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Literatura cubana contemporánea

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Icosálogo del escritor

Veintiún preceptos a seguir para convertirse en el Plumita de Oro de la Vía Láctea

 

Para Eduardo Heras León, con admiración y respeto;
por mi madre se lo juro.

Existe un libro de esos de tapa dura, más de mil páginas y excelentes intenciones. Un libro que enseña a escribir, o eso pretende. Lamentablemente, ahora no recuerdo su título, y mi ejemplar no lo tengo a mano pues se lo clavé en cien CUC a un argentino. Por alguna razón que escapa a mi entendimiento, le llaman el Mamotreto del Chino.

El Mamotreto del Chino es casi tan difícil de conseguir como el Necronomicón de Alhazred; y es que, si bien es un libro, no está ni estuvo disponible en las librerías. Las únicas vías que conozco para hacerse con él son: robárselo a un amigo, como fue mi caso; o ganar un concurso literario de prestigio. Le explico esto último: si le interesa aprender a escribir, no le queda otro remedio que saber escribir como Dios para obtener el libro como premio. Desde luego, usted podría preguntarme: ¿Acaso esto no es una paradoja?, a lo que yo respondería pasando a otro tema; el tema que justifica estas líneas.

Yo me leí el Mamotreto del Chino varias veces (completico, sí) y en sus páginas hallé lo que en un principio creí necesitar: los decálogos, esos preceptos a los que uno debería ceñirse si aspira a caminar por la Alfombra Roja de las letras. El libro incorpora un número asombroso de decálogos, fruto de la experiencia acumulada por autores de renombre. Quizá por tal motivo yo di por sentado que, armado con cualquiera de ellos, escribiría historias que nadie podría superar. Pero cuál no fue mi decepción cuando publiqué mi primer libro y no gané ese año el Premio Nobel de Literatura. De hecho, ni siquiera fui nominado. Entonces comprendí que los decálogos no funcionan. No pueden funcionar porque los decálogos surgen como una cuestión de marketing, una burda analogía con los diez mandamientos. Y al igual que diez mandamientos no han evitado que, a diferencia de Dios, la Humanidad convierta en piltrafa el barro, diez preceptos son insuficientes a la hora de construir una ficción que trascienda. Siempre habrá un elemento ignorado o relegado al olvido: si uno consigue elaborar un argumento sólido, descuida la sicología de un personaje; si describe el entorno, se le diluye la trama; y si al fin, por puro azar, logra una obra impecable, el disco duro de la P-III se raja en dos quedándose uno…

Pero me voy por las ramas. Lo importante es que yo descubrí, tras minuciosa investigación, que son veintiuno los preceptos a seguir para convertirse en el Plumita de Oro de la Vía Láctea. Ni uno más, ni uno menos. Claro, yo no tengo un pelo de bobo en las zonas de mi cráneo que no han perdido su batalla contra la alopecia, y como no soportaría morder su estela en el futuro, solo pondré veinte preceptos a su disposición. Lo cual no es poco; este icosálogo abarca los aspectos fundamentales del proceso creativo, desde la idea germinal hasta el producto definitivo: su libro, el que todos deberían leer. Su defecto aparente es la extensión, lo que implica que sea arduo de memorizar, pero nadie dijo que  ingresar en el top ten de la galaxia (como lo hará usted)  iba a ser una tarea para abúlicos.

Estoy convencido de que no faltarán los que me critiquen por explicar cada precepto; sin embargo, como diría el yerno de un amante de mi prima: la comida bien masticada se digiere mejor.

Y sin más preámbulo, el Icosálogo del escritor:

1) No le tema a la página en blanco. 

En rigor, la mente en blanco; la página es solo una víctima. Pero aceptada la convención, tenga presente que una historia sin escribir no le estará quedando muy buena, pero tampoco muy mala. Considere a la página en blanco su amiga, pues su nívea palidez indica que usted aún no ha perdido su tiempo. Témale al cuento o novela sin terminar.1

2) Copie a un Maestro.

