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Literatura cubana contemporánea

Ciencia Ficción

La manzana de Eva

—Deberías volver a hacer juguetes, madre. —Ya no hago juguetes, sólo los reparo. La hija frunció el ceño ante la brusquedad de la respuesta

—Deberías volver a hacer juguetes, madre.

—Ya no hago juguetes, sólo los reparo.

La hija frunció el ceño ante la brusquedad de la respuesta.

—Madre, no es que esté harta de venir hasta aquí a verte, pero deberías preocuparte más por tu bienestar y salir de este lugar.

Fataneh alzó la cabeza y se quitó los espejuelos. Frente a ella, sobre la mesa, yacía a medio arreglar una antigua muñeca.

—Hija, ahora me preocupa más no parecer una vieja demente, y no basta con que me preocupe: lo parezco.

—De eso te hablo justamente. No ganas nada con permanecer aquí. Ven conmigo y retoma tu trabajo.

La muchacha recorrió con una mirada el taller de su madre. Juguetes destripados en grandes cestas de mimbre, aguardando a ser reparados. Un estante repleto de otros ya limpios y arreglados, algunos metidos en sus cajas originales, conservadas intactas por puro milagro. Y presidiendo todo, el gigantesco escaparate de herramientas, la mesa de trabajo y un anticuado ordenador.

—Hace unos días salió la última Stormbride. Está teniendo un éxito loco. Los padres se las arrancan a los dependientes de las manos mientras sus niños gritan afuera. Han subido los precios y nadie chista: siguen comprándolas. Tú podrías estar ahí, podrías perfeccionarlas si quisieras. Podrías hacer otras mejores. Podrías iniciar tu propia línea y enriquecerla con nuevos productos.

“Madre, piénsalo bien. La Reserva no es segura. En casa tenías tu taller, mejor que este. Tenías asistentes y clientes a montones. La gente te hubiera levantado un pedestal…”

—No quiero un pedestal, Rachel. No quiero volver. Terminé con la Stormbride. Aquí tengo paz.

Rachel dejó caer los brazos, desalentada. No entendía que su madre fuera tan cabezota, tan intransigente. No entendía por qué ese afán de enterrarse en la Reserva. En este almacén de degenerados.

—Querías paz: tienes paz —la frase sonó sarcástica—. Corriendo riesgo de enfermarte, arreglando los juguetes de los niños-bomba en este tóxico fin de mundo. A veces ni siquiera saben que sus juguetes están rotos. Cuando se los quitas para arreglarlos te patean y escupen. No tienen ni idea de qué está pasando alrededor.

La vieja tembló debajo de su bata. No reconocía a la niña que había criado reparando juguetes.

En otra época Rachel se levantaba al amanecer y se escondía debajo del mostrador de su madre, bebiendo la leche del desayuno mientras sobre ella Fataneh martillaba, destornillaba, soldaba o raspaba, reparando juguetes que al mediodía los dueños vendrían a buscar.

Venía todo tipo de gente. Adolescentes reacios, arrastrados por sus hermanos menores, con juguetes que les hubieran costado burlas crueles en la escuela si alguien se enterara de que aún jugaban con ellos. Abuelos afectivos que deseaban alegrar a sus nietos reparando viejos robots de compañía, amigos de juegos que habían caducado su tiempo útil, pero a los que una hábil artesana podía devolver la voz y el movimiento utilizando piezas inventadas. Padres apurados que le traían los juguetes a ella porque les hacía camino a la oficina o la fábrica. Y niños, miles de niños escandalosos que aprendían a regatear por no alcanzarles el dinero para reparaciones complicadas.

Fataneh usaba entonces, al igual que ahora, una vestimenta híbrida entre médico, veterinario y mecánico. Debajo de la bata blanca llevaba un overol azul, y cambiaba los aditamentos de su ropa en dependencia de qué clase de juguete le traían y de quién lo traía.

Si era un animal de peluche o plástico, cerraba la bata y agarraba una enorme jeringa. Si era algún tipo de máquina se quitaba la bata; y cuando le traían muñecas y soldados, tomaba un viejo estetoscopio. Para las armas, espadas o pistolas, aún le fallaba un poco la imaginación… pero bastaba con quedarse en overol.

Toda aquella farsa debía hacerse con la cara muy seria, sin disparates ni tonterías. A los niños no les gusta que los adultos se burlen de ellos. Cuando Rachel estuvo lo suficientemente crecida como para que sus manos alcanzaran el mostrador, se unió a la ficción como asistente, y parecía disfrutarla bastante.

Más tarde Fataneh comenzó a trabajar en una fundación privada y el salto de allí a la mesa de diseño y a la fama fue de unos pocos meses.

De la mujer exitosa que solía ser a la cansada vieja que era ahora solo había un trecho de años. Pero, de la Rachel niña que le alcanzaba herramientas, a la mujer independiente que la enfrentaba, la distancia no era de tiempo solamente, sino de universos. No sabía quién era ella. No la quería a su lado.

—Haces mal en subestimar a gente que no cono…

—¡Despierta, madre! —la exclamación estalló como un latigazo y Fataneh se encogió de sorpresa—. Entre esos… los hay de más de veinte años. No son niños… bueno, no solo niños. Son infelices degenerados, retrasados, tullidos.

La vieja no pudo resistir más. Sentía que se ahogaba en aquel desprecio. Era eso lo que la había hecho salir disparada de su taller, de la ciudad. Ese devorarse a sí mismos como una enfermedad autoinmune. Romperlo todo, llenar el agua de porquería, el aire de humo, la tierra de escoria; volver locos los genes hasta que perdieran su camino y luego mirar a otro lado como si no tuvieran culpa, o cargársela a otros.

Se levantó tan violentamente que la silla cayó contra una de las cestas, derribándola y dejando el suelo sembrado de juguetes muertos.

—Vete —murmuró, y su hija reconoció la modulación contenida, aunque hacía años que no la oía con tanta precisión Ven aquí pronosticando una paliza ¿Por qué lo rompiste? que nunca llegaba Explícame por qué pero que solo de insinuarse ya daba miedo.

—No son juguetes que puedas arreglar, madre —retrocedió Rachel—. Dentro de un mes volveré. Ojalá estés más razonable… porque te necesito.

Fataneh la vio irse. Por el mismo camino polvoriento por el que Rachel se alejaba envuelta en su traje aislante, venía Kykubi con la cabeza descubierta; su extraño andar liviano la hacía parecer a punto de volar. En el rostro con forma de corazón brillaba la mancha que identificaba a su tipo: una explosión de blanco que iba oscureciéndose hacia la frente, los pómulos y la barbilla. Niños bomba de ojos rojizos.

Pidió permiso con una mirada alerta y entró cuando le hicieron un gesto de invitación. Acomodó su cuerpo delgado en un rincón y sonrió.

—Siéntate en una silla, haz el favor.

La chica se alisó el pelo con gesto ausente pero no hizo el menor intento por levantarse del piso.

—¿Qué es d… degenerado?

Su voz sonaba torpe, poco usada, y la pronunciación era lenta.

Fataneh tomó asiento a su lado.

—A veces olvido cómo eres —sacó un peine del bolsillo y comenzó a peinarla—. No debes prestar oído a conversaciones ajenas.

—No puedo no oír.

Pedirles que no escucharan una conversación que tenía lugar a menos de veinte metros era absurdo: escuchaban voces a una distancia máxima de un kilómetro y distinguían las palabras a la mitad de esa distancia; y algunos de ellos lograban entender la esencia del diálogo. Hablar de cualquier asunto en la Reserva era no tener secretos.

—Degenerado es algo que ya no es como era.

Kykubi suspiró; no entendía bien. La vieja no sabía explicarle. Podría ser…

—Algo roto.

—Sí, Kykubi, algo roto que no funciona como debería.

La muchacha hizo girar el peine entre los seis dedos de su mano izquierda. Fataneh observó el movimiento, fascinada como el primer día que la vio hacerlo.

—¿Y yo… yo funciono bien?

La artesana sintió que se le congelaba el aliento. Apenas se atrevió a mirar los ojos rojizos de la chica.

—¿Qué te dijo?

—Degenerada, me dijo degenerada.

No parecía darse cuenta del insulto. No lo entendía… o no le importaba.

—¿Trajiste algo?

La muchacha comenzó a reírse de forma incontenible y palmeó su mochila con la mano izquierda, con la derecha se tapaba la boca y reía cada vez más.

—Traje poco e interesante.

Fataneh esperó que terminara de reír. Mientras fue a preparar algo de comer para ella, porque seguramente estaba famélica. Cuando volvió, Kykubi, después de haber desplegado un montoncito de extrañas piezas sobre la mesa, esperaba sentada en un extremo.

—Toma —le tendió un plato y la muchacha lo agarró ávidamente.

El pequeño surtido de piezas le resultó desconocido a la artesana.

—¿Qué cosa es esto, chiquilla? ¿De dónde lo sacaste? —le recordaban vagamente el primer prototipo del Interactive Magic World, pero a otro nivel, mucho más elevado y sofisticado.

—Me dijo que si lo arreglabas me haría inteligente.

No era alguien de la reserva.

—¿Quién es esa persona, Kykubi?

—Es un amigo.

—¿Qué te he dicho de los desconocidos?

La muchacha dejó el plato y se quedó mirando al vacío, aturdida.

