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El viejo que se comía la suerte

Soligial llora por no ser como debía ser. Llora por no haber sido nunca como siempre quiso

Soligial llora por no ser como debía ser. Llora por no haber sido nunca como siempre quiso. Por su mala estrella. Llora con rabia. Por haber sentido rabia. Por haber sido siempre un animal. Porque de un animal femenino de trabajar y fornicar, había degenerado en un animal doméstico, aguantón y resignado.

¡Margarita!

Por ser vieja y viuda, llora: la vieja más viuda y la viuda más vieja. Por haberle tenido miedo a la muerte, cuando en realidad debió temer a la soledad, al desamor y a la vejez.

¡Laura!

Soligial llora por el día siguiente y por el anterior y por este. Su llanto no es desgarrador ni estrepitoso. Apenas tiene lágrimas. Es una mueca de sufrimiento y una apretazón en el pecho, unas ganas de no vivir atravesadas en la garganta.

¡Mongo!

Más parecen maullidos que sollozos. Llora para sí, en suspiros entrecortados por los mocos. Llora por culpa del Bisa, que repite el llamado a Laura, a Margarita y a Mongo y que saquen ese buey de la punta de yuca, pero Mongo no puede contestarle porque hace años se hundió en el estrecho de la Florida, y Margarita y Laura tampoco, porque están allá internas en un sanatorio desde que lo vieron hundirse. Solo queda ella, con ojeras de muchos días; ella, que enciende la luz y mira el reloj: ya en el ateje está al cantar el gallo de las cinco.

Se asoma por tercera vez al cuarto de donde viene la voz, y debe recibirla el vaho pestilente de los amaneceres —la mierda de viejo tiene más peste que la otra, será que el olor es una revelación de cómo se halla uno por dentro—, pero el Bisa está sentado en el borde de la cama y la mira con los ojos inexpresivos de siempre, como si fueran de plástico, mas no ve manchas ni pegotes pestilentes en sus manos ni en la sábana. El viejo pide el tibor, que tiene deseos de orinar y de hacer caca y Soligial se asusta. Vuelve el presentimiento de ayer, cuando no había derramado la comida, se había lavado las manos, echó la ceniza y el cabo de tabaco en la basura y había preguntado por la hora del baño. Soligial pronosticó que debía suceder algo grande. “Va a llover”, estaría lloviendo una quincena y le saldría moho a las toallas. Todo un acontecimiento… ¿o el Bisa se iría a morir? Quizás lo trascendente era eso, pues la repentina mejoría de los enfermos graves es un mal síntoma, y lo trascendental era que ella se vería al fin libre de aquel azote, Jesús, María y José, la mejor premonición de su vida.

Pone el tibor sobre el cajón y sienta allí al viejo. Ya no tiene aquella apretazón en el pecho, sino un atisbo de euforia, aunque sabe que el ajetreo con el Bisa no ha comenzado. Comenzará un poco más tarde, cuando tenga que conducirlo hasta el patio a cepillarle esas prótesis hediondas. Después a bañarlo, afeitarlo, el desayuno, se orina, cambiarlo, sacarlo al colgadizo, la merienda, atajarlo, el almuerzo, se orina, cambiarlo, se escapa sin rumbo, a buscarlo —¡si tuviera un candado para la reja del patio!— se caga, bañarlo y se dormirá. Una hora. Pero un sueñecito aun sin oscuridad marca el ayer. El Bisa despertará y pedirá café y desayuno creyendo que ya es mañana ¡a las cuatro de la tarde!, no importa, él se orina, merienda, se escapa, a buscarlo, se orina, comida, se caga, ¡tantos infartos que les dan a gente buena y sana, carajo, si cuando uno llega a viejo, que Dios la perdone, lo que deben darle es un toletazo por la cabeza! Cierta vez pensó que si autorizaran a deshacerse de todo ser humano que constituyera un engorro familiar o social, debían procesar a este y convertirlo en algo útil, digamos, en pienso para animales, y esa idea ha seguido tomando forma en su cabeza. Cuánto iba a disfrutar viendo las tiras de carne salada del Bisa destilando salmuera al sol, deshidratándose en los cordeles del patio, Jesús, María y José; cuánto placer al mezclar proteína de viejo en la canoa del cerdo o al lanzarla a las gallinas en el pollero, y degustar después un contramuslo, saborear una sopa o triturar chicharrones con la certeza de que el Bisa se ha convertido — ¡al fin!— en algo útil y agradable. Solo así podrá dormir las noches de un tirón, podrá evitar el atascamiento diario de sábanas, frazadas y todo tipo de ropa saturadas de meao en la batea; podrá vivir a plenitud cada hora del día o de la noche con la seguridad de que ese viejo solo es un kilogramo de huesos entalcados en una cajita metálica y veinte libras de excelente masa proteica para cebadero en el ranchito de desahogo, que se convertirán después en unos nailitos con carne de primera en el frigidaire. Virgen Santa, está hasta el último pelo de lidiar con mierda, pero hoy cojo y lo amarro en el taburete y voy a ver quién se escapa.

