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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Cacería interplanetaria

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Un nuevo dia en Venus… ciento setenta horas de soportar un calor húmedo y sofocante. Un interminable periodo de monotonía, en las nieblas eternas, que forman constantes remolinos, pegajosos y húmedos, enervantes, cargados de miasmas, vibrando con los secretos murmullos de las mefíticas formas de vida del planeta. Gerry Carlyle y Tomy Strike, con la tripulación de “El Arca” trabajan para el Zoo Interplanetario de Londres, viajando de planeta en planeta, capturando extraños seres y trayéndolos vivos a la Tierra. Usted visitará leyendo CACERIAS INTERPLANETARlAS, Venus, Neptuno, Saturno y Júpiter, con sus diversos satélites y conocerá extraordinarias bestias, tales como el murri, los escarabajos voladores, el hocico de pala, el fantástico felpudo, el gora, el fabuloso caco y docenas de otros raros animales, muchos de los cuales vera Vd. reproducidos en las ilustraciones de este libro.

Fragmento

VENUS

EL LÁTIGO

Este monstruo alcanza una altura de casi cincuenta pies en posición erecta, sobre dos enormes patas macizas. Dos cortas patas delanteras, provistas de garras, y una cabeza larga y estrecha, que recuerda a un lobo terrestre, con dos grandes colmillos y pequeñas orejas, describen al más temible y maligno animal de Venus. Tiene una lengua fina y estrecha de cincuenta pies de longitud afilada como una navaja de afeitar.

ROTIFERO (Comúnmente llamado el busardo de Venus)

Es un animal de color gris, redondo en forma de bola, recubierto por docenas de sólidas cerdas, que le sirven para desplazarse a paso rápido. La boca, semioculta, recoge cualquier cosa con la que toma contacto. Puede decirse que es el basurero del planeta, el recolector de carroña de Venus.

ESCARABAJO ZUMBADOR

Los menudos escarabajos voladores y de estructura blindada de Venus, son tremendamente rápidos en el vuelo, con absoluto desprecio a cualquier objeto con que tropiecen a su paso. Les atrae particularmente el olor del humo del tabaco, y muchas veces, un cazador ha resultado muerto por fumar fuera de un local cerrado.

MURRI (El seudosimio Murri)

Denominados así por el gran explorador, pionero en Venus, Sidney Murray. El murri tiene un cierto parecido con el mono proboscídeo de la Tierra, es de color marrón grisáceo, con escasos pelos en la espalda. Tiene unos grandes ojos pardos y constantemente murmura: «murri… murri… murri».

HOCICO DE PALA

Este monstruo tiene una envergadura de cincuenta pies de largo por veinte de anchura, está provisto de tres pares de cortas y poderosas patas que terminan en unos discos enormemente espatulados. Está recubierto de una piel ruda y espesa. La cabeza forma casi en su totalidad un enorme hocico aplastado cuya abertura mide varios pies de un extremo a otro. De naturaleza herbívora, usa la trompa como una pala para hocicar y remover el terreno en las ciénagas y marismas de Venus, donde se procura su alimento.

* * *

Un nuevo día venusiano… siento setenta horas de soportar un calor húmedo y sofocante. Un interminable período de monotonía, viviendo en las nieblas eternas, que forman remolinos constantes, pegajosos y húmedos, enervantes, cargados de miasmas, vibrando con los secretos murmullos de las mefíticas formas de vida del planeta. Aquello era el acontecer diario de la plúmbea existencia de un comerciante en Venus, seguro solamente bajo el refugio de su puesto de comercio, erigido con zancudos soportes a veinte pies de altura sobre la esponjosa superficie del terreno; pero aburrido hasta el borde de la locura.

Tommy Strike salió de debajo de la ducha antiséptica, principal defensa de los terrestres contra las miríadas de bacterias infecciosas que pululan en el invernadero, que es el planeta Venus.

* * *

Echó mano de una toalla, cambió el dispositivo de refrigeración que había de preservarles durante los cálidos días del planeta, por el sistema de calefacción nocturno, y gritó:

—¡Roy! ¡Despierta! ¡Hoy es el gran día! ¡Los ingleses vienen! ¡Prepárate para el acontecimiento!

Roy Ramson, el ayudante de Strike, apareció tambaleándose y restregándose los ojos.

