Ciencia Ficción

Séptima costilla

Después de comer salieron al enorme patio. Habían alquilado el caserón unos días antes, y era la primera vez que pisaban aquella tierra estéril. Solo un coro de grillos animaba la perturbadora tranquilidad nocturna. Avanzaron algunos pasos hasta detenerse junto a un montón de ladrillos calcinados que formaban cierta especie de pira en el centro del lugar. El aire de invierno dolía en los rostros.

—Deja las cosas allí.

El más alto de los dos señaló un pequeño banco situado frente a ellos. El otro, al escuchar la orden, caminó en la dirección indicada y depositó torpemente las bolsas de cuero. Luego, incitado por los nervios y aquella penumbra, desabotonó presurosamente el pantalón, exhalando un suspiro de alivio cuando el líquido caliente aligeró la vejiga muy llena. Al volver, encontró a su compañero ocupado en mover el vagón cargado de leña que aún permanecía en el portal. Se adelantó a ayudarle. Las cuatro manos empujaron, torcieron. Con gran esfuerzo lo lograron arrastrar al sitio designado y estuvieron algunos minutos apilando aquella leña seca sobre los ladrillos. No hablaban, solo alguna mirada bastaba para enfocarse nuevamente en el trabajo. A pesar de las bajas temperaturas, el sudor les adhería las ropas. Acabada la leña comenzaron a amontonar libros y trozos de carbón desperdigados por el patio. El coro de grillos había cesado y el rumor de las respiraciones cortaba el aire. Cuando la pira estuvo concluida el más pequeño se dirigió al banco y regresó con dos pomo llenos de un líquido viscoso. Rociaron el contendido sobre la leña. El más alto estornudó cinco veces mientras se deshacía en maldiciones contra aquel olor a petróleo. El otro evitaba sonreír. Pasado lo peor de la alergia, extrajo un cerillo de la caja después de buscar en sus bolsillos y lo lanzó con furia sobre el montón. Rápidamente las llamas consumieron el papel y se dedicaron a crecer entre la leña y el carbón, convirtiéndose pronto en una hoguera intensa.

La noche avanzaba ahora salpicada de ceniza. Ambos cruzaron rápidas miradas. Cada uno sabía de memoria su parte en aquel plan. El más alto de los dos hombres pasó un pañuelo por la frente húmeda y tensa. Respiró hondo. Cerró fuerte los puños.

—¡Este es el momento! ¡No te acerques! —rugió hacia su compañero.

Sorprendido, el otro se alejó algunos metros y se reclinó al muro dispuesto a intervenir solo en caso necesario. La voz áspera que antes dictara órdenes era apenas un hilo rasgando la oscuridad, susurrando palabras extrañas. A cada instante la hoguera crecía retadora, devorando las palabras ininteligibles. Los reflejos del fuego dejaban ver ambos rostros expectantes, las ruinas de un muro destrozado por los años, una hilera de bancos y los agujeros de araña desparramados a lo largo del patio. Las siluetas de los dos hombres se proyectaban gigantescas sobre la tierra. De súbito, el más alto se mordió los labios en un intento por no gritar. El pañuelo escapó de sus manos. Al cesar el murmullo y percibir la pose petrificada de su compañero, el más alejado se incorporó perplejo. Ambos quedaron atrapados en ese instante de éxtasis sublime que tantas veces es causa y pretexto de locura.

Dentro de las llamas, una mujer miraba sonriente hacia la tierra. El cabello muy rojo centelleaba entre los fulgores. Su piel tenía gran semejanza con esas vidrieras donde exhiben de forma despiadada objetos infinitamente costosos. Aquella transparencia permitía ver todos sus órganos, la sangre circular por esas venitas azules, abasteciendo los miembros vitales, nervios y latidos del corazón. Este último era mucho más grande de lo normal. Podría decirse que ocupaba casi la totalidad de la caja torácica. Entre sus manos sostenía una manzana de redondez perfecta, seductora junto a aquella desnudez paradisiaca. Los dos hombres continuaban allí. Incapaces de huir, acercarse, o en el último caso gritar. Tan quietos y transfigurados de placer como de miedo. Fascinados por esa presencia inagotable de paz y belleza. Presos irremediablemente en el olor a libertad. Parsimoniosa, la dama alzó sus ojos cual eternos abismo de luz, miró a los débiles mortales rendidos ante ella y les ofreció, como quién regala un boleto hacia algún sueño, la fruta que llevaba. Mientras, movidos por la misma extraña fuerza, estos se doblaron de dolor llevándose la mano al bajo vientre, exactamente al mismo lugar donde les comenzaba a nacer la séptima costilla.

Marlon Duménigo. Trinidad, 1987

Narrador cubano. Ingeniero en Ciencias Informáticas. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la AHS. Mención en el Concurso de Cuentos Casa Tomada 2011 y 2013 y en la categoría de Cuento Fantástico en el Oscar Hurtado 2012 y 2021. Finalista del Concurso de Cuentos Policiales Fantoches 2012. Finalista del Primer Concurso de Narrativa Erótica “Los cuerpos del deseo” y en los I Juegos Florales “Mangle Rojo” 2012. Obtuvo una de las becas del Concurso “El caballo de coral” 2013 y resultó finalista del Premio Cesar Galeano 2013, ambos convocados por el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Finalista del Concurso Literario Portus Patris 2016. Premio en el Concurso Mabuya 2016y Gran Premio en el Ernest Hemingway 2018. Ha publicado Hombres de rutina (cuentos, Editorial Primigenios, 2020).