El viejo termina y se baja del cajón. “Tengo sueño”, dice con voz gargajosa, como si siempre tuviera flemas en la garganta a punto de salir, pero no tose y se las traga. Soligial continúa sorprendida. Lo limpia con papel periódico y luego con un paño húmedo. Aguarda con resignación toda la lentitud y torpeza de los movimientos hasta que lo arropa de nuevo en el camastro. “Apaga la luz”, dice el viejo y cierra los ojos. Antes de salir, Soligial percibe la respiración acompasada y flemosa. El Bisa se ha dormido y para ella recién comienza su día trascendental.

 

Soligial limpia las cagadas de mosca y polvo a las hojas de su malanguita. Frota con suavidad la mota enchumbada en agua con azúcar. Son cinco hojas. Y antes de exprimir el hisopo para proceder al secado, vuelve a contarlas. Cinco. Ayer eran siete. Escudriña la tierra del macetero buscando un cachazudo. Ni siquiera hay cagarruticas negras. Solo en el tallo el espacio vacío como evidencia de los despojos.

Le habían regalado aquel tallito pelón con muy buenas recomendaciones el mismo día que compró el puerco: “Tú verás; a medida que prospere la matica, prosperas tú”. Y con la falta que le hacían unos meses, qué unos meses, unos días de bonanza… Pero no solo demoraba en crecer, sino que estaba perdiendo lo que con tanta esperanza y angustia había logrado.

Termina el aseo con desaliento y saca el choncho al patio, ya majadero por el hambre, para amarrarlo a uno de los parales del colgadizo. “Si haces lo que te digo, verás que aumenta a libra por día. Primero tienes que desparasitarlo y después… échale comida”. Unas gallinas acuden a los ronroneos del cerdo y rodean la calderita aún vacía. “Anota la fecha y fíjate: el cochinato y la matica te van a sacar adelante. Juntos”. El puerco tan esmirriado y pelón como el gajito. En serio, tenía muy poca fe, pero no le fue difícil incorporar a las otras la rutina de suministrarle la dosis de sol recién nacido, el bueno para los tallitos tiernos. “Ten mucho cuidado en no echarle yuca atrasada. La vianda cruda le hace bien si está fresca, pero es mejor que te acostumbres a salcocharla. La yuca atrasada los mata redondos, porque desprende cianuro. Ten mucho cuidado…” En tantos años, qué no sabría ella de criar puercos.

Siente chirriar la puerta desvencijada que da a la calle en el patio del frente y levanta la cabeza. “Otro predicador”, se dice cuando ve al hombre que traspasa el jardín desde la acera hasta el portal, sorteando a duras penas las pilitas de mierda de gallina en las lajas de cemento.

Los predicadores venían todos los sábados, muy correctos y educados, a hacerla perder el tiempo. Aunque hoy no era sábado, ni aquel hombre parecía predicador, a menos que ahora los Testigos de Jehová estuvieran usando pulovitos pingueros, riñoneras, gorras de los Yankees de New York, gafas de la shopping y portafolios negro colgado al hombro.

