Narrativa

Espinas

Sin abrir, oculto la carta de Nora en un bolsillo y en el otro el anuncio donde se pregona: «Buscamos gente para acabar con la serpiente alada que aterroriza Espinas» Eso cuenta el periódico. De lo que no habla es de las condiciones y de lo primordial: el dinero. Necesito la pasta. Me despidieron de la fábrica de cemento hace un mes y mi vida parece conducida por alguien que no soy yo. Tengo cuarenta y cinco años, dos divorcios, dos hijos, una amante rubia que comparto con un músico que siempre anda de gira, una casa que me quitará el banco si no pago pronto, una afición: pasar las tardes tomando cerveza en los tanatorios, y bueno… también está Nora, o al menos la conservo mientras desconozca el contenido de su carta. Pero ahora mismo manda el estómago sobre los sentimientos. No tengo alternativa: hambre o monstruo. Me da igual lo que paguen o qué demonios haya que hacer; necesito el dinero. Desde luego, no soy John Wayne, pero manejo la escopeta, el ganado se me da bien, y lo que es más importante, sé caminar erguido y poner cara de cabrón. 

Me dirijo a la camioneta dispuesto a tomar la Ruta 88 que me llevará hasta Espinas. En menos de una hora sabré si me aceptan o soy demasiado guapo, demasiado listo, demasiado irónico, o demasiado «lo que se les ocurra» para no darme el empleo. Nada más subir al vehículo, lanzo una ojeada al periódico recién adquirido. La primera plana recoge la noticia que desde hace días alarma a los habitantes de Espinas. Afirma que a media tarde del viernes varios mineros advirtieron un fuerte olor a arsénico quemado. Al levantar los ojos pudieron observar una forma alargada y oscura que al principio confundieron con una nube, pero luego comprendieron que se trataba de un pájaro gigantesco. Dirigiéndose al norte, volaba muy rápido y en línea recta. Sus grandes alas estaban vestidas de plumas rojas, la cabeza tenía forma de langosta, los ojos negros brillaban a la manera de mejillones, y todo el cuerpo mostraba forma de serpiente, cubierto de escamas brillantes que crujían como si fuesen piezas de una armadura. Más abajo, un reportaje acusa al monstruo de haber devorado terneros, puercos, potros y de la desaparición de un niño. Eso cuentan mineros y periodistas, pero la gente rara vez cuenta exactamente lo que ve, y como les aburre la vida que llevan o desean alcanzar una gota de protagonismo, la mayor parte de las veces mienten o exageran. De modo que al final uno no se fía de nadie, ni de sí mismo.