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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

El Capitán Blood

Sobre el autor:

Sobre el libro:

El gran clásico de las novelas de aventuras náuticas. La vida del capitán Blood, inspirada directamente en la biografía de Henry Morgan, es un continuo proceso de búsqueda de la libertad, manteniéndose fiel a unos principios de igualdad, en una época en la que la piratería estaba legitimada y era tolerada por los gobiernos europeos. Elegido almirante por los bucaneros, Blood emprende una expedición contra Puerto Príncipe y Porto Bello, pero la más espectacular es su entrada en Panamá, la llamada Taza de Oro, de la que se retira con un cuantioso botín. Nombrado gobernador de Jamaica, no tarda en ser desposeído de su cargo, pues la firmeza de sus principios y su fuerte carácter casan mal con la diplomacia necesaria para representar al gobierno británico en las Antillas.

Fragmento

Capítulo I

El mensajero

Peter Blood, bachiller en medicina y muchas otras cosas más, fumaba una pipa y cuidaba los geranios en la jardinera del antepecho de su ventana sobre Water Lane en la ciudad de Bridgewater.

Unos ojos severos y con desaprobación lo consideraban desde la ventana opuesta, pero pasaban desapercibidos. La atención del Sr. Blood estaba dividida entre su tarea y la corriente de humanidad en la angosta calle abajo; una corriente que se derramaba por segunda vez en ese día hacia Castle Field, donde más temprano en la tarde Ferguson, el capellán del Duque, había predicado un sermón conteniendo más traición que divinidad.

Estos grupos extraviados y excitados estaban compuestos mayormente por hombres con ramas verdes en sus sombreros y las más ridículas armas en sus manos. Algunos, es cierto, llevaban piezas de caza, y aquí y allá resplandecía una espada; pero muchos estaban armados con garrotes, y la mayoría arrastraban las picas hechas con las guadañas, tan formidables a la vista como torpes en la mano. Había tejedores, cerveceros, carpinteros, herreros, albañiles, canteros, y representantes de todas las ocupaciones de la paz entre estos improvisados hombres de guerra. Bridgewater, como Taunton, había proporcionado tan generosamente a sus hombres para el servicio del Duque bastardo que cualquiera con edad y fuerza suficiente que se abstuviera de llevar armas, era inmediatamente considerado cobarde o papista.

Peter Blood, quien no solamente era apto para empuñar armas, sino entrenado y hábil en su uso, quien ciertamente no era un cobarde, y un papista cuando le convenía, cuidaba sus geranios y fumaba su pipa en ese cálido atardecer de Julio, indiferente como si nada pasara. Una cosa sí hizo. Lanzó a esos enfervorizados con la guerra una línea de Horacio _ un poeta por cuyos trabajos había últimamente concebido una afección inusual:

Quo, quo, scelesti, ruitis?

Y ahora tal vez adivinaréis por qué la caliente, intrépida sangre heredada de los aventureros antepasados de su madre de Somersetshire se mantenía fría en medio de todo este fanático fervor de rebelión, por qué el turbulento espíritu que una vez lo había sacado del tranquilo mundo académico que su padre le había impuesto, se mantenía ahora quieto en la verdadera mitad de la turbulencia. Os daréis cuenta cómo miraba a esto hombres que se reunían bajo los estandartes de la libertad —los estandartes tejidos por las vírgenes de Taunton, las niñas de los seminarios de Miss Blake y Mrs. Musgrove, quienes— según dice la balada —habían desgarrado sus enaguas de seda para hacer colores para el ejército del Rey Monmouth. El verso latino, desdeñosamente lanzado tras ellos mientras alborotadamente bajaban por la calle empedrada, revela su mente. Para él eran tontos abalanzándose con locura a su ruina.

Verán, sabía demasiado sobre este sujeto Monmouth y la bonita mujerzuela oscura que lo había dado la vida, para ser engañado por la leyenda de legitimidad, sobre cuya fuerza se levantaba esta rebelión. Había leído la absurda proclamación en el cartel colocado en la Cruz de Bridgewater —como había sido colocado también en Taunton y otros lugares— estableciendo que —ante la muerte de nuestro Soberano lord Charles Segundo, el derecho de sucesión a la corona de Inglaterra, Escocia, Francia e Irlanda, con los dominios y territorios que les perteneces, legalmente descendía y recaía en el muy ilustre y altamente nacido Príncipe James, Duque de Monmouth, hijo y heredero del mencionado Rey Charles II.

Lo había movido a la risa, al igual que el posterior anuncio de que James, Duque de York primero causó que el mencionado Rey fuera envenenado, e inmediatamente usurpó en invadió la Corona.

