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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La llave

Género: EróticoNovelasLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

“Este año me propongo escribir libremente sobre un tema del que hasta ahora no me había atrevido jamás a hacer ninguna mención en estas páginas. Siempre he evitado comentar mis relaciones sexuales con Ikuko, pues temo que ella pueda leer a hurtadillas mi diario y sentirse ofendida.” Así comienza este elegante y misterioso relato de corrupción erótica, escrito por uno de los maestros de la literatura japonesa del siglo XX. En La llave, un profesor que lleva casi treinta años de vida conyugal, decide estimular por diversos medios las relaciones con su esposa, una mujer más joven que él, que ha recibido una rígida educación tradicional. Durante el día, tanto el profesor como la bella Ikuko consignan en sus diarios las aventuras de la noche anterior. Cuando, al poco tiempo, empiezan a sospechar mutuamente de leerse los diarios, no dudarán en escribir sus confesiones para los ojos del otro.

Fragmento

1 de enero

Este año me propongo escribir libremente sobre un tema del que hasta ahora no me había atrevido jamás a hacer ninguna mención en estas páginas. Siempre he evitado comentar mis relaciones sexuales con Ikuko, pues temo que ella pueda leer a hurtadillas mi diario y sentirse ofendida. Me atrevería a decir que sabe con precisión dónde lo guardo, pero he decidido no seguir preocupándome por ello. Desde luego, la rancia educación que recibió en Kioto le ha dejado un gran poso de moralidad chapada a la antigua, y la verdad es que más bien me enorgullezco de ello. Me parece improbable que se dedique a hojear los escritos íntimos de su marido. Sin embargo, no lo puedo descartar por completo. Si ahora, y por primera vez, mi diario se centra principalmente en nuestra vida sexual, ¿será ella capaz de resistirse a la tentación? Es una mujer sigilosa por naturaleza, amante de los secretos, que practica siempre la ocultación y finge no saber nada. Y lo peor del caso es que para ella todo eso no es más que pudor femenino. A pesar de que dispongo de varios lugares en los que esconder la llave del cajón cerrado donde guardo este cuaderno, es muy posible que una mujer como ella los haya registrado todos. Y, además, no le costaría nada hacerse con un duplicado de la llave.

Acabo de anotar que he decidido no preocuparme, pero tal vez haya dejado de hacerlo mucho tiempo atrás. Quizás en mi fuero interno haya aceptado que ella lo lea, e incluso haya confiado en que lo haga. En tal caso, ¿por qué cierro el cajón y escondo la llave? Tal vez sea para satisfacer esa necesidad que tiene ella de espiar. Por otro lado, si lo dejo donde es probable que lo encuentre, quizá crea que escribo pensando en que ella me va a leer y sea reacia a confiar en que digo la verdad. Incluso podría pensar que oculto el auténtico diario en alguna otra parte.

¡Ah, Ikuko, mi amada esposa! No sé si vas a leer estas páginas. Sería inútil que te lo preguntara, pues seguramente me responderías que tú no haces esas cosas. Pero en el supuesto de que lo hicieras, créeme, por favor, si te digo que lo anotado aquí no es ninguna invención, que cada palabra es sincera. No voy a insistir más, pues sólo conseguiría resultar más sospechoso. Que el propio diario sea testigo de la verdad que contiene.

No voy a limitarme, por descontado, a las cosas que a ella le gustaría leer. No debo evitar las cuestiones que serán desagradables, incluso dolorosas, para ella. El motivo de que me sienta obligado a escribir sobre esas cuestiones es la extremada reticencia de Ikuko, su «refinamiento», su «feminidad», su presunto pudor, todo cuanto hace que le avergüence hablar conmigo de cualquier cosa de naturaleza íntima, o que le impide escucharme en las infrecuentes ocasiones en que intento contarle alguna anécdota subida de tono. Incluso ahora, después de más de veinte años casados, con una hija ya lo bastante mayor para casarse, Ikuko está dispuesta a poco más que realizar la cópula en silencio. Jamás susurra palabras tiernas y amorosas cuando yacemos abrazados. ¿Es eso propio de un verdadero matrimonio?

Me impulsa a escribir la frustración de no tener jamás la oportunidad de hablarle acerca de nuestros problemas sexuales. A partir de ahora, tanto si lee estas páginas como si no, supondré que lo hace y que le estoy hablando de una manera indirecta.

