No es país para viejos

El cazador y veterano de Vietnam Llewelyn Moss descubre por casualidad la sangrienta escena de una carnicería entre narcos en algún lugar de la frontera entre Texas y México. Entre los cuerpos y los paquetes de heroína, descubre también algo más de dos millones de dólares. A partir de este momento comienza la violenta carrera de Moss por escapar de los que quieren darle caza: Wells, ex agente de las Fuerzas Especiales contratado por un poderoso cartel; Anton Chigurh, una implacable máquina de matar, para quien recuperar el dinero de sus jefes es apenas la excusa para descargar una y otra vez su arma y poner en práctica su máxima: no dejar nunca testigos, y un sheriff veterano de la segunda guerra mundial que añora los viejos buenos tiempos y esconde un doloroso secreto que lo mantiene vivo.

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Mandé a un chico a la cámara de gas en Huntsville. A uno nada más. Yo lo arresté y yo testifiqué. Fui a visitarlo dos o tres veces. Tres veces. La última fue el día de su ejecución. No tenía por qué ir, pero fui. Naturalmente, no quería ir. Había matado a una chica de catorce años y os puedo asegurar que yo no sentía grandes deseos de ir a verle y mucho menos de presenciar la ejecución, pero lo hice. La prensa decía que fue un crimen pasional y él me aseguró que no hubo ninguna pasión. Salía con aquella chica aunque era casi una niña. Él tenía diecinueve años. Y me explicó que hacía mucho tiempo que tenía pensado matar a alguien. Dijo que si le ponían en libertad lo volvería a hacer. Dijo que sabía que iría al infierno. De sus propios labios lo oí. No sé qué pensar de eso. La verdad es que no. Creía que nunca conocería a una persona así y eso me hizo pensar si el chico no sería una nueva clase de ser humano. Vi cómo lo ataban a la silla y cerraban la puerta. Puede que estuviera un poco nervioso pero nada más. Estoy convencido de que sabía que al cabo de quince minutos estaría en el infierno. No me cabe duda. Y he pensado mucho en ello. Era de trato fácil. Me llamaba «sheriff». Pero yo no sabía qué decirle. ¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma? ¿Qué sentido tiene decirle nada? Pensé mucho en ello. Pero él no era nada comparado con lo que estaba por venir.

Dicen que los ojos son el espejo del alma. No sé qué podían reflejar sus ojos y creo que prefiero no saberlo. Pero hay otra manera de ver el mundo y otros ojos con los que verlo, y a eso es a lo que voy. Esto me ha puesto en una situación a la que nunca pensé que llegaría. En alguna parte hay un verdadero profeta viviente de la destrucción y no quiero enfrentarme a él. Sé que es real. He visto su obra. Una vez tuve esos ojos delante de mí. No pienso arriesgarme a plantarle cara. No es solo que me haya hecho viejo. Ojalá fuera eso. Tampoco puedo decir que se trate de lo que uno está dispuesto a hacer. Porque yo siempre supe que para hacer este trabajo tenías que estar dispuesto a morir. Así ha sido siempre. Tienes que estarlo aunque no sea motivo de ostentación. Si no, ellos lo saben. Lo notan enseguida. Creo que se trata más bien de lo que uno está dispuesto a ser. Y pienso que un hombre pondría en peligro su alma. Y eso no lo voy a hacer. Ahora creo que quizá no lo habría hecho nunca.

El ayudante dejó a Chigurh de pie en un rincón de la oficina con las manos esposadas a la espalda mientras él se sentaba en la butaca giratoria y se quitaba el sombrero y ponía los pies en alto y llamaba a Lamar por el móvil.

Acabo de entrar, sheriff. Llevaba encima una especie de cosa como las bombonas esas de oxígeno para el enfisema o como se llame. Llevaba también una manguera por dentro de la manga conectada a una de esas pistolas de aire comprimido que usan en los mataderos. Sí, señor. Eso es lo que parece. Podrá usted verlo cuando venga. Sí, señor. Lo tengo vigilado. Sí, señor.