Buenos días —dice el hombre desde el umbral. No ha tenido que tocar porque la voz y la mirada atraviesan todas las puertas en línea hasta el patio, donde ella acaba de mezclar el alimento para el cerdo. Tampoco tiene estampa ni uniforme de trabajador social.

Ya va —contesta sin perderlo de vista. Si es un listero, igual lo va a despachar. Lleva meses apostando, pero cuando le anota al viejo, tiran la tragedia; cuando le juega a la tragedia y al viejo, sale la mierda, y si se arriesga con la mierda, sale el viejo, como afirmación de que la mayor tragedia de un ser humano es convertirse en un viejo de mierda. Confirmación irrevocable también de que ella no tiene suerte. Pone la calderita delante del choncho, que la ataca con glotonería, azora las gallinas y se dirige a la sala.

Entre y siéntese —y ella espera de pie. No había visto hasta ese momento el Mercedes parqueado en la calle. Le echa una ojeada de curiosidad y, ¿por qué no? de reconocimiento. Es el mismo que ayer en la mañana estaba más o menos allí y ahora recuerda, ¡vaya memoria!, que el hombre había permanecido sentado en un mogote, siempre de frente a su casa y ella le cruzó muy cerca la segunda vez que regresaba con el Bisa a remolque después de una escapada. Pero ni siquiera atendió cuando el hombre dijo: “Pobrecito el viejito”, porque su mente estaba puesta allá adentro donde rechinaba la leche al derramarse sobre la hornilla.

Solo quiero que me dedique unos minutos, señora, para hablar de lo que me trae aquí con la seriedad que lleva —el hombre se esmera en hablar despacio, pronunciando las eses para denotar refinamiento—. No he venido por casualidad, sino porque conozco algunas cosas acerca de usted y del ancianito.

Perdone, es que estaba atendiendo la cría…

Se ve estupendo, ¿come bien?

Soligial mira al puerquito, que tira tajos con el hocico a las gallinas alrededor del recipiente. Debió haberlo metido en la corraleta. En realidad, ella no lo veía avanzar. Se mantenía ante sus ojos casi como la misma rabuja de hacía tres meses. Pudiera alimentarlo mejor, pero el pienso resultaba demasiado caro, escaso y perseguido. Era menos peligroso fabricarlo deshidratando y moliendo yucas, cáscaras de viandas, desechos de frutas, cascarones de huevo, piel de ajos y vainas de leucaena, ya que no siempre disponía de maíz, y mucho menos de soja. Para completar con proteína, le añadía un porciento de harina de pescado que también secaba al sol en perenne disputa con las auras.

Sí, tiene buena boca —y recuerda que debe hervir con sal una parte del rastrojo de yucas que había conseguido el día anterior en la Cooperativa. La otra parte, junto a las cáscaras, los cogoticos y las puntas, las machacaría para secarlas al sol. Era algo que debía hacer sin falta esa tarde.

Por lo limpio, se ve que usted se preocupa por él.

Lo baña tres veces a la semana, porque no puede soportar aquel hedor dentro de la casa por las noches, y una de sus tareas cotidianas, apenas se levanta, es baldear la cocina, aunque el animal duerme, como un dócil perro, sobre un saco de yute. Contesta que sí, que ella se encarga de eso, sin abundar en explicaciones.

Le ocupa mucho tiempo de su vida, ¿verdad?

Responde que no, sin titubeos. En realidad, solo hay que ser sistemático.

¿Y ya quisiera salir de él?

No, no. Todavía no. Quiero que coja unas libritas más —se ha propuesto cebarlo hasta las doscientas. Solo así podrá “llegarle” a las varas de madera y a los caballos de guano—cana que requiere la reparación de la cobija, pagar el trabajo y guardar algún dinerito. Pero eso será a finales del año. Ahora no.

El hombre se quita las gafas y la mira moviendo la cabeza.

No le estoy hablando del puerco, señora, le estoy hablando del viejo.

¡¿Del viejo?!

Del viejo. Vengo a buscar al viejo.

¡Era eso! Lo trascendental tiene que ser eso. Al fin comienzan a abrírsele los caminos, malanguita linda, y ella que había sospechado otra cosa… Este hombre viene enviado por alguna institución benéfica a través de la trabajadora social, está segura. Y quiere llevarse al Bisa a un Hogar de Ancianos. Sí. El Bisa y ella se merecen una vejez tranquila.

