Narrativa

Un día perfecto para Pedro Juan

  • Revolicuento

A Pedro Juan Gutiérrez, por la creación 
del personaje con sus historias sucias.
Por haberme dado su consentimiento para 
revivirlo en este plagio bienintencionado.

Subido al techo del solar y dándome unos palos de ron, como hago a menudo para huir del calor en mi cuarto, la música puesta a todo meter por los vecinos y el escándalo de las broncas y las templaderas, me da esta tarde por acordarme del suicidio de Angelito. 

Aquello fue en la época cuando vivía en lo más alto de un edificio medio destartalado de los años veinte, dentro de un bajareque construido por mí mismo en la azotea para poder alojarme en el corazón de La Habana junto a mi esposa y nuestro hijo pequeño. Por aquel entonces tenía la creencia de que los borrachos eran tipos felices. Igual que los locos y las viejas putas. Desconectados del mundo y todas las mierdas de la vida, ensimismados en sus baños de alcohol, visiones de grandeza y leche en la vagina. 

Hasta la mañana de Navidad en que el vecino borrachín del cuarto piso me pidió permiso para revisar no sé qué de los tanques de agua. Se subió con tremenda calma y sin mirar atrás ni un instante, se dejó caer, ocho pisos en picada y reventó contra el pavimento.

Después del incidente de Angelito tuve intenciones de dejar la bebida. Fui a ver a un amigo que es maniático del budismo zen y cualquier método de autoayuda asiático. Tienes que buscar la paz interior, me dijo, y todos los días me sentaba en la azotea a conectar con mi yo profundo. 

Sin embargo, nada semejante al yo profundo se me apareció. Y mientras, otras tragedias personales se desataron, la desgracia se iba acumulando alrededor mío, y solamente conseguía que en mi interior siguiera creciendo la rabia y me entraran todavía más ganas de tomar ron. Entonces resolvía una botella y con los primeros buches ya iba sintiendo un poco de la dichosa paz interior. Tal vez de esa misma serenidad que Angelito mostró el día que se mató. 

Soy un guerrero, sé adaptarme y resistir la adversidad, no me dejé vencer por idea suicida alguna y sí opté, en cambio, por escaparme del edificio maldito. Como no podía aspirar a mucho, hice la mudanza para un cuartucho en la segunda planta de un solar ubicado en la misma cuadra. Y aquí estoy, acordándome de Angelito y dándome tragos, sentado en un ángulo de la azotea pero sin temer por mi vida. Y sin ganas de hacer nada, sólo masticar la soledad y dejar que me fluya el alcohol por las venas y los recuerdos por mi mente jodida. 

De un momento a otro deben hacer su aparición los hijos de Lorenzo, para disputarse como siempre el puesto detrás del telescopio. Y yo me divertiré observándolos, socarrón, sabiendo la travesura a que se dedican, nada que ver con el amor por las estrellas. Entretanto, me dedico a recordar viejos tiempos, de cuando ese telescopio era de mi propiedad y yo imitaba a Sergio, el personaje de Memorias del subdesarrollo, espiando con el artilugio óptico la vida y milagros de los demás. 

Pienso también, con algo de roña conmigo mismo, en la manera que perdí el aparato. En cómo el padre de los muchachos se aprovechó de mi vicio y me lo pidió a cambio de unas diez botellas del mofuco ese que él vendía y me había entregado fiadas. Me dijo que le interesaba la Astronomía y yo cavilando en si este negro ignorante sacó la idea de algún programa de Pasaje a lo desconocido que vio de refilón, o en si el muy hijoeputa me habría visto enfilando el lente hacia las ventanas del edificio de enfrente y le descubrió la erótica utilidad.

Se lo entregué para pagarle la deuda y hasta para que me siguiera proveyendo las veces que no tuviera dinero. Puede que, además, quedara en mí cierta veta decente buscando la oportunidad de apartarme de esos obscenos escrutinios. 

La memoria es cabrona y aunque la nostalgia no alivia el dolor cuando se atraviesa un presente miserable, ella se te impone. Uno termina con la mente encajada en cualquier era pasada, que siempre te parecerá mejor porque la contemplas desde el fondo del pozo. 

