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Victoria

Los aplausos fueron apagándose poco a poco a medida que el público que colmaba la sala se aquietaba, de vuelta a sus asientos

Los aplausos fueron apagándose poco a poco a medida que el público que colmaba la sala se aquietaba, de vuelta a sus asientos. Aquí y allá islotes de murmullos se disolvieron gradualmente en el silencio original. Relampaguearon algunos flashes de última hora.

—Ahora te toca a ti, Pedro. Recuérdalo: está en juego la medalla de oro.

Estrada alzó la vista hasta el rostro de su entrenador.

—Voy a hacer todo lo que pueda, pero Kottnauer es más fuerte de lo que yo creía. Nunca pensé que pudiera levantar tanto peso. Y lo logró en el primer intento.

—Lo sé, Pedro. Pero estás en tu mejor momento, y tienes que aprovecharlo. Tú puedes batir ese record que acaba de imponer. Tienes madera de campeón. Arriba, que llegó la hora; suerte.

Se separaron. Estrada se dirigió torpemente a su sitio. Tenía las palmas de las manos cubiertas de un sudor frío; las piernas se negaban a obedecerle. Al enfrentar al público todo pareció girar a su alrededor.

Tranquilo, repitió como un conjuro. Cálmate.

Poco a poco la sala dejó de girar. Estrada sonrió débilmente, asintiendo.

De nuevo los murmullos barrieron como olas mansas la sala, al conocerse el peso que había pedido. Brillaron los letreros lumínicos reclamando silencio. Cientos de ojos se clavaron en la plataforma. Cientos de cuerpos se inclinaron hacia adelante. Cientos de manos aferraron convulsas los brazos de las butacas.

Concentración. Todo está en mis manos, ahora. Estrada aspiró con fuerza, con los ojos cerrados. Ahora.

Lo intentó con todas sus fuerzas, hasta que los nudillos se le pusieron blancos como la cera, y la sangre se le agolpó en las sienes. Comenzó a temblarle un parpado.

Como en una pesadilla, el peso siguió clavado al suelo.

Se apartó lentamente, resollando. Sudaba a mares; el corazón le latía a saltos bruscos; su organismo se resistía, en una protesta desesperada, contra el esfuerzo que se le exigía. Apretó los dientes y estudió con rabia al responsable de sus angustias.

Los meses de tenaz entrenamiento pasaron en ráfagas por su mente; días y más días de paciencia, de ilusiones, de pequeños triunfos arrancados gota a gota a las barreras impuestas por la carne y la sangre.

Pues bien, aquí estaba. Y no se daría por vencido. Levantaría aquella maldita cosa aunque fuese lo último que hiciera en su vida.

Se relajó totalmente, apartando de su mente todo lo que le rodeaba a excepción de aquello. Luego, de golpe, concentró todas sus energías en un esfuerzo supremo.

Los sensibles aparatos de la plataforma registraron perfectamente como el diminuto cubo de una centésima de gramo se alzaba una diezmilésima de centímetro en el aire por espacio de un segundo, para imponer un nuevo, indiscutible récord mundial.

La mente humana había obtenido otra victoria.

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Sobre el autor

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    . La Habana, 1955. Ex-profesor asistente de Lengua Inglesa. Miembro de la generación de escritores de CF de los años 80. Incluido en la antología de ciencia ficción cubana Crónicas del mañana. Reside actualmente en Carrollton, Texas, USA.