No sabía cuál era mayor mentira. Porque el Sr. Blood había pasado la tercera parte de su vida en los Países Bajos, donde el mismo James Scott —que ahora se proclamaba a sí mismo James II por la gracia de Dios, Rey, etcétera— vio la luz hacía unos treinta y seis años, y conocía la historia que allí se contaba sobre su real paternidad. Lejos de ser legítimo —por virtud de un pretendido casamiento secreto entre Carlos Estuardo y Lucy Walter— era posible que este Monmouth que ahora se proclamaba Rey de Inglaterra no fuera ni siquiera el hijo ilegítimo del difunto soberano. ¿Qué sino ruina y desastre podría ser el fin de esta grotesca pretensión? ¿Cómo se podría esperar que Inglaterra alguna vez se tragara esta mentira? ¡Y era en su nombre, para sostener su fantástico reclamo, que estas muchedumbres del Oeste, dirigidos por unos pocos escuderos Whigs, habían sido seducidos para la rebelión!

Quo, quo, scelesti, ruitis?

Rio y suspiró a la vez; pero la risa dominó el suspiro, porque el Sr. Blodd no era dado a la compasión, como la mayoría de los hombres autosuficientes; y era muy autosuficiente; la adversidad le había enseñado a serlo. Un hombre de corazón más tierno, teniendo su visión y su conocimiento, hubiera encontrado causa para las lágrimas en la contemplación de estas ardientes, simples, inconformistas ovejas yendo hacia adelante con paso vacilante, escoltados al campo de batalla de Castle Field por esposas e hijas, novias y madres, apoyados en la ilusión de que iban a tomar el campo en defensa del Derecho, la Libertad y la Religión. Porque sabía, como todo Bridgewater sabía desde hacía unas horas, que era la intención de Monmouth presentar batalla esa misma noche. El Duque iba a liderar un ataque sorpresa contra el ejército real bajo las órdenes de Feversham quien acampaba en Sedgemoor. El Sr. Blood suponía que lord Feversham estaría igualmente bien informado, y si su suposición estaba equivocada, por lo menos estaba justificada. No iba a suponer que el comandante realista fuera tan poco hábil en su trabajo.

El Sr. Blood sacudió las cenizas de su pipa y se tiró para atrás para cerrar su ventana. Al hacerlo, su mirada viajando derecho a través de la calle encontró finalmente la mirada de esos ojos hostiles que lo observaban. Había dos pares, y pertenecían a las señoritas Pitt, dos amigables, sentimentales solteronas que superaban a cualquiera en Bridgewater con su adoración al apuesto Monmouth.

El Sr. Blood sonrió e inclinó su cabeza, porque estaba en términos amigables con estas damas, una de las cuales incluso había sido por un pequeño tiempo su paciente. Pero no hubo respuesta a su saludo. Por el contrario, los ojos le devolvieron una mirada de frío desdén. La sonrisa en sus finos labios se volvió un poco más ancha, un poco menos agradable. Entendió la razón para esta hostilidad, que había crecido diariamente en la pasada semana desde que Monmouth había dado vuelta el cerebro de las mujeres de todas edades. Las Srtas. Pitt, entendió, le reprochaban que él, un hombre joven y vigoroso, con entrenamiento militar que sería muy valioso para la Causa, se mantuviera aparte; que fumara plácidamente su pipa y cuidara sus geranios en este atardecer de todos los atardeceres, cuando hombres de espíritu se dirigían al Campeón Protestante, ofreciendo su sangre para colocarlo en el trono adonde pertenecía.

Si el Sr. Blood hubiera condescendido a debatir esta materia con las damas, les habría explicado que, habiendo tenido su cuota de vagabundeo y aventuras, ahora estaba embarcado en la carrera para la que originalmente se había preparado y para la que había estudiado; que era un hombre de medicina y no de guerra; un curador, no un asesino. Pero ellas le hubieran contestado, lo sabía, que por esta causa era obligación para todo hombre que se llamara tal tomar las armas. Le hubieran indicado que su propio sobrino Jeremy, quien era un marinero, el principal de un barco —el que para la mala suerte de este joven había anclado en este momento en la Bahía de Bridgewater— había dejado el timón para tomar un mosquete en defensa del Derecho. Pero el Sr. Blood no era de los que argumentaba. Como ya dije, era un hombre autosuficiente.

Cerró la ventana, corrió las cortinas, y se dirigió a la agradable habitación iluminada por velas, y a la mesa en la que la Sra. Barlow, su ama de llaves, estaba sirviendo la cena. A ella, sin embargo, le reveló en voz alta sus pensamientos.

—Estoy fuera de favor con las vírgenes avinagradas de enfrente.