—Que no hable con ellos.

—Exacto. Pueden lastimarte.

—Soy fuerte.

—Kykubi —a veces era como hablarle a un bebé—. Los extraños pueden ser más fuertes que tú, y menos buenos.

—Él es bueno. ¿Arreglarás? —eso era lo único que le importaba, era como hablar con la Rachel de siete años.

—Lo intentaré. Pero después me llevarás a conocer a tu amigo.

—Dice que me hará inteligente.

Jugar con eso era monstruoso ¿Quién podría ser? Fataneh caminó hasta la ventana y cuando volvió tomó asiento junto a Kykubi.

—Pero eres inteligente.

—No como tú.

—Bueno, soy vieja. He estudiado, he visto mucho.

—Yo no puedo estudiar.

No era el mejor camino, así no llegaba a ningún lado.

—Mira, Kykubi. Todas las inteligencias no son iguales. Si yo tuviera tu edad y viviera aquí no lo pasaría nada bien. Sin embargo tú lo haces de lo mejor: eres inteligente.

—Inteligente aquí. Afuera, degenerada.

Su lógica era cruel, pero exacta. Y pensar que había quien los creía incapaces de establecer racionalizaciones.

Oído anormalmente desarrollado, vista aguda en la semipenumbra en que se había convertido la luz del día en esa región, resistencia al hambre, al dolor, a la fatiga, a las radiaciones y a distintas toxinas. Manos habilísimas de seis dedos, órganos supernumerarios pero viables… parecían un salto evolutivo.

O una subespecie humanoide. Sin embargo, tan lentos, con esa torpeza de reacciones y de hablar, como si su programa mental tuviera fallas y redundancias que alteraran el funcionamiento general.

—Tú arregla, por favor.

Una mutación múltiple, un error, generado por la actuación combinada de los elementos liberados por el accidente del Instituto Beagle y las modificaciones ambientales, que quizás con el tiempo desaparecería con los individuos problemáticos, incompatibles con la vida. Eso decían los especialistas. Sí, claro.

Pero los niños-bomba no desaparecían, no eran para nada incompatibles con la vida y sí muy prolíficos.

Nadie supo nunca con qué se estaba trabajando en el Instituto de Ingeniería Genética y Biopreparados Beagle. El accidente que hizo explotar las instalaciones de la isla, muy oportunamente no dejó indicios para investigar. Producto de una posible conspiración estatal con autoridades científicas, todas las pistas, documentos y posibles testigos se esfumaron, contradiciendo aquello de que no hay nada oculto bajo el sol.

Una zona de cerca de cuatrocientos kilómetros fue cerrada en torno a la isla Beagle. La ciudad de los científicos quedó abandonada y el lago dejó de ser un destino turístico. La nube de desechos cubrió la región por meses y la gente que vivía allí comenzó a experimentar drásticos cambios metabólicos y hormonales, algunos mortales. Los diagnósticos de procesos carcinógenos aumentaron dramáticamente y dos años después del accidente nació el primer niño-bomba, aunque no sobrevivió a su primera noche.

Desde entonces siguieron naciendo en diferentes zonas del mundo. Los que sobrevivieron al principio permanecieron con sus familias o fueron internados en instituciones médico pedagógicas. Después se decidió aislarlos en la Reserva Beagle, ya que parecían resistir muy bien las condiciones del lugar. Los descendientes resultaban cada vez más fuertes. Kykubi era uno de aquellos especímenes perfeccionados y vivía en el margen de la Reserva. Había ignorancia total acerca de cómo serían los que vivían en el interior: nadie había vuelto a entrar.

La muchacha tocó la mano de Fataneh sacándola de sus recuerdos.

—¿Arreglarás?

—Sí, Kykubi. Pero debes presentarme a esa persona.

—Bueno.

Ya había terminado de comer y empezaba a inclinarse sobre la mesa.

—No te duermas ahí, necesito el espacio para trabajar. Vete a la cama y quítate los zapatos antes de acostarte.

Pero ya Kykubi estaba roncando. Fataneh tuvo que cargarla con mucha dificultad y arrastrarse con ella hasta la cama.

Tanto pesaba ya que casi la dejó caer sobre el colchón. Le quitó los zapatos y la acomodó como pudo. Notó que tenía algunas excoriaciones y llagas en los talones y los dedos de los pies: ya los zapatos le quedaban pequeños y comenzaban a lastimarla.

Fataneh buscó en uno de sus armarios y sacó otro par más grande. Lo dejó junto a la cama y salió a tirar los otros que ya comenzaban a estropearse. Cuando la muchacha despertara se pondría los nuevos zapatos sin preguntarse de dónde venían, como los niños.

La vieja tomó asiento frente al revoltijo de piezas extrañas. Colocó un tapiz aislante y sobre él trató de organizar un poco aquello, separando las partes más pequeñas a un lado, las planas al otro, y así las largas, las redondeadas, las blandas, las metálicas. No conozco esta aleación. Algunas parecían rotas, otras simplemente desarticuladas. No entiendo este desorden.

Dentro de la mochila aún quedaba algo más. Fataneh se levantó y la alcanzó por encima de la mesa. Dos cubos semidesarmados con una concavidad en las superficies análogas. Al sacarlos, algo que los unía por las concavidades se derramó y cayó al suelo con un sonido blando.

—Mierda —refunfuñó desconcertada Fataneh al ver aquello desparramado en el piso. La sustancia era azul, de consistencia gelatinosa, y aparentemente era una pieza más.

—¡Mierda! —gruñó de nuevo, esta vez con más énfasis y cierto matiz de repulsión.

Las gelatinas psicosensibles nunca le habían gustado. La Stormbride tenía tres tipos entre sus elementos y eso la hacía tremendamente personal, a las claras una ventaja para los niños, siempre tan celosos de sus juguetes favoritos; y también fiscalizadora en grado extremo, lo que tranquilizaba a los padres: cuando el juego se tornaba demasiado acelerado, o demasiado peligroso, o llevaba más tiempo del aceptable, la Stormbride detenía todo y el niño emergía de la virtualidad descontento, pero vivo. Además, varias Stormbrides podían conectarse si se colocaban de una forma especial en el tablero que un asistente de Fataneh había diseñado como complemento, permitiendo que el GP 3 de todas se mezclara en una especie de loca sinapsis, y así grupos de niños entraban en el juego interactuando unos con otros a través de sus representaciones virtuales. Sin embargo esas sustancias de control eran difíciles de manipular sin las herramientas adecuadas y esta que salió del juguete destripado no parecía estándar.

—Voy a tener que recogerla.

Kykubi tendría que explicarle muy bien quién y por qué le había dado aquello, y qué era esa cosa.

Pero primero debía recoger el gel y colocarlo en su lugar original. ¿Sería tóxico? No, si tuviera esa cualidad los sensores ya se habrían activado y recomendado la evacuación del edificio. No era la primera vez que algo traído por la muchacha había desencadenado una reacción de emergencia.

En la Reserva siempre había que tener sensores casi universales y de óptima calidad, tanto fuera como dentro de la casa. No sabía uno nunca qué podía venir traído por el aire o por las suelas viajeras de Kykubi. Ahora los detectores de agentes patógenos, niveles de radiación, tóxicos y demás amenazas callaban y Fataneh había comentado días atrás con alguien su asombro por la aparente limpieza de la zona.

La cosa del suelo vibraba levemente cuando le daba el aire. Las ondulaciones azules se oscurecían o brillaban. La mujer buscó algunos medidores de viscosidad, Ph y temperatura, un par de guantes y una pinza armada de dos placas de vidrio no reactivo.

—¡Mierda! —gruñó una vez más y se inclinó sobre la gelatina.

Era muy densa. Tan considerable su nivel de cohesión que no pudo separar ni una pizca. La temperatura era relativamente baja. Ph muy bajo. No olía a nada ni parecía volátil.

Las placas se situaron a nivel del suelo y la despegaron. Luego Fataneh la echó en el hueco de una de las piezas cúbicas cuidándose de no tocarla. “Eso” se acomodó con lentitud y ella colocó la otra pieza, la gelatina se desbordó un poco en la juntura y estableció una delicada franja azul a todo lo largo de la unión. Algo de lo que estaba en la mesa debía servir para mantener unidas las piezas cúbicas y quizás para comunicar el compartimiento donde se había acomodado la materia gelatinosa con otros compartimientos.

Así Fataneh fue armando aquel galimatías. Varias veces tuvo que desarmar todo y comenzar de nuevo. Algunas piezas estaban rotas y las sustituyó por otras que parecían encajar de algún modo.

Desde siempre se había orientado casi instintivamente en los caos técnicos y mecánicos que desafiaban su inteligencia y hasta su imaginación. Así diseñó juguetes nunca vistos, cosas interactivas y sofisticadas como las Furious Racers y el Interactive Magic World, hasta llegar a la poderosa Stormbride que los niños se disputaban.

De este juguete que le había traído Kykubi, enrevesado y frágil, le intrigaban la función y el origen. Le preocupaba sobre todo que los chicos de la Reserva no eran capaces de jugar con algo así, de modo que no entendía de dónde podían haberlo sacado.

—Hum, ¡qué trastito tan interesante! parece más bien un dispositivo de diagnóstico pedagógico de los que usábamos con los niños en la Fundación.

