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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Jacques el fatalista

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Diderot presenta en Jacques el Fatalista dos personajes que se asemejan de alguna manera a los de Don Quijote de la Mancha. En efecto, la trama de su novela gira en torno a Jacques y su amo, dos hombres que viajan a través de los campos de Francia y que, en el ínterin, cuentan con el tiempo suficiente para referirse anécdotas de su pasado, recordar personajes o situaciones y colegir de todo reflexiones filosóficas. Además, como Sancho y don Alonso Quijano, los personajes de Diderot también viven aventuras, pernoctan en posadas en las que escuchan toda clase de intrigas, se ven inmersos en duelos y conflictos de honor, y discrepan en sus opiniones sobre la vida, el amor o el destino.

Al inicio del relato, el amo de Jacques pide a este que le cuente la historia de sus amores, a lo cual accede el sirviente, dado su gusto por las narraciones. Sin embargo, a raíz de los detalles con que Jacques aborda su descripción y las inevitables interrupciones que sufre ésta, su discurso se prolonga hasta el final de la novela. Así, tenemos un argumento distendido, una historia central (compuesta por el viaje y el relato de Jacques) que ocurre en el presente, pero también un sinnúmero de referencias al pasado, analepsis de todo tipo (los antiguos patronos de Jacques, su vida militar, los enredos amorosos del amo) y, además, disgresiones causadas por la inclusión de personajes secundarios, debates filosóficos y las constantes intervenciones de Diderot.

Frente a cada situación que vayan descubriendo en su itinerario —el engaño de una mujer a su patrón, la obsesión de dos sujetos por los duelos a muerte, las acusaciones cernidas sobre un buen fraile— siempre sentenciará Jacques con la misma fórmula: ‘todo lo ocurrido estaba escrito allá arriba’. Su amo, contribuirá a hacer más evidente el determinismo del criado, pues él es un hombre práctico, y se sorprenderá continuamente con los alcances que aquella doctrina puede tener; a veces, incluso, se verá doblegado por la fuerza de ésta, hecho que invertirá las relaciones de poder que existen entre ambos hombres.

Fragmento

Jacques el fatalista

¿CÓMO se habían encontrado? Por casualidad, como todo el mundo. ¿Cómo se llamaban? ¡Qué os importa eso! ¿De dónde venían? Del lugar más cercano. ¿A dónde iban? ¡Acaso sabe nadie a dónde va! ¿Qué decían? El amo no decía nada, y Jacques decía que su capitán decía que todo cuanto nos acontece de bueno y de malo aquí abajo está escrito allá arriba, en el cielo.

AMO. Mucho decir es eso…

JACQUES. Mi capitán añadía aún que cada bala disparada de un fusil sale con su billete de destino.

AMO. ¡Y cuánta razón tenía!

Al cabo, tras una breve pausa, Jacques exclamó:

—¡El diablo se lleve al tabernero y a su taberna!

AMO. ¿Por qué has de mandar al diablo a tu prójimo? Eso no es de cristianos.

JACQUES. Es que, mientras me emborrachaba un día con su mal vinacho, se me olvidó llevar los caballos al abrevadero; mi padre que se da cuenta, se enfurece, yo muevo la cabeza denegando, él coge un palo y me muele las costillas. En esto que pasa por el pueblo un regimiento camino de Fontenoy y yo, resentido, voy y me enrolo. Así que llegamos comienza la batalla…

AMO. ¿Y tú recibes la bala que iba a ti dirigida?

JACQUES. Decís bien, eso es lo que ocurrió: un tiro en la rodilla y… y sólo Dios sabe las venturas y desventuras que ese disparo me acarreó. Todas ellas se enlazan una en otra y se desenvuelven ni más ni menos que como los. eslabones de una cadena. Sin aquel tiro, ya veis, creo yo que nunca me habría encontrado ni cojo ni enamorado.

AMO. ¿Conque estuviste enamorado?

JACQUES. ¡Ya lo creo que lo estuve!

AMO. ¿Y a causa de un tiro?

JACQUES. A causa de un tiro.

AMO. Nunca me habías dicho ni palabra.

JACQUES. Así me parece.

AMO. ¿Y eso por qué?

JACQUES. Pues porque no había de ser contado ni antes de ahora ni después.

