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Literatura cubana contemporánea

Reseña

Tres narradoras en Ediciones UNIÓN

En el panorama actual de la narrativa cubana, son las perspectivas plurales de las voces femeninas las que han venido a ofrecer nuevos caminos

En el panorama actual de la narrativa cubana, son las perspectivas plurales de las voces femeninas las que han venido a ofrecer nuevos caminos para expresar, comprender y descubrir realidades e imaginarios vedados a las prácticas de los narradores mucho más apegados a la tradición. Si nos aventuráramos a trazar un mapa de las calidades literarias en la actualidad, las escritoras no son piezas representativas de una excepción, es decir, las mujeres barbudas del circo, sino partes imprescindibles de un cuerpo creciente que ha impuesto una marca ineludible que ha de forzar el ya necesario replanteo del canon. A principios de este año, Ediciones UNIÓN puso en circulación tres obras que no podrán ser obviadas a la hora de hacer cuentas del presente literario: Marx y mis maridos, novela de Lourdes de Armas; Sol negro, cuentos de Agnieska Hernández y Mujeres en la cervecera, volumen de narraciones de María Liliana Celorrio, que, reconocido por la crítica en el 2004 y vuelto libro de obligada referencia para un buen número de lectores, ya cuenta con varias ediciones.

Lo primero que llama la atención en la novela Marx y mis maridos, de Lourdes de Armas, es, por supuesto, ese título atrevido sin dudas diseñado para secuestrar al lector y mantenerlo cautivo de unas páginas donde la escritura es una apuesta por la memoria y una voluntad de no permitir que el pasado se esfume en la desidia cotidiana. La desesperanza, el hastío habitual, las vivencias de una época pasada donde se conjugan carencias, renuncias, exilios… El pasado que ha dejado marcas muy dolorosas en ese presente que aun no logra despojarse de los extremismos políticos, del absurdo; la reafirmación de los seres como sujetos ante las presiones de todo tipo que buscan anular identidades a fuerza de querer diluir al individuo en una masa monolítica, son los recursos temáticos con los cuales la autora construye una novela impecablemente concebida. El itinerario que va del noviazgo, pasando por el matrimonio hasta concluir en el divorcio, puede proyectar su imagen especular en la tríada conformada por el encanto de una época, la vivencia de esta y el desencanto final que todo sujeto experimenta hacia determinada ideología… No por gusto, en la parte del divorcio, es decir, del desencanto, es que la voz narrativa de la protagonista anuncia: “Todos teníamos razones para hacerlo, pero nuestras mentes están adiestradas para admitir. Nuestra generación desconoce que existe la posibilidad de no aceptar un mandato, una idea, una ley.

Sabemos o creemos saber que negarse a lo dispuesto es un delito y como tal conlleva a un castigo, que puede ser directo o sutil, la mayoría de las veces la sutileza prevalece y este es el caso que me ocupa”.

Se aprecia en estas páginas de Lourdes esa rara belleza que surge paradójica de la angustia y la ironía expresadas con la sencillez propia de las grandes obras. No hay juicios, no hay denuncia, simplemente hay memoria.

En Sol negro, conversaciones en celdas y galeras, de Agnieska Hernández, el mundo de la prisión, en algunas de sus historias, no está definido solo como el aislamiento y marginación físicos de un sujeto. Aun en aquellos cuentos donde el personaje no padece el encierro como castigo, es posible apreciar que todos son condenados a priori a una vida, parecida a la muerte, en la sombras; de modo que el ser humano siempre queda relegado a una especie y categoría inferiores; hasta libre del encierro, el sujeto es víctima de sus propias libertades coartadas. Este es un libro rico en significantes, pleno de connotaciones más allá de las historias que propone.