Tenía una voz vibrante y agradable, cuyo sonido metálico era suavizado y disminuido por el acento irlandés que en sus andanzas nunca había perdido. Era una voz que podía ser seductora y acariciadora, o comandar en tal forma que obligaba a la obediencia. Ciertamente, toda la naturaleza de este hombre estaba en su voz. Por el resto, era alto y delgado, moreno de piel como un gitano, con ojos asombrosamente azules en esa cara oscura y bajo esas cejas negras. En la mirada, esos ojos, a los costados de una intrépida nariz de alto caballete, eran de una singular penetración y una firme arrogancia que combinaba con los firmes labios. Aunque vestido de negro, como correspondía a su profesión, lo hacía con la elegancia derivada del gusto por la ropa que es más común en los aventureros, de los que había formado parte, que en los médicos, como era ahora. Su chaqueta era de fino tejido, y estaba abrochada con plata; había volantes de encaje en sus muñecas y un lazo de encaje en su cuello. Su gran peluca negra estaba tan sedosamente enrulada como la de cualquiera en Whitehall.

Viéndolo así, y percibiendo su real naturaleza, que era notoria en él, se podría haber especulado por cuánto tiempo un hombre así estaría contento con permanecer en este pequeño lugar del mundo en que la suerte lo había colocado hacía unos seis meses; por cuánto tiempo continuaría ejerciendo el oficio para el que se había preparado antes de empezar a vivir. Difícil de creer cuando se conocía su historia, previa y posterior, pero es posible que si no fuera por el truco que el Destino estaba por jugarle, hubiera continuado su pacífica existencia, completamente adaptado a la vida de un doctor en este paraíso de Somersetshire. Es posible, pero no probable.

Era el hijo de un médico irlandés, junto con una dama de Somersetshire en cuyas venas corría la sangre de pirada de los Frobishers, la que explicaba cierta actitud indómita que se había manifestado temprano en su temperamento. Esto había alarmado profundamente a su padre, quien para ser un irlandés era de una naturaleza profundamente pacífica. Había resuelto pronto que el niño siguiera su honorable profesión, y Peter Blood comenzó rápidamente a aprender y curiosamente ávido de conocimiento, satisfizo a su padre recibiendo la edad de veinte años el grado de —baccalaureus medicinae— en el Colegio Trinity en Dublín. Su padre sobrevivió sólo tres meses a esa satisfacción. Su madre había fallecido unos años antes. Entonces, Peter Blood heredó unos cientos de libras, con los que se largó a ver el mundo y dar un poco de rienda suelta a su inquieto espíritu. Una serie de curiosas circunstancias lo llevaron a entrar al servicio con los holandeses, entonces en guerra con Francia; y una predilección por el mar lo hizo elegir su servicio en este elemento. Tuvo la ventaja de una comisión bajo las órdenes del famoso de Ruyter, y peleó en el Mediterráneo en la batalla en la que el gran almirante germano perdió la vida.

Luego de la Paz de Nimeguen sus andanzas se vuelven difusas. Pero sabemos que pasó dos años en una prisión española, aunque no sabemos por qué llegó allí. Puede ser por esto que cuando fue liberado puso su espada a favor de Francia, y sirvió con los franceses en su lucha contra los españoles de Holanda. Habiendo llegado a la edad de treinta y dos años, su apetito por la aventura estuvo satisfecho, su salud resentida por una herida mal curada, de repente fue invadido por nostalgia de su hogar. Tomó un barco en Nantes con la intención de cruzar a Irlanda. Pero el navío fue desviado por una tormenta a la Bahía de Bridgewater, y como la salud de Blood había empeorado durante el viaje, decidió desembarcar allí, sumado a que era la tierra natal de su madre.

Así que en enero de aquel año de 1685 llegó a Bridgewater, con una fortuna similar a la que tenía cuando salió para Dublín hacía once años.

Porque le gustó el lugar, en el que su salud se recuperó rápidamente, y porque consideraba que había pasado suficientes aventuras para toda la vida de un hombre, decidió establecerse allí, y finalmente ejercer la profesión que había abandonado con tan poco provecho.

Esa es toda su historia, o lo que interesa hasta esa noche, seis meses más tarde, cuando se luchó la batalla de Sedgemoor.

Considerando que la acción que se llevaba a cabo no era su asunto, como realmente no lo era, e indiferente a la actividad de Bridgewater esa noche, el Sr. Blood cerró sus oídos a sus ruidos y se fue temprano a la cama. Estaba pacíficamente dormido mucho antes de las once, hora en la que, como sabréis, Monmouth marchó con su horda rebelde por el camino Bristol, rodeando el pantano que se extendía entre él y el ejército real. También sabréis que su ventaja numérica —posiblemente contrabalanceada por la gran fortaleza de las tropas regulares de otro bando— y las ventajas derivada del ataque sorpresa sobre un ejército más o menos dormido, se perdieron por las equivocaciones y la mala dirección aún antes de estar al alcance de Feversham.