No su estilo literario, desde luego. Usted está destinado a ser más original que la orquesta de Manzanillo, a cultivar e imponer un estilo renovado a las generaciones que le sucedan.  Me refiero a que copie la apariencia física de un Maestro de su elección.

Si le es posible, déjese crecer una barbita entrecana y verá que la gente asumirá que su futura novela devendrá en una excelente novela negra, por lo que su venta estará garantizada mucho antes de haya ideado el título. De igual modo, si usted es alto y delgado, le convendría fumar como un poseso y así aumentar las probabilidades de agenciarse el equivalente a un David de ciencia ficción. Una vez enganchado su público en el anzuelo, siéntase libre de escribir lo que le dé la gana.

A quienes acuden a este mecanismo de Copycat los sicólogos les llaman… no, “astutos manipuladores del inconsciente de los idiotas”, no, que suena muy feo… Ahora no me acuerdo, pero eso no es importante, vamos al siguiente punto…

3) Escriba lo que quisiera leer.

Tal es una de las motivaciones más justas y recurrentes de los que se inician en las letras. Por suerte, es más fácil conseguir esto que comprar en el agro una libra de lo-que-sea que pese una libra. Yo mismo tengo bastante claro que quiero emular la saga del Mundodisco, de Terry Pratchett, así que esperen en las librerías dos o tres novelas mías por año cargadas de personajes paradigmáticos, diálogos sutiles y humor descostillante. Si no elijo escribir lo que el Gabo, se debe a que sus novelas me hechizan pero adjetiva demasiado. Y yo deseo ganar el Nobel de Literatura, no que me lo regalen.

4) No ceda a la tentación de escribir un best seller.

Lo que perpetra Dan Brown se plasma en letras negras sobre papel blanco y es legible, pero no es literatura. Un best seller, aparte de una Wikipedia offline actualizada,2 no requiere un esfuerzo intelectual serio, un conocimiento profundo de las figuras retóricas o ser dueño de una prosa deslumbrante. A mí ahora, redactando este precepto, se me acaba de ocurrir una idea interesantísima. Yo podría rebajarme a contarla como lo haría Dan Brown y lograr que, ¡horror!, sea entretenida, y en lugar de adjudicarme la autoría de un icosálogo podría convertirme en millonario. Seguro que podría, pero me aguanto.

5) La vida de un mecánico no es material ficcionable.

Escriba sobre escritores, erotismo gay o bares a los que entran rubias despampanantes, de conversación amena y punto G al rojo vivo. Aunque un estudio de la Oficina Nacional de Estadísticas reveló que el 98.2 % de los lectores cubanos son obreros, licenciados o ingenieros, no escritores; que además son heteros convencidos o confundidos, y si han entrado a un bar les ha tocado en suerte la gorda pintarrajeada, no se alarme: Cuba no es el mundo. Y este icosálogo, ya le dije, está concebido para hacer de usted un autor universal.

6) No evite adoptar el “narrador pedante”. 

Al que los envidiosos llaman “narrador pedante” se le atribuyen dos características que, a mi juicio, están justificadas por el exceso de talento del escritor; talento que se hace evidente, en primer lugar, por el uso (dizque abuso) de un lenguaje poético que los Sancho Panza de las letras consideran críptico, por la profusión de elucubraciones filosóficas de alto vuelo intelectual y por el empleo metódico de metáforas metafísicas. Si al resultado de este ejercicio de virtuosismo ellos, los-que-no-pueden, le denominan “metatranca”, su problema.

En segundo lugar, en segundo lugar el “narrador pedante” (y por extensión, el escritor) es acusado de reiteración machacona de palabras y motivos. Palabras y motivos a los que, supuestamente, el “narrador pedante” acude una y otra vez no tanto para enfatizar, no, no tanto para enfatizar (¡como si enfatizar no fuera el objetivo!) sino para engordar y engordar los párrafos. Sí, engordar y engordar y engordar los párrafos para de esta manera conseguir que el libro llegue a un mínimo de páginas; esto es, el mínimo de páginas exigido por las editoriales para su publicación; o sea, la publicación del libro.

Sí, el libro.

7) Hilar un argumento es puro masoquismo. 

