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La era de la supernova

La era de la supernova - Liu Cixin

Hace ocho años y a ocho años luz de distancia, murió una estrella. Esta noche, una supernova de alta energía finalmente llegará a la Tierra. El cielo brillará cuando esa nueva estrella florezca y, dentro de un año, todos los adultos mayores de trece años estarán muertos. Sus cromosomas habrán quedado irreversiblemente dañados.

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En aquel momento la Tierra era un planeta flotando en el espacio.

Pekín, una ciudad sobre su faz.

Y en mitad del inmenso mar de luces de aquella, dentro de un pequeño colegio, había un aula donde los alumnos del último curso de primaria celebraban su graduación. Como tendía a ocurrir en tales eventos, los niños estaban charlando animadamente sobre sus aspiraciones de futuro:

—¡Yo quiero ser general! —dijo Lu Gang, un muchacho delgado pero con ímpetu y arrojo insólitos en alguien de tan corta edad.

—¡Pues vaya rollo! —le dijeron—. Ahora que no hay conflictos a la vista, los generales se pasan el día desfilando con sus soldados y nada más.

—Yo quiero ser doctora —intervino con voz queda una niña llamada Li Sha. El comentario despertó la risa generalizada.

—¡Venga ya! —se mofó uno de sus compañeros—. Si la última vez que fuimos de excursión te pusiste a chillar solo por ver una oruga, ¿qué vas a hacer cuando tengas que coger el bisturí?

—Mi madre es doctora —replicó la niña, no se supo muy bien si tratando de probar su falta de miedo o de explicar los motivos de aquella elección.

La tutora del grupo, una joven maestra llamada Zheng Chen, había estado contemplando ensimismada las luces de la ciudad al otro lado de la ventana.

—¿Y tú, Xiaomeng? —preguntó de pronto, como volviendo en sí—. ¿Qué quieres ser de mayor?

Se dirigía a la niña que tenía al lado: vestía con modesta pulcritud, sus ojos eran grandes y despiertos y desprendía un aura de melancolía impropia de alguien tan joven. También había estado mirando por la ventana.

—Tengo que ayudar en casa, haré formación profesional —respondió tras un suspiro de resignación.

—¿Y Huahua? —preguntó la maestra a otro niño. Era muy guapo y su mirada era inquieta, saltarina; como si el mundo ante sus ojos fuese un perpetuo espectáculo pirotécnico multicolor.

—El futuro está lleno de posibilidades… aún no sé qué quiero hacer. ¡Pero, elija lo que elija, haré todo lo posible por ser el mejor!

El siguiente niño dijo que quería ser deportista. Otro, diplomático. Luego, cuando una niña dijo que quería ser profesora, todos se quedaron callados.

—No es un trabajo fácil —musitó la maestra, volviendo a perder la vista más allá del cristal.

—¿Os habéis enterado? —dijo en voz baja una de las chicas—. La profesora Zheng va a tener un bebé.

—¿Sí? —replicó un niño—. Pues va a tenerlo justo coincidiendo con la reducción de personal que dicen que van a hacer en la escuela. La cosa no pinta muy bien…

Divertida al oír aquello, la profesora se dio la vuelta.

—Ahora mismo no me preocupa nada de eso. En lo que sí estaba pensando en este momento es en qué clase de mundo vivirá mi hijo cuando tenga vuestra edad.

—Pensar en esas cosas es una pérdida de tiempo —dijo un niño flacucho. Se llamaba Yan Jing, pero debido a las gruesas gafas que llevaba todo el mundo lo llamaba Gafitas—. Nadie sabe lo que depara el futuro, es imposible de predecir. Puede suceder cualquier cosa.

—Es posible predecirlo usando métodos científicos —apuntó Huahua.

Gafitas mostró su desacuerdo:

—Justo es la ciencia la que nos dice que el futuro es impredecible. Jamás en la historia ha habido ningún futurólogo que acertara sustancialmente en sus predicciones. El mundo es un sistema regido por el caos. «Caos», ¿eh? Ce, a, o, ese; no el «cacao» con el que se hace el chocolate…

—Ya, si una vez nos lo explicaste: una mariposa aleteando en un extremo de la Tierra puede causar un tornado en el otro.

—Eso es: un sistema regido por el caos.

—Yo quiero ser esa mariposa —dijo Huahua.

—No me has entendido —replicó Gafitas contrariado—: cada uno de nosotros es una mariposa. Cada grano de arena, cada gota de agua es una mariposa también. Por eso el mundo es impredecible.

