Narrativa

Catarata azul

El hombre que mató a Dedos Fríos
El hombre que mató a Dedos Fríos

La razón por la que ingresé al cuerpo de la Policía Municipal de Ciudad Juárez, era buscar la verdad en el caso de mi hija ausente, Alondra. Estar en el ojo del huracán del crimen me acercaría a sus secuestradores, a los traficantes de niñas o, en el peor de los casos, a sus asesinos. Si estuviera muerta, estaba determinada a encontrar cada partecita de lo que quedara de ella, así fuera un solo diente. Se lo juré, y no descansaría hasta lograrlo. Mientras el momento del reencuentro con mi hija llegaba, antepondría mi cometido justiciero a todo. Demostraría que podía haber policías honrados entre la corrupción que imperaba. Después supe que no iba a ser tan fácil. Apenas tenía un mes que había comenzado mi verdadero trabajo policial. Me asignaron como compañera de Ariel, con casi diez años de servicio. Él conducía, yo sería su ayudante. Una mañana recibimos una llamada anónima de la Estación Delicias para que acudiéramos a la colonia Juárez Nuevo. Eran ya las ocho, pero el sol había despertado egoísta, indiferente al frío que sentíamos. La chamarra y el chaleco antibalas no bastaban para calentarnos. ¿La calefacción de la patrulla?, sin funcionar desde el invierno pasado. Falta de presupuesto, dijeron. Todavía llevaba el pelo mojado, tan estirado que me achinaba los ojos, recogido en cola de caballo. Si alguien hubiera dado un garnucho a mis orejas, quizá se hubieran partido como una galleta. A Ariel no parecía afectarle tanto el frío. Qué ganas de acurrucarse junto al pecho cuadrado de ese hombretón de uno noventa con manos enormes. La pistola le quedaba chiquita. Lo que no me gustaba era su risa burlona, su habla vulgar, su voz que parecía salir de una catacumba, su costumbre de menospreciar a las mujeres. La primera vez que me subí a la patrulla, puso su manaza en mi muslo. Por lo pronto había que trabajar con él y hacer equipo de trabajo. 

—No encuentro la pinche calle. Dijeron que tomáramos la Hiedra, ¿no? 

—Sí, debe quedar más allá de la Sorgo, cruzando la Toronja Roja —aseguré, mientras seguía la ruta de Google maps en mi cel—. Da vuelta aquí, a la izquierda. 

Mientras encontrábamos el lugar, observé las filas de casas de Infonavit habitadas en su mayoría por trabajadores de la maquila. Idénticas cuando estaban nuevas. Ahora, competían por el color más chillón entre la gama del verde limón, al rosa mexicano, pasando por el violeta. Todas con rejas, como jaulas para pájaros, y hasta con alambre de púas. Convertidas en negocios de tacos, flautas, abarrotes, o de lo que fuera. Tambos de fierro de doscientos litros rellenos de cemento tapando las entradas de varias calles para evitar robos, extorsiones y secuestros, en aumento desde que los federales llegaron. Tuvimos que dar un rodeo para entrar al solar donde quedó el fallecido. Parecía que la constructora lo había destinado para algún jardín infantil futuro, algo que proyectaron o prometieron hacer algún día. Quizá era de ley que lo hicieran, y en el papel, pintadito de verde, se vería bien: “espacio para parque recreativo”. Ahora, lleno de basura y yerba crecida. Un viejo sofá que fue rojo, despanzurrado en el centro. Imaginé un salón del infierno con muerto a diez metros de la barda que dividía las casas del solar, medio oculto entre la mala yerba congelada. Antes de bajar de la patrulla, observamos atentos a nuestro alrededor, metralleta en mano. Los soldados de los cárteles estaban matando policías y tenían mejores armas. El temor a encontrarnos con ellos nos quitó hasta el frío. 

Ahí estaba el occiso recostado contra el sofá, como quien llega del trabajo y se dispone a pasar canales en la tele, un joven delgado, chaparro, con ropa de bajo costo, los tenis rotos, y sudadera deportiva por todo abrigo. Si no lo hubieran matado, habría muerto de hipotermia. Su aspecto, el de un adicto al alcohol o a las drogas, o a ambas. La sangre en la sudadera muy blanca impedía ver cuántos balazos le quitaron la vida. Informamos por radio y, en un rato, llegó la Unidad especializada en la escena del crimen, con forenses y peritos; las trocas de la Policía Ministerial, y una camioneta de transmisión televisiva en vivo. La prensa nunca faltaba. Con manos entumecidas acordonamos el área. Había tanto asesinato en la ciudad que escaseaba cinta amarilla. En la morgue los muertos ya ni cabían.