¿Qué sentido tienen las noches de insomnio construyendo la sicología de, pongamos, un tal monsieur Trudeau; intentando hallar una solución creíble a su conflicto con el guacamayo de su abuela o elaborando un clímax que remate el cuento (y al guacamayo) de forma contundente? ¿Por qué pasarse el día de mal humor, gruñéndole a su espos@ por cualquier motivo, solo porque usted no consigue redondear el argumento? Eso es maltratarse el cuerpo por gusto.

El argumento es irrelevante.

Limítese a escribir bien y bonito. Incorpore en el exergo referencias a películas con glamour o a escritores universales (no a Bukowski ni a Joyce, que Charles está muy quemado y a James usted no lo ha leído (yo sí, mi amigo)); inserte la letra de un bolero, un tango o un rock & roll; reparta sin ascos: hipotiposis, catacresis, milisi… lisimi… si-mi-li-desinencias u otras figuras retóricas de esquiva pronunciación para una persona con dentadura postiza. Jamás ponga en duda que esta es la verdadera literatura contemporánea porque, gracias a este icosálogo, la literatura contemporánea es la que hará usted.

Corolario importantísimo:

Si desea jugar al científico loco y experimentar con su obra, por favor, el exergo no. ¡No, no y no! Es preferible que suprima el índice o el capítulo final de su novela antes que omitir el exergo, así éste sea: Tengo la raja del culo borrá de andá en mi moto (Mojinos Escozíos).

Un libro sin exergo es como la masa sin cantera o la carne de tercera sin pellejo.

8) Cuidado con el punto de vista del especialista. 

Narrar, por ejemplo, una trama policial desde el punto de vista del detective, a menos que se conozca el medio, es harto peligroso. Uno de sus lectores podría trabajar en Criminalística y permanecer atento a cada frase del protagonista, a los procedimientos investigativos empleados por éste o a la recreación de su entorno laboral, y al detectar el mínimo desliz, la historia se le vendría abajo.

Aquí la CF es insuperable (en el peregrino supuesto de que fuera literatura). Nadie podrá leer una novela de CF y exclamar: “¡Tonterías! ¡Los venusinos no tienen alas ni fabrican pitillos, que lo sé yo!”, porque a menos que la NASA desclasifique nuevos documentos, no consta que los norteamericanos llegaran más allá de la Luna. Y nuestra isla tuvo un solo cosmonauta, Arnaldo Tamayo, y que se sepa no viajó a Marte en la Soyuz, ni ingresó en un portal que lo trasladara a un mundo paralelo donde el CUC y el CUP estuvieran a uno por uno, ni se comunicó con animales (racionales o no) aparte de Romanenko, Popov y Riumin3.

9) Reniegue de los adjetivos. 

“Los adjetivos son las arrugas del estilo”, dijo Carpentier, así que tome este precepto como un dogma.

Evite frases como: “Envuelto en sus improvisados lutos que olían a tintas de ayer, el adolescente miraba la ciudad, extrañamente parecida, a esta hora de reverberaciones y sombras largas, a un gigantesco lampadario barroco, cuyas cristalerías verdes, rojas, anaranjadas, colorearan una confusa rocalla de balcones, arcadas…”.

Los adjetivos son innecesarios, dañinos, perjudiciales, groseros, mataores despiadados que cortan las orejas al sustantivo… ¿Le ha quedado claro cuán nocivos pueden ser los adjetivos?

No se le ocurra escribir como el autor del párrafo antes citado o como García Márquez, de lo contrario irá por mal camino. ¿H. P.? ¡Suelte eso! ¡H. P. caca!4

10) La utilidad de los neologismos es una tonteoría. 

Aquí el autor de este icosálogo se excusa por la licencia. La palabra “tonteoría”, aunque se figura intuitiva y es más breve que la combinación “teoría tonta” (¡e incluso ahorra un adjetivo!), es de muy mal gusto. No nos enfurezca sin razón a los Guardianes de la Palabra Escrita, o Guarpalcritas, que ya tenemos suficientes problemas intentando persuadir a los cromañones literarios de que si admitimos que se escriba “alcol” por “alcohol”, la Lenguañola, o Lengua Española, perdería toda su riqueza.