Pero él…no está en sus cabales… —y como el hombre se quedara mirándola, argumenta—: Que tiene los cabales malos —como si se refiriera a piezas de un equipo electrónico y aquello resultara un requisito en contra. No obstante, el corazón retoma los saltitos de por la madrugada.

Lo sé. Estuve observándolo ayer y me conviene. A todos nos conviene, señora. A mí, a usted,… a Dundee.

Soligial se sienta.

¿Y quién es usted?

Digamos que un facilitador.

Pero… ¿viene de parte de algún hospital especializado…una iglesia…una logia…?

No precisamente. Prepárele sus cosas que a la noche vengo a buscarlo.

¿Para llevarlo a un asilo… o algo?

Pudiéramos hacerlo creer, pero no. Esto es un asunto particular.

Soligial no entiende para qué algún “particular” puede querer a alguien así. Quizás unos nietos… Entonces el tal Dundee debe ser un niño que se ha antojado de tener un abuelo. Pero se lo devolverán antes de las veinticuatro horas.

¿Y por qué a él?

Ya le dije. Entre las cosas que investigué, señora, supe que es su suegro; que su nieta (la biznieta de él) no está con ustedes y que demorará en estar; que padece de demencia senil y que usted ha renunciado a todo por atenderlo. Además, señora, con esa enfermedad, sé también que ya constituye un estorbo.

No diga eso, tampoco así.

Así y todo, le ofrezco quinientos dólares por el viejo.

¿Cómo?

Que me lo llevo.

Espérese… —Soligial tartamudea. Tanto tiempo de plegarias y velas en pos de embonar un giro de la suerte, para que ahora alguien se presente a comprarle al Bisa—. Espérese, ¿eso es legal?

El hombre sonríe por primera vez y ella se fija en un casquillo brillante de la dentadura. Extrae del portafolio tres libros y los va turnando ante sus ojos.

Mire, en estos libros está toda la legalidad que se necesita para que las cosas salgan bien: el Código Civil, el Código Penal y el Ele-Pecal.

¿El qué?

Son siglas: Ley de Procedimiento Civil, Administrativo y Laboral. Está todo previsto para que no aparezca como abandono a un incapacitado.

Pero…

Se puede prever dentro de la Ley. Aquí está lo que usted quiera saber. La Ley y la Trampa.

¿Usted toma café?

Se demora más que nunca en enjuagar la taza y el platillo, destapar el termo, servir el café y regresar a la sala. Piensa con turbulencia en la propuesta. Pero, ¿cómo justificar la ausencia? Que se perdió, diría, mas habría que denunciar la pérdida, insistir infinitamente en la búsqueda. Que fue de visita a unos familiares (¿dónde, cuáles, por cuánto tiempo?). Que lo internó en un asilo y allí murió al cabo de los meses (¿trámites a través de quién, en cuál ciudad, cuál asilo, por qué nunca fue a visitarlo?). Esta es la gran oportunidad… pero está el dinero.

Desde la sala le llega la voz del hombre.

Usted nunca ha expresado su pesar en voz alta. Nadie tiene que sospechar que su mano está en esto.

La taza se hunde en el agua del platón. Se percata de los temblores cuando la frota en el pañito de las manos. Y regresa con la convicción de que solo cinco minutos y lo despacha. Hay algo que no anda claro. Nada anda claro.

¿Usted está seguro de lo que está diciendo? —y le alcanza el platillo tintineante.

Es lógica esa primera reacción suya. Yo sabía que sería de esa manera, por eso le hice la propuesta de precio. Su entrega y su dedicación a ese hombre merecen una recompensa.

Desde el patio siente el revoloteo de las gallinas, que siguen asediando la comida del cerdo.

Hay cosas que no entiendo…

Usted no tiene que entender muchas cosas, señora. Solo deje la puerta abierta esta noche a las siete, que haya testigos de que se escapó. Del resto yo me encargo.

Yo no puedo hacer eso.

