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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

La espalda marcada

Antes de meterse a la ducha se detiene en el espejo. Las manos le recorren la cara, los labios y los lados de la nariz

Antes de meterse a la ducha se detiene en el espejo. Las manos le recorren la cara, los labios y los lados de la nariz. Le había respondido no pasa nada; y no pudo disfrutar la mejor parte aunque se lo propuso. Quizás por eso no logró gemir con desesperación, ahogarse. Frotándose revisa el pecho, los brazos, el cuello y la espalda. Le daría mucha vergüenza que le vieran nuevamente la espalda marcada.

Después que terminaba de hacer el amor le temblaban las piernas y cantaba, pero esta vez no, esta vez las piernas están rígidas y no canta. Se frota para relajarse, para entrar a la tina relajado. Cierra la puerta con mucho cuidado para que no entre, no desea que entre a verlo, que le descorra la cortina y se quede con los ojos fijos en él; y él ahí, moviéndose, moviéndole la figura para que lo contemple entero. Le molesta que entre a llenarle la espalda de jabón, a frotarlo, a besarlo con el agua corriéndole por el cuerpo, goteándole desde la boca hasta los pies.

Esta vez siente un odio desconocido hacia él mismo y nadie tiene la culpa, porque él nació así, con esas ganas. Descorre la cortina y se ubica debajo de la llave, por donde debe salir, impetuoso, el chorro de agua caliente. En su casa siempre lo hacía con calentador, cubo y jarrito. No abre la llave, se sienta en la tina. Del cuarto le preguntan por qué te demoras tanto, necesito utilizar el baño. Odia con más fuerza, se odia. Sabe que tiene que apurarse. “Puse unas cervezas en el refrigerador”, dicen desde fuera de la ducha, “y a Pablito Milanés”, pero pierde las palabras al abrir la llave. Un chorro le cae como una plomada en el centro de la cabeza, en el pecho, en el cuello, en el sexo, en la garganta al estirar la cabeza hacia atrás. “Quiero estar contigo mientras canta Pablito”. Sabe que lo dijo para que le diga pasa, como otras veces, pero abre más la llave; que se escuche a Pablito fuera de la ducha, que él escuche solo el ruido del agua.

Cruza los brazos en un acto de protección y observa el techo. Desea salir por el techo; es más inalcanzable desde la posición de sentado. “Me voy a lavar la cabeza”, dice alto para que lo escuche. Vuelve a mirar el techo con ganas de escapar. “No es culpa mía, el arte me ha encerrado en su prisión, me ha hecho prisionero de mí”.

 

II

 

Miguel apareció en el café de la esquina. Se sentó sin pedir permiso, concentrado en el manojo de papeles, revisando con mucho detenimiento, como cosiendo una herida a lápiz y a goma, declamando a veces los parlamentos de los personajes. La camarera lo atendió al momento aunque Miguel seguía absorto con la cabeza gacha.

Nunca le importaba quién estaba en la mesa, como si solo existieran para él los cigarros, el café, y por supuesto, los papeles. Por eso no pudo darse cuenta que golpeó la mesa con mucha fuerza, que los presentes voltearon la mirada.

—Terminé —dijo—; Martica, sírveme un café doble.

Se percató de que había un muchacho en la mesa; le llamó la atención porque traía unos libros y leía mientras tomaba café.

—Martica —repitió. Y dirigiéndose al joven—: ¿me aceptas un café?

Un gesto afirmativo y la camarera llenó las dos tazas.

—¿Te gusta leer?

—Sí, es una de las cosas que me quedan.

Miguel sonrió ligeramente.

—¿Quieres que te quede algo mejor?

—¿Y usted… es verdad que usted es escritor?

Miguel sacó el fajo de papeles con la mueca de la sonrisa.

—Al menos lo intento, pongo a incontables personajes en situaciones difíciles.

—¿Más difícil que la suya?

—A veces.

—¿Y escribe cosas autobiográficas?

—Creo en la literatura autobiográfica, es la manera de ver la vida, es lo que quieres que sea, o que no sea, to be or not to be.