—¿Ingleses? —farfulló—. ¿Qué ingleses?

—¡Vaya! ¡Gerry Carlyle! El gran Carlyle viene hoy. Y en su navío especial con su tripulación especializada, directamente desde el Zoo Interplanetario de Londres. ¡El famoso «Cógelos-vivos» Carlyle está en marcha y nosotros somos los tipos afortunados elegidos para servirles de guía en su expedición a Venus!

Ramson se rascó una pierna gruesa y peluda y se dirigió bajo la ducha con expresión avinagrada.

—¿Es ésa la gran noticia? —preguntó.

—No pareces mirar con agrado al señor Carlyle —comentó Strike con una risita entre dientes.

—No, desde luego que no. Ya he oído de él todo cuanto tenía que oír. El capturar animales de diferentes planetas y llevarlos al Zoo de Londres, me parece muy bien. Me gustaría a mí mismo semejante ocupación. Pero un individuo que calcula y utiliza tal repugnante cantidad de publicidad en sus negocios, tiene necesariamente que tener mucho de falso en su actuación. —Y se dirigió hacia la radio de onda corta instalada en un rincón de la salita de estar—. Estando tan cerca del Sol, tendremos suerte si captamos un par de programas de la Tierra por día, a través de la interferencias. Y creo que cada uno de ellos traerá algo relacionado con ese condenado Carlyle. «Carlyle se alimenta con cubitos Vita durante su expedición»… «Carlyle fuma cigarrillos sin gérmenes de la marca Suaves»… «Gerry Carlyle bebe el maravilloso y refrescante Alka-lager»… ¡Puaff! Y ahora, se nos ordena trabajar de firme por todo este condenado y chorreante planeta, haciendo todo el trabajo de recoger un buen puñado de ejemplares vivientes de fantásticos animales, para que ellos vuelvan con toda la gloria a casa…

Tommy Strike, se puso a reír de buena gana.

—¡Bah, Roy, mucho ladrar y poco morder! Estoy seguro de que te alegrarás tanto como yo de que algo venga a interrumpir esta espantosa monotonía.

Strike se acabó de vestir con las ropas de día, camiseta y pantalones de un fino material engomado y las inevitables botas de amplia suela para atravesar los traicioneros lugares fangosos y movedizos de la superficie de Venus.

—¿Sí, eh? —replicó Ransom—. Te diré algo sobre esta visita… y tendremos jaleo, ya lo verás. Tan seguro como que has nacido, Tommy, estos tipos vienen aquí para tratar de conseguir dos o tres murris, o así se lo figuran, por lo menos… Y ya sabes lo que eso quiere decir.

A Strike se lo nublaron los ojos. En la advertencia de Ransom se encerraba una gran verdad. La cacería de aquellas extrañas criaturas, llamadas murris, nunca había proporcionado, sino grandes inconvenientes, desde los días de Sidney Murray, el jefe adjunto de la gran expedición Cecil Stanhope-Sidney-Murray, el primero en descubrir aquellos pequeños y extraordinarios animales venusianos.

—Bien —repuso encogiéndose de hombros—, podemos aguantar hasta que esté dispuesto a marcharse y tengamos entonces algo para divertirnos. Puede ser que entonces razone debidamente.

Ransom sacudió la cabeza con disgusto sin pronunciar palabra, ante tan fantástica esperanza.

—De cualquier forma —insistió Strike, determinado a ver las cosas por el lado más amable—, aún en el caso de que haya alguna complicación seria, todo estará terminado en pocos días. Voy al campo de aterrizaje. Estarán al llegar.

Tommy se dirigió al exterior, surgiendo a la irrespirable y tórrida atmósfera, que cegaba la visión de los contornos de las cosas, saturada con el hedor de la putrefacción de aquella hirviente vida vegetal y animal. Los ojos humanos, no podían penetrar más allá de cien pies de distancia en aquella eterna mortaja de niebla, incluso en el caso de que una corriente de aire, la barriera temporalmente, convirtiéndola en celajes blanquecinos de color lechoso. Strike hizo una mueca de desagrado y sin reflexionarlo, llenó y encendió la pipa.