Le dio vueltas buscando alguna entrada de datos o muestras, pero una vez armado, armado, no sé si arreglado, no se apreciaban ranuras ni orificios. Era simplemente un cubo de seis caras, con la mitad superior y la inferior capaces de girar sostenidas por el gel psicosensible. Que, después de ser activado, aumentó su nivel de cohesión hasta el punto de actuar como pivote flexible.

—Bueno, ya está, creo.

Afuera ya estaba oscuro. Kykubi aún dormía.

—Debería acostarme yo también —pero se sentía extrañamente alerta y despabilada, con todas sus facultades despiertas casi al punto de desear otro reto, algo más que reparar o incluso construir.

Si se acostaba, quizás no podría dormirse, y como su cama estaba al lado de la de Kykubi, posiblemente la despertara con sus refunfuños y vueltas en el colchón. Decidió terminar con los juguetes que estaba arreglando antes, y al terminar de ponerlos a punto y colocarlos en las cajas nuevas que aún le quedaban, sin proponérselo, emprendió una tentativa mejora de la Stormbride de primera generación que siempre llevaba a todas partes.

Era una de las primeras, si no la primera que se fabricó. Ya se consideraba un modelo viejo, con solo dos prototipos de gel psicosensible y estos no eran de última generación; era menos segura quizás, y menos rápida que la que ahora se vendía.

Rachel la probó por unos días en ella misma y en los niños de trabajadores de la Fundación, señaló que aún tenía algunas fallas de funcionamiento, predijo acertadamente que podría empeorar con el tiempo de uso y propuso algunas soluciones para estabilizar los campos, disminuir el desgaste y acelerar los procesos pseudoneurales del artefacto. A Fataneh no la sorprendió que su hija fuera capaz de llegar a conclusiones y claves de funcionamiento que más tarde o más temprano ella misma averiguaría, no por gusto la muchacha trabajaba con su madre desde que era casi adolescente. Se entendían sin palabras y con frecuencia una estaba pensando en soluciones estructurales o técnicas que hacían romperse la cabeza a la otra. No hubo nunca mejor asistente para el trabajo de diseño, reparación y fabricación de juguetes que Rachel. Quizás ese fue el fallo: tratarla como colega y no como hija.

Estaba pagándolo ahora al ver que su hija no le profesaba más fidelidad ni afecto que a sus jefes, y que los deseos y miedos de su madre le daban lo mismo. Pero ¿qué podía saber de cómo debió tratar a la muchacha desde el principio? Ella misma creció sin padres, en una villa de obreros y artesanos tecnólogos, traída y llevada de una casa a otra, rodeada de hombres de manos rudas que sólo pensaban en trabajo, mecánica, física, cibernética aplicada y trucos de todo tipo para engañar o manipular máquinas, ordenadores y todo tipo de trastos inteligentes, semi-inteligentes o idiotas. Si no sabía cómo ser hija, mal podía enseñárselo a la suya. Pero podía intentar al menos que Kykubi aprendiera algo de ella.

—Kykubi, levántate ya.

La muchacha se sentó en la cama, todavía aturdida, Fataneh le tocó la frente.

—Tienes un poco de fiebre ¿no habrás estado rondando dentro del perímetro del Instituto?

—No, mamá.

Aquel “mamá” súbito la tomó de sorpresa, pero era de esperar que alguna vez surgiera. Pero hoy ¿por qué hoy?

—Levántate ya y lávate. En el botiquín hay una caja de pastillas verdes, toma dos y ve a la mesa. Ya terminé de trabajar con el juguete de tu amigo, no te hagas ilusiones: no sé qué cosa es, así que no sé cómo quedó

—Quedó bien, mamá.

—Bueno, si tú lo dices. Ve a lavarte, hija.

Mientras la muchacha se aseaba, Fataneh arregló la cama revuelta y miró con pena la suya. Recién ahora estaba arrepintiéndose de la noche en vela. Ya no tenía edad para esas cosas. El sonido del agua en el baño le estaba dando sueño. Pero no podía dormirse, porque en cuanto Kykubi desayunara tomaría los juguetes arreglados para devolverlos a sus dueños. Algunos de ellos posiblemente no recordaran que eran suyos y los tomarían como si fueran regalos.

Ninguno de esos juguetes le preocupaba… solo la cosa que estaba sobre el tapiz aislante en un rincón de la mesa, no muy lejos de la Stormbride reformada. Quería estar presente cuando ese “juguete” en particular fuera devuelto. Quería ver la cara de su dueño y preguntarle qué demonios pensaba cuando le dijo a una inocente niña que la haría inteligente. A lo mejor no había razones para alarmarse, quizás esa persona fuera uno más de los niños-bomba que había memorizado alguna frase estúpida y la repetía sin parar como un estúpido aparato dañado de reproducción sonora.

Escuchó a Kykubi salir del baño y caminar descalza por el pasillo. Dentro de unos segundos entraría desnuda al cuarto y volvería a vestirse con las mismas ropas raídas del día antes y se pondría los zapatos nuevos sin preguntar de dónde venían. Mi pobre niña

A lo mejor sí había razones de alarma. El dueño del artefacto podía ser uno de esos pervertidos que rondaban la zona buscando niños y jovencitas medio idiotas que se dejaban hacer cosas solo por un juguete o algo de comer.

Esperó que Kykubi siguiera su ritual de todos los días: caminar descalza por el pasillo, detenerse frente a la puerta del taller, volver atrás como si hubiera recordado de pronto que no estaba vestida y entrar riéndose al cuarto “Mira, Fataneh, no me vestí” Pero esta vez los pasos no fueron erráticos. Kykubi fue directamente hacia el cuarto y se detuvo en la puerta. La expresión de su rostro era rara, sin embargo lo más raro fue el hecho de que se hubiera cubierto con una toalla.

—¿Puedo vestirme? —solicitó, y la vieja se demoró en advertir que la muchacha le estaba pidiendo que saliera de la habitación para vestirse a solas.

—Por supuesto, Kykubi —contestó y salió rápidamente dejando la cama a medio hacer, sin poder quitarse una rara sensación de azoramiento, como si hubiera sorprendido incómodos secretos ajenos, y en la mente la imagen de una mujer mordiendo una manzana.

—Mamá.

—Dime

—¿Qué es esto? —en la palma de la mano de seis dedos brillaban las cápsulas verdes. La Kykubi de ayer no hubiera hecho ninguna pregunta, se las hubiera tomado sin una protesta, sin discutir.

—Son para que no tengas fiebre y hoy puedas salir, tómatelas, por favor.

La muchacha miró las pastillas seriamente.

—Bueno —sonrió—. Creo que mal no me vendrán —y se las echó a la boca con un gesto rápido.

Fataneh suspiró, aliviada sin saber por qué razón.

—Hay desayuno en la cocina, Kykubi, espérame o si prefieres empieza sin mí.

—Esperaré.

Fataneh se duchó rápidamente y cepilló sus cabellos con los mismos gestos eficientes con que acostumbraba trabajar. El espejo le devolvió la imagen poco favorecedora de una mujer vieja y cansada, de pelo muy corto, casi masculino, ojos y boca profusamente rodeados de arrugas. Nunca quiso someterse a ningún tratamiento rejuvenecedor por no separarse del trabajo más de dos días. Permaneció casi tres minutos mirándose críticamente antes de advertir que había demasiado silencio.

—¡Kykubi!

La muchacha no contestó y Fataneh sintió pánico, ¿Por qué? salió del baño a medio vestirse ¿Por qué? Enfiló rápida por el pasillo hacia el taller ¿Por qué tengo miedo?

Un ligero resplandor azul iluminaba el taller. Kykubi estaba sentada en su lugar acostumbrado de la mesa. Se había vestido con mucho más cuidado que de costumbre, no con las ropas del día anterior, sino con unas limpias: una blusa de mangas caladas, abierta atrás para mostrar la espalda, una falda corta y ajustada y largas medias a rayas, sostenidas por ligas que se perdían bajo la falda, y los zapatos nuevos; ropas de Rachel adolescente, que Fataneh se había llevado con ella a la Reserva. El pelo crespo de la muchacha estaba alisado y su cara… sus ojos estaban fijos en la cosa que emitía el resplandor azul.

El artefacto desconocido permanecía en su lugar, ejecutando una acción curiosa. En conjunto giraba lento sobre una de las aristas, y los cubos giraban en sentido contrario, a velocidad creciente.

Fataneh gritó y se lanzó a la mesa. Kykubi volvió la cara hacia ella en un movimiento ralentizado, los ojos brillando a la claridad azul y en sus mejillas lágrimas, cayendo lentas como si fueran de aceite.

—Mamá —suplicó, y Fataneh derribó el artefacto de la mesa con un empellón. La cosa voló hacia la pared a velocidad amortiguada, antes de chocar se detuvo y se deslizó lentamente hasta el piso, donde se apagó. La vieja lo agarró y sacó una caja de seguridad, metió aquella cosa allí y fue entonces que cayó en cuenta de que los sensores de ondas estaban activos y gritando en todos los tonos que había que evacuar el edificio. —¡Vamos! —tomó la caja, levantó a la chica y las arrastró hasta la puerta.