—Bueno, pues no hay mucho qué hacer. Vamos a localizar los casquillos y a ver si encontramos algo. Oye, se me antojan unos burritos con un café bien caliente, ¿vamos al Crisóstomo de la Gómez Morín cuando terminemos aquí? Los de deshebrada en salsa verde están de muerte. 

—¿Cómo se te ocurre pensar en comer, Ariel? Eres un insensible. 

—Ay, Imperio, más vale que te acostumbres, si esto es de todos los días. ¡De varias veces al día! No vamos a dejar de comer por eso. 

Los peritos encontraron seis agujeros de bala en el pecho del muchacho. No tenía identificación. Edad aproximada: dieciséis años. No había casquillos, lo mataron en otro lado. Ariel y yo llenábamos nuestro reporte. Alrededor, algunos se acercaron para conocer la identidad del muerto. 

—Podemos preguntar a los vecinos si vieron o saben algo. 

—¿Para qué? Tienen miedo, no dirán nada. 

La respuesta de Ariel me exasperó. Su desinterés era sospechoso. Ya entonces empecé a suponer sus vínculos con los narcos. 

—Pues yo voy a preguntar si alguien lo conoce —.Me acerqué a la gente.

—¿Quién es el muertito, agente? Mi sobrino está desaparecido, no vaya a ser él —preguntó una mujer gorda que llevaba a su hijo a la escuela. 

—No sabemos, señora. No tiene identificación. ¿Alguno de ustedes vio o escuchó algo esta madrugada? ¿Si alguien vino a tirar el cadáver? Cualquier pista puede servirnos.

Otra mujer, con un kilo de tortillas en las manos, se apresuró a responder. 

—Pues mire, ayer en la tarde vi al Fredy, al que le dicen AK 47, sentado en ese sillón. Ya andaba hasta atrás, como siempre. Pobrecillo, se quedó tartamudo cuando mataron a su papá delante de él, por eso le decían así. Después agarró la botella y siguió con las drogas. Es todo lo que vi. 

—¿Sabe dónde vive? 

—Por aquí cerca. 

Avisé a Ariel y, con las señas que nos dio la mujer, fuimos a buscar la casa del individuo. Una mujer, avejentada a destiempo con un leve pánico en la mirada, nos recibió. Le describimos al muchacho. A la madre no la sorprendió la noticia. 

—Tarde o temprano sabía que tenía que pasar. Seguido llegaba mal o me lo traían golpeado. A veces me daba miedo. No sabía ni quién era yo. Insultos, gritos, meados en la cocina, quebradero de cosas. Él ya descansa del infierno en que vivía. Yo también estaré en paz. 

—¿Alguna idea de quién pudo haberlo matado? ¿Tenía algún enemigo, amenazas de alguien? 

—No. Su enemigo era él mismo, sus vicios, su tartamudez. Debía dinero a los que le venden las cochinadas que se metía. Me robaba el monedero, ya se había llevado la licuadora, el radio y hasta la tele. 

Después de darnos una lista de posibles proveedores de droga y los datos de su hijo, le pedimos que nos acompañara a identificarlo. Una agente de la Fiscalía la asistió durante la identificación. Ver a un hijo asesinado es como recibir un golpe del cielo, un mandato celestial de postrarte para reconocer lo sagrado de la vida perdida que a ti se te confió. Así se dobló ella hasta caer de rodillas. Pensé en Alondra. Me pregunté qué hubiera sido mejor: si descubrir su cadáver o no saber nunca de ella. No quise aceptar ninguna de las opciones. La encontraría viva. Me volví a concentrar en mi trabajo. 

—Pues tenemos que buscar a la gente que nos dijo la madre, compañero. Es posible que alguno esté implicado. 

—Nosotros no, para eso está el Ministerio Público. Además, este barrio es peligroso. Los vendedores de droga son gente de El Chori. Tienen armas, y esta zona está caliente, hubo una balacera no hace mucho. Vinieron los federales por quejas de extorsión y los recibieron a balazos. Hasta una patrulla se volteó y hubo agentes heridos. 