Treinta segundos más tarde, el aire se hallaba poblado con el zumbido agudo de docenas de los fabulosos escarabajos voladores, que estrellaban ciegamente sus pequeños caparazones contra las planchas metálicas de la estación comerciales de los terrestres, atraídos por el olor del tabaco. Strike comprendió su error y se apresuró a apagar y guardar la pipa. No era posible para un hombre, ni disfrutar del placer de fumar, en aquel maldito planeta. Su vida corría un grave riesgo por la terrorífica velocidad del vuelo de aquellos insectos alados, disparados como saetas.

Avanzó algunos pasos más y se puso en seguridad, en la parte posterior de la estación, donde los abandonados tanques de carbonato cálcico, surgían relucientes como gigantes metálicos en la niebla. Hubo una época, en que había sido preciso bombear y esparcir toda aquella substancia en el aeropuerto espacial en miniatura, rodeándolo de una cierta seguridad para que cualquier espacio-nave pudiera tomar contacto con el suelo venusiano Allí, a una gran altura en el aire, existían esparcidos, miles de diminutos inyectores que por su gran afinidad con el agua, creaban un túnel vertical a través de la niebla, que podía localizar el piloto de la nave espacial. Ahora, los modernos adelantos en materia telescópica, habían convertido aquella instalación en algo anticuado.

Strike, paseó deliberadamente a lo largo del sendero paralelo a la antigua tubería principal —los habitantes de la Tierra habían aprendido pronto a no apartarse mucho de los lugares conocidos en semejante atmósfera— y antes de que hubiera cubierto la mitad del camino, sus sensibles oídos captaron el potente silbido de una espacio-nave entrando en la atmósfera del planeta venusiano.

El ruido fue en aumento, hasta hacerse intolerable a través de la niebla, después disminuyó hasta producirse un completo silencio. Se oyó el chocar de metales y unas voces humanas más tarde. Gerry Carlyle y su gente, acababan de llegar a Venus.

Strike aceleró el paso y enseguida franqueó el claro que servía de aeropuerto espacial. Se detuvo para permitir a sus ojos maravillados, recorrer el terreno circundante, sobre aquella visión tan poco frecuente. La espacio-nave famosa de Carlyle, era un increíble monstruo de metal brillante, que ocupaba casi la totalidad del pequeño aeropuerto, elevándose en el aire más allá de donde sus ojos podían ver con claridad en la espesa atmósfera venusiana. Sus claraboyas de cristal verde, brillaban fantásticamente con la luz interior del navío espacial. Éste, era algo inmenso, aproximándose en tamaño a los navíos gigantes que viajaban hasta los límites del sistema solar. Strike no había visto nunca antes tan cerca, una espacio-nave de semejantes proporciones. Sonrió a la vista del nombre pintado en grandes letras: El Arca.

El Arca, desde luego, era uno de los modernísimos elementos de vuelo espaciales, basados en el aprovechamiento de la fuerza centrífuga. En su interior, se hallaba instalado un centrifugador de increíble poder, con millones de diminutos rotores que funcionaban en explosiones de aire comprimido, generando suficiente energía para impulsar aquella gigantesca nave del espacio a tremendas velocidades. El equipo de El Arca, además, era algo de lo que se había hablado por todo el sistema.

Carlyle, apoyado por los enormes recursos del Zoo Interplanetario, había convertido la espacio-nave en un laboratorio flotante, con compartimientos adecuados para las especies capturadas, teniendo cada una, un exacto duplicado de las condiciones de vida de sus planetas de origen. Las invenciones científicas más modernas, se hallaban incluidas en aquella fabulosa instalación, los rayos paralizantes, el telescopio electrónico, la antigravedad y una serie de cosas más de las que Strike sólo tenía una vaga noción de oídas.

Sus cavilaciones se vieron interrumpidas por la aproximación de un hombre brillantemente uniformado, que saludó sonriendo.

—¿Es usted el señor Strike? —preguntó—. Soy el subpiloto Barrows de El Arca y estoy encantado de saludarle. Gerry Carlyle desea verle inmediatamente. Deseamos comenzar el trabajo enseguida.

El día, por lo visto, debía estar lleno de sorpresas para Tommy Strike, y quizá la mayor de todas, fue la que recibió cuando saltó a la escotilla de acceso a la espacio-nave, brillantemente iluminada en su interior. Porque aguardándole allí, con una fría sonrisa en los labios, aparecía la chica más bonita que Tommy hubiese visto jamás en su vida.

—El señor Strike —dijo Barrows a modo de presentación—. La señorita Gerry Carlyle.

