Las estrellas, mi destino

En el siglo XXV, cuando las técnicas de teleportación han cambiado de forma radical la sociedad de la Tierra, un hombre motivado por pasiones extremas emprende una carrera desesperada por cambiarse a sí mismo. Gully Foyle fue abandonado a su suerte y logró sobrevivir milagrosamente a una situación sin esperanzas; desde entonces ha venido acumulando riquezas y poder con un único objetivo: vengarse. «Las estrellas mi destino» es uno de los eternos favoritos de la ciencia ficción, una novela de cabecera para cada generación de lectores que ha existido desde su publicación original en los años cincuenta. Un libro pirotécnico, intenso y rebosante de ideas al que se vuelve, una y otra vez, con placer renovado.

Libro Impreso

PARTE 1

¡Tigre! ¡Tigre! Ardiendo brillante
En los bosques de la noche,
¿Qué ojo o mano inmortal
Pudo idear tu terrible simetría?

Blake

Prólogo

Era una Edad de Oro, una época de grandes aventuras, de vidas frenéticas y muertes violentas… pero nadie pensaba en ello. Era un futuro de fortunas y robos, pillaje y rapiña, cultura y vicios… pero nadie lo admitía. Era una época de posturas extremas, un fascinante siglo de rarezas… pero a nadie le gustaba.

Todos los mundos habitables del sistema solar estaban ocupados. Tres planetas y ocho satélites y once billones de personas llenaban una de las edades más interesantes jamás conocidas y, sin embargo, las mentes todavía añoraban viejos tiempos, como siempre. El sistema solar era un hormiguero de actividad… luchar, alimentarse, procrear, aprender las nuevas tecnologías que aparecían casi antes de que se hubiesen dominado las antiguas, prepararse para la primera exploración a las lejanas estrellas del profundo espacio; pero…

«¿Dónde están las nuevas fronteras?», gritaban los románticos, sin saber que la frontera de la mente se había abierto en un laboratorio situado en Calisto hacia el inicio del siglo veinticuatro: un investigador llamado Jaunte prendió fuego a su banqueta y a sí mismo (accidentalmente), y lanzó un alarido pidiendo socorro con una particular referencia a un extintor de incendios. La sorpresa de Jaunte fue casi tan grande como la de sus colegas cuando se halló al lado de dicho extintor, a veinte metros de distancia de la banqueta incendiada.

Se olvidaron de Jaunte y se introdujeron en los cómos y porqués de su viaje instantáneo de veinte metros. La teleportación —el transporte de uno mismo a través del espacio tan sólo por un esfuerzo mental— había sido un concepto teórico conocido desde hacía tiempo, y existían algunos centenares de pruebas mal documentadas que indicaban que se había producido en el pasado. Ésta era la primera vez que había tenido lugar ante observadores profesionales.

Estudiaron el Efecto Jaunte con salvaje dedicación. Era algo demasiado importante como para investigarlo con miramientos, y Jaunte estaba ansioso por convertir en inmortal su nombre. Hizo testamento y se despidió de sus amigos. Jaunte sabía que iba a morir porque sus compañeros de investigación estaban determinados a matarle si ello era necesario. No cabía duda de esto.

Doce psicólogos, parapsicólogos y neurometristas de distintas especializaciones fueron llamados como observadores. Los experimentadores encerraron a Jaunte en un tanque de cristal irrompible. Abrieron un conducto de agua, que llenaba el tanque, y dejaron que Jaunte viera cómo rompían el control de cierre. Era imposible abrir el tanque; era imposible detener el chorro de agua. La teoría era que, si en la primera ocasión se había necesitado de una amenaza de muerte para instigar a Jaunte a teleportarse, lo mejor que podían hacer era volverlo a amenazar de muerte. El tanque se llenó rápidamente. Los observadores recogieron datos con la tensa precisión de un equipo de astrónomos fotografiando un eclipse. Jaunte comenzó a ahogarse. Y entonces estuvo fuera del tanque, chorreando y tosiendo estrepitosamente. Se había teleportado de nuevo.

Los expertos lo examinaron y lo interrogaron. Estudiaron gráficos y placas de rayos X, esquemas neurales, y su metabolismo. Comenzaron a tener una noción sobre cómo se había teleportado Jaunte. A través de los canales científicos (esto tenía que ser mantenido en secreto) hicieron una petición de voluntarios suicidas. Estaban todavía en el estadio primitivo de la teleportación; la muerte era el único catalizador que conocían.