—¿Pero ya tiene premios y libros publicados?

Miguel recogió los papeles para decir que no, que ganar premios y publicar no era así como así. No le importaban los premios, publicar sí, y le explicó el largo proceso de las editoriales.

—¿Y qué está escribiendo ahora?

—Una novela, es una novela sobre este café.

Miguel hizo silencio para encender otro cigarro, se quedó mirando hacia afuera y después a Martica para que volviera a servirle. El muchacho negó esta vez.

—¿Y qué te gusta leer?

—Ya ve, Vargas Llosa y Cortázar. Ahora todo el mundo dice Vargas Llosa y Cortázar.

Miguel continuó con la sonrisa y dejó que el muchacho expusiera sus ideas.

—¿De qué trata la novela?

—Es sobre un café a donde van diferentes artistas: del arte y del sexo.

Miguel miró hacia la entrada del café. Un grupo reducido de hombres y mujeres blanquísimos entraban al local llenos de paquetes, pomos con agua y refrescos. Miguel sonrió, el muchacho observaba indistintamente los dos planos.

—Hay una muchacha de un vestido rojo que estudia en la universidad.

Le hizo otra seña a la camarera. El muchacho volvió a negar el café.

—El personaje principal es un hombre que es estibador, después de la jornada de trabajo va a un café. Es escritor.

—¿Usted cree que resulte?

—¿Qué cosa, que el hombre sea escritor?

—En los cuentos que he leído últimamente siempre hay algún escritor, muy intelectual.

—¿Lees bastante?

—Las revistas que me caen a la mano.

—Este hombre escribe al final de cada día, mejor dicho en el comienzo de los días, después de mirar noche tras noche a los personajes, a su ambiente.

—¿Y usted en qué trabaja?

Miguel se mantuvo mirando el grupo de hombres y mujeres blanquísimos, la cortesía de los rastafaris con los señores y señoras, a la muchacha del vestido rojo que se sentó entre ellos a fumar.

—Son cosas así —dijo Miguel—. ¿Y qué haces tú?

—Nada que ver con el arte aunque sí con la escritura. Soy maestro primario, pero siempre quise ser artista: cantante, actor, bailarín. Mejor ni le cuento, sino también me hará uno de esos personajes.

—La novela tiene lenguaje de adultos, violencia, sexo… y una historia de amor.

Miguel le hizo una seña a la camarera y ella se acercó a cobrar.

—También hay un personaje que se llama Marta, es una dulzura.

Le cogió la nalga.

—Espero que me la dejes leer —dijo ella.

—Claro, mi cielo.

Miguel se paró y se fue sin despedirse. El muchacho lo siguió con la vista, quiso decirle que en esos momentos no estaba trabajando, quiso decirle que nunca lo aceptaron en el grupo de danza de la casa de la cultura a pesar de describir los erizamientos mientras observaba el ballet de la televisión, quería ser músico demostrando que sabía fragmentos de la biografía de Mozart, hablar de música tradicional cubana, quería decirle que se metía en la ducha a afinar la voz, a actuar y a bailar, lo importante era ser artista en algún momento. Se miraba en el espejo para resaltar su belleza y soñaba con las fotografías en la prensa y su imagen en las pantallas, su imagen en algunos spots de promoción.

—¿Vas a tomar más café?

Respondió que no con un movimiento de cabeza y levantándose. Le contaría en otra ocasión si se encontraban, o mejor no le contaba nada de su vida a un desconocido. La camarera comenzó a recoger las tazas.

—¿En qué trabaja?

—¿Miguel…? Dicen que es escritor, pero lo que yo sí sé es que estiba en un almacén.

 

III

 

Cierra la llave y se abraza, como protegiéndose de él mismo. Nunca se había arrepentido, y ahora quiere desprenderse del pasado, del presente inmediato.

El agua le corre por el cuerpo y la mira perderse por el tragante. La empuja para que la tina se escurra. “No tenía que haberlo hecho”, dice, “pude hacer otra vida con Sucel, si hubiera seguido con ella también lo hubiera logrado”. Sin embargo, duda, hay muchos incidentes que lo hacen dudar.