El comerciante se quedó mirando fijamente, atónito como si acabara de estallar un rayo a su pies. En aquellos días de cirugía estética avanzada, la belleza femenina no era una cosa rara; pero hasta el ojo poco avezado de Strike, comprendió que lo que tenía delante era una belleza real e impresionante. No se trataba de una rubia sintética, una muñeca bonita fabricada a placer, sino una espléndida belleza natural, donde el bisturí del cirujano no había tenido nada que hacer: un cabello dorado, unos ojos que brillaban de inteligencia, un tinte de pasión y temperamento en la curva de su boca y en el trazado de su nariz. En pocas palabras: una mujer de cuerpo entero.

Pero la voz de la señorita Carlyle fue un chorro de agua helada, que volvió a Tommy a sus maneras terrestres.

—No parece usted muy entusiasmado al hallar a, su jefe temporal, señor Strike. ¿Hay algo contra mi persona?

Strike se sonrojó visiblemente, irritado consigo mismo y contra su propia confusión del momento.

—¡Oh, oh, no! —Y farfulló unas palabras incoherentes—. Era… quiero decir, que estoy sorprendido de que sea usted una mujer. Yo… nosotros, esperábamos encontrarnos con un hombre eh… bien, en su lugar. Es más bien un asunto para hombres.

El subpiloto Barrows tenía que haber advertido a Tommy sobre el particular pero no había tenido oportunidad. La chica se irguió y habló fríamente.

—No existe ningún hombre en este asunto, que haya hecho ni una fracción de lo realizado por mí. Nombre a una media docena de cazadores interplanetarios, Rogers, Candem, Potter…, y ninguno de ellos está a la altura mía. ¿Un oficio para hombres, eh? Creo que no tendrá necesidad de preocuparse por mí, señor Strike. Encontrará usted, que yo soy lo suficiente hombre para enfrentarme con cualquier cosa que este planeta tenga que ofrecer.

Strike enarcó las cejas. Una hembra arrogante, por añadidura. Un tremendo sentido de su propia importancia, obstinada y egoísta. Strike decidió que aquella mujer le desagradaba y esperó más bien que hubiese venido en busca de los murris. De ser así, aquella fatua mujer tendría que aprender una o dos amargas lecciones.

El siguiente interludio de cinco minutos transcurrió con las faenas de desembarco, todo hecho bajo la voz autoritaria de Gerry Carlyle, que restallaba como un látigo, emitiendo sus órdenes. Hasta que Tommy Strike, se halló a sí mismo conduciendo a un pequeño grupo expedicionario hacia la estación comercial. Entonces, sorprendentemente, la señorita Carlyle mostró una atención halagadora hacia Tommy. En primer lugar, se interesó en los negocios de la estación comercial.

—No es nada divertido —le comentó su propietario—. La mayor parte del tiempo lo pasamos encerrados en su interior, jugando a las cartas u oyendo alguna pesada emisión de radio. Durante el día venusiano, nuestros nativos llegan de vez en cuando con un cargamento de plantas medicinales, en las que estamos interesados. Ocasionalmente nos traen alguna piedra preciosa en bruto de diversas calidades, aunque Venus es muy pobre en minerales. La única piedra de algún valor estimable que puede ser hallada en el planeta, es la esmeralda.

—Seguramente que no será suficiente beneficio el de las plantas medicinales, teniendo en cuenta el costo del transporte espacial, lo que haya persuadido a un joven como usted, a permanecer enterrado aquí —comentó Gerry con un gesto significativo de la mano.

—Sí, existe realmente ese beneficio —repuso Strike encogiéndose de hombros—. Las drogas destiladas de ciertas especies vegetales de Venus, son realmente de gran valor. Además, naturalmente, existe el margen de la aventura —concluyó Tommy sonriendo torcidamente.

—¿De veras?

—Muchos exploradores jóvenes con arrestos, desean un contrato por tres años por el fascinante encanto de la vida en Venus…, si no tienen conocimiento de la realidad de antemano, desde luego. Lo difícil después, es recibir periódicamente una navío espacial en nuestra ruta. Raramente vemos más de uno en un período correspondiente a tres o cuatro meses de la Tierra.