Informaron cuidadosamente a los voluntarios. Jaunte les dio una conferencia sobre lo que había hecho y sobre cómo creía haberlo hecho. Entonces pasaron a asesinar a los voluntarios. Los ahogaron, los ahorcaron, los quemaron; inventaron nuevas formas de muerte lenta y controlada. Jamás hubo duda alguna entre los sujetos de que iban a matarlos.

El ochenta por ciento de los voluntarios murió, y las agonías y el remordimiento de sus asesinos constituiría un horrible pero fascinante estudio, aunque no tenga lugar en esta historia excepto para subrayar la monstruosidad de aquellos tiempos. El ochenta por ciento de los voluntarios murió, pero el otro veinte jaunteó. (El nombre se convirtió en término designativo casi inmediatamente.)

«Traed de nuevo la época romántica», rogaban los románticos, «cuando el hombre podía arriesgar aún su vida en atrevidas aventuras».

El conjunto de conocimiento creció rápidamente. Para la primera década del siglo veinticuatro, los principios del jaunteo ya estaban establecidos, y la primera escuela fue abierta por el propio Charles Fort Jaunte, que contaba entonces con cincuenta y siete años de edad, ya era inmortal, y al que avergonzaba decir que no se atrevía ahora a jauntear. Pero los días primitivos habían pasado; ya no era necesario amenazar con la muerte a un hombre para hacerle teleportarse. Habían aprendido cómo enseñarle al hombre a reconocer, disciplinar y utilizar otro recurso de su mente ilimitada.

¿De qué modo, exactamente, se teleportaba el hombre? Una de las explicaciones más insatisfactorias fue la suministrada por Spencer Thompson, encargado de relaciones públicas de las Escuelas Jaunte, en una entrevista de prensa.

THOMPSON: El jauntear es como ver; es una aptitud natural de casi todos los organismos humanos, pero tan sólo puede ser desarrollada por el entrenamiento y la experimentación.

PERIODISTA: ¿Quiere decir que no podríamos ver sin practicar?

THOMPSON: Obviamente, usted es soltero o no tiene niños… supongo que ambas cosas.

PERIODISTA: No comprendo.

THOMPSON: Cualquiera que haya observado a un niño aprendiendo a usar sus ojos, lo comprendería.

PERIODISTA: Pero ¿qué es la teleportación?

THOMPSON: Es el transportarse a uno mismo desde un lugar a otro mediante el único esfuerzo de la mente.

PERIODISTA: ¿Quiere decir que podemos pensar en trasladarnos… digamos… desde Nueva York a Chicago?

THOMPSON: Precisamente; siempre que se comprenda perfectamente una cosa. Para jauntear de Nueva York a Chicago es necesario que la persona que se teleporta sepa exactamente dónde está cuando parte y a dónde va.

PERIODISTA: ¿Y cómo es eso?

THOMPSON: Si estuviera en una habitación oscura y no supiera dónde se halla, le sería imposible jauntear, con seguridad, a cualquier parte. Y si supiera dónde está, pero tratase de jauntear a un lugar que nunca hubiera visto, nunca llegaría allí con vida. Uno no puede jauntear desde un punto de partida desconocido a un destino desconocido. Deben ser conocidos, memorizados y visualizados ambos.

PERIODISTA: Pero ¿y si sabemos dónde estamos y a dónde vamos?

THOMPSON: Podemos estar bastante seguros de que jauntearemos y llegaremos.

PERIODISTA: ¿Llegaremos desnudos?

THOMPSON: Si salimos desnudos. (Risas.)

PERIODISTA: Quiero decir: ¿se teleportan con nosotros nuestras ropas?

THOMPSON: Cuando se teleporta la gente, también teleportan consigo las ropas que llevan puestas y cualquier cosa que lleven encima. Lamento desengañarle, pero hasta las ropas de las señoras llegan con ellas. (Risas.)

PERIODISTA: Pero ¿cómo lo hacemos?

THOMPSON: ¿Cómo pensamos?

PERIODISTA: Con nuestras mentes.

THOMPSON: Y ¿cómo piensa la mente? ¿Cuál es el proceso del pensamiento? ¿Cómo, exactamente, recordamos, imaginamos, deducimos, creamos? ¿Cómo operan las células del cerebro?

PERIODISTA: No lo sé. Nadie lo sabe.