No quise insistir. Me sorprendía la indiferencia de Ariel. Era un mal policía. ¿No era nuestro deber coadyuvar para solucionar los crímenes? Ya me encargaría de averiguar si estaba en la nómina de los malos, como decía nuestro jefe. La justicia ante todo, me repetí.

Más allá había una escuela preparatoria. Las niñas ya llegaban vestidas con sus uniformes, recién bañadas y peinadas. Lindas y olorosas como jazmines en primavera. Me recordaron a mi hija perdida. Su risa, su costumbre de perfumarse de más en las mañanas. En la casa, el aroma quedaba suspendido un buen rato. No veía cómo este asesinato me daría pistas para saber lo que fue de ella. Si pudiera interrogar al que mató al Fredy. No podíamos retirarnos del lugar hasta que terminaran de recoger evidencias y se llevaran el cadáver. Vigilábamos y manteníamos a los curiosos alejados. Ariel se metió a la patrulla para hacer llamadas con su celular. Yo, atenta a cualquier movimiento sospechoso en la colonia, di una ronda fuera del área acordonada. Vi yerba aplastada que iba de la barda hasta el cadáver. Rastros de sangre. Lo hice notar al agente del MP. 

—Lo han de haber bajado del carro, lo arrastraron y lo llevaron hasta el sillón —concluyó, sin siquiera comprobar mi observación.

Ya dijo, canijo, investigación y resolución en caliente. Quería acabar pronto. Volteaba nervioso hacia la calle cada dos por tres. Los narcos no solo mataban policías, también a ministeriales por investigar, y hasta a los socorristas por auxiliar a los heridos. Por eso la impunidad. ¿Y la justicia? El miedo es más fuerte que ella. Entonces, ¿qué es la justicia? me pregunté otra vez. ¿El cautivador trino de un ave multicolor que revolotea en el aire, inaprensible? ¿Una definición en Wikipedia o el Rincón del vago que hacen repetir a los estudiantes de derecho y de la policía? ¿Un simple adorno de bronce en las oficinas de los abogados? Esas graciosas figuras de mujeres con los ojos cubiertos, con balanza y espada. ¿Acaso la gente cree en Dios porque tiene crucifijos en sus casas? Mucha, sí. Yo también creía en la justicia, en la necesidad de alcanzarla. Igual que los ministeriales, temía morir, pero mi empeño en honrar a mi oficio dominaba mis sentimientos y decisiones. 

Volví al otro día a la escena criminal vestida de civil luego que leí el informe del MP. No incluía las observaciones que hice. Entré de nuevo al solar-basurero. Examiné otra vez la yerba un poco aplastada cuando arrastraron el cuerpo. Vi rastros de sangre del sillón hasta la barda sin pintar de tres metros de alto. Era extraño que no hubiera más si le habían dado seis tiros. Excepto en una parte, vidrios rotos con los picos hacia arriba cubrían el muro a todo lo largo. Pobre protección para desanimar rateros. El informe forense decía que había cortes en las palmas del asesinado. 

Toqué a la puerta de la casa que coincidía con el muro sospechoso. Como si fuera un perro, un puesto ambulante junto a la banqueta, amarrado con una gruesa cadena a un árbol de Mora. “Flautas Tencha”: se leía en grandes letras amarillas. Una anciana con bufanda rosa, en bata y pantuflas entreabrió la puerta después de un rato. Era pequeña, frágil, de mirada autoritaria. Su ojo izquierdo tenía una catarata grisácea o azulada. Me impresionó. Parecía que me mirara por ese único ojo. Advertí temor tras su sorpresa a pesar de todo. 

—¿Qué quiere? 

Le mostré mi identificación de la policía. Una vieja como ella no haría preguntas sobre mi falta de uniforme o vehículo oficial. 

—Buenos días, señora. Ayer por la mañana encontramos el cadáver de un hombre en el terreno detrás de su casa. Quisiera hacerle unas cuantas preguntas. ¿Me permite pasar? Dudó un momento. En sus ojitos borrosos y rasgados de más de ochenta años leí desconfianza. Sin decir nada, abrió la puerta. Un fuerte olor a cloro salió a recibirme. De pronto, una muchacha, de la altura de mi compañero Ariel, entró por la puerta que daba a la cocina, trapeador en mano. Me miró extrañada. 

—¿Quién es usted? Abuela, te he dicho que no dejes entrar a nadie. 

—Imperio Bravo, policía. Investigo un asesinato —dije, y mostré mi gafete. La mujer joven dejó escapar ese ¡ah! de susto tapándose la boca con la mano. 