Lo que no puede hacer es perder la oportunidad. No es el primer enfermo mental que viene a nuestras manos porque se extravía. Con la diferencia de que en ese caso ya vienen gratis. Usted no tiene a nadie a quien rendir cuentas, por eso no tiene que darle explicaciones a nadie. Los vecinos, los amigos, otros viejos, saben que él se escapaba. Y quinientos dólares son quinientos dólares.

¿Y a dónde lo llevaría, si es que se lo lleva?

A la residencia del Jefe —y escurre la taza—. Muy buen café. Me encanta el café criollo.

Y eso… ¿es lejos?

Es mejor que usted no sepa muchas cosas, señora. Sepa solo que va a aliviar su vida.

Las manos temblorosas de Soligial reciben el platillo, que sigue tintineando.

¿El Jefe es Dundee?

El hombre comienza a guardar los libros en el portafolio. Corre después la cremallera despacio, como si comenzara a incomodarse.

Dundee es la mascota del hijo del Jefe.

¿Y no es un niño?

No, señora. Dundee es un cocodrilo.

La taza deja el canto del fondo marcado en el piso de tierra.

¿Cómo?

Que le doy otros quinientos por su discreción.

Soligial recoge la taza y lo mira a la cara. Nota una gran frialdad en los ojos de aquel hombre. Y seguridad. El tipo está confiado. Siente un erizamiento repentino desde las piernas, un hormigueo por la espalda hacia arriba, hasta la cabeza, un mareo que le impide volver a incorporarse. Se apoya en el taburete.

¿Para qué quiere al viejo? —y se da cuenta de que su voz está deformada por el espanto. Siempre le ha resultado rechinante la palabra cocodrilo, pero ahora la encuentra terrible.

Es que la mascota cumple diez años y por esa fecha siempre se le hace un regalito.

Váyase —articula con palidez.

No es usted la primera que se niega en una situación semejante, señora.

¿No se da cuenta de que es inhumano?

Inhumano es que no haya podido usted volver a casarse por atenderlo a él; que le haya dedicado todo el tiempo para tenerlo limpio y sano y que ahora ni él sepa en el mundo que está viviendo, ni la deje a usted vivir el suyo.

A Soligial se le vuelve a nublar la vista. Aparece el Bisa con aquellos ojos inexpresivos, viendo delante suyo un lagarto sin saber que es un lagarto; que se le encima amenazador sin saber que es una amenaza; que le destroza una pierna sin saber que es un peligro y que lo arrastra hasta el agua sin saber que será el final. Mil dólares no pagan el cargo de conciencia.

Es un asesinato.

¿Y cómo se llama lo que está cometiendo él con usted? Aún está en pie, pero mañana puede estar encamado y, si no padece de otra enfermedad, aparte de la mental, puede durar diez o quince años, de los cuales no va a querer acordarse nunca cuando transcurran, si ya no está usted misma loca. Evite eso hoy, señora, que todavía está a tiempo.

Soligial sigue apoyada en el respaldar del taburete. Ve el reguero de vísceras, agua ensangrentada, burbujas de mierda.

Eso es cruel.

La crueldad es un mecanismo de defensa, señora. Para vivir hay que ser cruel.

Váyase —repite—. No puedo hacerle eso a nadie, y menos a un familiar.

El hombre se pone de pie. Acomoda el portafolio en el hombro, se instala las gafas y acentúa el cinismo en otra sonrisa breve cuando suelta la vulgaridad:

Recuerde, señora, que ni el chicharrón es carne, ni el plátano burro es vianda, ni la suegra es familia. Búsquese un testigo, que a las siete estoy aquí.

En ese momento el Bisa llama diciendo que ya es hora de dar de comer a los animales.