THOMPSON: Y nadie sabe tampoco exactamente cómo nos teleportamos, pero sabemos que podemos hacerlo, tal y como sabemos que podemos pensar. ¿Ha oído hablar de Descartes? Dijo: Cogito ergo sum. Pienso, luego existo. Nosotros decimos: Cogito ergo jaunteo. Pienso, luego jaunteo.

Si se piensa que la explicación de Thompson es exasperante, inspecciónese este informe de Sir John Kelvin a la Royal Society sobre el mecanismo del jaunteo:

Hemos establecido que la habilidad teleportativa está asociada con los cuerpos Nissl, o la Sustancia Tigroide de las células nerviosas. La Sustancia Tigroide es demostrada con mayor facilidad por el método de Nissl, usando 3,75 g de azul de metileno y 1,75 g de jabón de Venecia disueltos en 1.000 cc de agua. Donde no aparece la Sustancia Tigroide, resulta imposible el jaunteo. La teleportación es una Función Tigroide. (Aplausos.)

Cualquier hombre era capaz de jauntear siempre que desarrollase dos facultades: visualización y concentración. Tenía que visualizar, completamente y con precisión, el punto al que deseaba teleportarse; y tenía que concentrar la energía latente de su mente en un solo impulso para ir hasta allí. Sobre todo, tenía que tener fe… la fe que Charles Fort Jaunte no recuperó nunca. Tenía que creer que jauntearía. La mínima duda bloqueaba el impulso mental necesario para la teleportación.

Las limitaciones con que nace cada hombre coartaban necesariamente la habilidad para jauntear. Algunos podían visualizar magníficamente y calcular las coordenadas de su destino con precisión, pero no disponían de la energía para llegar allí. Otros tenían la energía, pero no podían, por así decirlo, ver el lugar hacia el que jauntear. Y la distancia establecía la limitación final, pues nadie había jaunteado más allá de un millar y medio de kilómetros. Uno podía realizar un viaje a través de saltos sucesivos sobre tierra y agua desde Nome hasta México, pero ninguno de esos saltos podía exceder los mil quinientos kilómetros.

Para los años veinte del siglo veinticuatro, se había hecho común el siguiente tipo de impreso de petición de empleo:

Este espacio está reservado para identificación retinal.

NOMBRE
(En letras mayúsculas) 1er apellido, Nombre.

RESIDENCIA (Legal)
Continente/País/Provincia

CATEGORÍA DE JAUNTEO
(Clasificación oficial: marque uno solamente.)
M (1.000 km)
L (50 km)
D (500 km)
X (100 km)
C (10 km)
V (5 km)

La antigua Jefatura de Tráfico se encargó del nuevo trabajo y regularmente examinaba y clasificaba a los aspirantes a jaunteadores. Y los clubes automovilísticos se transformaron en clubes de jaunteo.

A pesar de todos los esfuerzos, ningún hombre había logrado jauntear a través del vacío espacial, aunque muchos expertos y tontos lo habían intentado. Helmut Grant, por ejemplo, se pasó un mes memorizando las coordenadas de un viaje por jaunteo a la Luna, y visualizó cada kilómetro de la trayectoria de 480.000 kilómetros desde Times Square a Ciudad Kepler. Jaunteó y desapareció. Nunca lo hallaron. Ni tampoco a Enzio Dandridge, un creyente resurreccionista de Los Angeles que partió en busca del cielo; ni a Jacob María Freundlich, un parafacultativo que debería haber sabido lo que se hacía cuando jaunteó hacia el espacio profundo en busca de metadimensiones; ni a Shipwreck Cogan, un buscador profesional de notoriedad; ni a centenares de otros, lunáticos, neuróticos, escapistas y suicidas. El espacio estaba cerrado a la teleportación. El jaunteo quedaba restringido a la superficie de los planetas del sistema solar.

Pero al cabo de tres generaciones, el sistema solar entero estaba jaunteando. La transición fue aún más espectacular que el cambio del caballo y carro a la época de la gasolina cuatro siglos antes. En tres planetas y ocho satélites, las estructuras sociales, legales y económicas se derrumbaron, mientras nuevas costumbres y leyes originadas por el jaunteo universal aparecían en su lugar.

Hubo luchas por la propiedad originadas cuando los pobres que jaunteaban se marcharon de sus barrios míseros para ir a las llanuras y los bosques, cazando el ganado y los animales salvajes. Hubo una revolución en los hogares y en la construcción de edificios: tuvieron que crearse laberintos y sistemas de enmascaramiento para impedir la entrada ilegal en ellos por jaunteo. Hubo hundimientos y pánico y huelgas y hambre cuando dejaron de existir ciertas industrias prejáunticas.