Mis recuerdos han empezado a viajar hacia —¿cuánto?, ¿una década atrás?, ¿o dos?: el sentido del transcurrir es huidizo en medio de un hoy que se percibe interminable— el día en que Serguei me regaló el telescopio. Por ende, mis evocaciones también marchan lejos en la geografía, hasta la Rusia de Tolstoi y las anchas estepas. O mejor dicho: hasta la Unión Soviética de Gorki y el sueño comunista. 

Acababa el primer cubano, Arnaldo Tamayo, de subir al cosmos y yo era periodista en la revista de mayor circulación en el país. Me enviaron a la URSS para hacer un reportaje sobre el acontecimiento y a Serguei Ivanovich le tocó servirme de guía. Él había aprendido bastante español en La Habana, donde permaneció par de años impartiendo clases en la academia militar (de lo cual deduje que era, obviamente, agente de la KGB). 

Aquel moscovita risueño describía con entusiasmo contagioso la conquista del espacio por el glorioso pueblo soviético, mientras tragaba vodka con la misma fruición de sus antepasados cosacos. Yo lo escuchaba, tomaba notas, me aburría a ratos y bajaba vodka, aunque con mesura, porque desde la cocina Svletana Abramova, su mujer, no dejaba de hacerme guiños.

Cuando Serguei cayó rendido, la cabeza colgando sobre su pecho, babeante, sobre la misma silla en que estuvo horas hablándome, la Svetlana me tomó del brazo y me remolcó hasta la cama del matrimonio. “Soy muy curiosa”, me dijo —hablaba su poquito en español porque la estaban adiestrando para irse a enseñar Pedagogía a los cubanos— y entendí que no debía preocuparme de amoríos sino solo de satisfacer a esta reina de las nieves que todavía no sabía lo que era templarse a un animal tropical.

Me acaballó, con sus caderas poderosas fijándome al tálamo y las ubres colgantes y movedizas aplastándome la nariz. Era gozona y frenética, pero torpe y le dejé el control sólo unos minutos. Luego la derribé y le di vuelta hasta que sus nalgonas blancuzcas quedaron expuestas y empinadas. Con dos dedos le enganché el clítoris y la empalé por detrás; unos cuantos embates me bastaron para que la rusa gritara algo incomprensible y se removiera en bruscos espasmos. “Mi compota rusa, mi putica culo de leche”, le susurré al oído con más simpatía que sarcasmo; ella sonrió como si entendiera y cerró los ojos. 

“De eso nada, a dormir pal parque, que mira cómo me has dejado”, dije con tono diabólico y le aferré la cara para empujarla hasta mi pinga enardecida. Pero ella se sacó la mano y en cambio me haló hacia sí, con la boca abierta. Adiviné lo que quería, me invertí en el lecho y colgué el falo entre sus labios ávidos. Aparté sus piernas hasta un ángulo máximo y me tiré de cabeza contra los vellos rojizos. Con la lengua separé la raja, acordándome de mi abuelo abakuá cuando decía que un hombre de verdad no come bollo. Pobre viejo imbécil, ni que fuera Boris Polevoi…

Serguei despertó una hora después y me encontró en el mismo lugar, delante de sí, arrancándole a la botella el último suspiro. Para alivio mío, el ruso esbozó una sonrisa amable, como si creyera que sus ojos estuvieron cerrados apenas durante un pestañazo. De pronto, me atenazó un brazo y puesto en guardia para mis adentros, rígido, me eché hacia atrás. Pero me soltó e hizo un gesto invitándome a salir al balcón. 

Afuera hacía un tiempo agradable y montado sobre su trípode había un telescopio. Todos los rusos están chiflados por la astronomía, pensé aquella noche. En cada casa (había visitado algunas), un telescopio. “Si te pones de suerte vas a ver la Salyut”, dijo y reconocí el nombre de la estación espacial que recibió en el cosmos a la nave Soyuz 38 donde ascendió Arnaldo Tamayo con Yuri Romanenko. 

Tras la velada bajo las estrellas, hermanados por incontables rifles de vodka, desperté atrincado como una salchicha entre los cuerpos de Svetlana y Serguei. A la hora de partir, la compota rusa me estampó un beso en la boca y soltó un discursito, que no entendí pero lucía emocionado. El agente de la KGB me dio tres abrazos de oso y extendió hacia mí un gran envoltorio, al tiempo que decía, con los ojos llorosos, “podarok… regalo”. 