De lo que sí está seguro es que quiso a Sucel, aún la sigue queriendo. Nadie había sido tan intensa y delicada, tan mujer. Con ella no existía el tiempo, los esquemas, el centro del mundo, por eso no le resulta fácil escuchar su propio nombre y el de Sucel en la boca de sus padres, en la propia voz de Sucel; imaginarla encerrada en su cuarto, lejos de los paquetes de pastillas, quejándose de haberlo conocido un sábado a las diez frente al correo, cuestionándose por qué le dio la hora, por qué se rió con el piropo, por qué se fue a sentar con él, a contemplar a Martí mientras escribía en el parque. Pero ella no podría olvidar los momentos en que andaban cogidos de la mano a pleno sol, o a media noche, cuando las madrugadas eran frías o calientes, cuando desandaban borrachos, cuando se quedaban desnudos descubriéndose detalles. No entiende por qué recuerda después de tanto tiempo. “Creí que me había acostumbrado”, dice, “pero no me acostumbro a vivir sin ti, Sucel”.

Sucel se fue a vivir con él a pesar de los largos discursos de su madre por casarse a los veinte años, pero ella dijo me voy, puedes ir a verme cuando quieras. Y tuvieron una cocina y un cuarto para ellos solos. Hasta la tarde en que Sucel le dijo me engañaste, yo que confiaba en ti. Y le dio golpes, y quiso matarlo a golpes, rajarle la cara con las uñas, castrarlo. Le gritó, le lanzó lo que tuvo a mano, intentó suicidarse.

Siente pena por Sucel, o lástima, no lo sabe. Ella siempre dudaba de los hombres. Tuvo miedo de hacer el amor por primera vez, como si fuera a morirse. Y la recuerda nerviosa, temblando de cuerpo entero, apretando las piernas. Después dijo que si esa relación terminaba no lo iba a hacer con ningún otro. Sabe que Sucel cumple lo que dice. “Quizás no puedas recuperarte, Sucel, pero pienso en ti a pesar de todo”.

Desde niño la madre decía Yordy va a ser un artista famoso, y él se lo fue creyendo, se lo creyó aún más cuando le compró una guitarra y lápices de colores, cuando lo enseñó a declamar, cuando lo puso a bailar en público. “¿Hay que llegar a eso para sentir el triunfo?”. El triunfo era un sueño repetitivo, un estado irreconocible. Pasa las manos por los brazos, confundido: “¿Será esto o aquello el placer?”. No caben explicaciones a los instintos, a los intereses. Desde niño soñó con la victoria, como si fuera uno de los grandes emperadores o uno de los héroes que había leído en los libros o había visto en la televisión.

Lo tomó con más fuerza el día en que la maestra hizo la competencia para encontrar al alumno que mejor leía, y lo pararon al frente de los demás pioneros y maestros y le regalaron lápices, gomas y libretas y un distintivo que le hacía diferente la manga derecha de la camisa. Y las maestras le decían al resto tienen que ser como Yordanis, hay que aprender a leer y a escribir así.

Cree firmemente en la victoria. Sonríe al recordar, todavía cree en ella de la misma manera. Ya está saliendo en los periódicos, en la radio y la televisión. Ya tiene una computadora donde trabajar, una flor amarilla al lado, un té negro y la alfombra para permanecer de pie, aunque también recuerda un chiste gráfico donde aparece un hombre frente al ordenador y un parlamento: Ya me compré la computadora. ¿Cuánto costará el talento? No quiere pensar en eso. Es un chiste, sólo eso.

“Están hablando de ti”, dicen desde fuera de la ducha. Abre la llave nuevamente para no escuchar. “Tus padres estarán recordándote; ven, mira que bien sales”. “Estoy enjabonado”. “¡Ven así mismo!” Supone que su madre, en este mismo momento, llora. Ella lo perdonará cuando los vecinos le digan salió tu hijo en el televisor, salieron juntos. “Ella me perdonará”, dice. Imagina al padre en la esquina del dominó negándolo a tiempo completo, dándose un buche de ron, pero recordando cómo lo llevaba a beber cervezas, cómo lo enseñaba a manejar para dejarle el carro y que conquistara medio mundo. “Seguro mamá no tiene zapatos para ir a la consulta”, piensa, “ni papá para comprar la medicina de la diabetes”. Les había mandado el cuarto giro del mes, y seguro el cartero lo regresaría como los anteriores. Supone que Sucel volverá al intento, mientras esperan a que él salga de la ducha.

