La edad de la ira

Resumen del libro: "La edad de la ira" de

El titular

Marcos, un adolescente de clase media, asesina a su padre y deja malherido a uno de sus cuatro hermanos.

Las primeras reacciones

Amigos, familiares, profesores de Marcos: nadie se explica lo sucedido.
Nadie pudo preverlo. Las imágenes del crimen acaparan los medios.
La violencia adolescente se adueña, de nuevo, de la actualidad.

La investigación

El crimen de Marcos no es un suceso aislado. Demasiados casos en los últimos años de menores envueltos en situaciones de extrema violencia. Bullying. Acoso cibernético. Ataques racistas. Trapicheos con drogas. Vídeos en YouTube con humillaciones a profesores. Docentes deprimidos. Fracaso escolar… ¿La culpa es de los adolescentes? ¿De sus profesores? ¿De sus padres? ¿Hay en verdad culpables o somos todos víctimas?

Un periodista, impulsado por estos interrogantes, decide adentrarse en el entorno del asesino. ¿Qué sucedió el día del crimen? ¿Cómo fue la semana anterior a los hechos?

En el instituto en el que Marcos cursa el Bachillerato, entre apuntes, pizarras y claustros, El reportero buscará la verdad, recopilando los testimonios de quienes formaron parte del mundo de Marcos durante aquellos días. Un mundo en el que sólo parece regir una única ley y una única edad: la edad de la ira.

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UN DÍA CUALQUIERA

Hace tiempo que nos odiamos.

Es mutuo, supongo. A él nunca le he gustado. La diferencia es que ahora, desde que mi madre no está, ya ni siquiera lo disimula. Yo tampoco lo hago, la verdad. Pero por lo menos intento controlarme. Sé que, a las malas, llevo las de perder, porque ser menor de edad limita mucho, así que me trago la rabia y me aguanto. Aunque controlarme me cuesta casi tanto como escribir en esta mierda. Una Olivetti que debería estar en un museo y que, sin embargo, mi padre me obliga a usar cada vez que tengo que entregar un trabajo de clase. Como el que supuestamente estoy escribiendo ahora.

¿Que describa cómo es un día con mi familia? ¿Otra vez? Llevo escribiendo sobre los mismos temas desde que empecé el colegio. Siempre lo mismo, aunque los de literatura le den alguna que otra vuelta para que suene diferente. Total, luego sólo buscan las faltas y nadie lee una mierda entre líneas. Pongas lo que pongas… Esta vez se supone que nos toca construir una corriente de conciencia, algo que no tengo muy claro en qué consiste y que, según el de lengua, se resume en «dejarse llevar». Lo malo es que, si me dejo llevar, puede que me rinda y acabe estallando. Eso es lo que pasaría, que no contendría ni un minuto más las ganas de decirle a mi padre cuánto lo detesto, cuánto daño me hace, cuántas ganas tengo de perderlo de vista para siempre.

Cuando le conté a Raúl que en esta redacción iba a pasar de los topicazos habituales, se sorprendió. Normalmente, en un trabajo así, evitaría ser honesto y me limitaría a hablar de lo estupendos que son mis hermanos, de lo mucho que echo de menos a mi madre, de lo que nos gustaba hacer a todos juntos cuando ella seguía aquí. Si ésta fuera la misma redacción de los demás cursos, dibujaría de nuevo el retrato de la familia hiperfeliz que todos ven en nosotros. Todos menos yo, claro, que debo de ser un asocial y un raro, pero que de hiperfeliz no tengo nada. De todos modos, no creo que sincerarse aquí sirva de mucho. Mientras que las tildes estén en su sitio, seguro que lo demás no importa demasiado. Raúl dice que no, que el de lengua de este año es diferente —en eso tiene razón: no entendemos nada de lo que nos cuenta— y que hasta puede que le mole lo de mi experimento literario. ¿O es biográfico? Joder, qué difícil es poner las interrogaciones con este trasto.

