Policial

Mugre

  • Por José Luis Lorenzo Díaz

Y le hubiera gustado saber —y claro que lamentaba no saberlo— 
porqué podían ocurrir en el mundo sucesos tan terribles
 como aquellos en los que su oficio lo obligaba a envolverse,
 como en un manto trágico.

LEONARDO PADURA FUENTES

El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo 
tanto, cuando es capaz de atacar, ha de 
aparentar incapacidad; cuando las tropas se 
mueven, aparentar inactividad. Si está cerca 
del enemigo, ha de hacerle creer que está 
lejos; si está lejos, aparentar que se está
cerca. Poner cebos para atraer al enemigo.

SUN TZU

—¡Me cago en la mierda! —Ángela Pérez tomó con furia el móvil y lo acercó a sus ojos para identificar a quién llamaba a esa hora de la madrugada. Reconoció el número de su jefe en la pantalla azul. Se pondría furioso si le respondía con aspereza, así que moderó su voz cuanto pudo:

—Ordene.

—Muévete rápido, y ven para la Unidad. Tenemos un brete grande —la voz de Cubillas sonaba agitada.

—¿Un brete? —La curiosidad espantó su sueño. 

Algo grande debía estar pasando para que el Jefe la llamara a esta hora. No era de los que le gustaba pasar la noche fuera de su casa; y mucho menos molestar a sus subordinados con tareas fuera del horario laboral si estas se podían hacer de día.

—Aquí te explico. No hagas café, hay recién colado.

Ángela se mordió los labios para no soltar una palabrota y se limitó a asentir:

—Salgo enseguida.

Depositó el teléfono sobre la mesita al lado de la cama y lanzó una mirada al lado derecho de esta. Leidi no se había despertado. Dormía acurrucada, como los niños pequeños, con las manos sobre el pecho. La tapó mejor con la frazada y al hacerlo vio que la bata de dormir se le había corrido, dejando al descubierto el seno izquierdo con el tatuaje del dragón. Sentía deseos de despertarla, darle un beso, acariciarla; pero eso era peligroso con la prisa: podría demorarse más de lo previsto.

La madrugada era fría. Por las rendijas de las ventanas penetraba un aire gélido, proveniente del mar, que invitaba a quedarse bajo la colcha, pegada al cuerpo caliente de su pareja y no a levantarse  para montarse en la moto e ir a la unidad. Pero el día que entró a la escuela de la policía estaba consciente de que a partir de aquel momento no tendría horarios fijos y debía acudir cuando se le ordenara. Se levantó con lentitud, procurando poner primero en el piso la pierna derecha, superstición heredada de su padre en la cual seguía creyendo.

El agua estaba como la preferiría una foca y el calentador parecía vivir uno de sus días de perreta, uno de esos en los que no creía ni en golpes ni en tornillos apretados y soltaba el agua a punto de congelarse. Por la ventana del baño, abierta a la pared trasera del edificio, penetraba un vientecito jodedor, proveniente del norte, que convertía al baño de su casa en la antesala de una nevera. A lo lejos le llegó el ladrido de unos perros. Entró a la ducha cuidadosamente, midiendo cada paso, para en un acto suicida abrir la llave y meterse de repente bajo el chorro. Dejó correr el agua sobre su cuerpo. Mientras, trataba de no pensar en ella; en algún lugar había leído que solo hay una forma de resistir el frío: estar contento de que haya frío.

Tiritando, regresó al cuarto, escribió una nota a su compañera explicándole lo sucedido y se la dejó en la mesita, al lado de la cama. La joven musitó algo en sueños y de su boca escapó un ligero ronquido.

La ropa también estaba fría, mordiéndole la piel mientras se vestía. Tomó un suéter de lana y se lo colocó encima de la blusa. No ayudaba a la estética de su vestuario; pero la protegería y eso era más importante.

Salió al pasillo. La luz estaba fundida hacía casi un mes y por poco se cae al tropezar con una maceta de flores dejada fuera de lugar por la vecina de enfrente. Varios perros aullaron a los lejos. Un gato, acurrucado en el resguardo de la escalera, saltó a su paso y corrió en busca de otro refugio. No le dio tiempo de fijarse en su color en medio de la oscuridad. Leidi tenía un temor supersticioso a los mininos negros y se lo había trasmitido a ella.

Cuando llegó al parqueo no vio al sereno por todo aquello, seguramente estaba dormido, resguardándose del frío en algún hueco. Arrancó la moto, que por suerte andaba de buenas y le respondió de inmediato con un rugido de fiera dispuesta al ataque. Recorrió varias cuadras sin ver a nadie. Más cerca del centro comenzaron a aparecer personas, sobre todo jóvenes en grupos, fumando y bebiendo. Uno de ellos le gritó una obscenidad al pasar a su lado. No se molestó en contestarle, aunque sintió deseos de parar y darle una paliza. Le fastidiaba verlos perder el tiempo e incomodar a los demás con sus aires de dueños de todo, sus pelados estrafalarios, su lenguaje ridículo. La sociedad se moría por falta de disciplina, eso lo sentía ella en cada uno de sus poros; pero cuando lo planteaba, la tildaban de extremista, cuando no de fascista, y comenzaban a recitar toda aquella monserga de las posibilidades del ser humano y de la necesidad de buscar el lado bueno de cada cual. Aquellos jóvenes necesitaban mano dura para corregirles su indisciplina natural. Lo malo era que cada día la gangrena crecía más y no veía la forma de curarla.