 

* * *

Kykubi permaneció casi dos horas acurrucada en el suelo. Alrededor el silencio crecía ominosamente. Nadie se ha acercado siquiera a ver qué pasó La Reserva parecía sumergida en una calma extraña. Ningún chico se había acercado a buscar comida o juguetes ¿Dónde se han metido todos?

Los niños-bomba, como animalitos territoriales, respetaban escrupulosamente el espacio de Kykubi y ninguno había tratado de ganarse el afecto de Fataneh, pero cuando les apretaba el hambre o estaban enfermos o heridos acudían a su taller, y siempre andaban cerca. Desde que el extraño juguete llegó fue como si una influencia nociva los hubiera espantado de los alrededores.

La vieja fabricante de juguetes observó la extraña actitud de su protegida. La muchacha estaba encogida con una mano ante los ojos como si la luz azul la hubiera deslumbrado o lastimado. Fataneh había tratado de apartársela para ver si tenía algún daño visible, pero Kykubi la rechazó con un grito. Entonces se sentó a su lado a esperar.

Ya había visto esta reacción una vez, fue cuando Kykubi tenía unos diez años, cuando trató de enseñarla a leer. La niña comenzó bien, gustosa y receptiva, pero a medida que la actividad fue avanzando y haciéndose complejos los ejercicios ella fue retrayéndose, volviéndose más difícil y laborioso el esfuerzo por diferenciar sonidos y letras y por unirlos en sílabas. Fataneh consideró que estaba fatigada y decidió detener el trabajo y mandarla a descansar. Kykubi se apartó con movimientos mecánicos y se desmayó antes de llegar a la cama.

Durante toda la noche permaneció en un estado muy parecido a la catatonia, y solo por unos cuarenta y cinco minutos de trabajo intelectual. Fataneh llamó a Rachel para que avisara a un médico. En aquella época todavía Rachel y ella se llevaban bien y la hija no encontraba nada alarmante en la manía de su madre de atender un poco a aquellos “infelices anormales”. Aún Fataneh no se había mudado definitivamente a la Reserva y su vínculo con los habitantes del lugar se limitaba a una atención caritativa y constante. Kykubi, el trabajo y la Reserva todavía no se habían convertido en tema de discusión.

El médico que lograron hacer venir exigió honorarios elevadísimos, y apenas tocó a la niña catatónica. Le colocó dispositivos diagnosticadores, realizó un escaneo cerebral y concluyó que no tenía nada además de ser un síndrome raro.

—Tenemos poca información acerca de ellos y sus manifestaciones, nada concluyente, me temo. Puede ser un ataque histérico o de pánico. Los parámetros vitales son estables y normales. Despertará y tal vez actúe como antes.

Fataneh decidió quedarse toda la noche. Rachel protestó un poco pero se quedó también. Y por la mañana, cuando la niña despertó, lo hizo aturdida, enferma e irritada, como si alguien la hubiera agredido seriamente. Todo lo que aprendió el día antes se le había olvidado y Fataneh no volvió a hacer el intento de enseñarle nada más complejo que ordenar su covacha y regar las atroces plantas que crecían alrededor.

Ese día decidió quedarse definitivamente en la Reserva, mandar a construir una pequeña vivienda y trasladar su taller allí para vivir junto con Kykubi.

Ahora se sentía frustrada. Tanto tratar de protegerla del peligro y no lo había logrado. La Reserva era el peligro. Nadie sabía qué cosas modificadas genéticamente rondaban por las noches, nadie podía controlar qué locos molestaban a la gente del lugar, ni qué cargamentos de comestibles en mal estado o equipamiento médico no efectivo distribuían supuestas almas caritativas, ni qué cosas oscuras les enviaban a los chicos con el objetivo de jugar cruelmente con ellos o simplemente matarlos. En la Reserva Beagle no había ley ni nadie que la hiciera cumplir.

Fataneh se estremeció cuando la muchacha se removió y le agarró la mano.

—¿Estás bien?

Un silencio momentáneo seguido por un suspiro y un sollozo, y una voz de niñita asustada:

—¿Qué me pasó?

—La verdad es que no sé, nunca antes vi algo que funcionara así y ni siquiera sé qué hace, pero es peligroso.

Las dos miraron la amenazante caja de seguridad.

—Creo que ahora sí debes llevarme a ver quién te dio esa cosa.

—Sí, mamá.

Se pusieron en camino luego de empaquetar el desayuno y algo adicional de comer. Fataneh revisó a conciencia los registros de los sensores pero no encontró nada más. Al parecer algo del funcionamiento del artefacto los activó, alguna energía emitida en un rango agresivo. Lo que no pudo encontrar fue el qué, simplemente en el archivo del centro operativo que conectaba todos los sensores no había ningún análogo con qué comparar a la cosa que estimuló la reacción de emergencia.

Nada tranquilizada, la vieja revisó nuevamente los registros, luego la casa y al fin, usando un sensor manual, la caja de seguridad por fuera. Se detectó un rango de actividad muy bajo en el interior, igualmente indefinible, pero ya no agresivo: lo que fuera actuó y se detuvo.

—Esto lo llevaré yo —decidió Fataneh cuando al fin salieron y cargó con la caja de seguridad.

Caminaron un rato, alejándose de la frontera de la Reserva y acercándose imperceptiblemente al límite, allí donde un control perimetral por satélite avisaba que “Se aproxima usted a zona con alto peligro biológico-tóxico-radioactivo, si no cuenta con medios seguros de protección aléjese del perímetro” con una voz tan dulce y atrayente que casi daban ganas de seguir adelante. Hasta eso parecía diseñado para lastimar: posiblemente algunos niños-bomba no fueran capaces de entender el sentido de las palabras, de forma espontánea serían atraídos por aquella voz incitante y entrarían en la zona más peligrosa para morir o convertirse en sabe Dios qué.

Se detuvieron junto a una de las casetas de control perimetral para comer algo.

—¿Es muy lejos, Kykubi?

—Ya estamos llegando.

—¿No te has dado cuenta de lo cerca que estamos de la zona de peligro, niña?

Fue una pregunta intencionalmente dirigida a ver si alguna vez se había acercado o incluso entrado allí, pero la muchacha no dudó en responder, demasiado segura quizás.

—Sí, pero no adentro.

Fataneh cambió la estrategia haciendo una pregunta más directa.

—¿Has entrado alguna vez?

La muchacha calló como pensando la respuesta.

—No —respondió al cabo de un rato—. No entré nunca.

Fataneh la miró a los ojos esperando la segura tranquilidad de alguien que no escondía dobleces ni falsedades. Pero aunque Kykubi le sostuvo la mirada, algo huidizo y simulado le brillaba debajo de la aparente seguridad.

—¿No me mientes?

—No.

-Sabes que no debes entrar nunca allí.

—Lo sé.

—…que es peligroso.

—¡Ya lo sé!

Fataneh no insistió más y por media hora callaron mientras comían. Siguieron en silencio cuando comenzaron a recoger todo para seguir, y cuando se marcharon todavía ninguna se decidía a decir una palabra.

Junto a la caseta terminaba la calle y empezaba la antigua reserva ecológica de la ciudad científica. El bosque siempre estuvo ahí, y cuando se inició la urbanización y la construcción de las edificaciones del Instituto los patrocinadores decidieron conservar esa parte de naturaleza e incluso estimular su crecimiento. Era inmensa, llegaba a orillas del mismo lago y cubría toda la costa norte y este. Se consideraba un lujo que la comunidad científica del Beagle se permitiera poseer entre sus recursos una verdadera reserva ecológica, tan grande además.

Tanto los molestaron que dispusieron un sistema de excursiones especializadas y un club de asociados de fuera, para que todo el mundo viera que ellos ponían su reserva a producir jugosos numeritos. Por supuesto, las tarifas de excursión y cuotas de asociación eran espeluznantemente elevadas, de hecho estas últimas casi siempre eran pagadas por otros institutos que tenían interés en situar a sus estudiosos en aquel medio, con fines de investigación.

Ahora no había turistas acompañados por sus escrupulosos guías ni asociados inmersos en investigaciones o diversiones. El parque natural crecía sin control ni testigos, mutando y evolucionando al ritmo de las estaciones y las oleadas de tóxicos o radioactividad. Como el bosque de Prípiat en Ucrania lo hizo dos o tres siglos antes, el bosque del Beagle continuaba mal que bien su vida junto a la zona de exclusión y dentro de ella.

Kykubi y Fataneh caminaban a la sombra de algunos de esos árboles, por uno de los caminos preparados por los cuidadores del parque. Cada cuatrocientos metros había cabinas de aprovisionamiento de material técnico y comida, disimuladas con habilidad. En ellas un científico podía además comunicarse por terminales telefónicas con otras personas e incluso conectar su ordenador y transmitir datos o imágenes. Pero luego del accidente, cuando el ejército estableció el perímetro, lo soldados arrancaron las cabinas sin aplicar nada de la habilidad con que fueron instaladas, dejando hoyos y surcos enormes y chapuceros en el terreno.

En uno de esos hoyos había caído un animal, sus quejidos allá abajo lograron atraer la atención de Kykubi. La muchacha corrió hasta allí y se inclinó al borde del hueco.

—Hay que sacarlo —murmuró.

—No tenemos con qué, sigamos.

—¿Y si fuera yo?

Fataneh pensó que siempre había sido algo testaruda, pero ese día se estaba propasando.