Los ejércitos entraron en colisión cerca de las dos de la mañana. El Sr. Blood dormía tranquilamente a pesar del distante ruido de cañones. No fue hasta las cuatro de la mañana, cuando el sol se levantaba para dispersar los últimos vestigios de la bruma sobre el campo de batalla, que se despertó de su tranquilo descanso.

Se sentó en la cama, restregó el sueño de sus ojos, y se repuso. Golpes tronaban en la puerta de su casa y una voz llamaba incoherentemente. Este era el ruido que lo había despertado. Pensando que tuviera que ver con algún urgente caso obstétrico, cogió su bata y pantuflas para ir abajo. En el descanso casi choca con la Sra. Barlow, recién levantada y en estado de pánico. Calmó sus frases incoherentes con una palabra de tranquilidad, y fue él mismo a abrir la puerta.

Allí en la oblicua luz del recién amanecido sol estaba parado un hombre sin aliento y con los ojos desorbitados, y un caballo que echaba humo. Cubierto de polvo y suciedad, sus ropas desordenadas, la manga izquierda de su jubón colgando en jirones, este joven abrió sus labios para hablar, pero por un largo momento permaneció sin habla.

En este momento el Sr. Blood reconoció en él al joven capitán de barco, Jeremy Pitt, el sobrino de las damas de enfrente, uno que había sido arrastrado por el entusiasmo general al remolino de esa rebelión. La calle se levantaba, despierta por la ruidosa llegada del marinero; las puertas se abrían, y las cerraduras se corrían dejando ver cabezas ansiosas e inquisitivas.

—Respirad, respirad, —dijo el Sr. Blood—. Nunca se ha llegado más temprano a ninguna parte por apresurarse.

Pero el joven, con ojos enloquecidos no prestó atención a este consejo. Se lanzó al discurso, sin aliento, sin resuello.

—Es lord Gildoy, —jadeó—. Está mal herido… en la granja Oglethorpe, por el río. Lo llevé allí… y… y me mandó por vos. ¡Venid! ¡Venid!

Habría cogido al doctor y lo habría llevado por la fuerza en bata y pantuflas. Pero el doctor eludió su mano demasiado ansiosa.

—Por supuesto, iré, —dijo.

Estaba angustiado. Gildoy había sido un patrón muy amigable y generoso para él desde que estaba allí. Y el Sr. Blood estaba suficientemente ansioso para hacer lo que pudiera para pagar esta deuda, con pena de que la ocasión hubiera llegado y de esta manera, porque sabía bien que el noble había sido un agente activo del Duque.

—Por supuesto, iré. Pero primero permitidme coger alguna ropa y otras cosas que puedo necesitar.

—No hay tiempo que perder. —Tranquilo ahora. No perderé tiempo. Nuevamente os digo, iréis más rápido yendo con tranquilidad. Entrad… tomad una silla. Abrió la puerta de una salita. El joven Pitt desechó la invitación.

—Esperaré aquí. Apuraos, en nombre de Dios. El Sr Blood fue a vestirse y a buscar un maletín con instrumentos.

Las preguntas sobre la naturaleza de la herida de lord Gildoy podían esperar hasta que estuvieran en camino. Cuando se puso las botas, dio a la Sra. Barlow instrucciones para el día, que incluían una cena que estaba destinado a no comer.

Cuando finalmente salió, con la Sra. Barlow mascullando tras él, encontró al joven Pitt en una muchedumbre de asustados pueblerinos, a medio vestir, en su mayoría mujeres, que habían venido apuradas por noticias de cómo había salido la batalla. Las noticias que les dio podían leerse en las lamentaciones con que turbaron el aire de la mañana.

A la vista del doctor, vestido y con botas, el maletín de instrumentos bajo su brazo, el mensajero se desembarazó de los que lo rodeaban, sacudió su cansancio y a las dos tías llorosas que se le asían con fuerza, y tomando las riendas de su caballo, subió a la silla.

—Venid, señor, —gritó—. Montad detrás de mí.

El Sr. Blood, sin desperdiciar palabras, hizo lo que se le decía. Pitt tocó al caballo con sus espuelas. La pequeña muchedumbre se apartó, y así, en la grupa de un caballo con dos jinetes, asido del cinturón de su compañero, Peter Blood salió a su odisea. Porque este Pitt, en quien no veía más que el mensajero de un caballero rebelde herido, era en realidad el verdadero mensajero del Destino.

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