Apostilla innecesaria:

Guarpalcritas y Lenguañola no son neologismos; son acrónimos plenamente aceptados en determinados círculos literarios, y tan válidos como lo sería Sinputigar, que identificaría a un hipotético Sindicato de los Productores de Útiles para el Hogar.

Entonces, es correcto decir: “Fulano es un emérito Guarpalcrita de la Lenguañola”.

11) Destierre de su vocabulario las palabras malsonantes.

Cuando se le antoje incluir en una oración una palabra malsonante piense en un sinónimo igual de efectivo y más tolerado por la sociedad.

Oraciones como: “A Mengano lo despidieron del trabajo y se lo sintió en los cojones” no hacen más que herir gratuitamente la sensibilidad del lector.

No olvide que escribir es rescribir.

Mejor suena: “Mengano quedó disponible en su trabajo y se lo sintió en los cojones”.

“Mengano quedó disponible en su trabajo y lo reubicaron enseguida” podría ser otra variante, pero resulta tan poco dramática como creíble, y sin la palabra “cojones” pierde fuerza expresiva.

12) Antes de p y b, se escribe m.

Más claro, imposimble.

13) Erradique las cacofonías y asonancias.

—¡Quita el quinqué Quique que se cae! —gritó Tico.

Repita en voz alta el parlamento anterior. ¿Cómo suena en sus oídos? La culpa la tiene la cacofonía. Más elegante y cien por cien literario es:

—¡Desplaza la lámpara de brillantina, Enrique Javier; está a punto de precipitarse! —exclamó Antonio, desgarrándose las amígdalas.

Aunque a priori esta línea de diálogo parece algo extensa, me he tomado el trabajo de cronometrar su pronunciación empleando un tono de urgencia acorde al escenario planteado y respetando siempre, ¡faltaría más!, las pausas marcadas por la coma y el punto y coma. Definitivamente, el tiempo de reacción de cualquier ser humano es suficiente para captar el mensaje de Antonio, procesarlo, activar las motoneuronas somáticas y desplazar a una locación segura la lámpara de brillantina para, de esta forma, evitar un siniestro de consecuencias fatales.

O para que me entiendan los de prosa mediocre: Si Quique corre, el quinqué no se cae.

Ejercicio facilito:

Despoje de asonancias el siguiente parlamento:

—Un viento frío soplaba del río —dijo mi tío Darío.

14) “El dinosaurio” no es ni fu ni fa.

Algo hay que concederle a Monterroso: si breve es su cuento, mucho ha dado de qué hablar. Y este icosálogo no será menos.

Cuando me iniciaba en el mundillo de las letras tuve esta conversación con un amigo:

—¿Es verdad que existe algo así como el cuento más corto del mundo?

—“El dinosaurio”, de Monterroso. ¡Muy bueno! Me lo sé de memoria: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”

—No es tan tan, pero repítelo para que lo anote.

—Si es fácil: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí.”

—No entiendo.

—¿Qué cosa?

—¿Dónde estaba el dinosaurio, allí o ahí?

—Chico, ¿tú eres sordo? Estaba ahí… ¡No, allí!

—¿O primero estaba allí y luego ahí? ¿Es que son dos cuentos que forman parte de una mini saga onírica sobre el desplazamiento de un dinosaurio? ¿Habrá completado Monterroso la trilogía? ¿Cómo terminará? ¿Aquí? ¿Acullá?

En realidad la culpa no era de mi amigo, sino del lenguaje del guatemalteco. Es tan ambiguo que si bien eruditos y profanos dan por sentado que el sujeto omitido es un hombre (nadie habla de una mujer) que soñaba con un dinosaurio (también presunción gratuita que, en efecto, convierte el cuento en fantástico) por mi madre que yo desde el primer momento asumí que era una zarigüeya del Cretácico que dormitaba en presencia del susodicho, por lo que no es de extrañar que al despertar, si el dinosaurio no tenía más nada que hacer, todavía estuviera allí.

