El secreto de los heterónimos

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—Toda buena conversación debe ser un monólogo de dos… Debemos, al final, no poder tener la seguridad de si hemos conversado realmente con alguien o si hemos imaginado totalmente la conversación… Las mejores y más íntimas conversaciones, y sobre todo las menos moralmente instintivas, son aquellas que los novelistas mantienen entre dos personajes de sus novelas… Por ejemplo…

—¡Por el amor de Dios! Seguro que no iba a citarme un ejemplo… Eso solo se hace en las gramáticas; no sé si recuerda que hasta nunca los leemos.

—¿Ha leído alguna vez una gramática?

—Yo, nunca. Siempre he tenido una aversión profunda a saber cómo se dicen las cosas… Mi única simpatía, en las gramáticas, era para las excepciones y para los pleonasmos… Escapar a las reglas y decir cosas inútiles resume bien la actitud esencialmente moderna. ¿No es así como se dice?

—Absolutamente… Lo más antipático que hay en las gramáticas (¿ya se ha fijado en la deliciosa imposibilidad de que estemos hablando de este asunto?), lo más antipático que hay en las gramáticas es el verbo, los verbos… Son las palabras que dan sentido a las frases… Una frase decente debe poder tener siempre varios sentidos… ¡Los verbos! Un amigo mío que se suicidó —cada vez que mantengo una conversación un poco larga suicido a un amigo— había tratado de dedicar toda su vida a destruir los verbos…

—¿Por qué se suicidó?

—Espere, todavía no lo sé… Pretendía descubrir y fijar la manera de no completar las frases sin parecer hacerlo. Solía decirme que buscaba el microbio de la significación… Se suicidó, claro está, porque un día se dio cuenta de la responsabilidad enorme que iba a echarse encima. La importancia del problema acabó con su cerebro… Un revólver…

—Ah, no… Eso de ninguna manera… ¿No ve que no podía ser un revólver?… Un hombre de esos nunca se pega un tiro en la cabeza… Usted se entiende poco con los amigos que nunca ha tenido… Es un defecto grande, ¿sabe?… Mi mejor amiga: una chica deliciosa que yo he inventado.

—¿Se llevan bien?

—Hasta donde es posible… Pero esa chica, no se imagina…

Las dos criaturas que estaban a la mesa de té no mantuvieron con seguridad esta conversación. Pero estaban tan arregladas y bien vestidas que era una pena que no hablasen así…

FIN

Fernando Pessoa. Fue un poeta que multiplicó su alma para no encerrarse en un solo cuerpo. Nació en Lisboa el 13 de junio de 1888, y murió también allí, el 30 de noviembre de 1935, como si cerrara un círculo que en realidad fue una espiral infinita. Su obra, atravesada por una delicadeza metafísica y un rigor intelectual inusual, lo convirtió en una de las figuras más deslumbrantes y complejas de la literatura del siglo XX. Pessoa no solo escribió poesía: fundó mundos.

Criado en Sudáfrica, en la ciudad portuaria de Durban, recibió una educación británica que marcaría para siempre su sensibilidad y su lengua. Dominó el inglés antes que el portugués, y sus primeros poemas nacieron en la lengua de Shakespeare. Este cruce de culturas alimentó una obra trilingüe que le permitió moverse con naturalidad entre lo local y lo universal. Publicó más libros en inglés que en su idioma natal, aunque fue con Mensagem —su única obra en portugués publicada en vida— que abrazó con lirismo el mito fundacional de su país.

Pessoa fue muchos. Él mismo lo sabía y lo asumía con una lucidez perturbadora. No hablaba de pseudónimos sino de heterónimos: seres completos, con biografías, ideas filosóficas y estilos literarios propios. Alberto Caeiro, con su lirismo campesino; Ricardo Reis, clasicista y estoico; Álvaro de Campos, ingeniero y modernista furioso; Bernardo Soares, el oficinista melancólico de El libro del desasosiego. Y no olvidemos a Alexander Search, su adolescente anglófono. Cada uno de ellos escribió como si Pessoa apenas los mirara escribir. Era, como dijo Robert Hass, un creador de poetas, no solo de poemas.

Su obra navega entre la tradición y la ruptura, entre la claridad del pensamiento clásico y la bruma existencial del modernismo. Pessoa fue contemporáneo de Joyce, Eliot y Pound, pero jugó en su propio tablero. A través de sus máscaras —porque eran máscaras sagradas, no disfraces— interrogó al mundo, a Dios, a la identidad, al tiempo. En él convivían el misticismo, el esoterismo, el nacionalismo mítico y la ironía más fría. Una paradoja con forma de hombre.

Harold Bloom lo llamó el Whitman renacido. Pero Pessoa no necesitó renacer: fue tantos que vivió más de una vida dentro de la misma. Fue traductor riguroso, editor inquieto, lector incansable. Amó a Shakespeare, a Poe, a Wordsworth. Tradujo con la misma precisión con que escribía: como quien decodifica los secretos del alma humana. Su Lisboa no fue solo una ciudad, sino un estado mental. Y su obra, aún hoy, permanece abierta como una pregunta que ningún tiempo podrá responder del todo.

Pessoa dejó miles de papeles inéditos, cofres repletos de pensamientos dispersos, y una posteridad que lo estudia con la devoción que se reserva a los oráculos. Leerlo es adentrarse en un laberinto donde cada pasillo es una voz distinta. Y en el centro de todo, como un misterio no resuelto, su figura: esquiva, contradictoria, brillante. Un hombre que supo ser el más universal de los poetas portugueses sin dejar nunca de ser, al mismo tiempo, nadie.