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Literatura cubana contemporánea

Policial

Summertime

Cuando el recepcionista abre la habitación descubre que los huéspedes se han ido. “¿Está segura de que fueron disparos lo que usted escuchó?”…

El empapelado simula el verano: montículos de arena iluminados por el sol, los castillitos, los niños en bañador correteando por la orilla. Una casa en la costa; el mar a lo lejos amenaza con acercar las olas.

En la habitación vecina una muchacha canta “Summertime”, quiebra la voz; parece una grabación.

—¿Cuánto más tendremos que esperar? —Bobby se pone de pie; se acerca al reloj—. Parece que no pasa el tiempo. ¿Cuándo dijo William que sería?

—Eso no lo sabremos hasta que llegue el momento. Ya lo conoces —Álex está sentado en la cama, mira en dirección a la puerta—. Imagínate, que Maggie preguntó si podía esperar despierta; yo le dije que sí— arruga la frente.

—Por lo visto estaremos toda la noche en este motel de mala muerte.

—Pero vale la pena, después de hoy seremos libres. ¿Puedes creértelo?

—Lo más increíble, Álex, es que William haya tomado esto tan a la ligera. Cuando nos contrató dijo que no había manera de retirarse, en este negocio era hasta el final.

—No tiene otra. Por lo menos yo pensaba irme, lo hubiera permitido o no. Ya estaba cansado.

—Una vez oí a Marlon sobre un hombre que quiso dejar a William; aún hoy, nada se sabe de él.

—Seguro se escapó con una mujer.

—Marlon no lo dijo, pero insinuó que William tuvo que ver con esa desaparición.

—Te he dicho que no deberías escuchar a Marlon y menos sus historias malintencionadas. Si todo sale bien, ya no oiremos más hablar de William, y menos verle la cara a ese perro faldero de Marlon. No quisiera que Maggie se enterara de lo que hago.

—¿Entonces el arma?

—La guardo en lo de mamá. Un simple cobrador de deudas no debe portar armas, ¿o sí?

—A Miriam le hice saber que era necesario en estos tiempos estar protegido.

—Pero a Maggie no hay quien la haga entender que un arma es algo importante; espero que Miriam no haya comentado con ella que tú tienes una. Sería muy raro que un simple cobrador de deudas tenga un arma.

—Pero no somos simples cobradores de deudas, ¿verdad, Álex?

—Pero eso es una cosa que ellas nunca deben saber. ¿O sí?

—No, Álex, eso no es necesario.

—¿Quiénes serán los infelices que tendremos que mandar al otro lado? —Bobby mira por la ventana de frente, sostiene la cortina. Se le antoja cálida; los colores le recuerdan al verano, la arena, la playa.

— Ya conoces a William. Eso no lo sabremos hasta que llegue el momento.

—Deben haberse metido en algo gordo con William, para que él se tome el trabajo de mandarnos a este suburbio.

—Da lo mismo, lo de nosotros es terminar esto y ya.

—Pero es mucho dinero.

—Es hora de que nos pague todo lo que merecemos.

—Casi nos rogó, Álex, para que tomáramos este trabajo. ¿No te da qué pensar?

—Aquí no estamos para pensar, ¿o sí?

—No, Álex, no lo estamos.

—Sólo concéntrate en que esta vez es la última.

—¿Qué harás con el dinero?

—Me iré a la costa, alquilaré una casa. Será como un largo verano. Si lo apetecen podrán hacernos la visita.

—No es mala idea. Pescaremos en algún acantilado; ellas cocinarán lo que cojamos.

—¿Y tú?

—Miriam y yo queremos ir al campo. Compraremos una granja, tal vez sembremos girasoles. Ustedes también serán bienvenidos.

—¿Al campo?

—Sí, queremos aire puro para cuando llegue el bebé.

—Anda, felicidades. ¿Cuándo pensaban decirnos?

—Queríamos estar seguros.

—Deja que Maggie se entere. Creo que también viene siendo hora de que nosotros lo intentemos.

—Eso sería bueno. Así jugarán juntos cuando vayan a la granja.

—O a la costa, en cualquier verano cuando volvamos a alquilar la casa. Esto hay que celebrarlo, voy por una botella de whisky.

—Vamos a esperar, terminemos y después podremos celebrarlo doble.

—No seas aguafiestas. Ni porque es tu primer hijo.

—No es ser aguafiestas, Álex, es ser juicioso.

—¿Entonces unas cervezas? Sólo serán dos.

—Recuerda lo que nos pasó el invierno pasado.

—Deja de culparnos por aquel negro.

—Bebíamos, Álex, y se nos escapó.

—Pero nos salió bien, William se tragó que terminamos el trabajo.

—¿Y si le da por regresar?

—¿No dices que Marlon pinta a William como un maldito hijo de puta? Ese no vuelve, si conoce a William, no vuelve.

—¿Y lo otro?

—Ya comienzas a sonar como victrola.

—No debimos haberlo tomado.

—Lo necesitábamos. Miriam tenía que pagar por el funeral de su padre, ¿no? Maggie quería remodelar la cocina. ¿Qué diferencia iban a ser unos miles de pesos más en los bolsillos de William?

—Pero no era nuestro, Álex. Sólo teníamos que deshacernos del negro y llevarle el dinero que él le debía.

—No seas paranoico. También se tragó que el dinero no estaba. Como si se lo hubiera tragado la tierra.

—¿Y si sabe lo que hicimos?

—No creo que lo sepa. Ya nos hubiera metido una puta bala en la cabeza a cada uno, sin titubear y después como si nos hubiera tragado la tierra.

—¿Y si llega a descubrirlo?

—A estas alturas quien se lo va a contar. ¿Tú?

—Tengo miedo por Miriam.