Ahora mismo la afectuosa dádiva de Serguei ha sido agarrada por Enriquito, el menor de los hijos de Lorenzo, que esta vez, hecho inusual, acaba de subir al techo primero que su hermano Joseíto. Justo a tiempo para gozar del espectáculo ofrecido por la hija de Rosario y la tipa del panel blanco, en formato agrandado por la lente del artefacto, a través de una ventana al otro lado de la calle.

Con mis ojos de buitre carroñero, he detectado el toqueteo voluptuoso del adolescente y lo veo sacar al aire su sexo encañonado sin mostrar escrúpulos por mi presencia cercana. Dejo que se forje en mi mente el cuadro que él está disfrutando, sin tener que armarlo con la imaginación pues lo contemplé en varias ocasiones mientras fui dueño del telescopio. Boca contra boca, piel mulata sobre color cartucho de la trigueña, pubis hirsuto frotado contra pubis depilado. Un primer enroque, ahora la que en el barrio llaman La Gerente encima de Yuni, los dedos de una incrustados en la vulva de la otra, los pezones como agujas entrechocando las puntas. Después, las tortilleras de costado y amándose en 69, alineadas sobre la cama como los peces de marzo en el firmamento del zodiaco. 

Conozco de memoria el ritual de la pareja y el fragor de sus orgasmos. Puedo dar fe, incluso, del olor de sus pieles, porque una vez estuve ahí, entre ellas. Me inquieta rememorar ese momento. Y aún más el evento precedente, donde empezó todo…

Intentaba remontar los peldaños de mármol sucio, completamente ebrio, casi reptaba, hasta que un hombro salvador apareció de la nada, me sostuvo por debajo del brazo y cargó conmigo hasta el segundo piso. En medio del delirio alcohólico, presentí que era una figura menuda y me asombró que soportase el peso de mi anatomía. Tuve que darle las llaves para que abriera el cuarto; dejarla arrastrarme hacia dentro y ponerme en la cama. 

Debí dormirme al instante. Sin embargo, la sensación de un ambiente cálido alrededor de mi pene hizo que abriera los ojos. Habría sido ideal dejarme llevar por la situación, pero a quién vi con la boca incrustada en mi entrepierna fue a la hijita de Rosario, nada menos, la chivatona del CDR. Recordé los consejos de América, la santera: “Tú tienes arrastre de cadena fuerte, Pedro Juan, tienes que cuidarte, sobre todo de caer en la justicia”. Estaba sufriendo el abandono de mi esposa y la expulsión de la revista, meterme en líos por acostarme con una menor de edad era lo único que me faltaba. 

La borrachera se me pasó de golpe, “suelta, suelta”, le grité horrorizado y ella seguía aferrada. “Me gustas de toda la vida, Pedro Juan, quiero que seas mi primer hombre, y el único”, me decía la chiquilla, sollozando. La empujé, me levanté de un salto y la saqué del cuarto a empellones. Aporreó la puerta, insistente, y yo implorando asustado, “vete, vas a despertar a todo el mundo, vete, por favor”. La oí llorar unos minutos más, hasta que al fin se fue. 

La vida es rara; se suponía que si vivíamos en la misma cuartería, nos encontráramos a menudo. Pero lo cierto es que el destino, o lo que fuera, la apartó de mi camino por mucho tiempo. Hasta una noche, en que estaba sentado en el malecón, solo, bajándome tranquilamente una caneca de buen ron; y dos mujeres suculentas cruzaron la calle delante de mí.

Tuve el impulso de meterme con ellas y sonsacarlas para que me hicieran compañía; pero iban colgadas del brazo, mirándose extraño, presentí demasiada intimidad y pensé “pan con pan, qué lástima”. 

Lucían estupendas por separado y en su conjunto, aunque hicieran pareja dispareja. Morena del Caribe la una, esbelta y fibrosa, esculpida como voleibolista, de culo firme y garboso bajo la licra rosada, con tetas pequeñas y agresivas ceñidas por un corpiño negro de encaje. La otra más clara, de pelo lacio y oscuro, con las mamas talla extra, seguramente de aureolas inmensas, aprisionadas por una chaqueta blanca; y caderas expandidas para alojar un nalgatorio amplio bajo la sufriente saya gris. 