—Luego está aquello que nos explicaste también del principio de indeterminación…

—Sí: el comportamiento de las partículas microscópicas no se puede predecir, estas solo existen como una onda de probabilidad; luego el mundo por fuerza es impredecible. Y no hay solo un mundo, sino varios: por ejemplo, en el instante en el que tiras una moneda al aire el mundo se divide en dos: uno en el que la cara caerá hacia arriba y otro en el que la cara caerá hacia abajo.

La maestra sonrió.

—Gafitas, tú mismo eres la prueba viviente de que todo es posible: cuando yo tenía tu edad, nunca imaginé que un día llegaría a conocer a un niño que supiera tantas cosas como tú.

—¡Es que Gafitas lee mucho! —dijo otro de los niños, provocando murmullos de asentimiento.

—¡El hijo de la señorita Zheng será más increíble aún! —dijo Huahua—. ¡Quién sabe, igual para cuando nazca, los bebés pueden modificarse genéticamente… para que les crezcan alas!

Todos rieron al oírlo.

—Bueno, chicos —dijo entonces la profesora mientras se ponía de pie—; ¿qué tal si vamos a despedirnos de la escuela?

Salieron del aula liderados por ella y comenzaron a recorrer las instalaciones. Aún no habían encendido las luces y el iluminado de las calles de los alrededores apenas conseguía colarse en el recinto, por lo que todo era silencio y oscuridad. Dejaron atrás los dos aularios, pasaron por delante del edificio de administración, luego del de la biblioteca y, cruzando una hilera de frondosos parasoles chinos, accedieron a la pista de atletismo. Al llegar al centro los cuarenta y cinco se reunieron alrededor de su joven maestra, quien abrió los brazos y, hablando en dirección al cielo, oscurecido por las luces de la gran urbe pero aún visiblemente estrellado, dijo:

—Chicos, hoy termina vuestra infancia.

En aquel momento Pekín era una ciudad sobre la faz de la Tierra.

Y la Tierra, un planeta flotando en el espacio.

Esta pudo haber sido una historia sencilla: la de aquellos cuarenta y cinco niños que se disponían a abandonar aquel colegio para, cada uno por su cuenta, echar a andar por la senda de esa vida que apenas estrenaban.

Aquella pudo haber sido una noche más: una en la que el tiempo hubiera seguido transcurriendo como de costumbre, fluyendo con suavidad como venía haciendo desde el pasado más remoto en dirección al futuro más lejano. «Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río» no era más que una ocurrencia, un desvarío del filósofo griego: el río del tiempo era siempre el mismo; el río de la vida, también. Un río que seguiría fluyendo al mismo ritmo sin pausa y para siempre. La vida y la historia, como el tiempo, serían eternos.

Eso pensaban los habitantes de aquella ciudad. Y el resto de los habitantes de la gran llanura del norte de China. Y los del continente asiático entero. Y todas y cada una de las demás formas de vida basadas en el carbono llamadas humanos que poblaban la Tierra. Aquella noche, en ese lado del planeta, la gente dormiría plácidamente al arrullo de la apacible sensación de eternidad que les proporcionaba aquel río, convencidos de que no existía fuerza capaz de quebrantar la sagrada eternidad de la vida, de que despertarían a un amanecer similar a tantos otros anteriores a ese. Tal convicción, profundamente arraigada en la conciencia de cada individuo, les permitiría seguir tejiendo el mismo sueño de calma y tranquilidad como venían haciendo desde hacía innumerables generaciones.

En un sereno rincón de aquella espléndida noche urbana, sobre la pista de atletismo de una pequeña escuela común y corriente, cuarenta y cinco niños de trece años admiraban las estrellas junto a su joven maestra.

Las grandes constelaciones de la estación invernal como Tauro, Orión o el Can Mayor se habían hundido ya en el horizonte occidental, mientras que las de la estación estival, Lira, Hércules o Libra, seguían luciendo en lo más alto. Todas y cada una, cual ojos distantes, observaban el mundo de los humanos desde los confines más profundos de la noche universal.

Pero esa noche, una de aquellas miradas cósmicas sería distinta.

Esa noche la historia, tal y como la conocía la humanidad, llegaría a su fin.

La era de la supernova – Liu Cixin

Liu Cixin. Es uno de los mejores escritores de ciencia ficción de la actualidad en China y el más conocido sin duda alguna. Ha ganado en numerosas ocasiones el premio Galaxy y en otra ocasión el Premio Nébula. Nacido en 1963 en la ciudad de Yangquan, dejó su trabajo como ingeniero en una central eléctrica para dedicarse por completo a la escritura.

Entre sus influencias más destacadas está la obra de Arthur C Clarke. Su obra más conocida es El problema de los tres cuerpos, que mereció el premio Hugo 2015, la primera vez que se entrega a una obra no escrita originalmente en inglés que reposa en la mesilla de noche de Barack Obama o Mark Zuckerberg, según ellos mismos han confesado.