Me canso. Es un rollo tener que golpear las teclas con tanta furia para que se marque la tinta sobre el papel. Y eso que a mí, furia hoy no me falta. Ni hoy ni casi nunca… Echo de menos la línea roja esa tan cómoda del Word, la que te avisa cuando cometes un error y evita que el profesor de turno te baje la nota. «Así aprendes a escribir como Dios manda», dice mi padre, que cada vez que pronuncia esa palabra parece que se hubiera comprado a Dios para él solito. Y no sé cómo coño escribe Dios, pero seguro que no lo hace como yo, peleándose con una Olivetti del siglo pasado… Claro que Dios no tiene a mi padre encima todo el día, dándole la brasa con lo que debe y lo que no debe hacer. Con lo que está bien y con lo que está mal. Con lo que le gusta (casi nada) y lo que no le gusta (casi todo). Dios, a su lado, debe de ser un liberal de la hostia. Fijo.

A mi madre también la sacaba de quicio, aunque ella no lo expresara demasiado. O tal vez sí lo hacía y yo no me di cuenta hasta muy tarde, no sé, es que la infancia es una mierda, no te enteras de nada y luego, de repente, te salta todo a la cara, como si con los quince te dieran una entrada gratis para el infierno. Toma, aquí la tienes: la puta realidad. Lo que me cabrea es no haberme despertado antes, cuando ella todavía estaba viva y sí tenía sentido ponerse de su lado, darle la razón en los combates que imagino que tuvo que librar sola. Porque yo era un crío bobo y tontorrón —inocencia, lo llaman— que no se enteraba de nada de lo que sucedía en su propia casa. Ignacio sí que se daba cuenta de todo, claro, porque siendo el mayor de los cuatro tuvo que despertarse mucho antes, aunque estuviera demasiado ocupado deslumbrando a todo el mundo con sus dieces como para prestarnos atención a los demás.

—¿Vas a parar o no? Venga, tío, déjalo ya, que mañana tengo un examen importante.

Está intentando estudiar —cómo no— y le molesta el ruido de la máquina. Desde que ha empezado la universidad se ha vuelto aún más insufrible que de costumbre… Sólo por eso merece la pena seguir escribiendo, para evitar que mi hermano, el hombre diez, conquiste su nueva mención de honor en ese palmarés que mi padre nos restriega tan a menudo. «Eso sí que son unas notas como Dios manda» y de nuevo me pregunto si Dios tendrá un baremo de calificaciones o si por allá arriba no le preocuparán lo más mínimo mis boletines de la ESO. «El Bachillerato ya no es un juego, Marcos. Recuérdalo», me dijo mi padre al empezar este curso, y luego me dio una palmada supuestamente amistosa para jugar por una décima de segundo al viejo severo pero enrollado. El padre que sabe cómo tienes que ser, porque se ha agenciado una línea directa con Dios desde la que le dan todos los datos. Una especie de GPS bíblico que nadie debería saltarse nunca. Ignacio, desde luego, cumple bien el modelo. Yo, me temo, ni siquiera me acerco.

¿Los otros? Bueno, los otros dos no son geniales, pero tampoco molestan demasiado. Adolfo todavía es un crío. Con doce años está a un paso de darse de bruces con la realidad, pero de momento sigue creyéndose el buenrollismo dictatorial de mi padre. Y Sergio, no sé, a Sergio sólo le llevo un año y es un tío callado, muy discreto, nunca se puede adivinar qué está pensando. Pero estar en silencio no molesta, y ser un crío tampoco, así que mi padre no se mete demasiado con ellos. Con joderme a mí, él y su Dios ya tienen suficiente.

La edad de la ira – Nando López

Nando López. Fernando J. López, también conocido como Nando López, es un novelista, dramaturgo y doctor cum laude en Filología Hispánica. Ha ejercido como profesor de secundaria y bachillerato y, desde 2014, se dedica de forma íntegra a la escritura narrativa y teatral.

Con La edad de la ira, obra que refleja la realidad educativa del siglo XXI, fue finalista del Premio Nadal en 2010. López también cuenta en su haber con obras destacadas como Cuando todo era fácil, Nadie nos oye, Las vidas que inventamos o La inmortalidad del cangrejo, muchas de ellas orientadas al público juvenil. También ha escrito libros educativos en tono humorístico entre los que se encuentran Dilo en voz alta y nos reímos todos o ¡En casa me lo sabía!

Como dramaturgo ha estrenado obras nacional e internacionalmente en países como Costa Rica, Chile o Estados Unidos.