Cuentos Argentinos

La expiación

Silvina Ocampo

En La expiación, Silvina Ocampo transforma el amor conyugal en un territorio oscuro y ritual. Una mujer observa cómo los celos de su marido se convierten en una forma extrema de devoción, capaz de anular la mirada del otro y la propia. Entre canarios amaestrados, silencios y obsesiones, el cuento revela cómo el deseo, cuando se confunde con posesión, exige sacrificio y deja tras de sí una expiación sin redención.

El atorrante (1915)

Manuel Mujica Lainez

En el cuento El atorrante (1915), Manuel Mujica Lainez retrata con maestría la frontera entre la razón y la locura. Yves de Kerguelén, un ingeniero francés que alguna vez tuvo prestigio, sobrevive en una casa vacía del conurbano bonaerense, refugiado en recuerdos que lo consumen. A través de un tono poético y un realismo inquietante, el autor muestra cómo la memoria, el deseo y la culpa pueden encerrar a un hombre en su propio pasado.

La cabeza pegada al vidrio

Silvina Ocampo

En La cabeza pegada al vidrio, Silvina Ocampo construye una historia inquietante que mezcla lo cotidiano con lo sobrenatural. Mlle. Dargére, directora de un asilo infantil junto al mar, vive atormentada por la aparición de una cabeza en llamas reflejada en los cristales de su habitación. Con una prosa tan delicada como cruel, Ocampo retrata la fragilidad mental, la represión del deseo y la delgada línea entre la vigilia y el sueño, en uno de sus relatos más turbadores.

El vestido verde aceituna

Silvina Ocampo

Miss Hilton, una mujer entre la infancia y la vejez, viaja con sus recuerdos encerrados en un baúl. En El vestido verde aceituna, Silvina Ocampo la sitúa ante el espejo del arte y del pudor, en un relato donde la apariencia se confunde con la verdad. La historia, de sutil realismo, retrata la vulnerabilidad femenina y la mirada social que juzga, revelando la extraña belleza de lo cotidiano y el poder silencioso del deseo reprimido.

There Are More Things

Jorge Luis Borges

A punto de rendir el último examen en la Universidad de Texas, en Austin, supe que mi tío Edwin Arnett había muerto de un aneurisma, en el confín remoto del Continente...

Muchacha de otra parte

Abelardo Castillo

Cuando me contestó que no era de acá, yo pensé, sin demasiada imaginación, que estaba hablando de Buenos Aires. Es el destino, le dije, yo tampoco soy de acá, y agregué que era un buen modo de empezar una historia de amor...

La causa de Jacobo Uber, perdida

Eduardo Mallea

Una sola cosa salvaba a Jacobo Uber de la abominación: era esa substancia de sufrimiento con que había amasado su vida y que acabó por destruirlo...

El verdugo

Silvina Ocampo

Como siempre, con la primavera llegó el día de los festivales. El Emperador, después de comer y de beber, con la cara recamada de manchas rojas, se dirigió a la plaza, hoy llamada de las Cáscaras, seguido por sus súbditos y por un célebre técnico, que llevaba un cofre de madera, con incrustaciones de oro...

Carta sobre Emilia

Adolfo Bioy Casares

La otra tarde, en la editorial, frente al enrejado castillete de la caja, cuando cobré mis últimos trabajos, usted me previno que el día menos pensado la gente se cansaría de Emilia y yo le prometí otras mujeres. Bueno, mi señor Grinberg, lo engañé...

Las panteras y el templo

Abelardo Castillo

Y sin embargo sé que algún día tendré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano y ella abrirá los ojos mirándome aterrada (creyendo acaso que aún sueña, que ese que está ahí junto a la cama...

La mujer de otro

Abelardo Castillo

Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche. La casa es más o menos como la imaginaba, una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres canteros, cubiertos ahora de maleza...

La estatua de sal

Leopoldo Lugones

-Quién no ha pasado alguna vez por el monasterio de San Sabas, diga que no conoce la desolación. Imaginaos un antiquísimo edificio situado sobre el Jordán, cuyas aguas saturadas de arena amarillenta, se deslizan ya casi agotadas hacia el Mar Muerto, por entre bosquecillos de terebintos y manzanos de Sodoma...

Bajo el agua

Adolfo Bioy Casares

Cuando sané, por fin, de la hepatitis, el médico me recomendó que por unos días me fuera a las sierras, a la costa o al campo, a cualquier parte donde estuviera tranquilo y respirase aire puro. Tomé el teléfono y anuncié a la señora de Pons que solo el 20 de mayo tendría lista la escritura. Thompson me dijo...

Alguien que anda por ahí

Julio Cortázar

A Jiménez lo habían desembarcado apenas caída la noche y aceptando todos los riesgos de que la caleta estuviera tan cerca del puerto. Se valieron de la lancha eléctrica, claro, capaz de resbalar silenciosa como una raya y perderse de nuevo en la distancia mientras Jiménez...

De un cuento conocido

Ricardo Güiraldes

Panchito el tartamudo era en la estancia objeto de continuas bromas. Su padre, don Ambrosio Lara, viejo ya y casi inútil para el trabajo, arrastraba sus últimos años a lomos de un lobuno zarco, de huesos salidos y sobrepaso...

El arzobispo de Samos (1694)

Manuel Mujica Lainez

El arzobispo de Samos camina a grandes trancos por la celda del convento de santo Domingo que le sirve de prisión. Walter ha escapado llevándose lo único que al griego le quedaba: su grueso anillo de oro cuya esmeralda ostenta labrado el mochuelo grato a Minerva...

Del que no se casa

Roberto Arlt

Yo me hubiera casado. Antes sí, pero ahora no. ¿Quién es el audaz que se casa con las cosas como están hoy? Yo hace ocho años que estoy de novio. No me parece mal, porque uno antes de casarse “debe conocerse” o conocer al otro, mejor dicho...

La madre de Ernesto

Abelardo Castillo

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, solo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente...

Esto sí que no podía esperarse

Eduardo Mallea

Por una coincidencia, o por un azar, Apestain se halló en posesión del dato. El dato decía poca cosa. Apenas cuatro líneas, escritas con letra grande. Su importancia resaltaba de que era fidedigno: “La mujer de Escamídez se acuesta todas las tardes con Aláez en el departamento de Aláez”. Luego un domicilio y una cruz...

Amor vencido

Adolfo Bioy Casares

—Cuente —dijo. —No sé muy bien cómo empieza ni dónde estamos. Cuando Virginia pregunta: «¿Recuerdas lo que prometiste?», me falta valor para anunciarle, una vez más, que la semana siguiente almorzaremos juntos, pero que hoy me esperan mis padres.