Cuando se levantó de la butaca se sacó las llaves del cinturón y abrió el cajón del escritorio para coger las llaves de la celda. Estaba ligeramente encorvado cuando Chigurh se puso en cuclillas y pasó las manos esposadas por detrás hasta la parte posterior de sus rodillas. En el mismo movimiento se sentó y se meció hacia atrás y pasó la cadena bajo sus pies y luego se incorporó rápidamente y sin el menor esfuerzo. Si parecía algo que hubiera practicado muchas veces, lo era. Pasó las manos esposadas por encima de la cabeza del ayudante y dio un salto y descargó ambas rodillas sobre la nuca del ayudante y tiró de la cadena.

Cayeron al suelo. El ayudante trataba de meter las manos por dentro de la cadena pero no podía. Chigurh se quedó tumbado tirando de las esposas con las rodillas entre los brazos y la cara apartada. El ayudante se debatía como un loco y había empezado a desplazarse en círculo por el suelo, volcando la papelera, mandando la silla de una patada al otro lado de la habitación. Cerró la puerta de un puntapié y se enredó con la pequeña alfombra al girar. Sangraba por la boca y borboteaba. Se estaba ahogando con su propia sangre. Chigurh solo tiró con más fuerza. Las esposas niqueladas se le hincaban en la piel. La arteria carótida del ayudante reventó y un chorro de sangre salió disparado chocando contra la pared y resbalando por ella. Las piernas del ayudante se aflojaron hasta quedar quietas. Se convulsionó en el suelo. Luego dejó de moverse por completo. Chigurh siguió sujetándolo, su respiración acompasada. Cuando se levantó cogió las llaves que el ayudante llevaba en el cinto y se liberó y se metió el revólver del ayudante por la cintura del pantalón y entró en el cuarto de baño.

Se pasó agua fría por las muñecas hasta que dejaron de sangrar y arrancó con los dientes varias tiras de una toalla de manos y se vendó las muñecas y volvió al despacho. Se sentó encima de la mesa y se apretó los vendajes con cinta adhesiva, mirando detenidamente al hombre que yacía muerto en el suelo con los ojos abiertos. Cuando hubo terminado sacó la cartera que el ayudante llevaba en el bolsillo y cogió el dinero y se lo guardó en el bolsillo de la camisa y tiró la cartera al suelo. Luego agarró el depósito de aire y la pistola de aire comprimido y salió por la puerta y montó en el coche del ayudante y reculó para dar la vuelta y salió disparado.

En la interestatal divisó un turismo Ford último modelo ocupado únicamente por el conductor y encendió las luces y dio unos toques de sirena. El coche se arrimó al arcén. Chigurh se detuvo detrás y apagó el motor y se echó el depósito de aire al hombro y se apeó. El hombre lo estaba observando por el retrovisor.

¿Qué ocurre, agente?, dijo.

¿Quiere usted hacer el favor de bajarse del vehículo?

El hombre abrió la puerta y salió del coche. ¿De qué se trata?, dijo.

Apártese del vehículo, por favor.

El hombre obedeció. Chigurh distinguió la sombra del recelo en sus ojos ante aquel individuo manchado de sangre, pero ya era tarde. Puso la mano sobre la cabeza del hombre como un curandero. El silbido neumático y el clic del percutor sonaron como una puerta al cerrarse. El hombre cayó al suelo sin emitir sonido alguno. Tenía un agujero redondo en la frente del que salía sangre a borbotones, sangre que le entró en los ojos llevándose consigo el mundo visible que se desgajaba lentamente. Chigurh se limpió la mano con su pañuelo. No quería que ensuciaras el coche de sangre, dijo.

No es país para viejos – Cormac McCarthy

Cormac McCarthy. De nombre Charle McCarthy, se trasladó con cuatro años a Knoxville, y estudió Humanidades en la Universidad de Tennesee, estudios inconclusos pues ingresó en la Fuerza aérea en la que estuvo cuatro años. Tras ello, intentó de nuevo, sin éxito, terminar sus estudios. Marchó a Chicago comenzando a publicar en 1965. Viajó dos veces por Europa gracias a sendas becas, y se casó tres veces. Tras su último matrimonio marchó a vivir a Nuevo México, no conociéndose muchos datos de él por la celosa reserva de su intimidad. Trabaja también como guionista cinematográfico, y varias d sus obras han sido adaptadas al cine. Ha obtenido varios premios, destacando el Pulitzer de novela en el año 2007.

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No es país para viejos

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