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La casa aislada y otros relatos

La casa aislada y otros relatos - Ivo Andric

Las primeras historias forman parte de La casa aislada, obra póstuma publicada en 1976, considerada el testamento narrativo de Andric. En ellas encontramos a un escritor-narrador que habita una solitaria casa del casco antiguo de Sarajevo, cuya soledad se ve alterada por las visitas de personajes históricos o ficticios de diferentes épocas y condiciones sociales –desde aristócratas turcos, austriacos y franceses, hasta un geómetra, un director de circo o una prostituta–, que le van relatando circunstancias y episodios de su vida pasada o de la de otros personajes que les atormentan.

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En este momento la gente acude a su trabajo por todas partes de la ciudad. Comienza la jornada laboral para todos, incluso para mí. Sólo que, mientras que ellos se sientan ante una tarea determinada, con una finalidad más o menos determinada, yo observo distraídamente las imágenes y objetos en torno a mí como ajenos y nuevos y, cuando se manifiesta un estado de inconsciencia, me mantengo a la espera de que el trabajo comience en mi interior. Con una ingenua estratagema (¿a quién pretendo engañar y para qué?) busco el hilo de mi relato interrumpido ayer, esforzándome en aparentar ser un hombre que no busca nada, aguzo el oído para comprobar si surge en mí su voz, listo para convertirme por completo en un relato, en un fragmento de relato, en una escena o un personaje suyo. Y menos que eso: en un instante de una escena, en un único pensamiento o movimiento de ese personaje. En esa búsqueda doy vueltas en torno a mi objetivo, indiferente y cándido en apariencia, como un cazador que le vuelve la espalda al ave a la que persigue, sin perderla en realidad un solo segundo de vista…

He de trabajar así, esto se ha convertido en mi segunda naturaleza. Pues, en el instante en que se muestra en mí un atisbo de conciencia diurna y cuando reconozco mi propia intención y llamo a mi objetivo por su nombre, entonces sé lo que va a pasar. Más fina que la neblina más tenue, toda esta atmósfera de sueño anónimo se disolverá, y yo me encontraré en la conocida estancia, tal como soy en «el carné de identidad» o en la lista de inquilinos de mi casa, un hombre con sus convencionales «datos personales», sin nada que ver con los personajes o las escenas del relato sobre el que reflexionaba hace un momento, lejos de aquel hilo interrumpido que, ocultándolo hasta de mí mismo, buscaba ansioso y excitado. Y entonces, entonces —¡esto lo sé bien!— mi día recién empezado se tornará gris repentinamente y ante mí se abrirá, en vez de mi relato y mi trabajo, la insoportable trivialidad de una vida que porta mi nombre, sin ser mía, y un páramo mortal de tiempo que apaga súbitamente toda la alegría de la vida y nos mata despacio.

Por eso me encuentro tan vanidosa y ridículamente circunspecto, tan infinitamente paciente, y puedo aguantar tanto sin respirar ni moverme, oculto bajo la cúpula de esta mañana como en el fondo de un océano de luz.

Pero ocurre que mi día comienza de forma diferente, que no acecho ni me mantengo a la espera de mis relatos, sino que ellos lo hacen conmigo, y muchos a la vez, además. Medio adormilado, sin siquiera haber abierto los ojos, como las franjas amarillas y coloradas en la persiana bajada de mi ventana, los hilos interrumpidos de los relatos ya comenzados hacen guiños en mí. Se ofrecen, me despiertan y me desconciertan. Y después, al prepararme y sentarme para el trabajo, no cesan de merodear los personajes de los relatos y fragmentos de sus conversaciones, pensamientos y acciones, con una multitud de detalles claramente determinados. Ahora he de protegerme y esconderme de ellos, tomando el mayor número posible de detalles y lanzándolos como puedo al papel ya listo.

Ivo Andric. Ya de estudiante publicó su primer poema en la revista Bosanka Vila, he hizo estudios de Literatura y Filología Eslava en las universidades de Zagreb, Viena y Croacia. Durante la Primera Guerra Mundial, fue detenido por pertenecer a un movimiento nacionalista y posteriormente confinado en dos ciudades. Tras su liberación en 1917, fue cofundador de la revista Sur Literario, y trabajó como funcionario en el Ministerio de la Fe, para posteriormente hacerlo como diplomático con cargos en las embajadas de Vaticano, Bucarest, Trieste y Graz, aprovechando para doctorarse en la universidad de esta última. Siguió ocupando cargos diplomáticos en Marsella, París, Madrid y Ginebra, y ya en el estado yugoslavo, fue embajador en Alemania, todo ello sin interrumpir su labor literaria. Durante la Segunda Guerra Mundial, tras la invasión alemana, fue sometido a arresto domiciliario. Terminada ésta, se afilió al Partido Comunista, y fue presidente de la Unión de Escritores Yugoslavos. En el año 1961, se le concedió el Premio Nobel de Literatura.

Fue autor de relatos cortos y novelas.