pagado haciéndomela pasar a mí, porque el alarido que usted ha lanzado no ha sido muy agradable a una hora como las dos de la mañana. Por lo que acaba usted de decir, me imagino que ha visto en sueños toda la espantosa escena.

—¿Qué escena espantosa?

—El tormento del agua, o como se llamaba en los simpáticos días del Rey Sol, el «interrogatorio extraordinario». ¿Lo aguantó usted hasta el final?

—No, gracias a Dios; me desperté antes de que empezase realmente.

—¡Vaya! Eso que ha salido usted ganando. Yo resistí hasta el tercer cubo. Bueno; se trata de un asunto viejo, y como ya todos ellos están en sus tumbas, ¿qué importancia tiene el conocer los antecedentes que los llevaron hasta ese extremo? Me imagino que usted no tiene la más remota idea de qué escena fue la que vio en realidad.

—El tormento de alguna mujer criminal; pero si sus crímenes guardaban proporción con su castigo, debió ser, efectivamente, una terrible malhechora.

—Nos queda por lo menos ese pequeño consuelo —dijo Dacre, ciñéndose al cuerpo el batín y agazapándose más cerca del fuego—. Eran, en efecto, proporcionados a su castigo; es decir, si no estoy equivocado sobre la verdadera personalidad de aquella dama.

—¿Y cómo ha podido usted identificarla?

Por toda respuesta, Dacre echó mano a un volumen encuadernado en viejo pergamino que había en un estante, y me dijo:

—Preste atención a esto, que está escrito en un francés del siglo XVII, del que le iré dando una versión aproximada conforme leo. Usted mismo podrá decidir si he aclarado o no el acertijo: «La acusada fue conducida a presencia del alto tribunal del Parlamento, en funciones de Corte de Justicia. Se la acusó del asesinato de maese Dreux d’Aubray, su padre, y de sus dos hermanos, los señores D’Aubray, funcionario civil el uno, y Consejero del Parlamento el otro. Al verla resultaba difícil creer que hubiese cometido realmente hechos tan nefandos, porque su aspecto era bondadoso, su estatura pequeña, y su cutis sonrosado, con ojos azules. Pero el Alto Tribunal la consideró culpable y la condenó al interrogatorio corriente y al extraordinario, para forzarla a dar los nombres de sus cómplices. Después fue conducida en una carreta a la plaza de Gréve, donde le sería cortada la cabeza, precediéndose luego a quemar su cuerpo y a esparcir sus cenizas a todos los vientos». La fecha en que se registró esta nota es del 16 de julio 1676.

—Es interesante, pero no convincente —dije yo—. ¿Cómo demuestra usted que esas dos mujeres eran una misma persona?

—A eso voy. El relato deja constancia de cómo se comportó la mujer al ser sometida al interrogatorio extraordinario. «Cuando se acercó el verdugo, ella lo reconoció por las cuerdas que llevaba y alargó sin vacilación sus propias manos, mirándole de la cabeza a los pies sin pronunciar palabra». ¿Qué tal concuerda esto?

—Concuerda totalmente, en efecto.

—«La condenada contempló sin pestañear el potro de madera y las anillas que tantos miembros habían desencajado y tantos alaridos de angustia habían producido. Cuando SUS ojos se posaron en los tres cubos de agua, que estaban ya preparados junto a ella, dijo con una sonrisa: Monsieur, seguramente quien ha traído todo ese agua lo ha hecho con intención de ahogarme, porque espero que no se imaginará que una persona de estatura tan pequeña como la mía sea capaz de engullirla totalmente». ¿Quiere usted que lea los detalles del tormento?

—De ninguna manera, por Dios, de ninguna manera.

—Aquí veo un párrafo que le demostrará con absoluta seguridad que se describe la mismísima escena que usted ha contemplado esta noche: «El bondadoso abate Pirot, incapaz de contemplar las torturas a que se veía sometida su penitente, había salido corriendo de la habitación». ¿Le convence a usted esto?

—Me convence por completo. No puede ponerse en tela de juicio que se trata del mismo acontecimiento. Pero ¿quién es, en ese caso, esa dama de aspecto tan atrayente y que acabó de manera tan horrible?