—¿Pero… es posible? ¿Existe esto en Venus? —preguntó la joven, mirando atentamente a los miles de hongos brotar del mojado suelo del planeta, con movimientos casi perceptibles. Eran unos hongos conformados casi como un cuerpo humano y de color tan pálido que más bien parecían los espíritus de unos cadáveres resurgiendo de sus sepulturas.

El comerciante hizo una mueca. A Strike jamás le habían gustado aquellos hongos. Le recordaban constantemente la batalla y la destrucción en aquel lugar infernal, donde cada criatura inclinaba sus medios destructivos hacia su vecina, y donde aún las plantas estaban provistas de espinas venenosas, mientras que las flores exhalaban gases letales tendiendo una trampa al primer incauto de su proximidad.

—Son hongos en su mayoría —repuso Strike—. Crecen y se propagan a una rapidez vertiginosa. Muchas de las pequeñas formas de vida de Venus, existen solamente un día. En ese período nacen, viven y mueren, todo en ciento setenta horas. Naturalmente, su ciclo vital es muy rápido. En unas cuantas horas, todas esas bolas vegetales, revientan expulsando las esporas y desparramándolas a su alrededor. Resulta divertido e interesante. Durante la larga noche del planeta, las esporas permanecen aletargadas. También una gran parte de los animales, permanece en estado de hibernación, a causa del intenso frío. La vida nocturna aquí, es nula. Éste es, estrictamente hablando, un planeta de las nueve en punto.

Gerry olfateó, notando lo que todos los recién llegados a Venus apreciaban. Aunque la vista es pardusca y monótona casi sin colorido apreciable, el olfato se siente asaltado por una increíble multiplicidad de olores: dulzones, almizclados, picantes, con toda una gama de sensaciones olfatorias no familiares que percibir.

Strike explicó a Gerry, que en la Tierra, las plantas con flores, son normalmente fertilizadas por el paso de insectos de una a otra, y que desarrollando pétalos de colores vivos, atraen así a las abejas y mariposas y a otros insectos voladores. Pero en Venus, donde la neblina perpetua relega a la impotencia cualquier intento de atraer por lo órganos visuales, las plantas se han adaptado apelando al sentido del olfato, suministrando así toda suerte de olores excitantes. Y, entre preguntas de Gerry y respuestas de Strike sobre la marcha, el pequeño grupo expedicionario llegó a la estación comercial, en aquel trayecto realmente corto en distancia. Pero Tommy, no se dejó engañar por el súbito cambio de actitud de la joven. Se imaginaba, que una cazadora interplanetaria de la experiencia de Gerry, tendría, sin duda alguna, que hallarse muy bien informada sobre las condiciones del planeta antes de haber venido a Venus. Y estuvo cierto de que ella conocía las respuestas, en el momento de hacer sus preguntas. Gerry, debió haber notado el gesto de desagrado de Tommy en los primeros instantes de su primer encuentro en el aeropuerto espacial, y trató deliberadamente después, de congraciarse con él, para promover un estado de aceptable armonía durante el breve espacio de su permanecía en el brumoso planeta venusiano. El comerciante deseaba a su vez aparecer amistoso; pero miraba a la chica con precaución y disgusto. La agresividad de Gerry, no era de su agrado.

* * *

Gerry Carlyle, era, decididamente, una mujer de acción.

—No hay tiempo que perder —declaró incisivamente al llegar al puesto comercial—. La Tierra y Venus están próximas a una conjunción y quiero estar dispuesta a partir lo más pronto posible, llegado ese momento. No me gusta la idea de vagar por el espacio con un cargamento de especies animales como las que he de capturar. Si usted no tiene nada que oponer, señor Strike, haremos nuestra primera irrupción inmediatamente.

Strike movió la cabeza, mirando fijamente a la inquieta chica, que hacía solo un instante aparecía tan cálida y amistosa, para pasar inmediatamente a un estado de dominio imperioso.

—Desde luego —convino Tommy—. Estaré con usted dentro de un instante.

Trepó ágilmente por la escalera metálica, hasta donde Ransom, asomado al porche de la estación, aparecía con su cara redonda y barbuda, maravillado de la presencia de los nuevos visitantes y ambos desaparecieron en el interior de la estación. Strike apareció nuevamente portando un equipo transmisor de radio.

