Bajo el sol

«Me gustan con locura las excursiones a un mundo que creemos descubrir, las sorpresas súbitas ante costumbres que ni siquiera podíamos sospechar, la constante tensión del interés, la alegría para los ojos, ese estímulo constante del pensamiento. Pero hay una cosa, sólo una, que me arruina esas exploraciones encantadoras: la lectura de guías de viaje.» Todos aquellos a quienes las guías al uso los hastíen, y busquen en el viaje algo más que un simple desplazamiento con cambio de decorado, disfrutarán la lectura del viaje de Maupassant a Argelia. Más que describir los paisajes o los lugares visitados, el escritor francés da testimonio de la perplejidad que le produce el encuentro con un mundo, unas costumbres y unas gentes del todo diferentes (y que no siempre consigue comprender). Maupassant convive con las tribus nómadas en el desierto del Sáhara y descubre los devastadores efectos del sol en esa parte del mundo, la verdadera soledad de unos hombres que a fuerza de resistir a un medio tan hostil se han convertido en casi indestructibles; se cuela en un prostíbulo, el único lugar donde los hombres pueden contemplar a las mujeres; acompaña a una misión militar en busca de pozos de agua por territorios que en los mapas son sólo espacios sin accidentes, desconocidos, inexplorados… Y así, aprovechando cualquier pretexto para compartir la rutina de los habitantes nativos y de los adoptivos sus compatriotas, el autor nos muestra la complejidad de un país que abarca un vasto territorio lleno de contrastes, desde las grandes extensiones desérticas del Sáhara, hasta la fértil y poblada llanura de la Mitidja, las zonas montañosas en la región de Cabilia, o los frondosos vergeles del valle de Bu-Saada. Y en cada nueva región lo asombran sus habitantes, unas veces sólo las hienas, los escorpiones o los resistentes camellos, y otras los douars, los trafis, los mozabites, los judíos o los propios colonos franceses, derrotados una y otra vez a causa de su ceguera y obstinación. Este volumen de viajes se completa con distintos artículos.

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El Mar

Marsella palpita bajo el alegre sol de un día de verano. Parece reír, con sus grandes cafés engalanados, sus caballos con sombrero de paja como si fueran disfrazados, su gente atareada y ruidosa. Parece algo achispada con ese acento que canta por las calles, ese acento que todo el mundo pronuncia como si fuera un desafío. En cualquier otra parte oír al marsellés divierte y parece una especie de extranjero chapurreando el francés; pero en Marsella todos los marselleses reunidos imprimen al acento una exageración que adquiere el aire de una farsa. Todo el mundo habla de ese modo ¡y es demasiado, demasiado! Marsella transpira al sol, como una hermosa joven un poco descuidada, pues huele a ajo, la pordiosera, y a mil otras cosas. Huele a las innumerables comidas que picotean los negros, los turcos, los griegos, los italianos, los malteses, los españoles, los ingleses, los corsos y los marselleses, acostados, sentados, hechos un ovillo o repantigados por los muelles.

En la dársena de la Joliette, los pesados paquebotes, con el morro girado hacia la entrada del puerto, calientan motores repletos de hombres que los llenan de paquetes y de mercancías.

De repente uno de ellos, el Abd-el-Kader, se pone a dar mugidos, pues el silbido ya no existe; ha sido reemplazado por una especie de grito de animal, una voz formidable que sale del vientre humeante del monstruo.

El inmenso buque deja su punto de amarre, pasa dulcemente en medio de sus hermanos aún inmóviles, sale del puerto y, bruscamente, cuando el capitán grita con su megáfono, cuyo sonido desciende hasta las profundidades del barco, la orden: «En marcha», se lanza, ardorosamente, y abre el mar dejando tras de sí una larga estela, mientras las costas desaparecen y Marsella se hunde en el horizonte.

Es la hora de cenar a bordo. Poca gente. En julio no se suele viajar a África. En un extremo de la mesa hay un coronel, un ingeniero, un médico, dos burgueses de Argel con sus mujeres.

Hablan del país al que se dirigen, de la administración que le convendría.

El coronel exige enérgicamente un gobierno militar, menciona tácticas en el desierto y declara que el telégrafo es inútil e incluso peligroso para los ejércitos. Este oficial de alto rango debió sufrir alguna contrariedad de guerra por culpa del telégrafo.

Al ingeniero le gustaría poner la colonia en manos de un inspector general de puentes y caminos que hiciera canales, presas, carreteras y mil otras cosas.

El capitán del navío da a entender, ingenioso, que un marinero sería mucho más adecuado para ocuparse de estos asuntos, puesto que Argelia sólo es abordable por mar.

Los dos burgueses señalan los errores groseros del gobernador; y cada cual ríe asombrado de que sea posible tanta torpeza.

Después vuelven a subir al puente. No hay nada más que el mar, el mar calmado, sin un solo estremecimiento, y dorado por la luna. El pesado buque parece deslizarse por encima, dejando tras de sí una larga estela de borbotones, donde el agua removida parece de fuego líquido.

El cielo se extiende por encima de nuestras cabezas, con un negro azulado, sembrado de astros que, por momentos, oculta la enorme bocanada de humo que vomita la chimenea; y el pequeño farol que hay arriba del mástil adquiere el aire de una gran estrella paseándose entre las otras. Sólo se oye el zumbido de la hélice en las profundidades del buque. ¡Qué encantadoras son las horas tranquilas de la noche en el puente de una embarcación que huye!

Durante todo el día siguiente, nos dedicamos a pensar tendidos bajo la carpa, con el océano por todos lados. Después volvió a caer la noche y reapareció el día. Dormimos en la estrecha cabina, en la litera en forma de sarcófago. Me levanto, son las cuatro de la mañana.

¡Qué despertar! Una extensa costa y a lo lejos, en frente, una mancha blanca que aumenta: ¡Argel!

Guy de Maupassant. Nació el 5 de agosto de 1850 en el Château de Miromesnil, en Normandía. Cursó estudios en el Liceo Napoleón, en el colegio eclesiástico de Yvetot, de donde fue expulsado, y en el Liceo de Rouen. Durante su juventud tomó parte en un grupo literario surgido en torno al novelista Gustave Flaubert, que era íntimo amigo de su familia.

Participó en la guerra franco-prusiana y en 1872, trabajó como empleado en el ministerio de Marina.

Su primera obra importante fue el cuento 'Bola de sebo' (1880), incluido en el volumen Las veladas de Médan y considerado su obra maestra en el género.

Durante los siguientes años escribió más de doscientos relatos, entre los que destacan La Casa Tellier (1881), Mademoiselle Fifi (1882) , Los cuentos de la becada (1883), el famoso La Parure (1884) y El Horla (1887).

Su obra se caracteriza por su realismo y estilo sencillo. Fue autor de tres colecciones de recuerdos de viajes y seis novelas: Una vida (1883), Bel Ami (1885), Los dos hermanos (1888), La mano izquierda(1889) y Nuestro corazón (1890).

Sufrió síntomas de demencia y a consecuencia de una sífilis el 1 de enero de 1892 intentó por tres veces abrirse la garganta con un cortaplumas, fue internado el 7 de enero en la clínica del doctor Blanche en París, donde Guy de Maupassant moriría un año después, el 6 de julio de 1893.