—¡Esteban, levántate, levántate! —gritó. 

De una habitación que estaba cerrada, salió disparado un joven en pijama, más alto y corpulento que su hermana, con los pelos parados. Los dos se pusieron nerviosos. Sin esperar invitación, me senté en el sillón de la sala y saqué mi libreta de apuntes. La abuela también se sentó. Los nietos de pie, expectantes, los brazos cruzados. Pregunté sus generales. Hortensia Paredes, la abuela; Samanta y Esteban, los nietos, veintiún y dieciocho años. La madre había muerto por enfermedad. El padre no se mencionó. Doña Tencha se hizo cargo de los huérfanos, o ellos de ella. Eran los únicos habitantes de la casa. Los dos trabajaban en la misma fábrica de componentes, de seis a tres y media. 

—¿Hoy no fueron a trabajar? 

—No, tenemos que ir a arreglar unos papeles —respondió con titubeos Samanta, la mayor, después de una mirada de complicidad a su hermano. 

—Ayer muy temprano, nos avisaron de la presencia de un hombre muerto en el baldío que queda detrás de esta calle. A poca distancia de la barda. Más o menos en dirección a esta casa. El muchacho se llamaba Alfredo Martínez. Le decían El AK 47. ¿Lo conocen? 

—Un malandro bueno para nada. Borracho. Desde que amanecía, en busca de algo para robar y comprar droga. Dando mal ejemplo a los chavalos del barrio —contestó como con enojo, Samanta. 

—No era motivo para que lo mataran. Le dieron seis tiros de pistola calibre 22 en el pecho. ¿Escucharon o vieron algo? —pregunté. 

—No, no escuchamos nada. Nos levantamos al cuarto para las cinco para alistarnos para el trabajo y a las cinco y media, salimos —expresó Esteban, molesto también. 

—Quisiera ver la barda que divide su casa del terreno trasero, por favor. 

—Mire, ya le dijimos que no sabemos nada, no escuchamos nada, ¿entiende? 

La aprensión de Esteban iba en aumento. El rostro enjuto con ese ojo cubierto por un velo azulino y la boca, una mueca parecida a una sonrisa, de Doña Tencha, en silencio, parecía burlarse de mí. No podía dejar de mirarla de cuando en cuando. 

—No hay nada que ver, créame, solo es una barda. 

—Eso lo decidiré yo —respondí. 

Me dirigí a la puerta de la cocina que llevaba a un patio pequeño y salí. Los hermanos fornidos seguían mis acciones con cara de preocupación. Observé de cerca el muro hecho de bloques de cemento sin pintura, de arriba abajo, en la parte donde los vidrios superiores faltaban. No había indicios hemáticos. Me agaché para examinar el suelo enlosado. Di una vuelta por el reducido espacio. Había una lavadora y un fregadero de cemento con ropa sucia. También ropa recién lavada en el tendedero. Olía a enjuague floral. En un rincón, descansaba una escalera plegable de tamaño mediano. Eché un vistazo dentro de la lavadora y descubrí una colcha de colores claros. La saqué. Tenía grandes manchas que empezaban a oscurecer y ese olor metálico. Iba llamar por radio a Ariel. Era una posible evidencia del crimen, pero el muchachote me detuvo. 

—Lo maté yo —confesó, alterado, así nomás, como quien dice: me llamo Pedro. 

—Explícame lo que pasó. Vamos adentro. Nos volvimos a sentar. Esta vez en el pequeño comedor. Era una casa con lo esencial. Samanta se mordía las uñas. El ojo azul de la abuela, impasible y frío, vigilaba, como si escuchara. A veces, la octogenaria carraspeaba desde su sitio en el sofá. Encendió un Faro con sus nervudas manos. Las uñas no se habían cortado en algún tiempo. Así relató los hechos Esteban: 

—Antenoche estábamos todos dormidos. Serían pasadas las tres cuando escuché un ruido. Algo como un golpe seco. Paré las orejas y luego me pareció que alguien trataba de entrar por la cocina. Me levanté en chinga. De una caja arriba del clóset saqué la pistola que conseguí con los cholos del barrio hace tiempo, cuando nos robaban el tanque de gas cada semana. Antes de que nos pusieran gas natural. Quería espantarlos, no matar a nadie. 

Samanta empezó a llorar y Esteban se detuvo. También él estaba asustado. La abuela endureció el gesto, como el de alguien que va a tomar una decisión definitiva. El joven siguió hablando luego de una pausa. Su pierna derecha se movía como con vida propia. 