Aparecieron plagas y epidemias cuando vagos jaunteantes llevaron las enfermedades y los parásitos a países indefensos. La malaria, la elefantiasis y las fiebres tropicales aparecieron tan al norte como Groenlandia; la hidrofobia regresó a Inglaterra tras una ausencia de trescientos años. Las plagas del campo locales se extendieron a los más remotos rincones del planeta y, desde un olvidado punto apestado de Borneo, reapareció la lepra, que hacía tiempo se suponía extinta.

Oleadas de crímenes cubrieron los planetas y satélites cuando el bajo mundo comenzó a jauntear por las noches, y se produjeron escenas brutales cuando la policía luchó con los criminales, sin darles cuartel. Hubo un repugnante retorno al más oscurantista recato del victorianismo cuando la sociedad luchó con los peligros sexuales y morales del jaunteo a través del protocolo y los tabúes. Una cruel y horrible guerra estalló entre los Planetas Interiores: Venus, La Tierra y Marte, y los Satélites Exteriores… una guerra ocasionada por las presiones económicas y políticas de la teleportación.

Hasta que amaneció la Edad de Jaunte, los tres Planetas Interiores (y la Luna), habían vivido en un delicado balance económico con los siete Satélites Exteriores habitados: Ío, Europa, Ganímedes y Calisto, de Júpiter; Rea y Titán, de Saturno, y Lassell de Neptuno. Los Satélites Exteriores Unidos suministraban materias primas a las fábricas de los Planetas Interiores, y un mercado para sus productos manufacturados. En el espacio de una década, este balance fue destruido por el jaunteo.

Los Satélites Exteriores, jóvenes mundos en crecimiento, habían comprado el setenta por ciento de la producción de medios de transporte de los P.I. El jaunteo terminó con esto. Habían comprado el noventa por ciento de la producción de aparatos de comunicación de los P.I. El jaunteo acabó también con esto.

Por consiguiente, las compras por parte de los P.I. de materias primas procedentes de los S.E. descendieron vertiginosamente.

Con los intercambios comerciales acabados, era inevitable que la guerra económica se convirtiese en una guerra bélica. Los grandes cartels de los Planetas Interiores rehusaban enviar bienes de equipo a los Satélites Exteriores, tratando de protegerse de la competencia. Los S.E. confiscaron las plantas industriales que ya se encontraban en sus mundos, rompieron los acuerdos sobre patentes, ignoraron el pago de los royalties… y comenzó la guerra.

Era una edad de monstruos, de seres deformes y grotescos. Todo el mundo estaba retorcido en formas maravillosas y malevolentes. Los clasicistas y románticos que lo odiaban no se daban cuenta de la grandeza potencial del siglo veinticinco. Estaban ciegos para los fríos hechos de la evolución… para la idea de que el progreso surge del choque de extremos antagónicos, del matrimonio de monstruosidades máximas. Tanto los clasicistas como los románticos desconocían el hecho de que el sistema solar estaba situado trémulamente en el borde de una explosión humana que transformaría al hombre y lo convertiría en el dueño del universo.

Es en este escenario del siglo vigésimoquinto donde se inicia la vengativa historia de Gulliver Foyle.

Las estrellas, mi destino – Alfred Bester

Alfred Bester. Escritor y periodista estadounidense nacido en Nueva York el 18 de diciembre de 1913 y fallecido el 18 de diciembre de 1987 en Doylestown, Pennsylvania. Es considerado como uno de los más importantes escritores de ciencia ficción de mediados del siglo XX. Aunque trabajó escribiendo guiones para radio y televisión, se hizo popular con su novela de 1952-1953 (fue publicada por entregas en la revista Galaxy) El hombre demolido (The Demolished Man), que fue merecedora de la primera edición del Premio Hugo, el más importante del mundo de género fantástico. Su siguiente novela importante, Las estrellas, mi destino (The Stars My Destination, 1955) supuso su confirmación como uno de los autores más importantes de aquellos primeros tiempos de la ciencia ficción moderna. Sin embargo, no hablamos de un autor prolífico: abandonó la ficción para trabajar para la revista Holiday, de la que llegó a ser redactor jefe, no retomando la ciencia ficción hasta la década de los setenta, aunque su retorno fue un fracaso tanto de crítica como de público.