AMO. ¿Y crees llegado el momento de enterarme de esos amoríos?

JACQUES. ¡Quién sabe!

AMO. Pues por si acaso, puedes ir empezando…

Comenzó Jacques la historia de sus amores. Era por la tarde, después de comer, el tiempo estaba bochornoso. Su amo se durmió. La noche les sorprendió en pleno campo y no dieron con el camino. El amo, presa de terrible cólera, la emprendió a latigazo limpio contra su servidor, y el pobre diablo se decía a cada golpe: «También éste, al parecer, estaba escrito allá arriba.»

Ya veis, querido lector, que voy por buen camino y no dependería sino de mí el haceros esperar uno, dos, tres años, la descripción de los amores de Jacques, con sólo separarle de su amo y hacerles correr a cada uno de ellos los albures que se me antojara. ¿Qué podría impedirme casar al amo y hacerle cornudo? ¿O que Jacques se embarcara para lejanas islas y luego conducir allí a su amo? ¿Y traer de nuevo a los dos a Francia en el mismo barco? ¡Cuán fácil es hilvanar cuentos! Pero, por esta vez, saldrán bien librados el uno y el otro sin más que una mala noche, y vos, lector, con esta breve demora.

Despuntó el día y ya los tenemos de nuevo a lomos de sus cabalgaduras prosiguiendo su camino. «¿A dónde iban?», Es la segunda vez que me hacéis esa pregunta, y por segunda vez os respondo: ¿qué puede importaros? Si la emprendo con el propósito del viaje, adiós los amores de Jacques… Siguieron un rato en silencio. Luego, algo aliviado cada uno de sus pesares, el amo dijo a su criado:

AMO. Y bien, Jacques, ¿en qué estábamos con lo de tus amores?

JACQUES. Estábamos, me parece, en la desbandada del ejército enemigo. Unos se escapan, otros son perseguidos, cada cual piensa en salvarse. Yo quedo tendido en el campo de batalla, sepultado bajo la cantidad de muertos y heridos, que fue enorme. A la mañana siguiente, me echaron a una carreta, junto con otra docena de desdichados, para ser conducidos a uno de nuestros hospitales. ¡Ah, señor! No creo que haya herida más cruel que la de la rodilla.

AMO. Vamos, vamos, Jacques, estás bromeando.

JACQUES. ¡No, pardiez, señor, que no bromeo! Hay aquí no sé cuántos huesos, tendones y muchos otros entresijos que no sé cómo los llaman…

Un hombre con aspecto de campesino, que les iba a la zaga llevando en la grupa a una moza. les había escuchado y terció en la conversación diciendo: «Tiene razón el señor…»

En verdad que no se sabía a quién de ambos se dirigía el señoraquel, pero tan mal lo tomaron Jacques como su amo, y Jacques le dijo al indiscreto interlocutor:

—¿Y tú por qué te metes en lo que no te importa?

—Me meto en lo que es mi profesión: soy cirujano, para lo que gustéis, y voy a demostraros…

La mujer que iba a la grupa le apremiaba:

—Señor doctor, sigamos nuestro camino y dejemos en paz a estos señores que no tienen ganas de demostraciones.

A lo que respondió el cirujano:

—No, yo quiero demostrar y les demostraré…

Y al volverse para hacer la demostración, empuja a la mujer, le hace perder el equilibrio y da con ella en tierra, un pie enganchado en los faldones de su levita y las enaguas remangadas hasta la cabeza. Jacques desmonta, libera el pie de la pobre criatura y le pone las sayas en su sitio. No sabría yo decir si empezó por bajarle las faldas o por desenganchar el pie; pero si hemos de juzgar el estado de la infeliz por los gritos que daba, a buen seguro que se había herido gravemente. Y entretanto, el amo de Jacques le decía al cirujano:

—Ya veis lo que sucede por querer demostrar…

Jacques a la mujer derribada:

—Consolaos, buena moza, no es por culpa vuestra ni por culpa del doctor ni por la mía ni la de mi amo: es que estaba escrito allá arriba que hoy, en este camino, a esta hora, el señor doctor sería un charlatán, que mi amo y yo seríamos dos zoquetes, que os daríais un golpe en la cabeza y que os veríamos el culo…

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