El resto del día transcurre en un puro sobresalto. No tiene que lavar la trapera del camastro y es peor: dispone de más tiempo para pensar en la muerte. La de su marido debió haber sido trágica, pero rápida: minutos debatiéndose entre las fauces de los tiburones, y ya. Estar muerto no es difícil, lo difícil es estar vivo. Morir es un proceso corto; estar muerto es un resultado largo, sobre todo para los que quedan vivos, se dice. La del Bisa puede ser parecida. Rápida y servir para algo: para alimentar a un caimán o a un cocodrilo, no está clara de la diferencia, y para un espectáculo recreativo. Abrirán la jaula. Él entrará con ingenuidad, lento, con sus pasitos inseguros, y la familia de Dundee y los curiosos alrededor, expectantes, hasta que gritan, ríen y aplauden como cuando explota una piñata al tirar de las cintas. Quizás hasta fotos o vídeos. Terminará así el Bisa, aquel que en su juventud fue un muchacho taciturno, luego un adulto introvertido y después un viejo zocato, tan zocato que no hacía muecas al afeitarse, según observó un día Yiskiyelki, la primera vez que ella regañó a la nieta por faltarle el respeto al bisabuelo. Soligial no recuerda haberlo visto borracho, ni moviendo el cuerpo al compás de ningún ritmo, o silbando una melodía. Aseguraría que no supo silbar, y si lo había visto carcajear era contadas veces, muy pocas veces, cree que ninguna vez.

A cada momento escudriña la calle, esperando ver el automóvil estacionado en los alrededores. Extrema la vigilancia sobre el viejo. En pueblos grandes hay lugares para atender y cuidar ancianos, pero en Ríos de Primavera el lugar del Bisa es bajo el colgadizo, recostado en un taburete. Allí fuma y escupe contra las tablas aquella saliva ambarina, mientras, con la misma tranquilidad que se le consume el tabaco apretado contra los dientes y se le escapa el humo por la nariz, le chorrea el orine por los pantalones para encharcarle los zapatos y las medias, siempre con la mirada de maniquí triste perdida en un tiempo impredecible, y dispuesto a traspasar la puerta en cualquier descuido. Por eso Yiskiyelki se había ido, porque era un viejo cunculillante. “¿Cun… qué?” se le había encarado Soligial: “Cun-jodedor; cun-atravesao; cun-decrépito; cun-culeco; cagalitroso… ¡eso es cunculillante! ¡No puedo ni con él, ni contigo, ni con este pueblo!”.

Imagina también diálogos con el tipo, a sabiendas de que no supo manejar la situación. El hombre la intimidó con sus insolencias. Debía haberle dicho: “¿Y si usted tuviera un papá…?”, pero él no iba a dejarla terminar: “Señora, esto siempre se hace con el viejo de otro”, y lo peor es que tendría razón. La había escogido a ella porque el Bisa, con relación a Soligial, era “el viejo de otro”. ”Verdad que no es familia mía ni casuncarajo…”, pero le diría que no, siempre que no, hasta le auguraría un final semejante, en el cual aquella prepotencia de joven saludable se convertiría en impotencia con la llegada de la vejez y quizás alguien se creyera con derecho a disponer de su vida. “De un viejo de mierda nadie se acuerda”, le contestaría el tipo. Por miedo a la muerte arrastra ella ese calvario no recuerda desde cuándo y está hoy en esta encrucijada. Si el corredor (porque no era otra cosa que un intermediario corredor de viejos) le hubiera propuesto solo el dinero… pero estaba el cocodrilo. De nuevo, NO. Aún le queda confiar en la prosperidad que le pueden acarrear los cuidados a su malanguita y al cerdo. Dentro de pocos meses verá el resultado. Pero, crueldad aparte, aquello también era un soplo de la suerte, qué un soplo, ¡una ráfaga!, que Dios la perdone, cuántas cosas puede hacer con mil dólares. Y vuelve a darle vueltas a la advertencia del corredor: de no aceptar ella, si el viejo se escapa, adiós Bisa y adiós dinero.

Es en este punto donde toma la determinación. No va a permitir que las fotos del viejo se desgajen amarillentas, como otras que ha visto en los postes del tendido eléctrico o en las paredes de la tienda.

Por eso aprovecha el horario de siesta para hacer una gestión en el barrio y ya a las cuatro está de vuelta.