Creí que seguirían de largo, pero me escudriñaron, comentaron algo entre sí y se detuvieron unos metros adelante. La mulata vino hasta donde yo estaba. “¿No me reconoces, Pedro Juan?”, dijo y me di cuenta enseguida, no había cambiado tanto, sólo que ya era toda una mujer. “Yuni”, respondí, me crucé de brazos y saqué la sonrisa más picarona. Entonces me soltó la propuesta; pensé que había hecho la noche y me fui con el dueto. 

Lo que creí sería la realización del sueño de mi vida terminó siendo una experiencia más perturbadora que satisfactoria. Encueras, las dos mujeres sí resultaron todo lo deliciosas que esperaba. Pero no me dejaron participar en el capítulo de desnudarlas. Y ya tiradas las dos sobre la cama, Yuni simplemente abrió las piernas y me pidió “metémela”. Estaba listo, encabritado, la penetré con ganas y estiré las manos sueltas para toquetear a la otra. La trigueña se zafó, me cogió ambas manos y las puso sobre los muslos de la mulata. Ella se apropió de la boca de Yuni todo el tiempo, y también de sus pechos, sin dejarme manosearlos siquiera. 

A mí me tocaba sólo meter y sacar; las miraba besuquearse, darse caricias y comencé a sentir envidia, a juzgar que sólo estaba viendo una película porno, fuera de la puesta en escena y no participando como actor en ella. Quise venirme y acabar ya con ese papel de monigote; pero el deseo empezó a bajar y bajar, hasta que la pinga se desplomó y se salió solita del bollo de Yuni. 

En cuanto dejé libre la vulva, la trigueña se apoderó de ella y con su palpación experta puso a Yuni al borde del orgasmo. Apartado hacia una punta de la cama, me conformé con masturbarme. Y ahí sí me puse caliente de verdad y cuando la mulatica empezó a gritar, viniéndose, yo también alcancé el clímax y me desquité del ninguneo al que me sometían echando chorros de leche encima de las dos. Me pareció que la trigueña, de la cual nunca supe el nombre, ponía mala cara, pero eso no me importó.

Un par de días después, Yuni fue hasta mi cuarto a verme y me explicó:

—Nosotras la pasamos bien templando… A ella no le interesan para nada los hombres, pero yo sí siento a veces que me falta un trozo de carne.

Para eso había quedado yo. Ser el pedazo de carne que faltaba. Con dolor en mi alma le dije a Yuni que no me cogiera más pá su play. Esa misma tarde busqué por vez primera con el ojo del telescopio la ventana del cuarto donde nos acostamos los tres, y desde entonces me limité a atisbarlas por ahí. El hecho de haber participado de la intimidad de esas mujeres por voluntad propia de ellas, no me dejaba sentir la culpa del voyeurista depravado. Sólo para mi consumo, sesión privada, para pajearme las veces que me diera la gana. Hasta que perdí el telescopio y mi peli pornográfica se convirtió en pasatiempo de adolescentes. 

Un reclamo agresivo, “¿qué tú haces ahí?”, me saca del ensimismamiento. El mayor de los hijos de Lorenzo ha hecho acto de presencia y zarandea al pequeño. Empiezan a forcejear los dos como en el juego de la soga, con el aparato codiciado yendo de un lado a otro. Aunque el chico esmirriado no podrá evitar la superioridad del hermano, me pongo mentalmente de parte suya. 

Al otro, Joseíto, varias veces me lo he tropezado por la calle y creo que ese ya está echado a perder. Anda rondando por el bar aún en horario de escuela, con latas de cerveza en la mano y codeándose con el gordo Chong, para el que trabaja de seguro repartiendo la mariguana a sus clientes. 