—No eres tú, Kykubi. No trates de manejarme. ¿Qué te pasa hoy?

La muchacha se dejó caer en el suelo y empezó a llorar.

—No sé qué es. Me siento mal, me duele algo y no sé dónde ni por qué —dijo entre hipos—. Estoy rara, lo veo todo distinto y tengo miedo.

Fataneh se sentó a su lado y la abrazó, acariciando su cabeza desgreñada.

—No tengas miedo, yo te cuido.

—¿No te irás?

—No me iré, tranquila. Vamos a ver si alguno de los cables que siempre hay regados por ahí sirve para bajar al hoyo, pero después seguimos ¿sí? Que no quiero que nos coja la noche tan lejos de casa.

Mientras sostenía un cable que Kykubi encontró, aguantando el peso de la chica, Fataneh pensó en la posibilidad de que su protegida supiera de algún modo que Rachel pretendía sacar a su madre adoptiva de la Reserva, con lo que se quedaría sola.

Pero eso iba a pasar más tarde o más temprano; Fataneh no era eterna. Algún día Kykubi tendría que vivir por su cuenta y esa idea le dio escalofríos. Pensar en la muchacha sola en la casa, dejando que la suciedad y el desorden se acumularan a su alrededor, comiendo mal, haciéndose daño con algo; o peor: dejándose engañar por alguno de los pervertidos que siempre andaban a la caza de jovencitos ingenuos, siendo lastimada, asesinada.

Las manos que sostenían el cable temblaron y no por el peso. Si existiera alguna posibilidad de dejarla a salvo. Sacudió la cabeza tratando de apartar la idea y cuando Kykubi le gritó que era solo una pequeña zorra, que le lanzara la mochila para subirla, se la tiró y esperó que la chica subiera.

—Mírala ¿Es bonita? —sonrió Kykubi sacando al animalito de la mochila.

Parecía una zorra común de las que había a montones en la Reserva, muy pequeña todavía, pero ya lo suficientemente grande para sobrevivir por su cuenta.

—Muy bonita, sí, pero no te empeñes en quedártela.

—No, mamá, ya sé que no se puede.

Acariciaba el pelaje grisáceo con una sonrisa de abandono y la asustada zorra temblaba sin atreverse a mover un pelo.

—¿No está lastimada?

—No lo está.

Con cuidado Kykubi le dio una vuelta al animalito y Fataneh vio algo raro.

—Tiene dos colas, Kykubi.

—Sí, es linda.

—Déjala ir ya, te va a morder.

La chica la puso en suelo y el animalito, primero muy lentamente, luego más rápido y al fin a la carrera se adentró en el bosque. Fataneh miró disimuladamente el sensor de su cinto. Todo limpio. Si empezara a indicar peligro no podríamos hacer nada, no hay donde refugiarse aquí

Continuaron la marcha, Kykubi volviéndose a cada rato para ver si la zorra las seguía. Parecía algo descontenta por haberla dejado ir.

—Me hubiera gustado quedármela.

Fataneh la miró de reojo, temiendo que la rebeldía de la que estaba dando muestras desde la mañana continuara ahí, sin embargo la expresión de la muchacha no daba indicios de insubordinación, solo leve descontento y algo de tristeza.

—¿Te gustaría tener un perrito?

—Sí, pero tú misma has dicho que en la Reserva hay cosas que podrían enfermarlo y que si se muere por eso nos sentiremos mal, como si fuera culpa de nosotras.

—Es bueno que lo entiendas ¿pero qué me dices de alguno de los animales de aquí mismo? Parecen resistentes y tal vez no mueran tan pronto.

—Tal vez más adelante.

—O podemos irnos a la ciudad, allí tendrías los perros que quisieras y hasta gatos y peces, sin miedo a que enfermen por las cosas en el aire de la Reserva.

—No quiero irme, aquí estamos bien.

—Está bien.

Kykubi se detuvo un momento y miró a la espesura una vez más. Estaba sonriendo.

—¿Podré ponerle nombre?

—¿El qué?

—Que si puedo ponerle nombre

—¿Dices al animalito que nos quedemos? Claro ¿cómo le pondrías?

—No sé aún ¿Por qué me llamaste Kykubi?

—Es el nombre de las muñecas que te gustaban. ¿No te acuerdas, las que vestían de verde y venían con…?

—No me acuerdo, no recuerdo que me hubieran gustado nunca las muñecas.

Fataneh no supo qué responderle esta vez, así que continuó caminando sin hablar, deseando que encontraran al fin al dueño del artefacto para averiguar de una vez qué le había hecho a Kykubi y para qué se lo habían entregado. Por un segundo recordó la fábula de los tres hermanos que obtenían dones mágicos, el que hacía piel y huesos, el que hacía músculos y órganos y el que daba vida. Habían pecado de arrogantes, pero el tercero además había sido estúpido: le dio vida al cadáver del león que los otros reconstituyeron y la bestia los devoró a los tres. Antes de haber activado el juguete debió preguntarse qué podía hacer, si era dañino. Tal vez era algún arma de nuevo tipo, como tantas que se fabricaban en esos tiempos. Pudo haberlas matado a las dos.

—Déjame hablar yo primero con tu amigo —pidió y antes de decir la última palabra empezó todo de nuevo, más aterrador esta vez.

La caja de seguridad tembló y se le cayó; no se abrió pero quedó en el suelo vibrando, mientras un zumbido llenaba el bosque. La vieja se echó al suelo y cubrió a la muchacha con su cuerpo, deseando que el artefacto no fuera un mecanismo explosivo o algo que activara una cosa peor.

Una sensación extraña, como un efecto de iniciación, comenzó a poseerla. Algo parecido a lo que deben experimentar los niños muy pequeños y algunas víctimas en remisión de accidentes cerebrovasculares: como estar rodeada de conceptos y fenómenos, y no tener palabras para calificar ninguno, en una apertura demasiado compleja de sensopercepciones nuevas y poderosas del presente y el pasado, como tener un sueño donde se respondían todas las interrogantes sobre algo. Las piezas sueltas en la perfección de la Stormbride, el caos aparente en la concepción del artefacto, el modo de actuar de Rachel, la misteriosa mentalidad de Kykubi, súbitamente llena de trampas desde que despertó: un espacio de comprensión-luz en el vacío del desconocido-oscuridad.

—¡Puñetero dispositivo! —gritó alguien más adelante, una voz autoritaria—. Apaguen eso que va a matar a alguien o a provocar un cortocircuito sináptico de mil demonios.

¿Militares? ¿Son militares? Fataneh, después de sentirse súbitamente despejada y lúcida, fue aplastada por un ataque de migraña y perdió el conocimiento.

Despertó al anochecer, bien acomodada en un catre, bajo una lona verde. A su lado un hombre estaba sentado en el suelo leyendo una revista a la luz de la linterna.

—Kyk…—susurró Fataneh. Tenía la boca seca y sentía la garganta rasposa.

EL hombre dejó la revista y acudió a ella con un vaso de agua.

—Trate de no moverse muy bruscamente, aún está recuperándose de una onda de activación neural muy fuerte, pudo haberla matado.

Era el mismo que había gritado en el bosque. Fataneh lo reconoció por la voz, y lo encontró desconcertante, sobre todo porque el rostro alargado de pómulos salientes tenía el inconfundible estigma de los niños-bomba, los ojos rojos y la mancha blanca, y la mano que le tendió el agua era tenía seis dedos, dos de ellos dedos del medio. No conocía a ningún niño-bomba que pudiera desarrollar tal aire de autoridad e inteligencia. Todos los que había visto hasta el momento eran infantiles y hasta lentos, algunos muy lentos.

—¿Dónde está Kykubi?

—Hasta hace unos minutos estaba aquí. No quería separarse de usted, le sugerí que trajera su comida si prefería, pero que no se quedara sin comer. Volverá en unos minutos.

Su voz sonaba sinceramente preocupada. Fataneh quiso tocarle la cara. Verificar que el estigma era auténtico, tomarle la mano y confirmar que no era resultado de alguna cirugía. Los militares eran capaces de cosas así. Con qué objetivo no lo podía imaginar, pero eran capaces.

—Soy realmente un humano K, Fataneh, lo que ustedes llaman hombre-bomba.

Fue como si le hubiera leído el pensamiento o el rostro Le respondió antes de que ella preguntara nada y no sabía por qué pero quería creerle.

—Hombre-bomba, qué rótulo tan despectivo y superficial —continuó él hablando—. Debemos disculparnos con usted, hemos estado experimentando cosas que podrían ayudarnos, pero no tomamos las medidas de seguridad que debíamos haber adoptado desde el principio.

—¿Somos sus prisioneras?

El hombre parecía muy joven, de unos veinte o veintidós años, pero por un momento la confusión y la vergüenza lo hicieron lucir más joven.

—¿Prisioneras? No, no, no, nada de eso. No.

—Yo te conozco.

Era uno de los muchachos que iban a recoger suministros cuando llegaban a la Reserva. Una vez incluso se fijó en él, un día que ella misma supervisó una entrega de paquetes de alimento y ropas financiada por la Fundación.

Había observado en él una actitud rara, demasiado seria y contenida. Vestía ropa muy raída y el pelo crecido le caía sobre la cara. Trató de abordarlo y él se le escabulló, luego no logró volver a verlo de cerca, aunque en cada entrega lo distinguía entre los muchachos, por su postura armoniosa y su andar menos torpe.