Lo encuentra sentado a la mesa, de espaldas a ella, prematuramente levantado. Tiene que prepararle la merienda y baldear el charco de orine que la tierra aún no ha absorbido bajo el taburete. Le parece más indefenso que nunca, encorvado y con el pelo canoso revuelto por la almohada, esperando. ¿Esperando, qué? Nada, se dice, o todo. En fin, a ambos ya solo les resta vegetar. Busca un peine y se le acerca para organizarle un poco el cabello. Es cuando le ve la boca, de donde le cuelga un hilillo de saliva oscura.

¿Qué estás comiendo? —no recuerda la fecha exacta en que había dejado de tratarlo de usted, pero debía coincidir con el paulatino resquebrajamiento mental del Bisa—. ¿Qué tienes ahí?

Entonces ve el macetero de barro sin las últimas tres hojas y el cogollo partido en redondo.

¡Abre la boca! —pero el viejo le riposta con la misma estupidez de siempre en la mirada y traga. Ella se queda mirándolo—. ¡Qué barbaridad! —hasta que mueve la cabeza como si negara algo incomprensible—. Eras tú.

Agarra el macetero y contempla el muñón desamparado.

Pone el peine en la mesa y se va a la cocina.

Ya comió —dice el viejo con aquella voz catarrienta. Debe llorar, pero solo deja el recipiente con el tallo mutilado en el fregadero y se pasa las manos por el pecho, donde se le han vuelto a atravesar las ganas de no vivir. Tres meses de esperanza convertidos en un gargajo verde.

Los toques en la puerta y la pregunta: “Sol, ¿ya está el café?”, no la sorprenden. Sabía que Orencio llegaría casi tras ella por la golosina.

Entra —le dice mecánicamente, porque ya él ha entrado. Le ve un pequeño envoltorio en las manos y piensa que por fin algo está saliendo bien. Suspira—. Siéntate.

Orencio pone el paquetico junto al peine y le dirige al Bisa un saludo que no tiene respuesta, como siempre.

Es de uso —dice—, pero lo engrasé un poco y quedó bueno.

Ya sabes —contesta ella—: hasta el fin de año.

Sí. No dejes de pagármelo. ¿Dónde está el animalito?

Allá afuera.

Mientras Orencio sale al patio, Soligial acomoda la cafetera sobre la hornilla. Es lenta, y a veces ella comparaba aquella languidez con la manera en que se desplazan sus días, sus meses, su vida. Cuando los años le pasan a uno por arriba y lo revuelcan, te ponen que, al cruzar una calle, miras a la izquierda y, al mirar a la derecha, ya se te olvidó si viene un carro por la izquierda y tienes que volver a mirar.

Desde el patio oye la voz de Orencio preguntándole azorado que qué le pasa al puerquito.

Sale a ver. Y lo ve arrinconado en la corraleta, caído de los cuartos traseros, convulsionando. En el piso, restos de yucas mordisqueadas, y el saco que había olvidado poner al sol, boca abajo, picoteado por las gallinas. Se lleva las manos a la cabeza.

¡El viejo me desgració!

Es su día trascendental, lo sabe desde ayer. Y mira al vecino con una súplica en los ojos:

¿Se puede hacer algo?

Orencio le tira un brazo por los hombros huesudos y le palmea la espalda, como quien da un pésame.

Sí —dice—. Aprovecharlo. Pon bastante agua a calentar, que voy a cambiarme de ropa para ayudarte.

Y la conduce en silencio al interior de la casa. El Bisa ha desenvuelto el paquetico y golpetea la mesa con el candado, del que cuelgan dos llaves. Soligial apenas lo mira. Va hasta el fogón, donde la cafetera aún no ha comenzado a colar.

Solo necesita que Orencio esté con ella allí hasta las siete, más o menos.

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Sobre el autor

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    . Manicaragua, 1955. Licenciado en Español y Literatura por el Instituto Superior Pedagógico Félix Varela de Santa Clara. Narrador. Tiene publicados los títulos de narrativa En torno al equilibrio, Fuegos fatuos y Dile al corazón que ame en voz baja, así como otros textos en diferentes órganos de prensa del país. Ha sido antologado por la Editorial Letras Cubanas en Otra vez todo el amor (1999) por su premio en el Concurso Cuentos de Amor de Las Tunas, 1994. Ha publicado relatos del género policial en la revista especializada La Gangsterera, de España.