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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Lanzarote del Lago o El Caballero de la Carreta

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Lanzarote del Lago o El Caballero de la Carreta no solo se distingue por ser la precursora de la narrativa moderna, sino que destaca aún más si cabe, por su aportación trascendental a la literatura artúrica. Con Chrétien de Troyes el héroe emprende sus hazañas, exclusivamente, por amor a una dama o una doncella. El denominado amor cortés importado de los trovadores occitanos. Es así como Lanzarote, por su desmedido amor a Ginebra, sensual y carnal a la vez, traiciona incluso a su propio rey Arturo.

Fragmento

Mitologías caballerescas

1

La novela de El Caballero de la Carreta se compuso hace unos ocho siglos. Su autor, Chrétien de Troyes, poeta en la corte de Champaña, la escribió entre 1177 y 1181, siendo ya un novelista adiestrado y famoso por haber compuesto dos refinadas novelas que conservamos: Erec y Cligés, y una versión de la leyenda de Tristán e Isolda (tema que por aquel entonces hacía furor y que a él le sirvió repetidamente de acicate) que desgraciadamente se ha perdido. Por los mismos años en que trabajaba en el Lanzarote, Chrétien escribía, simultáneamente, al parecer, otra novela: Yvain o El Caballero del León. Y, más tarde, se dedicó a tramar la más famosa y enigmática, la última de estas cinco obras que le acreditan como el primer gran novelista de Francia: Perceval o El Cuento del Grial, escrita antes de 1190 y que dejó inacabada.

Chrétien escribía en un claro francés medieval versificado en pareados octosílabos, metro fácil y dúctil, que poseía ya una cierta tradición —si no muy larga, sí importante y decisiva— para tal tipo de relatos románticos. Habían sido usados los pareados octosílabos unos años antes por los autores que romancearon las leyendas clásicas y trasladaron las viejas sagas épicas a la literatura francesa medieval, expresando «la materia de Roma» en nuevos moldes, al gusto de un público cortés. El Román de Thébes, el Eneas y el Román de Troie habían utilizado y pulido el octosílabo en pareados, al servicio de sus creaciones de alborada romántica.

Chrétien, si bien ensayó sus talentos en adaptaciones de temas mitológicos antiguos tomados de Ovidio, es el gran creador de la novela de tema artúrico, englobada dentro de la denominación «materia de Bretaña». (Debemos considerarlo el primer novelista, ya que desconocemos la obra de posibles contemporáneos de ingenio.) No vamos a entrar aquí en el problema del origen de la temática bretona, sólo queremos recordar que Chrétien construye sus novelas con elementos de otra mitología en desintegración, trasmitida oralmente, con antiguas raíces célticas y motivos típicos. Sobre esta materia el escritor Chrétien construye sus tramas con cuidada estructura narrativa y un nuevo sentido (fr. sen), humanístico y cortés, a la altura de su momento histórico. La de El Caballero de la Carreta tiene como protagonista a un héroe caballeresco que logrará enorme fortuna como mito literario en la tradición novelesca posterior: es Lanzarote, amante de la reina Ginebra. (Sobre la creación de esta figura en la novela de Chrétien, volveremos luego.) De momento recordemos también que en torno a esta figura se construirá la gran suma novelesca del Ciclo del Lanzarote en prosa o Vulgata artúrica, enorme novela río, en la que se recopilan las más famosas aventuras artúricas, a lo largo de cientos y cientos de páginas. Este ciclo en prosa, compuesto entre 1215 y 1230, obra de varios autores, tiene fundamentalmente tres secciones: el Lancelot propre, La Queste du Saint Graal y La Mort Artu. En la vasta composición se incorporan, dentro de un esquema muy ambicioso, todas las aventuras y destinos del reino de Arturo, con sus caballeros de la Tabla Redonda, del orto al ocaso, hasta el crepúsculo trágico.

La creación de este ciclo en prosa, con su amplia difusión e influencia, resultó aplastante para las anteriores novelas en verso —las inventoras de los personajes y de las aventuras—. Éstas no podían competir ni con el estilo más moderno y alambicado ni con la interpretación del sentido caballeresco que la reelaboración posterior ofrecía a sus devotos lectores. Así los epígonos prosificadores oscurecieron durante siglos el conocimiento de las novelas de Chrétien. El famoso Lanzarote al que citan Dante y Cervantes, entre tantos otros, es el personaje de las novelas en prosa; no el héroe juvenil de Chrétien, sino la figura más madura y melancólica que desciende de aquél. (Y también lo es el del reciente film de Bresson, Lancelot du Lac (1973), última reinterpretación de tal figura mítica.)