Mi criterio, y llámeme hereje, es que el cuento de Augusto no pasa de ser una minificción prehistórica menos entretenida que el diálogo más soso de La era del hielo.

Si el arte radica en la ambigüedad, para los que defienden a ultranza “El dinosaurio” traigo una versión del cuento la mar de sugerente (y más corto, por cierto): “Cuando despertó, todavía estaba allí.”

Y digo sugerente porque ya despierten el hombre o la zarigüeya del Cretácico, si la que todavía está allí es Marilyn Monroe, Charlize Theron o la URSS…

“Cuando despertó, el brontosaurio todavía estaba en el jardín”, ¡así se escribe!

Y si el que despierta es un carnicero llamado Noel, ¡bomba!, aunque el cuento se alargue. ¿Por qué empeñarse en escribir el cuento más corto del mundo? El más corto del mundo, y lo hago oficial, se me ocurrió a mí esta mañana, no tiene título y es un punto final, que sí no puede faltar en un cuento que se respete. Y para que vean que no miento, lo transcribo: .

Petulancia excusable:

Es también de mi autoría:

El cuento perfecto

el-cuento-perfecto

15) Nunca, nunca plagie. 

La frase “El tiempo se ha detenido” ya la usó Borges en su cuento “El milagro secreto”, de modo que si usted quiere expresar que el tiempo ha dejado de fluir deberá hacerlo de una manera menos sencilla, incluso en una historia de ciencia ficción, donde es literalmente posible (aunque stricto sensu no sería plagio ni “literalmente posible” porque la CF no es literatura).

En un minicuento la cuestión del plagio es más delicada. Al ser menos extenso, casi cualquier palabra, letra o signo de puntuación que usted emplee parecerá extraído del minicuento de otro escritor, lo cual viola el copyright. Para su tranquilidad, yo me abstendré de demandarlo cuando usted, irremediablemente, incorpore mi minicuento, el más corto del mundo, al final del suyo. Espero que el resto de los autores se sume a mi iniciativa.

16) Concilie la Santa Trinidad Título-Exergo-Contenido.

Basta ya de obras tituladas “El derecho al pataleteo de la paseante cándida o De lo que aconteció a Lola sobre las 3:00 pm”, con exergo “Voulez-vous coucher avec moi? y que narran las aventuras de Moropo Topo y el Inspector Ardilla”.

En este ejemplo la Santa Trinidad ha sido violada y luego descuartizada: el título resulta pedregoso para una mente simple5; usted no sabe francés (yo sí, mon ami) y las aventuras de estos personajes, a menos que se demuestre lo contrario, no son eróticas.

Para comprobar la correcta aprehensión de los conocimientos propongo un:

Verdadero o Falso:

( ___ ) Marque V o F si cree acertada la siguiente propuesta T-E-C:

Invasión mortal

Si deshecha en menudos pedazos llega a ser mi bandera algún día, 

nuestros muertos alzando los brazos la sabrán defender todavía.

(Bonifacio Byrne)

La Habana ha sido ocupada por el Imperio Equis; Línea es un río de sangre con delta en el malecón; en las esquinas, dos millones de cadáveres les roban las moscas a las tongas de basura. Pero no todo está perdido porque el abuelo Paco, bajo el lema “Ni tiesos nos rendimos”, enfrenta al enemigo a la cabeza de una brigada zombi de las MTT…

17) No cuelgue el lápiz si una docena de editoriales rechaza su manuscrito. 

Siga insistiendo, aunque lo califiquen de pretensioso. El escritor norteamericano Elmore Leonard tuvo que escuchar 58 nones de otras tantas editoriales antes de ver en las librerías su primera novela policial.

En cualquier caso no se preocupe; yo le garantizo que a usted no le pasará algo semejante. No en Cuba, donde ni por asomo hay 58 editoriales.

18) Si solo uno de cada veinte lectores aprueba su libro, no se angustie.