Ante todo, quiero dejar claro que la amo. Esto es algo que le he dicho no pocas veces, y creo que ella se percata de que es cierto. Pero mi vigor físico no está a la altura del suyo. Este año cumpliré cincuenta y seis (ella debe de tener ahora cuarenta y cinco), una edad en la que uno no está especialmente decrépito, pero de todos modos me fatigo con facilidad cuando hacemos el amor y una vez a la semana o cada diez días es suficiente para mí. Hablar con franqueza sobre este tema es lo que a ella más le desagrada, aunque lo cierto es que, a pesar de la debilidad de su corazón y de que su salud es más bien frágil en general, mi mujer se muestra anormalmente vigorosa en la cama.

Eso es lo único que rebasa mi comprensión, y no sé cómo tomármelo. No se me oculta que soy un marido inadecuado, y no obstante… Supongamos que ella tuviera una relación con otro hombre. (La mera sugerencia escandalizará a Ikuko y me acusará de llamarla inmoral, pero sólo estoy planteando un caso hipotético.) Eso sería más de lo que yo podría soportar. Me basta imaginar semejante cosa para sentirme celoso. Pero lo cierto es que, por consideración a su salud, ¿no debería ella esforzarse un poco por reducir sus excesivos apetitos?

Lo que más me irrita es el declive constante de mi energía. Desde hace algún tiempo, el acto sexual me deja exhausto, y durante el resto de la jornada estoy demasiado cansado para pensar… Con todo, si me preguntara si me disgusta hacerlo contestaría que no, todo lo contrario. En modo alguno le respondo con desgana, y jamás el sentido del deber es un acicate de mi deseo. Para bien o para mal, la amo apasionadamente, y al decir esto he de hacer una revelación que ella juzgaría de repugnante. Debo decir que posee cierto don natural, del que es por completo inconsciente. De haber carecido yo de experiencia con muchas otras mujeres, tal vez no habría sabido reconocerlo, pero estoy acostumbrado a ese placer desde mi juventud, y sé que pocas mujeres tienen la adecuación física de mi esposa para el acto sexual. Si la hubieran vendido a uno de aquellos burdeles elegantes del viejo barrio de Shimabara, habría causado sensación, habría llegado a ser una gran celebridad y todos los libertinos de la ciudad se habrían arracimado en torno a ella. (Quizá no debería mencionar esto, pues, como mínimo, podría perjudicarme. Pero ¿cuál será su reacción cuando lo sepa? ¿Le agradará, se sentirá avergonzada o tal vez insultada? ¿No es probable que finja enojo cuando, en su fuero interno, se siente orgullosa?) Tan sólo pensar en ese don suyo provoca mis celos. Si, por casualidad, otro hombre lo supiera, y supiera también que soy un cónyuge indigno de ella, ¿qué sucedería?

Esta clase de pensamientos me trastornan, aumentan mi sentimiento de culpabilidad hacia ella, hasta que el remordimiento se vuelve intolerable. Entonces hago cuanto puedo por mostrarme más ardiente. Le pido que me bese los párpados, por ejemplo, puesto que soy especialmente sensible al estímulo en ese lugar. Y, por mi parte, hago cualquier cosa que a ella parezca gustarle —besarle las axilas o lo que sea— a fin de estimularla y, de ese modo, excitarme todavía más. Pero ella no reacciona y opone una testaruda resistencia a esos «juegos antinaturales», como si estuvieran fuera de lugar en una relación sexual convencional. Por más que intente explicarle que esta clase de excitación preliminar no tiene nada de malo, ella se aferra a su «recato femenino» y se niega a ceder.

Por otro lado, Ikuko sabe que me inclino por cierto fetichismo de los pies y que admiro los suyos, tan extraordinariamente bien formados, hasta tal punto que nadie diría que son los de una mujer de mediana edad. Aun así, o precisamente a causa de ello, casi nunca me permite verlos. Ni siquiera en plena canícula se descalza. Si quiero besarle el empeine, exclama: «¡Qué asco!» o «¡No deberías tocar semejante parte!». En resumen, me resulta más difícil que nunca tratar con ella.

Que comience el nuevo año dejando constancia de mis quejas parece un tanto mezquino por mi parte, pero creo que es mejor poner estas cosas por escrito. Mañana será la «primera noche» del nuevo año, y sin duda ella querrá que seamos ortodoxos y sigamos la ancestral costumbre. Insistirá en la observación solemne del rito anual.

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