Lo que el ciclo en prosa (seguido de otro más amplio, el Román dou Graal, hacia 1230-1240) viene a confirmar es la enorme coherencia —comparable a la de la obra dé Balzac o de Proust— del universo mítico de la novela artúrica.

Como advierte, con agudeza, un estudioso moderno de esta literatura, K. Wais, «la novela artúrica significa un fenómeno colectivo» Es una literatura de resonancia sinfónica, como compuesta por una orquesta de escritores. Pero Chrétien permanece siempre como el viejo maestro, el más original, dotado de una gracia ingenua peculiar. Creo que nuestra preferencia actual por su obra frente al gusto de otras épocas, se debe no sólo al aprecio por su originalidad y su mayor brevedad, sino también a nuestra simpatía por su estilo narrativo. Del mismo modo como nos es más amable el estilo gótico inicial, con su airosa sencillez y su proximidad al lento románico, que el gótico flamígero, airoso y de complicada lacería, preferimos la sencillez de Chrétien, insinuante de simbolismos cautivadores, al estilo de los novelistas en prosa, de cuyos torpes y desvaídos epígonos se burlará Cervantes, unos cuatrocientos años después.

2

La novela de caballerías conservó su prestigio literario durante siglos, aunque la etapa de auténtica creación del universo artúrico apenas rebasará, en Francia, el primer tercio del siglo XIII.

En cierto modo, las novelas posteriores tienen algo de decadencia, si bien en una literatura de corte arcaizante esa pátina decadente no desentona. En España, como en el resto de Europa, la boga de tales lecturas caballerescas alcanzó hasta finales del siglo XVI. La condenación de Cervantes en el Quijote es, luego, el más logrado y definitivo rechazo de esa balumba de literatura artificial y amanerada, incompatible con la época histórica que creó otros tipos de narrativa (El Lazarillo de Tormes es de 1554; el Quijote de 1605 y 1615). Cervantes, como otros coetáneos suyos, pertenecía a esos últimos hidalgos lectores nostálgicos de semejantes libros de aventuras. (Precisamente en España habían obtenido un tardío florecimiento, a parir del Amadís en 1508, con su descendencia prolífica.)

Sólo en Inglaterra sobrevivió la literatura artúrica más allá de esa justa condenación, de la que la irónica parodia cervantina fuera el portavoz más dichoso. Allí la vasta compilación de aventuras y héroes artúricos se salvó gracias a una traducción resumida que refundió el ciclo en prosa con un excelente estilo. El texto gracias al cual la literatura artúrica evitó el eclipse y que logró de tal materia una obra clásica de la literatura inglesa, fue la obra de Sir Thomas Malory (titulada curiosamente Morte Darthur), compuesta hacia 1469-70 y editada luego por J. Caxton. De ella dependen visiones tan conocidas y dispares como la lírica de Tennyson, y las humorísticas de Mark Twain, Un yanqui en la corte del rey Arturo, y T. H. White, The once and future King, traducida al castellano como Camelot, de la que dependen las películas Camelot de J. Logan y Merlín el Mago de W. Disney.

3

Conviene no olvidar, al tratar del fenómeno de la novela como género, a uno de los personajes enmarañados en él, por más que quede anónimo siempre. Me refiero al lector. Porque el lector de novelas está en una relación con éstas muy diferente de la que el público guarda frente a otras formas de literatura; una relación siempre privada y personal. La trama novelesca le invita a una evasión efímera, seduciéndole para una identificación fantástica en un ámbito más interesante que la realidad cotidiana. Y de ahí emana el íntimo riesgo: ilusionarse hasta confundir el mundo de su espejo mágico con el de la realidad, lo que les pasó a Alonso Quijano y a Emma Bovary. No es casual que dos de las más grandes novelas «realistas» tengan como héroes a esos lectores, paradigmáticos y eternos lectores de novelas, seducidos de su vulgar circunstancia hacia un mundo de novelerías, quimérico, idealizado románticamente. Como dice K. Kerényi, «en la novela no es importante el concepto, sino la “vivencia” del lector, su Romanerlebnis».

Por eso, al tratar de la aparición del género hay que referirse a su público, casi tan responsable de la literatura como los autores. Así se ha hecho al tratar de los dos primeros nacimientos de la novela en Occidente: el de la tardía época greco-latina y el de la época medieval, que aquí nos importa. Pero sería largo repetir otra vez las referencias a esa clase nobiliaria, refinada y cortés, que buscó una propaganda de ideales imposibles y un romanticismo enaltecedor de las damas, víctimas de una opresión secular. Nos gustaría saber más de los anhelos y ensoñaciones que todos esos textos novelescos suscitaban en sus lectores o auditores medievales. El autor de novelas —Chrétien y los demás— pensaría en tales reacciones, al describir los atavíos y las justas, los apasionados monólogos, o esas tentaciones eróticas marginales, que parecen pintadas con un guiño humorístico.