—Es Mark —le respondió Kykubi cuando ella se lo señaló y preguntó por él—. Es raro, pero bueno, amable.

Fataneh solo deseó que no fuera demasiado amable para Kykubi, recordando que los niños-bomba eran muy prolíficos y no tan estrictos en cuestiones de moral.

Pues ahora lo tenía a su lado.

—Mark.

—Soy yo —sonrió él y la vieja notó que su sonrisa era igual de reservada que su actitud.

—Parece que han estado jugando con artefactos peligrosos por aquí, jovencito.

Mark se pasó sus extraordinarias manos por la cabeza, despeinándose el pelo ensortijado con el gesto. No parecía abatido, sino más bien contrariado e incómodo.

—No sé ya cómo nos disculparemos.

—Después me dirás quiénes son “nos”, ahora quiero que me expliques cómo llegó esa cosa a manos de Kykubi y qué es lo que hace, y qué es esa “onda de activación neural muy fuerte” que pudo matarnos.

—Que pudo matarla a usted, no a Kykubi.

—Como sea, habla.

—¿Me permitiría empezar por el “nos”? —suplicó el muchacho y Fataneh volvió a notar que era en verdad muy joven, no mucho más de veinte años.

—Ok, pero rápido, antes que te llene esto de polis —sonó desagradable, pero no podía dejar que Mark percibiera cuán aterrorizada estaba. Desde hacía unos minutos comenzaba a sentir que temblaba y no se le ocurrió otra forma de disimularlo que mostrarse ofensiva y confiada, pero la farsa se le derrumbó cuando vio entrar a Kykubi, acompañada de un antiguo conocido.

—Hola, Gávric —dijo con un hilo de voz y el hombre sonrió mientras con un gesto paternal que Fataneh odió, rodeaba los hombros de la chica.

—Hola, Fataneh, sabía que nos encontraríamos por aquí en algún momento.

Gávric Komenski era uno de los candidatos que la Fundación tomó en contrato de prueba para diseño y proyección. Junto a otros veinte aspirantes tendría un año para demostrar con su talento que podía formar parte de la plantilla. Dotaron todo un departamento con los medios más sofisticados de trabajo y condiciones excepcionales para ellos. Podían trabajar en sus cubículos o repartirse por las áreas de esparcimiento con sus papeles y ordenadores, dibujar y escribir tirados por el suelo, comunicarse con medio mundo, navegar en la Red, participar en sesiones colectivas o individuales de antiguos videojuegos o sumergirse en virtualidades selectas, servirse lo que quisieran en el comedor, relajarse en las áreas de descanso de la corporación. Todo lo que quisieran podían hacerlo… siempre que entregaran sus proyectos en tiempo, asistieran a todas las reuniones y su nivel de productividad fuera más de diez. El régimen de prueba contemplaba la posibilidad de ir eliminando a los menos prometedores. Al final debía quedar solo lo más selecto de lo selecto.

El adiestramiento de los cadetes y su supervisión era un trabajo ingrato para algunos funcionarios de la corporación: los muchachos que eran tomados a prueba padecían de sarcasmo sindrómico, resistencia a la autoridad y arrogancia. Todo aquello combinado con el talento se convertía en un respetable dolor en el trasero si el supervisor no poseía recursos para combatirlo, humor para disfrutarlo y creatividad para encauzar las malas tendencias del genio burlón y odioso de los jóvenes a prueba por el camino de la obediencia a la sacrosanta Fundación, y eso último sin que por ello perdieran el encanto personal y la imaginación. Inevitablemente la responsabilidad era distribuida entre la misma gente: Fataneh, Ravi Adhikari y LaVerne Pierce.

El doctor Adhikari era el aglutinante ideal, líder nato y un as en cuestiones de trabajo y ciencia, pero de una timidez y una torpeza para la vida real lamentables. Fuera de la Fundación era un infeliz gordo solitario, dentro de ella era el partido más cotizado, el colega que todos buscaban, el especialista de mayor reputación, con varios doctorados en ciencias y letras. Los cadetes lo seguían sin protestar, cuando le chillaba a alguno bajaban la cabeza y recibían la reprimenda en silencio y sin comenzar a madurar ningún plan original de venganza.

LaVerne, con su cuerpo alargado y firme de bailarina exótica, poseía el encanto fatal de una tigresa. Era un secreto a gritos que las cuotas de sus licenciaturas y doctorados habían sido pagadas con sus servicios como dominadora y que luego de ser contratada por la corporación se dedicó a tales empeños como parte de sus hobbies clandestinos, entre los cuales se incluían además algunos vicios como leer ciencia-ficción e historia y navegar por los sitios más escabrosos de chat político. Los cadetes varones acechaban la oportunidad de ayudarle en cualquier cosa y se disputaban el privilegio de llevarla a casa. Nunca se le había probado nada al respecto, quizás porque ella se valía de sus atractivos para manejar al personal de la Fundación, pero se decía que el entrenamiento de los cadetes, tanto varones como hembras, recibía algunos temas adicionales de trucos de cama con uso de virtualidades y herramientas de todo tipo. Fuera de tan interesantes ocupaciones tutoraba un sinfín de proyectos además de desarrollar los suyos, y mientras su productividad y eficiencia se mantuvieran y sus depravaciones no crearan movimientos perturbadores, a nadie le importaba lo que hiciera con su tiempo y su cuerpo altamente compartible. Todos los años solicitaba la tutoría de cadetes.

Fataneh disfrutaba especialmente esa parte de su trabajo, además de que le era permitido usar los privilegios del Palacio de Reclutas, como se llamaba coloquialmente al departamento donde trabajaban los cadetes. Le gustaban los grupos diversos en origen y formación, por la experiencia invaluable que le reportaban.

Los chicos buenos y malos de bien abajo eran verdaderos genios, que para llegar allí se habían valido no solo de su talento, sino de una exuberante variedad de trucos, algunos incluso ilegales. De ellos se aprendía mucho acerca de cómo desbaratar corporaciones, robar ideas, dinero y material, burlar todo tipo de controladores y estudiar física, diseño y cibernética con hambre y en medio de una balacera o el escándalo de siete hermanos pequeños y peleas domésticas.

Los chicos buenos de arriba eran más bravucones y soberbios, pero no tan ricos en experiencia; sin embargo estaban al tanto de muchos adelantos en diferentes campos, además de conocer las mejores boutiques, restaurantes y clubes de todo el mundo. Resultaban buenos compañeros de parranda, agasajaban a los tutores con regalos caros y malcriaban a Rachel y a Alex, el hijo de LaVerne, con todo tipo de obsequios.

Gávric Komenski pertenecía al primer grupo. Sus padres le habían costeado la primera parte de la carrera profesional endeudándose hasta la quiebra. Gávric puso su talento a producir y antes de terminar el primer doctorado había devuelto a su familia, con intereses jugosos, todo el dinero que habían invertido en él. Luego se independizó, se casó con su novia de la infancia y se presentó en la Fundación, cuando ya se habían cerrado las convocatorias, con el espectacular diseño de una estructura elipsoidal de nanobots que podía agregarse a los componentes activos del gel psicosensible tipo dos haciéndolo más dinámico y funcionalmente dúctil. La Comisión de Reclutamiento no dudó en rechazar a un aspirante no suficientemente prometedor para incluirlo a él en el programa.

Gávric comenzó acostándose con LaVerne, llevándose al doctor Adhikari a recorrer los bares de peor reputación de la ciudad e invitando a Fataneh a una cena familiar en la casa de sus padres. Luego durante once meses perfeccionó su diseño, publicó catorce exitosos artículos, reconceptualizó la tecnología de algunos juguetes, elevó la dinámica de acción de la Furious Racer y, unas semanas antes de que terminara el período de prueba y quedara definitivamente contratado, desapareció.

Nadie supo dar razón de él, ni sus padres, ni los demás cadetes que además desarrollaron un odio salvaje contra Gávric por haber sido el único aspirante que quedó al finalizar el período de prueba. LaVerne y Adhikari se dedicaron a buscarlo por toda la ciudad e incluso por el país, sirviéndose de sus abundantes y poderosas fuentes.

Fataneh ni hizo el intento. Sabía qué pasó: Mahela Komenzki había tenido un niño-bomba y lo abandonó una semana después de darlo a luz dejando a Gávric con las manos llenas de paternidad absoluta y decepción. Si el joven se esfumó después de eso tenía razones fuertes para hacerlo y lo mejor sería dejarlo en paz.

—Fataneh —sonrió Gávric, ahora con veintidós años más que en aquella época de carrera feroz por el contrato definitivo—. Te presento formalmente a mi hijo Mark. Mark, mi tutora en la Fundación, Fataneh Shnéidder.

—Un placer —rezongó la antigua tutora—. Ahora dime con qué has estado jugando antes que te arranque la cabeza de una mordida.

Las siguientes veinticuatro horas fueron una sucesión de chifladuras.