Todos los personajes son sujetos de un mundo hostil en que el nombre termina por perderse en términos que denotan objetos. El primer cuento es una pieza ejemplar. El arrobamiento, la realidad enajenante, las incomprensiones, las miserias humanas, el quebranto de la fe… La deshumanización, la pérdida de los valores más esenciales… la insensibilidad como una enfermedad, son los presupuestos temáticos que con eficacia convierten cada cuento en una parábola desgarradora… En algunos casos el lenguaje teatral permea el cuerpo narrativo aportándole a la escritura el valor de lo actuado, de las representaciones, de modo que el lector asume pápeles mucho más activos en la historia y, más que someterse a un rol de espectador más allá del bien y del mal, se reconoce en el absurdo, la deformación, el fantoche y la máscara… Este libro de Agnieska Hernández nos deja páginas de gran valor e imágenes de una altísima belleza. Fijémonos en esta. Dice un personaje masculino sobre una mujer que está presa: “Nunca pensé que las mujeres tuvieran llantos así dentro de la garganta. Era un sonido raro, como una de esas bolsas de nylon que parecen firmes y que entonces yo aprovecho y comienzo a llenarla de cáscaras, de astillas de madera, de ropa que ya no sirve, de papeles viejos. Y voy muy cómodo con la bolsa a cuestas, y de pronto sale un clavo de no se sabe dónde, un clavo que se coló en la recogida, y ese es el clavo que me rompe la bolsa de lado a lado y la basura se me riega por el piso”.

Entre los años 2004 y 2005 un libro de cuentos hizo furor entre los lectores cubanos. Como suele suceder en nuestro medio, el libro levantó comentarios de sobremesa antes de ser detectado por la crítica que terminó reconociéndolo con la debida justicia. Recuerdo que una entrañable amiga me preguntó si me había leídoya Mujeres en la cervecera, de María Liliana Celorrio; lo preguntaba con la certeza de que yo, con mi desconocimiento, le confirmaría su ventaja con respecto a mí por el hecho de haber sido ella quien descubría una voz con resonancias fuera del común quehacer narrativo. Creo que hoy son pocos los que desconocen el éxito del libro de María Liliana.

Es un libro breve con narraciones brevísimas que paradójicamente guardan en sí la potencia de un cosmos, de un infinito de posibilidades interpretativas que ha de ser el atributo primordial de toda obra que tiende al esplendor de los clásicos. Raras veces uno puede observar en un autor esa habilidad de expresarse de manera auténtica y a la vez recurrir a una versatilidad lingüística vertiginosa. En cada texto de Mujeres en la cervecera los narradores se ajustan a ese lenguaje preciso que demanda la historia que debe ser contada. Lo más común en nuestras letras es que el escritor o la escritora apelen a una voz única que le resulta cómoda a la hora de transcribir sus pensamientos. Pocas veces nuestro escritor se arriesga con las variaciones de los registros habituales, incluso de los temas que le son caros. María Liliana Celorrio, no sé si consciente o no, varía los grados de expresión de acuerdo a los temas y el resultado son piezas en verdad magistrales como “La niña y el asesino”, de una condensación narrativa, un grado de sugerencia y una eficacia como solo podemos ver conjugadas en los grandes narradores. “Mujeres en la cervecera”, el cuento, “Tareco de papel”, “El ojo de cristal”, “El jardín de las mujeres muertas”, son de esas piezas que mantengo marcadas en mi ejemplar cuando deseo desmentir a aquellos papagayos —es decir, seres envidiosos incapaces de parir media línea para un relato—, que viven diciendo (sin leer) que ya en Cuba no hay grandes cuentistas. Mujeres en la cervecera es más que un libro ameno —y a ratos estremecedor— como se anuncia en la cubierta del 2004. El de Liliana se ha convertido en un título imprescindible a la hora de establecer pautas para la refundación de un nuevo canon acorde con las realidades literarias que demanda este nuevo milenio. Los de Lourdes de Armas y Agnieska Hernández sin dudas enrumbarán con éxito similar por ese mismo camino que, como para todo libro bueno, es decir, excepcional, ha de pasar por los fuegos de una crítica morosa, por las desidias de los seres distraídos, para terminar echando raíces bajo la luz intensa en el jardín de los lectores justos.

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Sobre el autor

  • Ernesto Pérez Chang

    . La Habana, 1971. Narrador y editor. Ha obtenido, entre otros, el Premio David de Cuento 1999 por su libro Últimas fotos de mamá desnuda (Ediciones UNIÓN, 2000); el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2003 por su relato “Los fantasmas de Sade”; el Premio de Cuento La Gaceta de Cuba 2008 por “Escaleras de servicio” y el Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011 por su libro El arte de morir a solas (Editorial Letras Cubanas, 2011). Ha publicado además Historias de seda (Relatos, Letras Cubanas y Áncora, España, 2003); Tus ojos frente a la nada están (Novela, Letras Cubanas) y Variaciones para ágrafos (Relatos, Ediciones UNIÓN).