Es más, pida un crédito al banco y organice un fiestón, porque ni García Márquez tiene esos números. Me gustaría ver la cara del colombiano cuando le dijeron que de las siete mil millones de personas que habitan el planeta, no más de treinta millones compraron Cien años de soledad. Visto así, una proporción de 1 en 300 es más que satisfactoria.

¡Y hay quien duda que ganar un concurso es pura suerte, cuando solo tres miembros componen el jurado!

19) Promocione su libro hasta el agotamiento.

El agotamiento de los ejemplares publicados, quiero decir, no el suyo o el del presupuesto de Cultura por favorecerle con la 35. Invite a las presentaciones a familiares, amigos, compañeros de trabajo o vecinos que le deban dinero. Asegure un quórum rentable. Un libro, aunque se advierta en él a un clásico, no se vende solo. El boca a boca es una quimera. Lo digo porque ayer vi en el café literario a… ¡qué memoria la mía!… a esa misma, promocionando “La mujer que amaba a los gatos”.

Por otro lado, contención; un libro que vuele de los anaqueles es mal negocio. Si no se estanca un tiempo prudencial en las librerías perderá usted miles de pesos por concepto de presentaciones.

20) Solicite a la mayor brevedad el carné de Sapingo.

Una vez publicado su libro, tiene usted el derecho inalienable de recibir el carné de Sapingo pero, ante todo, le asiste el deber de portarse como tal. El carné que lo acredita como Sabiondo, Pintoresco y Gozón es un cheque en blanco en su bolsillo, pues le da autoridad legal y moral para:

a) opinar sobre Teoría del Arte, agujeros negros o cocción de merenguitos;

b) criticar a sus espaldas el libro de un colega, máxime si no es un devoto practicante de la sapinguería como usted;

c) entender a la primera las últimas canciones de Silvio;

d) vestir, sin que le llamen indigente, un pantalón emporcado a conciencia, roto por las rodillas, y con esos bajos que hacen el favor de mantener el pavimento libre de lodo, esputos y orina de caballo;

e) lucir las múltiples variantes del exclusivo Módulo Termo6, a saber:

e.1) manhattan a cuadros-bufanda de lana-botas rusas,

e.2) enguatada cuello de tortuga-¡bufanda de lana!-gafas Yutong,

e.3) batilongo a los tobillos-bufanda de lana-boina gallega7;

f) preferir los animales a las personas y dar amoroso abrigo a un perrito lambisquero en tu blusa pezonera con esa carita chula que tú tienes mami y yo es que te comiera… Perdón, perdón, me dejé llevar;

g) asistir periódicamente a tertulias, peñas y eventos literarios solo por la merienda y la bebida gratis (y lo más importante: ¡sin que los organizadores lo noten!);

h) que le llamen bohemio y no alcohólico trasnochado…

Y así, un largo y prometedor etcétera.

Es todo.

Como puede ver, no me he guardado nada bajo la manga. A no ser el precepto 21, claro, pero ya le dije que ese no… ese ni a mi madre… ese es Mi Precccepto, Mi Tesssoro, ¡gollum, gollum!… Tranquilo, ya pasó… Pero no puedo más con esta carga…

Mire, seré franco con usted: mi objetivo con el icosálogo siempre estuvo oculto, y no era otro que llegar a este punto, y lea bien: el punto en que usted olvida los preceptos anteriores y yo le doy a conocer… ¡No, el Tesssoro no, el Tesssoro es Mío!… ¡Atrás, sabandija!… ¡Le doy a conocer el Precepto Único!

Ufff, ya está dicho. Y como dicho está, ahí va:

Precepto Único: 

¡ESCRIBA, ESCRIBA Y ESCRIBA LO MENOS POSIBLE!

No se frote los ojos que no se trata de un error tipográfico magnificado con saña por el operario de la imprenta, ni yo le estoy tomando el pelo aunque a estas alturas me tenga por loco.

De hecho, le digo más: SI NO ESCRIBE EN ABSOLUTO, ¡BOMBA!, porque si usted se identifica de corazón con el icosálogo y lo sigue a pie juntillas, me temo que nadie será capaz de entenderlo (solo yo, mon cher, solo yo); circunstancia que lo llevará a usted a la amargura, y a que empiecen las dudas existenciales, y a que nadie lo admita en las tertulias por considerarle heraldo de la melancolía; y de ahí a que usted se arroje al Bélico y muera por sepsis generalizada va un paso8. Y ni usted ni yo queremos eso, ¿verdad?