—Ransom nos enviará un haz de radio, sobre el que viajaremos. Ya le he advertido del camino a seguir, y estará atento a cualquier desviación de nuestros movimientos. Es la única forma posible de cubrir cualquier distancia en esta lobreguez eterna. —Tommy ajustó un simple auricular y deslizó el pequeño equipo portátil de radio emisor-receptor, en uno de los bolsillos.

En seguida, Tommy insistió en recubrir la nariz de los expedicionarios interiormente con una substancia aromática.

—Es un poderoso germicida —advirtió sonriendo—. Por cada animal peligroso de los que existen en Venus, existen un centenar de bacterias temibles, que pueden poner fuera de combate a un terrestre, en veinte horas. Supongo que esto acaba los preparativos de la expedición. ¿Podemos salir? Debo advertir a ustedes que el sentido de la percepción está muy desarrollado aquí, por tanto, espero que esto les ayudará a moverse con el mayor silencio posible.

—Un momento —advirtió repentinamente la voz glacial de Gerry—. Quiero que queden establecidas dos cosas: Primero, yo soy el solo jefe de esta expedición y mis órdenes son únicas. —Y sonrió con una helada dulzura—. No admito reclamaciones, desde luego, señor Strike, y quiero establecerlo así para evitar futuros malentendidos. Segundo: tiene usted que saber que el exclusivo objeto de esta expedición es capturar uno o más ejemplares de murris y volver con ellos vivos. Tomaremos además otras especies vivientes, por supuesto, pero el murri es nuestra exclusiva finalidad.

Y miró a su alrededor desafiadoramente, como si esperase cualquier reacción negativa. Y en efecto, no fue decepcionada. Strike miró al porche, cambiando una mirada significativa con Ransom. Ante la mirada de Tommy y su sonrisa burlona, el temperamento de Gerry explotó.

—¿Qué misterio se encierra tras ese murri? Donde quiera que vaya, en Venus, allá en la Tierra, entre miembros de mi propia profesión, si se menciona la palabra murri, todo el mundo frunce el ceño y trata de cambiar de conversación. ¿Por qué?

Nadie le respondió. El grupo de Carlyle se puso en marcha a disgusto. Las botas hacían unos ruidos succionantes al moverse. Strike acabó respondiendo:

—El hecho es que usted no ha capturado nunca un murri vivo. Pero usted no lo creerá si le digo la razón, señorita Carlyle. Yo…

—¿Por qué no? ¿Qué es lo que sucede con ellos? ¿Es que su presencia resulta fatal a la especie humana en alguna forma?

—Oh, no, no es eso.

—¿Son acaso tan raros o tan asustadizos que no pueden ser hallados? ¿Se trata de una especie tan huidiza que hace imposible su localización?

—No, creo que podré encontrarle varios, antes de que pueda usted capturar alguno.

—Entonces, deben ser tan delicados, que no podrán permanecer en la nave, ni realizar el viaje ¿es cierto? De ser así, puedo decirle, que tenemos a nuestra disposición los medios para realizar un duplicado exacto de su condición ambiental en Venus.

—No, tampoco es eso —repuso Tommy, con un suspiro de resignación.

—Entonces, pues ¿de qué se trata? —gritó Gerry—. ¿A qué viene tanto misterio y esas miradas evasivas? Están ustedes actuando como Hankk Rogers, que acababa de volver de Venus, con las manos vacías, tras haber tratado de capturar un ejemplar de murri. Le pregunté la razón y rehusó contestarme. Esto me hace sentirme irritada y confusa. ¿Qué es lo que hay en todo esto, si puede saberse?

Tommy Strike movió la cabeza firmemente:

—No es para ser explicado, señorita Carlyle. Es algo que debe usted descubrir por sí misma.

Y con esta nota de insatisfacción, el grupo se adentró en la niebla. La media docena de hombres de El Arca, estaban sorprendidos de hallar el camino relativamente fácil. Aunque la gran cantidad de agua en Venus, presupone una jungla intrincada y profusa, hay poca luz solar para apreciar los más altos ejemplares de árboles gigantes, algunos de los cuales, sobrepasa en cientos de pies la cortina de eterna niebla que flota en el ambiente de Venus, quienes a su vez, no dejan filtrar más luz a causa de sus enormes hojas. La vegetación inferior se extiende como una maraña de arbustos y matorrales del tipo cactus recubiertos de venenosas espinas y una innumerable variedad de especies de plantas con flores casi incoloras; pero recargadas de fuertes olores y perfumes que se amontonan para captar el diluido resplandor solar sin interferencias, ocasionalmente en los árboles aislados y solitarios.