Fataneh obligó a Gávric a contar su historia sin tomarse una pausa de descanso. El otrora joven y prometedor aspirante escapó de la Fundación y de la ciudad. Se negó a internar al niño en una institución y dedicó sus esfuerzos a buscar un tratamiento que desarrollara la independencia y las habilidades cognitivas de Mark. Rodeó a su hijo de un ambiente seguro y estimulador, con juegos y dispositivos didácticos, estímulos calculadamente dosificados y dirigidos a desarrollar la sensopercepción, la atención, la memoria, el pensamiento y las capacidades creativas.

Los estados catatónicos derivados de las sesiones demasiado fuertes fueron combatidos con diferentes psicotrópicos o inhibidores, en dependencia de la duración de las sesiones, de la hora del día, del estado de ánimo y hasta de la dieta del niño.

Mark alcanzó cierto nivel de desarrollo y a partir de él su cerebro se detuvo testarudamente y las reacciones al aprendizaje se tornaron violentas y dolorosas. Entonces Gávric paró y se dedicó a buscar otras vías de despertar nuevas conexiones funcionales en el sistema nervioso del niño.

Fataneh se horrorizó al imaginar hasta qué punto su antiguo alumno experimentó con su propio hijo. No pudo contenerse.

—¿No podías simplemente dejarlo en paz?

Gávric ni siquiera pensó la respuesta, como si ya la tuviera preparada desde hacía años. —¿Qué querías que hiciera? ¿Qué lo dejara en su estado original y que cuando yo no estuviera para cuidar de él terminara en una institución de retrasados mentales, o que alguien se sintiera con derecho de aprovecharse o lastimarlo?

—No tenías derecho a agredirlo.

El hombre se pasó las manos por la cabeza en un gesto idéntico al que unas horas antes hizo Mark. Ahora que los había observado con más detalle Fataneh distinguía en ellos más y más parecidos. Tenían el mismo perfil, estatura, conformación ósea. Caminaban de forma similar, con la misma seguridad que años antes había llamado la atención de la tutora sobre el estudiante. En realidad Fataneh concluyó que el carácter reservado de Mark, visible en los gestos contenidos y la expresión reflexiva de su rostro, era herencia directa de Gávric.

—Quizás no debí —murmuró Gávric—. Pero nadie me daba esperanzas. No quería dejarlo desamparado, quería que fuera independiente, que pudiera valerse por sí mismo sin que nadie tratara de usarlo o aplastarlo. Tú sabes cómo es: no hay muchos espacios en nuestra realidad para la gente como él, como ellos. Debes entenderme, tienes hijas.

—Solo tengo una: Rachel.

—¿Y Kykubi?

—No seas idiota, soy muy vieja para ser su madre, solo tiene quince años.

Fataneh calló, disgustada. Tenía unas ganas enormes de abofetearlo por estúpido y por jugar a ser Dios usando a Mark, pero prefirió caminar por los alrededores. Ya era demasiado tarde para ir a casa. Kykubi dormía en una de las tiendas junto con otras dos muchachas en sacos de dormir, y allí mismo le había preparado un catre, más cómodo y tradicional que los sacos, a su madre adoptiva. La noche anterior la vieja no durmió nada, sabía que haría bien en irse a dormir, pero aún le quedaba mucho en qué pensar.

El campamento de Gávric había sido instalado en una antigua sede del club de científicos asociados, una instalación con edificios pequeños, área de autoabastecimiento y almacenes. La mayor parte de las edificaciones estaba a nivel subterráneo para no estropear el efecto natural de la reserva. En el establecimiento acogían a más de un centenar de niños-bomba, algunos de los habituales en los alrededores de su taller. Ahí estaban todos los que echó de menos el día antes, además de otros que nunca había visto y hasta niños pequeños y bebés en una especie de guardería. También circulaban otras personas, aparentemente colegas de Gávric en su disparatada investigación.

La creadora de más de diez complicados juguetes de moda, dueña de acciones costosísimas y de patentes que le aportaban jugosos dividendos, tenía la política de actuar siempre con suma cautela y calculando muy bien las consecuencias de cada paso. En ese terreno ella estaba en desventaja para escapar y denunciar los estudios que se estaban desarrollando en la Reserva. No la dejarían avanzar un paso, y quizás también estuvieran patrocinados por alguien muy poderoso que no permitiría a ninguna persona, por muy genial ni acaudalada que fuera, desbaratarle el negocio, si es que era un negocio.

Mark la abordó cuando estaba pensando qué hacer.

—¿Le es difícil dormirse?

Fataneh no quiso responder. El muchacho tomó asiento en uno de los bancos que habían situado en la linde del campamento. La mujer notó que sacudía el banco y al sentarse se mostraba ligeramente indeciso.

—Puede ser un efecto residual de la activación neural —murmuró—. Pasará pronto y podrá descansar después, mejor incluso.

—¿Estás de acuerdo con lo que hace tu padre, Mark?

Mark Komenski sonrió y se balanceó en su asiento. Por un momento Fataneh vio en él esa torpeza de movimientos de todos los niños-bomba, o humanos K.

—No me gusta la sensación de miedo, ni la de desnudez que viene al principio de cada tratamiento. Ni me agrada mucho la medicación con todas las complicaciones de dieta y régimen que impone. Pero después me siento mejor, infinitamente mejor, más yo que antes —hizo énfasis en la palabra “yo”—. Y cada vez es más fuerte y duradero el efecto, quizás algún día ya no necesite el plan y mi organismo pueda por sí mismo seguir el ritmo de mi desarrollo mental. Aprendí a leer hace cinco años, con las primeras pruebas, y fue entonces que comprendí muchas cosas que eran nebulosas para mí, como si hubieran estado guardadas en un lugar al que no podía acceder. Entendí la mecánica del mundo, de la naturaleza, aprendí a prever cómo actúa la gente, aprendí a medir las consecuencias de mis acciones; terminé la enseñanza elemental, la media y ahora mi padre me está enseñando algo de lo que él estudió. No me gusta mucho, preferiría algo de biología o quizás química orgánica…

—¿Vale el sacrificio, Mark? ¿Realmente esto te ayuda?

El joven se inclinó hacia atrás en el banco y frunció los labios en un gesto muy personal que también acostumbraba a hacer su padre. Las manos de seis dedos se entrecruzaron formando una figura absurda, exótica como una escultura surrealista.

—Creo que sí —murmuró sin dudarlo—. Sí, definitivamente.

Fataneh quiso verificar si la sospecha que tenía desde unas horas antes era cierta. Se volvió hacia Mark y lo miró a los ojos, el joven le sostuvo la mirada sin sonreír ni esquivarla.

—¿Fuiste tú quien le entregó esa cosa a Kykubi, Mark?

Mark Komenski suspiró y apoyó su cabeza en el hombro de Fataneh. Su largo cabello, recogido en una apretada trenza, exhalaba un olor salvaje y ajeno, y era tan grueso que la textura parecía como de alambre fino. La mujer no hizo el intento de apartarlo, recordando los cabellos iguales de Kykubi, más cortos y encrespados.

—No fui yo, Fataneh, ni mi padre. Por eso nos disculpamos, ha habido muchas fallas de seguridad.

—Alguien tiene que haber sido. Ella decía que quien se lo dio le aseguró que la haría inteligente.

—Alguien fue, alguien quizás de este mismo campamento. Kykubi recorre la Reserva por completo, todos la conocen y muchos le dan objetos de todo tipo.

—Eso que le dieron pudo matarla.

—No es posible, no desechamos ningún prototipo funcional ni los dejamos por ahí tirados.

Este funciona, Mark, estaba destrozado y yo misma lo recompuse.

Mark saltó en el lugar tan bruscamente que Fataneh se asustó.

—¿Dónde está?

—Está en la caja de seguridad que teníamos. Alguien debe haberla recogido.

Antes de que pudiera decir nada más, el joven salió corriendo hacia los alojamientos. Unos minutos después regresó con la caja de seguridad y una expresión de entusiasmo casi maniática.

—¡Ábrala, por favor! ¡Usted debe ser muy buena en su negocio si logró reformar esta cosa!

Fataneh marcó la secuencia de apertura, cinco caracteres aleatorios e intercalados ocho números de código personal. Cuando iba a marcar el último número echó una ojeada al rostro de Mark. Sorprendió un gesto de ansiedad Como un drogadicto a punto de poner las manos en su narcótico y por un segundo pensó negarse. Sin embargo terminó de marcar la secuencia y giró la caja hacia él.

—Sírvete —gruñó.

Mark sacó el artefacto de la caja con manos trémulas. La expresión de su cara pasó de la ansiedad al alivio Como un maldito drogadicto Le dio vueltas con delicadeza, sin tocar la franja del GP, acariciando la superficie lisa que Fataneh recubrió con una ligera capa de aislante sintético.

—Como nuevo —susurró casi con reverencia—. Parece que lo acoplaste bien. ¿Y dices que funciona?

—Actúa al menos, y provoca reacciones ambientales y psíquicas. No sé si es lo que debe hacer, o si lo hace como debería.

—Lo estudiaremos —dijo él, aún susurrando como si aquella cosa pudiera oírlo.

—¿Qué es esto, Mark?

El muchacho volvió a colocar el artefacto en la caja de seguridad, pasó un dedo por una de las caras del cubo, activó una secuencia personal y corrió la tapa, esta cayó con un chasquido breve y la luz de control recorrió toda la arista superior de la pieza.

—Mi padre le llama activador de conexiones funcionales cerebrales. En esencia es lo que hace, así que el nombre como tal es bastante… eeeh, elemental. Aquí la gente lo llama “La manzana”, por la manzana de Adán ¿conoces…?