¡Quién pudiera convocar, en una rápida evocación, las siluetas variadas de tantos lectores de novelas caballerescas! Sería una larga galería la de las figuras a las que este género ofreció ilusionadas e impenitentes fantasías. Desde las altas damas corteses que en su salón castellano atendían al juglar o al clérigo lector, émulas de María de Champaña; desde aquellas jóvenes románticas que, con precursora audacia en medio de aquella noble sociedad de analfabetos, aprendieron a leer, como esa muchacha que Chrétien nos pinta en el Yvain, leyendo a sus padres en un prado idílico una novela; desde aquellos orgullosos patrones feudales que encargaban novelas de inquieto trasfondo, como el conde de Flandes, y que tal vez presentían en la búsqueda de Perceval un simbólico trasunto de la cruzada que anhelaban emprender o de la que no intentarían nunca, desengañados por los repetidos fracasos en Tierra Santa; desde los jóvenes segundones desheredados, que se imaginaban poder imitar las gloriosas hazañas de los héroes de las novelas, en torneos y en amoríos, hasta conseguir la fama y la riqueza que la sociedad les regateaba; o desde tantos hidalgos y caballeros que vieron en esta literatura el espejo mágico de sus afanes, condenados, por el progreso histórico, a vanagloria irrealizable. ¡Para cuántos desplegó la novela caballeresca sus prestigios y su quimérico encanto!

Todavía en el siglo XVI las novelas de caballerías tenían en España un fervoroso público. Desde el emperador Carlos, que, como sus abuelos Isabel y Fernando, o como su rival Francisco I de Francia, dedicaba algún ocio a tal lectura, hasta ese pelotón de rústicos y abigarrados caminantes que se reunían en la venta quijotesca a escuchar con arrobo la lectura que el mesonero hacía de alguna obra caballeresca que la providencia había dejado a su alcance. (Según cuenta Cervantes, en el Quijote, primera Parte, c. XXXII.) Entre los dos extremos, ¡cuántos otros lectores divertían sus horas y extraían de las aventuras y maravillas de esas ficciones una lección personal! Gentes tan inquietas y afanosas como Juan de Valdés, Bernal Díaz del Castillo, Teresa de Cepeda y Ahumada, Ignacio de Loyola, etc. Alonso Quijano era, en cierto modo, la caricatura patológica de un tipo de lector, vuelto ya ridículo por lo extremado, viejo y arruinado, que había existido tiempo atrás.

Gracias a la versión lírica de Tennyson, la materia bretona, con toda su legendaria prosopopeya, revivió en el siglo XIX, con aura romántica renovada. «En Inglaterra, como en los Estados Unidos, el honorable burgués leía con voz sonora a su familia admirada los Idilios Reales; Galahad, Lanzarote, Ginebra y el mismo rey Arturo los tenían bajo su hechizo, como habían tenido a los contemporáneos de Malory». «¿Quién habría podido pronosticar la resurrección del culto del rey Arturo y de sus caballeros en la prosaica clase media mercantil de Kensigton en la época victoriana?» Como los varones ilustres de la historia antigua, los héroes de la Tabla Redonda eran símbolos de un pasado valioso, que el hombre occidental sentía como herencia irrecusable. Pero en el caso de los caballeros tratábase de figuras surgidas no de la historia sino de la poesía para mayor mérito de la creación literaria.

4

Si, para concluir en breve esta evocación, tuviéramos que escoger al lector más moderno de novelas artúricas, nos decidiríamos, sin vacilación, por T. E. Lawrence. El gran estilista de Los siete pilares de la sabiduría, y el intrépido liberador de Arabia, era un devoto lector de Malory. Allá en la remota fortaleza de Azrak, en medio del asolado desierto, en las pausas de las algaras y los conciliábulos, Lawrence releía La muerte de Arturo.

Este personaje ambivalente (escolar de Oxford, arqueólogo erudito y feroz jeque guerrillero) compartía la admiración por las hazañas de los Cruzados y por las de los quiméricos caballeros de la Tabla Redonda. Lawrence habría podido codearse con unos y otros. En su espíritu atormentado y audaz había una fiereza medieval y una sensibilidad ascética. Solitario y fatídico como los héroes artúricos, este último aventurero pudo sentir tal vez mejor que ningún otro lector todo el simbolismo poético del estilizado universo caballeresco.

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