Poesía

Yo soy la piedra

Arrastro esta piedra,/ no por una montaña,/ no hacia la cima de una montaña,/ no la arrastro y vuelve a caer/ sino que va dentro de mí…

I
Arrastro esta piedra,
no por una montaña,
no hacia la cima de una montaña,
no la arrastro y vuelve a caer
sino que va dentro de mí.
Yo soy la piedra.
Lento, lento es mi paso de piedra en el abismo,
en las claustrofóbicas aceras,
lento y triste,
porque aprendí a pensar y mi alma se volvió una piedra.
Maldigo las hojas que comí del árbol del bien y del mal,
del árbol del conocimiento.
Pensar es una maldición,
odiar lo oscuro es una maldición,
amar un pájaro que vuela,
una araña que vibra,
el polvo brillante que vuela sobre el aire.
Odiar la burla, el escarnio, la fauna sin alas,
odiar el amor a la contienda por hastío,
la contienda que llega a hacerme olvidar el peso de la piedra,
es una maldición.
A veces la piedra desvanece su peso, se desmorona, se extingue,
y entonces: llega a morar en mí el insípido, el frustrante, el mortal vacío
y vuelvo a amar el peso de la piedra.

 

II
Cruzaba los tejados aquel día
Libre libérrima librísima
Mi blusa ondeaba al viento
No había nadie más solo yo y la luz
solo yo y el sol.
Corría sobre los zines asimétricos luminosos,
en uno de esos días de lluvia
frescos fresquísimos
adorables en los que luego sale el sol
la luminosidad era húmeda y tersa,
suavísima,
con la delicadeza de un grácil gato allá a lo lejos en el tejado.
Pequeño y a lo lejos parecía una pintura,
cabeza de gato grácil en el tejado,
se llamaría.
Nombre para la belleza de los tejados que reflejan la tarde
donde yo corro libérrima librísima.
Detrás hay también unos pájaros,
están en el cielo detrás y sobre los tejados, vuelan.
Los miro. No todo puede ser perfecto.

 

III
Limpio saneo el ladrillo estaba en una de esas fosas
Me venden otros tengo dinero no los compro
intento sanear el mío
hedor bacterial la mano amputación
la mano negra bacterial el ladrillo desecho la mano desecha la carne
lo beso lo beso sus átomos podridos vestigios
arcilla muerta mi mano mi boca y mi lengua.
Pregonan a viva voz otras arcillas novedosas arenas
No las compro intento sanear.

 

IV
Yo jugué en las ligas mayores
Baby
Puedo ver tu pequeñez debajo
De la sombra de macho alfa
Que proyectas
Yo até caramelos de mentol a mis pezones
Y chupé labios finiseculares
De opio y ajenjo
Por eso Baby
Es que puedo descubrirte
Y eso no significa
Que no te reconozca albatros
Como yo.

 

V
La calle es un demonio
De pálpito y euforia
Yo la atravieso
Ella me atraviesa
La calle no está hecha
Para pensar en serio
Está hecha para caminar
Con orejeras de caballo
Por animales que somos
Por bestias
La calle es una sombra
difuso pavimento
reverberación
de magia de hechiceros
envoltura sórdida
que te escupe
cochina
por eso
amo la soledad del cuarto abandonado
remanso de locos furibundos
ambulantes sin sosiego
ermita de ermitaños
libación para leprosos y mendigos
nosotros
todos nosotros.

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Sobre el autor

  • Claudette Betancourt Cruz

    . Cuba. Graduada de Filología en la Universidad Central Marta Abreu de las Villas. Egresada del XVI Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio Jorge Cardoso. Su cuento Los secretos del silencio fue antologado en Vuelos de Colibrí (Editorial Gente Nueva) y ¡Adelante, Compay Grillo! (Ediciones Ávila). Ha publicado poesía en las revistas Videncia, Alma Mater y El mar y la montaña. Finalista en la Beca de Creación Caballo de coral con el cuaderno de cuentos Lo inmutable. Finalista en el concurso de microrrelatos por sms Mancuspia 2014. Colabora con la revista literaria La letra del escriba ejerciendo la crítica literaria y el periodismo. Coordinadora y anfitriona de la Peña literaria La Siempreviva. Pertenece a la Asociación Hermanos Saíz (AHS).