—Conozco la referencia, gracias —rezongó la mujer—. Y está en discusión si es de Adán o de Eva. Sigue sin parecerme bien que jueguen a ser Dios.

—Fataneh —Mark volvió a sentarse a su lado y apoyar la cabeza en su hombro—. Es para mejorar.

—Seguramente habrá complicaciones secundarias —insistió Fataneh.

—Siempre las hay —terció Gávric. Sin que lo percibieran se había acercado y escuchaba la conversación sin intervenir. Lucía mal, agotado y no muy limpio, pero su voz sonó firme.

—Tenemos médicos especializados aquí. No pensarás que a conciencia y sin tomar ningún tipo de precauciones sometería a los muchachos a las reacciones secundarias.

—No tienes derecho, Gávric. Has experimentado con tu hijo, es una monstruosidad pero es tu hijo y si nadie se mete, haces lo que estimes conveniente, pero los otros son hijos de alguien más.

Gávric tomó asiento entre ella y su hijo.

—Ve a dormir, Mark, mañana temprano debes acompañar a Fataneh a casa. Déjame el activador de Fataneh aquí.

Quería gritar que ese activador, manzana o porquería infernal no era suya, que ojalá la hubiera destruido cuando Kykubi no estaba mirando, y que prefería irse antes que oír nada más. Sin embargo volvió a hacer uso de su cautela característica y no gritó nada.

—¿Cuántas madres ves por aquí? —preguntó el hombre—. Solo las que acompañan a sus hijos y están perfectamente de acuerdo en someterlos al proceso. Algunos no pueden recibir el tratamiento: son demasiado mayores, o demasiado niños, o tienen otros síndromes que imposibilitan el uso de medicamentos o del activador. Estudiamos cada caso antes de hacer nada.

—Estas cosas deben responder a un protocolo especial antes de ser aplicadas de forma masiva, Gávric. Lo hacíamos con los juguetes, que no son invasivos ni peligroso, ni incluyen medicación. Sé que querías resultados inmediatos para tu hijo, pero en algún lugar hay que marcar el límite y era antes de llegar a este punto.

—La Fundación no marcó ningún límite. La interacción de las GP que se usan para tu Stormbride, por ejemplo, pueden ser manipuladas para eliminar los controles de tiempo y nivel, y jugar hasta el infinito mientras los jugadores se mueren sin poder salir, o programar una rutina de autodestrucción si no las opera su usuario y freír las sinapsis de alguien. Nadie pensó en ello antes de ponerla en manos de millones de consumidores, niños sobre todo. Nadie marca límites ahora, ¿por qué nosotros sí?

El hombre le agarró la mano y se la llevó a su cuello, bajo la mandíbula, obligándola a palpar una serie de pequeños bultos bajo la piel. Fataneh encogió los dedos al identificar qué eran.

—Son adenomas —confirmó Gávric—. Y en algunos puntos de mi cuerpo ya han aparecido carcinomas de todo tipo. Me han diagnosticado Mal de Hochkins además. Casi todos los padres que vinimos con nuestros hijos a la Reserva tenemos distintas patologías cancerosas. Esta región es peligrosa. Nos empujaron hasta acá y los que no quisieron dejar a sus hijos solos, se quedaron. Tenemos poco tiempo antes de dejarlos definitivamente solos. ¿Realmente crees que alguien hará algo por ellos ahora o después? ¿Te parece posible que alguien invierta su dinero y su tiempo en protocolos de prueba, fabricación en serie del artefacto y mejora de los medicamentos que damos a nuestros muchachos?

—Estoy yo.

Gávric la abrazó, la levantó y dio unas vueltas con ella. Su fuerza no había cambiado mucho desde los tiempos de aspirantura en la Fundación cuando levantaba a LaVerne con un brazo y a Fataneh con el otro.

—Estás ahora —sonrió—. Pero antes no estabas y ya había mucho que hacer.

—No te entusiasmes antes de tiempo; tus métodos me parecen muy discutibles, por no hablar de lo que pasó ayer: fue muy extraño.

—Aún no logramos seleccionar el objetivo, la acción del activador es masiva, y es demasiado grande el que tenemos.

—Pues bien —Fataneh señaló la caja de seguridad—, ahí tienes un modelo más compacto. Creo que es más selectivo en su acción, al menos actuó con más fuerza en Kykubi que en mí.

—Era un modelo experimental que aún no funcionaba. Estudiaremos las modificaciones que hiciste —Gávric repitió lo que antes dijo Mark, menos reverentemente.

—Pero antes que te marches me gustaría que decidieras si Kykubi…

—¡No!

Llegado este punto Fataneh quiso mostrarse inflexible ¿Pero no te gustaría que ella pudiera ser lo que realmente puede llegar a ser? No era cosa de juego. Reacciones secundarias, daños neurológicos o intoxicaciones, cambios de comportamiento. Quién podía predecir si Kykubi seguiría siendo Kykubi.

—No —repitió menos convencida—. Aquí está mi límite: Kykubi no será tu animal de experimento.

—Muy bien, pero quizás deberías considerar qué quiere ella.

—Hará lo que yo diga —insistió—. Está bien así.

Gávric se alejó camino a los alojamientos dejando sola a su antigua tutora. Esto era más que su proyecto personal, era la fe en el futuro de su hijo. Pero no tenía derecho ¿O sí? No se podía jugar así con la mente, atacar de forma tan directa la base biológica de lo que la gente era. ¿Pero sería esa realmente la base biológica, no sería en realidad alguna inhibición química o eléctrica que echar abajo para que todo comenzara a trabajar como debía? ¿Hasta dónde llegaban realmente los límites? Cuando nadie hace nada Comenzaba a amanecer y ya algunos jovencitos, muchos conocidos de ella, salían de los alojamientos ¿Qué van a hacer con su vida ahora? Se dirigían hacia uno de los edificios. Entre ellos salió Kykubi. ¿Estaré pensando de forma egoísta? Su andar entre los otros muchachos se distinguía por esa torpeza ligera que tan bien conocía, un grácil balanceo sobre las puntas de los pies como si pudiera volar Su silueta ya era casi de mujer, con suaves redondeces nuevas en los pechos, el rostro, las caderas y las nalgas. Rodeada de gente igual, ya pronto se dedicaría a algo que le gustaba, se enamoraría y querría vivir sola, ser ella misma por sí misma como si realmente estuviera a punto de echar a volar Debía pensar si no estaba siendo egoísta, si no estaba demasiado a gusto con tener a Kykubi como su muñeca de compañía, su juguete que arreglar “No son juguetes que puedas arreglar, madre”, dijo ella Tal vez debía pensar menos en sí misma, en sus prejuicios y miedos, y más en Kykubi como algo que se hace y se perfecciona dándole una parte de uno mismo, y al fin se deja libre para ocupar su lugar.

* * *

El taller estaba ordenado como de costumbre, la única nota discordante era el tapiz donde estuvieron juntas la Stormbride y la “Manzana de Eva”. Estaba revuelto sobre la mesa por el golpe que Fataneh le dio al activador neural casi cuarenta y ocho horas antes. Había polvo.

—Vaya, no está Kykubi para ayudarme a limpiar un poco —gruñó.

Hacía menos de una semana que había empezado y terminado todo, pero parecía haber transcurrido una eternidad desde que la muchacha le trajo el extraño artefacto. Fataneh se sintió vieja y enferma. Tal vez había pescado algo allá dentro el día antes. Pensó que por estar tan cerca de la zona de exclusión alguna irradiación o patógeno no detectable por el sensor portátil podía haberla dañado y era posible que su organismo se resintiera, algún grupo de células empezara a crecer incontroladamente y ramificarse en formaciones tumorales, algún órgano dejara de funcionar óptimamente.

Los niños-bomba corrijo: humanos K no parecían experimentar ningún síntoma. Eran demasiado perfectos en su extraña invulnerabilidad al ambiente contaminado: la Nueva Gente de la Tierra. Ahora pulida por la obsesión de Gávric.

Y Kykubi perfecta, y perfeccionada.

—Espérame en casa, mamá —había suplicado la muchacha—. No te vayas a ir sin mí.

—Trataré, hijita, trataré —prometió Fataneh.

Le hubiera prometido cualquier cosa…

—¡Mierda! —lloró la vieja sentándose a la mesa vacía y polvorienta—. ¿De qué me estoy quejando? Al fin y al cabo, los hijos siempre se van.

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Comentarios a: "La manzana de Eva"

1 Comentario

  1. Pablo Enrique López Rodrñiguez dice:

    Mágnifico cuento. Valdría la pena que tuviera continuación, o que la autora escribiera una novela con más líneas de acción y personajes, pero basada en esta obra.

(*)Requeridos

Sobre el autor

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    . Ciudad Habana, 1980. Narradora. Licenciada en Educación Especial y graduada del Curso anual de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. En 2011 se tituló como doctora en Ciencias Pedagógicas. Yadira es fundadora del taller Espacio Abierto. Ha publicado cuentos en los ezines Korad y Qubit y recientemente en las antologías Axis Mundis (GN, 2011) e Hijos de Korad (GN, 2013). Fue ganadora del Premio Oscar Hurtado de ciencia ficción en 2009.