Finalmente Enriquito va al suelo. Pero en la contienda no hubo verdadero ganador porque el telescopio se ha quebrado y cada quien arrastra su pedazo. El que está de pie incrimina al caído y hasta lo patea, el muy abusador. Oigo a Enriquito aullar “auxilio” y la réplica de Joseíto diciéndole “maricón”. A esto se le agrega mi vergüenza íntima por la rotura del podarok de Serguei, y queda listo el caldo de cultivo para que una rabia ciega me sepulte la razón. Voy a rugir como un león, intervenir, hacer cualquier cosa que detenga el duelo de Abel y Caín, me levanto de un tirón… 

Una vez más sale en mi rescate el susurro de América al oído: “Tú tienes arrastre de cadena fuerte, mi ahijado, tienes que cuidarte…” El miedo me paraliza, tomo distancia, me aquieto. “Tú no quieres involucrarte en lo que te rodea, Pedro Juan, no tienes nada que ver con toda esta gente”, aplico mi máxima. El menor aguanta la golpiza brutal, se encuentra un palo y lo estrella contra el hombro del hermano. Me doy un buche, dejo que brote la paz interior. Ron y circo, que siga la pelea, aguardo el desenlace desde mi luneta de espectador. 

Ruedan liados por el piso, hasta que a los chiquillos se les acaba la picazón y se levantan hechos una mugre de polvo y sangre. Nada nuevo bajo el sol. Desde el inicio de los tiempos el hombre es eso, una alternancia cíclica de armonía y conflicto. 

Pero no entiendo lo que ocurre a continuación: el lastimado Enriquito camina hasta el filo mismo de la terraza y se inclina hacia la calle. Vuelvo a acordarme de Angelito, pal carajo, todo se precipita, el adolescente desaparece de mi vista, ha caído. ¿Vértigo o deseo? El hermano mayor avanza hasta el borde y se queda tieso, mirando hacia abajo. A mí sí que las dudas no me detienen. 

Bajo a saltos el tramo de escalera hasta la segunda planta. Escucho la gozadera de Edelmira, “¡ay, cojones! ¡Papi, así, métemela más duro!” y constato que no se podrá contar con los padres. Franqueo el pasillo a velocidad crucero y ataco los escalones hacia el piso inferior. Algo se me atraviesa cuando ya voy a poner pie en la acera y lo aplasto sin contemplación. Me distraen por unos segundos los gruñidos lastimeros de Corsario, veo de reojo al perro rengo de los muchachos echándose a un lado del portón para lamerse la única pata delantera.

Un aliento entrecortado me calienta la nuca. Joseíto ha llegado corriendo por detrás de mí y se planta en la calle. Llora y grita “mi hermanito, mi hermanito”, pero sólo mira al suelo, atolondrado. Cerca no veo de momento a ninguna otra persona, la gente a esta hora se encueva para comer y ver televisión. 

Cuando lo de Angelito nadie acudió enseguida. Tampoco yo, que desde la cima del edificio contemplé a dos perros callejeros servirse a gusto de los sesos del cadáver. Ahora echo un primer vistazo al cuerpo yaciente de Enriquito. Proyectado desde menor altura, luce más intacto que el del viejo; pero está tendido en una postura bastante imposible para los normales y cuesta saber si yace de frente o de costado. Los brazos flacuchos entre extendidos y doblados, iguales a las torpes alas de un pichón. En medio de estos la cabecita adolescente prendida del cuello torcido. Y al otro extremo, las piernas encogidas como patas de gallinaza en el nido. Evoca la imagen de un fósil de ave prehistórica, tal y como aparece en las ilustraciones de los libros.

Descubro el panel blanco aparcado del otro lado de la calle, con La Gerente de pie junto a la puerta, inmovilizada, el rostro contraído en una mueca de horror. Siento unos pasos aproximándose a la carrera y el alboroto en el solar que se despereza para acudir al show de la desgracia. Pero ya tomé la determinación de dejar atrás la gritería. 

Sacudo a Joseíto para sacarlo del estupor; “busca a tus padres, me lo llevo al hospital”, le digo. Me inclino sobre el pájaro roto; no sé distinguir a un vivo de un muerto y eso en este instante no me importa. Levanto al niño y lo recuesto sobre mi torso sin camisa, que de inmediato se pone rojizo por el hilillo de sangre que brota de una oreja. “Abre ahí”, ordeno a la trigueña y ella obedece. Me cuelo por la entrada lateral del panel, con Enriquito encima.

—¡Dale pal Amejeiras! —le digo, más desesperado que despótico. 

—Ahí no atienden emergencias —me responde—. No hay cuerpo de guardia.