—Un maldito aguafiestas, eso es lo que eres.

 

Unos toques en la puerta y el sobre de manila entrando por debajo de la puerta. Álex le da codazo a Bobby. Deben permanecer en silencio durante unos minutos, esa es la orden, antes de tomar el sobre.

Dentro del sobre hay otros dos más pequeños y de color blanco. Dentro descubren sus fotos.

—¿Qué coño es esto?

—Te lo dije, Álex, él lo sabe. ¿Ahora que nos hacemos?

—Desaparecer. No tenemos otra.

—Nos va a encontrar, Álex. Marlon tiene razón, William es maldito hijo de puta.

Álex se lleva las manos a la cabeza. Bobby camina a la ventana, descorre la cortina. Afuera todo está desierto.

—Por Dios, Álex, dime, ¿ahora qué hacemos?

—¡Déjame pensar, coño! Tiene que haber una solución.

—¿Y si devolvemos el dinero?

—¿De dónde sacaremos tanto dinero? ¿De la manga?

—Miriam tiene una amiga que trabaja en un banco; podría conseguirnos un préstamo.

—No creo que William quiera su dinero de vuelta. ¿Tú crees que William quiera su dinero de vuelta?

—No, Álex, no creo que él quiera el dinero de vuelta.

Los sobres blancos permanecen sobre la mesa. El que tiene escrito el nombre de Álex contiene una foto de Álex y el que tiene dentro la foto de Bobby tiene escrito el nombre de Bobby.

—Parece que William está también un poco trastornado. Trastocó los nombres. Eso podemos utilizarlo a nuestro favor; algo se me ocurrirá. Tiene que haber una solución.

—No, Álex, William no espera que entre nosotros nos matemos. Creo que él quiere que cada uno se mate.

—William no podía ser tan retorcido. ¿O sí?

—Lo traicionamos, Álex. Lo descubrió y ahora espera hacernos pagar. Después irá tras Miriam y Maggie.

—¡No digas esas cosas, coño! ¡No digas eso!

—Ya podremos olvidar el verano, el acantilado; la granja sólo será un lindo recuerdo. No veré a mi niño corretear entre los girasoles. No quiero que nada le pase a Miriam, Álex, no podría resistirlo.

 

Álex camina al teléfono, descuelga y marca. Le responde Marlon.

—No, William no está en este momento.

—Soy Álex, Marlon.

—Así que es usted. William me pidió que si por casualidad llamaban les preguntara si ya terminaron el trabajo. Pero es innecesario, ¿verdad? Evidentemente aún no terminan el trabajo.

—¿Cómo sabremos que Maggie y Miriam estarán bien?

—William dijo que nada tiene en contra de ellas y si terminan el trabajo prometió que les dará el dinero. Sólo si terminan el trabajo.

—¿Puedo hablarlo con él?

—No, no puedes, como ya te dije él no está en este preciso momento, pero si tienes algún mensaje, puedo dárselo apenas llegue. ¿Algo para decirle?

—No, no hay nada para decir.

—Hasta la vista, Álex. ¿Me saluda, por favor, a Bobby? —y cuelga.

Álex se queda aguantando el teléfono.

—Maldito perro faldero de Marlon.

—¿Qué te dijo?

—Te mandó saludos. ¿Puedes creer semejante cinismo?

—¿Qué más?

—Que William le aseguró que ellas estarán bien, que el dinero se les entregará. William es un maldito hijo de puta, pero tiene palabra. Debemos confiar, no tenemos otra.

—Si él asegura que el dinero será entregado a ellas. Si él asegura que no serán tocadas, entonces debe ser. ¿Verdad, Álex?

—Eso no lo sabremos… No tenemos otra. Tenemos que confiar.

En la habitación vecina la muchacha canta “Summertime”, quiebra la voz, casi parece una grabación. En un momento de silencio escucha los disparos, fueron dos. Un estruendo, un sonido raro que no asocia con el empapelado que se quiebra y en flashazos deja escapar una luz blanca que cubre y ahoga toda la habitación, como las olas precipitándose sobre un acantilado. Luego un silencio.

 

Cuando el recepcionista abre la habitación descubre que los huéspedes se han ido.

—¿Está segura de que fueron disparos lo que usted escuchó?

La muchacha se encoge de hombros; observa como embobecida el empapelado.

—¿Es lindo?

—¿De qué hablas? —El recepcionista la mira fijo.

—El empapelado; parece verano.

Los montículos de arena iluminados por el sol, los castillitos, los niños en bañador correteando por la orilla. Allá, en la colina, en el portón de una casa hay dos mujeres, una de ellas tiene el vientre grande, parece que pronto dará a luz. Ambas  agitan los brazos, saludando quizás, a Bobby y Álex, que sentados en el acantilado, pescan la cena.

A lo lejos, el mar amenaza con acercar las olas.

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Sobre el autor

  • Ariel Fonseca Rivero

    . Sancti Spiritus, 1986. Narrador y poeta.. Licenciado en Informática. Graduado del XIII Curso Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz.  Entre sus principales reconocimientos: Premio Oriente de Literatura para niños y jóvenes Herminio Almendros (2014); XVI Premio Celestino de Cuento (2015) y Beca de Creación Dador (2016). Tiene publicado: …aquí Dios no está (cuento, Ediciones Luminaria, 2010) y El circo invisible (cuento para niños, premio Herminio Almendros, Editorial Oriente, 2014). Su libro Hierbas se encuentra en proceso editorial por Ediciones La Luz. Incluido en las antologías: Abrir otras ventanas (Ediciones Luminaria, 2013), La Casa por la Ventana. Selección de cuentos cubanos (Editorial Arte Cuba, 2013) y Esos cuentos me gustan (Editorial Montecallado, 2014).