La respuesta de Dacre fue cruzar hasta donde yo estaba y colocar la lámpara pequeña encima de la mesa próxima a mi cama. Levantó el ominoso embudo y giró el cerquillo de latón, de manera que le diese la luz de lleno. Visto de esa manera, lo grabado en él apareció con mayor nitidez que la noche anterior, y Dacre me dijo:

—Hemos quedado ya de acuerdo en que ésta es la divisa de un marqués o de una marquesa. También estamos de acuerdo en lo referente a que la última letra es una B.

—Así es, sin duda alguna.

—Pues bien: yo apunto la idea de que las demás letras, de izquierda a derecha, son las siguientes: M, M, d, A, una d, y a continuación la B final.

—En efecto; estoy seguro de que usted las ha interpretado correctamente. Distingo con toda claridad las dos letras minúsculas que dice.

—Esto que acabo de leerle —prosiguió Dacre— es el sumario oficial del proceso de Marie Madeleine d’Aubray, marquesa de Brinvilliers, una de las más célebres envenenadoras y asesinas de todos los tiempos.

Permanecí sentado y en silencio bajo el peso abrumador de aquel incidente de índole tan extraordinaria, y de la prueba decisiva con que Dacre había explicado lo que realmente significaba. Recordé de una manera confusa ciertos detalles de la vida de aquella mujer, su desenfrenado libertinaje, la sangre fría y la prolongada tortura a que sometió a su padre enfermo, y el asesinato de sus hermanos por móviles de mezquinos intereses. Recordé también la entereza de su muerte, que contribuyó en algo a expiar los horrores de su vida, haciendo que todo París simpatizase con sus últimos momentos y la proclamase mártir a los pocos días de haberla maldecido como asesina. Una única objeción surgía en mi cerebro: —¿Cómo fue que las iniciales de su nombre y apellido fueran inscritas junto con el distintivo de su rango en el embudo? ¿O es que llevaban su respeto medieval a la nobleza hasta el punto de inscribir sus títulos en los instrumentos de tortura?

—Ese mismo problema me tuvo intrigado a mí, pero es susceptible de una explicación sencilla —dijo Dacre—. Este caso despertó en su tiempo un interés extraordinario, y resulta muy natural que La Reynie, jefe de Policía, retuviese el embudo como recuerdo macabro. No era suceso frecuente que una marquesa de Francia fuese sometida al interrogatorio extraordinario. Ahora bien: el grabar las iniciales de la mujer en el embudo para que sirviese de información a los demás es, desde luego, un recurso de lo más corriente en un caso así.

—¿Y esto? —pregunté, apuntando con el dedo hacia las marcas que se veían en el gollete de cuero.

Dacre me contestó, retirándose de mi lado:

—Esa mujer era una tigresa, y me parece evidente que tenía dientes fuertes y afilados, como los tienen las tigresas de otra especie.

Fin

Arthur Conan Doyle. (Edimburgo, Escocia, 22 de mayo de 1859 - Crowborough, Inglaterra, 7 de julio de 1930) fue un escritor y médico británico, conocido mundialmente por crear al personaje de Sherlock Holmes, uno de los detectives más famosos de la literatura. Doyle estudió medicina en la Universidad de Edimburgo, donde conoció al profesor Joseph Bell, quien inspiró el personaje de Sherlock Holmes. Después de graduarse, ejerció la medicina en diferentes lugares, incluyendo un barco ballenero y una clínica en Portsmouth, donde escribió su primera obra, Una historia de la práctica médica.

En 1887 publicó Estudio en escarlata, la primera novela de Sherlock Holmes, que tuvo un gran éxito y lo convirtió en un escritor reconocido. A lo largo de su carrera, escribió cuatro novelas y 56 cuentos protagonizados por Holmes y su ayudante, el Dr. Watson.

Además de la serie de Sherlock Holmes, Doyle también escribió novelas históricas, ciencia ficción, obras de teatro y poesía. Fue un ferviente defensor de la justicia y los derechos humanos, lo que lo llevó a escribir sobre temas como la guerra y la justicia social.

Doyle también fue un deportista apasionado, jugando al fútbol y al cricket en su juventud y practicando el boxeo y la esgrima en su edad adulta. También fue un gran viajero, visitando lugares como Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda y América del Norte.

A pesar de su gran éxito como escritor, Doyle no estaba satisfecho con su obra literaria y anhelaba ser recordado por su trabajo en el campo de la medicina. Sin embargo, su legado literario ha perdurado a través de los años y sus historias de Sherlock Holmes siguen siendo leídas y admiradas en todo el mundo.