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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

El libro de la almohada

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Escrito por Sei Shonagon, dama de la corte de la emperatriz Sadako en el Japón del siglo X, «El libro de la almohada», —llamado así para describir un libro de notas informal que se guardaba posiblemente en los cajones de las almohadas de madera— es, además de una pequeña joya literaria, un vivo y colorido retrato de la vida en la corte imperial. Como explica en su prólogo María Kodama, el libro original está formado, además de por una larga serie de enumeraciones —­de insectos, de plantas, de cosas agradables o desagradables, de temas poéticos, etc.—­, por anécdotas, anotaciones diarias, y por la descripción de caracteres y de la vida cortesana, con sus costumbres, sus juegos, sus intrigas, y también su crueldad. La presente versión de este libro singular, como la cultura y el tiempo al cual pertenece, ofrece la selección y traducción que del mismo hicieron en su día Jorge Luis Borges —­quien sintió siempre especial atracción por Japón y su literatura—­ y la propia María Kodama.

Fragmento

1. En la primavera es el alba…

En la primavera es el alba. Cuando la luz se desliza sobre las cumbres, sus perfiles se tiñen de rosado y hebras de neblina de púrpura se extienden sobre ellos.

En el estío, lo más bello son las noches, no solo cuando hay luna sino también en la oscuridad, cuando las luciérnagas vuelan de un lado a otro y hasta cuando llueve, ¡qué hermoso es todo!

En el otoño, lo más bello son las tardes, cuando el sol resplandeciente se hunde cerca del filo de las cumbres y los grajos vuelven volando a sus nidos en bandadas de tres, de cuatro y de dos. Aún más encantadora es una línea de gansos salvajes como manchas en el cielo lejano. Cuando el sol se ha puesto, el corazón se conmueve con el rumor del viento y con el zumbido de los insectos.

En el invierno, lo más bello es la alborada. Es muy bello, por cierto, cuando durante la noche ha nevado; pero es espléndido también cuando la tierra está blanca de escarcha. También es bello cuando no hay nieve o escarcha pero solo hace mucho frío y los servidores se apresuran de habitación en habitación, atizando el fuego y trayendo carbón. ¡Cómo armoniza todo esto con la estación del año! Cuando se acerca el mediodía y el frío se ha cansado, nadie se toma el trabajo de mantener encendidos los braseros, y solo quedan unos montones de ceniza blanca.

2. Singularmente delicioso es el primer día…

Singularmente delicioso es el primer día del Primer Mes, cuando las nieblas velan el cielo. Todos se preocupan por su aspecto y visten con el mayor cuidado. ¡Qué grato es verlos saludar al Emperador y festejar su propio Año Nuevo!

Me agrada también el séptimo día, cuando la gente arranca la hierba joven que ha nacido bajo la nieve. Da alegría ver su emoción cuando descubren que esas plantas crecen junto al Palacio, en un lugar inesperado. En este día, los nobles que viven fuera del Palacio llegan en sus espléndidos carruajes para admirar los caballos azules. Cuando los carruajes pasan sobre la viga que desde el suelo sostiene el Portón Central, ocurre siempre un gran sacudón y chocan las cabezas de las pasajeras. Las peinetas se les caen del pelo y pueden hacerse pedazos si se distraen sus dueñas. Me divierte que toda la gente se ría.

Recuerdo una vez que visité el Palacio para ver la procesión de los caballos azules. Un grupo de cortesanos mayores estaba de pie frente a la guarnición de la División de la Izquierda. Les habían prestado arcos de la escolta, y, entre la risa general, hacían sonar las cuerdas para que los caballos azules se encabritaran. Mirando por uno de los portones del recinto del Palacio, pude percibir vagamente el cerco del jardín, junto al cual varias damas de la corte iban y venían. Qué afortunadas esas mujeres, pensé, que pueden caminar alrededor del Noveno Recinto como si hubieran pasado ahí toda su vida. En aquel preciso momento, las escoltas pasaron tan cerca de mi carruaje —notablemente cerca, si se piensa en lo vasto de los terrenos— que pude percibir claramente el cutis de las caras. Algunos no se habían empolvado bien; por aquí y por allá la piel se dejaba ver desagradablemente como las manchas de la tierra en un jardín cuando la nieve empieza a derretirse. Cuando los caballos de la procesión se encabritaron, yo me encogí en el fondo de mi carruaje y ya no pude ver lo que sucedía.

En el octavo día, hay un gran alboroto en el Palacio cuando la gente se apresura para expresar su gratitud, mientras aumenta el ruido de los carruajes. Eso es encantador.

En el día decimoquinto, cae la fiesta del potaje de la luna llena, cuando presentan a Su Majestad un bol. En ese día, todas las mujeres de la casa llevan los palillos que sirven para revolver el potaje, escondiéndolos cuidadosamente entre sus ropas. Es muy divertido verlas rondando, mientras esperan el momento de golpear a sus compañeras. Cada una trata de que no la golpeen y mira sobre el hombro para asegurarse de que nadie la sorprenda. Sin embargo, los cuidados son inútiles, porque no pasa mucho tiempo sin que una de las otras le dé un golpe. La que golpea se siente muy satisfecha y se ríe alegremente, a diferencia de la víctima que se queda desconcertada.

En cierta casa, un joven se había casado el año anterior con una de las muchachas de esa familia. Habiendo pasado la noche con ella, llegó a la mañana del decimoquinto día y se encaminaba al Palacio. En la casa había una mujer que tenía el hábito de mandar a todos. En esta ocasión, estaba acechando la oportunidad de golpear al hombre que se iba. Una de las mujeres adivinó su propósito y se echó a reír. La mujer que tenía el palillo le indicó con un gesto que se quedara quieta. Afortunadamente, el joven no se dio cuenta de lo que estaban tramando y se quedó parado.

—Tengo que recoger algo ahí —dijo la mujer que tenía el palillo y se le acercó. De pronto se abalanzó sobre él, le dio un gran golpe y huyó. Todo el mundo se echó a reír; hasta el joven sonrió amablemente, ni por asomo fastidiado. No estaba demasiado sorprendido, pero se sonrojó un poco, lo que era encantador.

A veces, cuando las mujeres se golpean, los hombres comparten el juego. Lo curioso es que una mujer que recibe un golpe suele llorar. Se enfada con su agresor y le dice cosas terribles, lo cual es muy entretenido. En el propio Palacio, donde todo es siempre solemne, hay una gran agitación ese día y no se guarda compostura.

Es fascinador ver lo que sucede en la fecha de los nombramientos. Aunque nieve o hiele, los candidatos de Cuarto o Quinto Rango acuden al Palacio con sus pedidos oficiales. Los que aún son jóvenes y alegres parecen muy esperanzados. Para los candidatos ya viejos las cosas no andan bien. Esos hombres tienen que buscar el apoyo de quienes tienen influencia en la Corte. Hay quienes visitan a las damas de honor y les explican con detenimiento sus propios méritos. Si hay presentes muchachas, se divierten muchísimo. En cuanto los candidatos se han ido, se ríen de ellos y los remedan, algo que ni sospechan los ancianos que corren de un lado al otro del Palacio repitiendo la fórmula: «Por favor, presente favorablemente mi petición al Emperador» o «Le ruego hable a Su Majestad sobre mí». Todo está bien cuando tienen éxito, pero hay algo patético cuando sus esfuerzos fracasan.

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