Desde el día del trío con la Yuni y ella, le tengo mala voluntad a esta mujer sin nombre. Su calma del presente me exaspera aún más pero no es la hora de la revancha. Me da miedo mirar al muchacho. No siento sobre mi pecho la usual respiración de un ser vivo.

—Entonces coge pal Calixto. Y arranca ya —propongo. 

Aunque luce lenta su maniobra de salida y que no alcanza en medio del tránsito la velocidad necesaria, me muerdo la lengua. Pero cuando toma la dirección equivocada sí que no me aguanto.

—¡Chica, pá dónde es que tú vas! —le ladro.

—Los casos como este se atienden en el Pediátrico. Es un menor de edad —me replica con autoridad.

Comprendo de súbito que este tipo de situaciones precisan sensatez. Me empieza a caer mejor la trigueña. Y mi estimación se dispara cuando al soltarme en la clínica, dice:

—Voy a regresar al solar, a ver si me da tiempo para recoger a los padres.

Encuentro una camilla abandonada a la entrada del hospital, acuesto al muchacho y me precipito adentro gritando “URGENCIAAAAAA”. Acude una enfermera, voy como un loco chillando “se cayó del techo del solar”, aparece el camillero y toma el mando del vehículo con Enriquito encima. Alguien con aires de doctor me pone la mano en el pecho y dice “espere aquí”, mientras unas puertas verdes se tragan la camilla como por la boca de un túnel. “¿El padre?”, interroga el presunto doctor. “No, vecino”, contesto, ya más ecuánime.

Busco asiento, pego el culo sobre el único que encuentro, de metal duro y frío, y me percato por vez primera de que estoy rodeado de gente, la mayoría quejándose de dolor o con la cara descompuesta.

Me acuerdo de la botella que dejé a medias en la azotea, le echo de menos. El tormento se apodera de mí y me pongo a pensar en que si no me hubiera acordado del suicidio de Angelito… Y si nunca le hubiera dado ese telescopio a Lorenzo. Y si no hubiera estado observando la escena, yo que estoy cagado de aura, que me persigue la tragedia, esto no habría sucedido. 

Salgo disparado hacia las puertas verdes, las aporreo, miro a través de una abertura de cristal y solo veo otro pasillo, vacío. Empujo, estoy dentro, y cuando doy el primer paso un hombre en bata salido de la nada se me planta delante. Reconozco al mismo médico de ahorita y le imploro: “¿Está vivo, eh?”

Da una respuesta en tono amable y me insta a que retroceda. Hago caso, vuelvo a la sala de espera y se me aproxima un grupo de recién llegados. 

Han venido los padres, Lorenzo y Edelmira, el hermano Joseíto, un tipo vestido de policía al que creo haber visto por el barrio, Yuni y La Gerente. La madre es la primera en abordarme: “¿Y Enriquito? ¡¿Dónde está mi hijo?!” Por detrás de ella, Lorenzo me mira con cara de pocos amigos; intuyo que en su mente estúpida estará buscando echarme a mí la culpa. Señalo con el dedo hacia las puertas verdes y Edelmira rompe en llanto, se tambalea, y no cae porque entre el esposo y el otro hijo la sostienen. Me agarra, “¿está vivo, eh?”, me suplica. “Dice el doctor que es un milagro”, le contesto.

Aquí tu papel ha terminado, Pedro Juan. Ya no tienes nada que hacer metido entre toda esta gente. Imbuido en mi soliloquio, comienzo a andar, alejándome. El policía me interpela, “oye, tendremos que hablar después”, y le hago un gesto de consentimiento. 

Siento pasos rápidos detrás de mí, soy alcanzado; dos mujeres se me cuelgan, una de cada brazo. Ojeo a mi derecha; la mulata me dedica una mirada tierna, suelta mi extremidad y me rodea la cintura con su brazo. Desde mi lado izquierdo brota una voz resquebrajada, “ahora me bajaría una botella de Habana Club completa”, confiesa la trigueña. Y Yuni me propone:

—¿Te vas con nosotros?

Enero 2020… Este relato fue concebido originalmente como capítulo de un proyecto de novela colectiva entre 13 autores, titulado provisionalmente “Del otro lado del telescopio”, de próxima publicación.

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