—El principal peligro en la marcha —explicó Strike— es perder el haz de ondas de radio. A veces nos hemos visto en grandes apuros para no perder la señal.

El grupo, con Gerry y Strike a la cabeza, no había empleado más de cinco minutos desde que se alejaron de la estación comercial, cuando se vio envuelto por el ruido infernal que producen cientos de cerdos, gruñendo y chillando, a la hora de alimentar. El ruido, que alteró la quietud de las marismas, era intermitente, surgiendo durante algunos segundos en algún lugar delante de la expedición, para detenerse bruscamente y ser substituido de nuevo por chapoteos en el fango y sonidos entremezclados. Todo el grupo se detuvo un instante, ante aquel imponente ruido inesperado y extraño. Era algo que parecía no provenir de ningún sitio concreto.

—Es el hocico de pala —explicó con una mueca Strike—. No es muy peligroso.

Gerry miró de reojo al guía, tratando de captar su significación.

—Los preferimos peligrosos, realmente —comentó la joven—. Aunque difícilmente esperaba encontrar algo interesante en este planeta tan cercano a… la civilización.

Tommy observó divertido e interesado y con cierta excitación, los preparativos que el equipo de Gerry realizaba con rutina profesional. Las tajantes y rápidas órdenes de la chica, detallaban en aquel momento que un hombre permaneciese con el grueso del equipo. Dos más se encargarían con un par de armas de rayos catódicos, pequeños cañones además de la pistola corriente, que como la de Tommy, se usaba para cualquier emergencia. Dos de los otros, incluyendo a la joven, seleccionaron armas que tenían un cierto parecido con los antiguos rifles de la Tierra, y que entonces solo se veían en los museos. Barrows iba al encargo de la cámara tomavistas.

—Allen —ordenó Gerry—, diríjase en círculo por la izquierda. Kranz que vaya por la derecha. Como de costumbre, guárdense de hacer fuego, a, menos que no sea absolutamente indispensable para evitar la huida del ejemplar. Les damos tres minutos para situarse en sus posiciones respectivas.

Los dos cazadores ayudantes, se adelantaron inmediatamente a cumplir las órdenes recibidas. Strike advirtió de improviso.

—¡Esperen! —gritó—. Vuelvan aquí. Ninguno debe perderse de vista. Es demasiado fácil quedarse perdido indefinidamente. Los sonidos aquí llegan lejos; pero a un oído no entrenado le resulta imposible determinar de qué lugar proceden, en esta niebla.

Los ojos de Gerry Carlyle llamearon momentáneamente, de rabia mal contenida, al ver sus órdenes rectificadas; pero el plan de acción tuvo que ser reformado, de forma que los dos flanqueadores permanecieron dentro de la visión del grupo principal.

Strike se había imaginado, que los ayudantes de Gerry, eran mas bien un equipo vulgar de individuos que se limitarían a obedecer automáticamente las órdenes de su jefe y que ninguno de ellos sería nadie por sí mismo, cuando se viera privado de las instrucciones de un conductor. Pero cuando el grupo desplegó con precisión militar, Tommy debió admitir, que nunca había visto realizar unos movimientos tan competentes.

Ni el más pequeño ruido alteró la quietud de las ciénagas. Incluso los ruidos burbujeantes de las charcas, había desaparecido. En el minuto siguiente, se habían deslizado hasta alcanzar un pequeño claro, donde se quedaron mirando con curiosidad profesional el monstruo elegido, que se había denunciado a sí mismo con sus rugidos: el hocico de pala.

Aquel extraño e imponente animal, merecía un segundo examen. Cincuenta pies de largura por veinte de ancho, eran las medidas aproximadas de su envergadura animal. Estaba provisto de tres pares de patas poderosas y achatadas, terminando en unos enormes discos espatulados, y la piel espesa y dura de color grisáceo relucía mojada, entre la bruma ambiental y la media luz venusina. La característica más sorprendente de aquel tremendo animal la constituía su enorme cabeza, que en lugar de redondearse en algún punto, se expandía aplastada como una enorme pala, teniendo por hocico una gran abertura de varios pies de extensión de un extremo a otro, horizontalmente.

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