—No, pos entonces salí de la recámara y vi una sombra. Le grité: ¡no te muevas, cabrón! Ya tenía amartillada la pistola apuntándole. No me dio tiempo de prender la luz. Se me echó encima con un fierro. Le vacié toda la carga. Para esto ya mi abuelita y Samanta se habían levantado asustadas y encendieron la luz. Vimos que era el AK. Traía una ele en la mano. Seguro se metió a robar. 

—¿Por qué no llamaron a la policía, Samanta? 

—¡Teníamos miedo! Podían mandar a los federales y hasta los soldados. Se habrían llevado a mi hermano y a saber lo que le pasaría. 

—Y luego, ¿qué hicieron?

—Envolvimos al Fredy en la sobrecama de mi abuela, y entre mi hermano y yo lo subimos a la barda con la escalera. Lo aventamos al otro lado. Nos brincamos, y luego lo arrastramos hasta un sillón viejo que hay allí. Allí le quitamos la sobrecama. Hoy terminamos de limpiar el charquero de sangre y lavamos nuestra ropa, pero nos faltó lavar la sobrecama. 

—Por favor, que me detengan solo a mí. Si nos llevan a los dos, ¿qué va a ser de mi abuela? —rogó el joven. 

—Tenían que haber hablado al 911. Fue en legítima defensa y allanamiento de morada. No había nada que temer —mentí. 

Estaba por llamar a la estación. Pensé que un buen abogado podría probar defensa propia y, con suerte, con mucha suerte, obtener la sentencia en corto tiempo. Pero Doña Tencha, la vieja de la catarata azul, cambió el curso de los acontecimientos. Su voz, aunque cascada, era la de alguien de armas tomar. 

—¡Con una chingada, ya cállense los dos y dejen de protegerme! No tengo miedo de morirme en la cárcel. Mire, señorita, la que lo mató fui yo. Sí, yo le vacié la pistola. Se metió como dijo Esteban, pero mis nietos no estaban. Se habían ido a una fiesta. Yo no desperté hasta que el Fredy abrió la puerta para meterse a mi cuarto. La pistola la tenía en el cajón de mi buró. El AK se tropezó y cayó. Eso me dio tiempo a sacarla y a prender la lámpara. Vi que era el Fredy, bien loco. Le apunté. Alzó un fierro para golpearme. Entonces disparé hasta que ya no había balas. En eso llegaron los muchachos. Para que no me llevara la policía sacaron al Fredy hasta el terreno de atrás. Esa es la verdad. 

Dio otra chupada a su cigarro, mirándome fijamente con su ojo azulón. Sus labios se elasticaron, burlones. 

—Mire, me eché la culpa porque mi abuela ya está muy mayor y con sus enfermedades. Aunque la hubieran dejado libre después, no queríamos verla pasar por todo eso: interrogatorios, cárcel, abogados, los medios. No hubiera resistido. No se la lleve, ni a mi hermana, por favor, lléveme a mí. Diga que todo lo hice yo —suplicó Esteban. 

***

Mientras me alejaba de allí, pensé si era justo que no se supiera quién había sido el asesino de Fredy. Pensé en su madre preguntándose todos los días quién le había quitado la vida y por qué. ¿Debía decírselo yo? ¿Cometí un error, o una injusticia, al no denunciar a la anciana de la catarata azul y a sus nietos? Vi a lo alto, muy alto, volar esa majestuosa ave inalcanzable y comprendí de qué se burlaba la vieja de la catarata azul.

Elpidia García.

Escritora y trabajadora cultural. Trabajó en la industria maquiladora más de 3 décadas. Coordina talleres de escritura creativa. Beca David Alfaro Siqueiros para Nuevos Creadores en 2012; Premio Programa de Publicaciones 2013 del ICHICULT; ganadora de la Convocatoria Voces al sol en 2014, de la UACJ; beca David Alfaro Siqueiros en la categoría Creadores con Trayectoria en 2018. Premio Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila en 2018. Ha publicado tres libros de cuento y un cuento infantil: Ellos saben si soy o no soy (Ficticia-Ichicult, 2014), Polvareda (UACJ, 2015), La rebelión de las muñecas (UACJ, 2017), y El hombre que mató a Dedos Fríos (INBA-Lectorum, 2018), así como en diversas antologías y revistas impresas y digitales.