¡Pero deje de comerse las uñas, hombre! Considere que para usted, ¡oh, espíritu iluminado!, sentarse al teclado es una pérdida de tiempo. En el fondo, concédalo, usted escribe ¿para quién? Se cae de la mata: ¡Para usted mismo! Así pues, ¿a razón de qué plasmar nada en blanco y negro? ¿A qué llenar cuartillas y cuartillas en el ordenador durante días, hacer impresiones de prueba en modo económico y anotar y tachar y volver al ordenador y a las cuartillas hasta llegar a sentir un genuino asco por su novela?

Más acorde a sus aptitudes, y más eficiente, es que se acueste en calzoncillos en el sofá de la sala y se tome diez minutos para desarrollar la historia en su mente (a Su Real Manera). Una vez finalizada congratúlese, en voz alta si quiere, de lo buena que le quedó. Luego es libre de encender el televisor Panda y ponerse a disfrutar Crepúsculo o Anatomía de Gray.

En cuanto a mí… Yo no tengo salvación. Incapaz de mantener invisible mi obra a los ojos de los simples mortales, repudiado seré porque escribí demasiado: un libro, el cuento perfecto, el más corto del mundo, un romance costumbrista y ahora este icosálogo, cuyo Precepto Único he querido regalarle, genio que comienza, para que no se apunte a esa carrera agotadora e inútil que es sortear los desafíos de la ficción…

¡Albricias, acabo de recordar el título del Mamotreto del Chino!

 

NOTAS:

1. Los .doc que se acumulan en la carpeta “Pendiente”.

2. Otra opción es la EcuRed, una enciclopedia que emite juicios críticos sobre un país antes de ofrecer la ubicación geográfica, lo cual sirve de guía inestimable para que usted considere pasar o no por allí (Leer artículo sobre cualquier país del hemisferio Norte que le venga a la mente).

3. Ojo, no estoy tildando a los soviéticos de animales… aunque, bueno, estrictamente hablando sí lo eran, igual que Tamayo… pero la idea es… En fin, aquí, templándome la vaca…

4. El H. P. que usted imagina, sí señor, el de Providence, Lovecraft.

5. Algo lógico. Estamos en presencia de la tipología de primer nivel “Título-que-me-gusta o Pero-mejor-lo-explico-para-que-se-entienda” (Por cierto, una vez yo incursioné en dicha tipología con mi romance costumbrista “Dietorum chicken will arrive at orbis tertius u ¡Organícense, caballero!”, pero los versos no cuajaron. LQQD: con la u no funciona).

6. Ese milagro de la Estética y la Termodinámica capaz de hacerle sentirse fresco en pleno agosto.

7. Módulo Termo 3B, muy apreciado porque incorpora la tapa.

8. Por inmersión, imposible. El (me) río Bélico apenas lucha por taparle el lomo a las clarias, que florecen en sus márgenes alimentándose de mondongo y estafifo… estafi-lo-cocos. Ni cuando el ciclón Lili el agua llegó… Tendría usted que verlo, y olerlo.

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Sobre el autor

  • Claudio del Castillo

    . Santa Clara, 1976. Ingeniero en Telecomunicaciones y Electrónica. Diplomado en Gerencia Empresarial de la Aviación. Miembro de los talleres literarios Espacio Abierto y Carlos Loveira. Formó parte del Comité Organizador del II Encuentro de Literatura y Arte Fantásticos, Villaficción 2013. Ha ganado premios y menciones en los concursos de ciencia ficción Oscar Hurtado, Juventud Técnica y Mabuya. Ha incursionado en el humor, obteniendo lauros en las ediciones de 2011, 2012 y 2013 del Festival Aquelarre en las categorías Cuento y Guión inédito. En 2013 resultó ganador del concurso de cuentos policiales Fantoches.