El frío de la madrugada se le metía por entre la ropa y sintió tremenda alegría al ver las luces de la Unidad frente a ella. El parqueo estaba desierto. Colocó la moto entre dos autos de patrulla para protegerla del frío y el viento.

Apenas entró, el carpeta la saludó con un gesto, mientras que un oficial gordo, con un pan con tortilla a medio comer en la mano izquierda, le mostró el pulgar derecho invertido. Dos mujeres, cubiertas con abrigos de tela bastante sucia y sentadas en un banco, la miraron con cuidado. Seguramente eran familiares de algún preso en espera de noticias.

—Le ronca tener que venir a esta hora, negra —El gordo casi se atraganta al hablar—, y con el mandado de qué te vas a encontrar…

No le respondió, se dirigió de inmediato a la oficina del Jefe. Los pasillos también estaban desiertos y solo frente a las celdas usadas para borrachos se escuchaba algún ruido.

El Mayor Cubillas estaba sentado tras el buró, ocupado en revisar unos papeles. Levantó la vista al ver a la oficial parada frente a él. Las canas teñían su cabello, y unidas a los espejuelos metálicos de aro redondo, lo hacían parecer más un maestro benévolo que un oficial de policía. Tenía puesto un abrigo negro, de botones metálicos, abierto. La gorra con la estrella blanca sobre el fondo azul yacía descuidada sobre el buró.

—Siéntate y déjate de formalidades —comentó al verla iniciar un saludo—, que no tenemos tiempo ni para rascarnos un ojo.

—¿Qué sucedió? —Se sentó frente a él, en una silla de forro marrón.

—Un vendedor de pan que iba de madrugada a buscar mercancía en el barrio de La Loma se extrañó de ver una casa abierta y con las luces encendidas. El hombre debe ser bastante curioso, se asomó a ver y de inmediato llamó. Cuando la guardia operativa llegó, se encontró con un viejo muerto, sentado en su sillón, y una anciana degollada, tinta en sangre sobre el piso. 

Ángela, con las manos unidas frente al pecho, comentó:

—En La Loma son frecuentes cosas como esas. A cada rato aparecen muertos. ¿Cuál es el apuro?

Cubillas se arregló los espejuelos para mirarla de frente. La boca se le contrajo, como si le doliera hablar.

—A cada rato aparecen muertos, pero da la casualidad que estos son los suegros de un oficial nuestro.

—¿Un oficial nuestro?

—Sí, Godínez, el de anticorrupción.

Ángela se reclinó en el asiento, presentía algo más, escondido en las palabras del jefe. Por supuesto que la muerte de alguien cercano a uno de ellos era motivo de preocupación y hasta agitación en el Cuerpo; pero las palabras del gordo Fernández al entrar, y la forma de mirarla Cubillas, le decían que aquí había otra cosa.

—¿Dónde está Godínez?

El Mayor echó los papeles a un lado y golpeó con el dedo índice la superficie del buró.

—Godínez no aparece por ningún lado. Ese es otro de los motivos del apuro. No responde al teléfono y nadie le ha visto. No sabemos qué le sucedió y necesitamos apurarnos antes que los de Control Interno metan las narices.

Ángela hizo una mueca, como si le dolieran las muelas. 

—¿Qué tienen que ver ellos con esto? La desaparición de un oficial no es de su incumbencia y dos viejos asesinados en La Loma mucho menos.

Cubillas se arregló los espejuelos. Respiró hondo antes de hablar y después poco a poco fue soltando las palabras.

—Los de la Técnica encontraron en la casa rastros suficientes como para asegurar que allí radicaba un banco de juego clandestino, bolita, y él vivía allí. ¿Qué crees tú que dirán los de Control Interno? ¿Piensas que te iba a llamar a esta hora si la cosa no fuera complicada? Tenemos que tener algo en las manos antes de las ocho de la mañana, cuando comience el estira encoge y el dale al que no te dio. 

Ella respiró hondo. Por supuesto que cuando los de Control Interno se enteraran, tratarían de meter la cuchareta y comenzarían por irle arriba al Mayor. Además, esos tipos eran como los perros de presa: si mordían no soltaban. Se imaginó el revuelo en la Unidad.

—¿Estaría Godínez metido en la bolita, Jefe?

—No me gusta meter la manos en la candela por nadie y menos por él, pero antes de juzgarlo tenemos que tener las cosas claras —Cubilla movió la cabeza a ambos lados—. Trato de encontrarle una explicación al hecho de que vivera en una casa donde aparecieran unas listas del juego de bolita, y como quiera que lo analice lo veo enredado. Hace falta encontrarlo, y mientras tanto ver qué pasó con los suegros.

Ángela se mordió los labios. No tenía amistad alguna con Godínez. En ocasiones habían discutido por asuntos de trabajo y era de los que la miraban por encima del hombro, por ser negra y lesbiana, pero no esperaba verlo enredado en un asunto de este tipo. Le parecía más bien de los cuadrados, de los lamebotas de los jefes, no de los que se arriesgan en un negocio ilegal.

—¿Dónde está el que descubrió los muertos? Necesito hablar con él —La teniente se estrujó las manos.

—Lo dejaron ir. Los de la guardia operativa le tomaron la declaración allá mismo, y le permitieron marcharse.

—¿Son anormales o qué? —Ángela estalló— ¿No saben que el primer sospechoso en cualquier caso de asesinato es la persona que denuncia el crimen?

—Tranquilízate, negra. Son muchachos nuevos, sin experiencia. Ya les halé las orejas por la guanajería. Si te hace falta hablar con el hombre, lo citas y ya. No te me pongas trágica por gusto.

La teniente respiró hondo para relajarse. Cubillas, como casi siempre, tenía razón. La Unidad estaba llena de jóvenes recién salidos de la Academia, que no eran capaces de distinguir entre un borracho y un drogadicto, pero esos eran los bueyes que tenían y con ellos había que arar. Después citaría al hombre para hablar con él.

—Voy para La Loma entonces, Jefe, quiero ver las cosas en el lugar para hacerme una idea mejor —habló en tono reposado.

—Sí, los peritos están todavía trabajando allá. Si quieres puedes llevarte a Andrés contigo.

—No, Jefe, mejor voy sola —hizo una pausa—. Ah, usted me prometió café, así que deme un poco antes de salir a fajarme con el frío.

Cubillas se sonrió y le señaló un termo grande, blanco, y una bandeja con cuatro tazas.

—Sírveme a mí también.

Mientras se tomaba el café, Ángela pensaba que trabajar sola había sido una constante en su vida como policía. Las escasas mujeres del cuerpo rechazaban mezclarse con ella, como si fuera a atacarlas o algo así; mientras que los hombres la trataban con lástima o intentaban ligársela. En la sociedad en general, ser homosexual confeso era estar dispuesto a recibir todo tipo de rechazo; y en un cuerpo tan conservador como la policía ese rechazo podía llegar incluso a la agresión. Cubillas, su mentor, le había advertido que se cuidara de tener relaciones con alguna compañera de trabajo, eso podía costarle perder su puesto. 

Dejó la taza sucia sobre la bandeja y salió al parqueo. Dos patrulleros bajaban a un borracho a empujones del carro patrulla. El hombre trataba de resistirse, agarrándose con ambas manos del asiento mientras llamaba hijos de puta a los agentes. Uno de los policías le golpeó los dedos con su tonfa, obligándolo a soltarse y aullar de dolor. Ángela estuvo a punto de decirles algo pero se contuvo, no tenía tiempo para meterse en discusiones.

La moto estaba fría; sin embargo, respondió de inmediato apenas rozó el pedal de arranque. Salió a la calzada con un rugido de fiera liberada. El aire de la madrugada le entumeció la cara, pero le gustaba esa sensación y apretó varias veces la manija. Ya comenzaba a clarear por el este y las calles a llenarse de personas envueltas en abrigos, mantas o pedazos de telas viejas. En las paradas de los ómnibus y las cafeterías las concentraciones eran mayores. Hombres y mujeres dispuestos a la lucha diaria dentro de la gran ciudad, una multitud de ideas, deseos y temores mezclados en el gran cóctel de la supervivencia.

Se recordó a sí misma, más joven, escapada de su casa en busca de un camino que, entonces y ahora, le parecía extremadamente difícil de encontrar, haciendo noche en las paradas de las guaguas. Era la manera que tenía de protestar contra la dictadura de su madre. Recorría todas las estaciones cercanas a su casa, se sentaba en ella si había donde sentarse, o permanecía de pie ante la mirada, unas veces curiosa y otras indiferente, de los pasajeros; viendo pasar los ómnibus y esperando que apareciera la figura de su padre, quien invariablemente salía en su búsqueda e, inevitablemente, con olfato de sabueso, la encontraba. Llegó a conocer todas las rutas urbanas, los horarios de los ómnibus, los choferes. Aquella forma de rebeldía duró cerca de un año y terminó tan abruptamente como comenzó, sin explicaciones. .

Ahora, en ocasiones como esta, cuando pasaba de madrugada junto a las paradas de las guaguas, pensaba en qué habría sucedido si su padre se diera por vencido y no saliera en su busca.

Pasó junto a una cafetería. Siempre imaginó que esos lugares olían en la madrugada a leche hervida y café recién colado. Por lo menos eso era así en todas las ciudades del mundo, según había leído. Descubrió que eso podría ser en otra parte, en la suya hedían a mugre. No sabía la razón, o la sabía y no quería reconocerla, pero la peste a aceites mil veces utilizados, a podrido, lo inundaba a todo, desplazando los olores nobles a un rincón.