 

IV

 

Ni siquiera le dijo a Miguel que se llamaba Yordanis, pero después de verlo y escucharlo ansiaba llenar, como esa noche, unas cuantas cuartillas. Podía ser artista de otra manera, y aunque alguna gente dijera el arte y la literatura, escribir era otro arte, tan difícil como las demás. Quería decirle que había comenzado imitando a Vargas Llosa y a Cortázar aunque fuera un atrevimiento, pero que era esa literatura la que le gustaba leer, y escribiría lo que le gustaba.

Esa noche repasó en la memoria si algún escritor, aunque fuera local, se llamaba Yordanis, le sonaba muy feo al oído y comenzó a buscarse un seudónimo. Quizás se quedaría con Julio Denis, o tal vez Mario V., pero sentía pérdida de autenticidad, que los conocidos no lo reconocerían cuando dijeran tal libro de Julio Denis o Mario V. Esa noche había amanecido escribiendo a mano, llenó varias hojas a tinta de bolígrafo, ni siquiera respondió las caricias de Sucel. Y ella le preguntó, antes de irse al trabajo, si le sucedía algo, porque la noche en que él fue al café se habían molestado. Y él le dijo no, mi amor, y le dio un beso y la sentó en las piernas. Entonces Sucel le preguntó qué escribía. Un poema para ti. Y no era un poema aunque él le recitó Tiempo de Dulce María Loynaz. Había comenzado a escribir una historia que sucedía en un café. Era la historia de un muchacho que descubrió las ganas de ser escritor cuando conoció a un hombre que frecuentaba el sitio para escribir novelas.

Necesitaba que alguien le diera su punto de vista sobre su historia y Miguel era el más indicado. Decidió volver al café para encontrarlo, para intercambiar sobre literatura. ¿La camarera le había dicho estibador?, ¿cómo un hombre podía escribir después de trabajar tan fuerte? Quiso salir a encontrarlo, verlo montando sacos en un camión o revisando las escrituras.

Encontró a Miguel en el café, le pidió permiso y se sentó en la mesa.

—¿Avanza la lectura con Cortázar y Vargas Llosa, o ya estás leyendo algo nuevo?

Sentía pena para responder.

—Son cosas mías, unas meteduras de pata.

—¿Poesía o cuento?

—Intento una novela —dijo más apenado aún—; va siendo largo, con muchos personajes y situaciones difíciles.

—¿Sobre qué?

—Un muchacho que quiere ser escritor.

Miguel sonrió y llamó a Marta con un gesto de mano izquierda. Trajo otra taza y sirvió los dos cafés.

—Si quieres puedes leerme algo, no soy como esos que enseguida se creen escritores, no soy muy buen maestro pero me gusta enseñar lo poco que sé, y más a los jóvenes. Lee, ya estoy dándote mucho verbo.

El muchacho leyó unas cuantas páginas con mucho fervor, como cuando una persona cree de verdad en lo que ha hecho, hizo gestos y exclamaciones.

—No te contagies —interrumpió Marta—, no quiero más escritores aquí; basta con uno. Dicen que donde se reúne más de uno puede explotar una bomba. No me miren así, eso no lo digo yo, lo dicen algunos que vienen a tomar café.

—No le hagas caso, siempre hay gente que habla mucha mierda, suficiente. Los escritores también son humanos, viven y padecen.

Yordanis se quedó mirando a Marta. Miguel le cogió la nalga y le dijo algo al oído. Ella se rió y le hizo una seña al muchacho con el índice cerca del ojo como diciendo ¿ves? Y en alta voz:

—Es que el viene de estibar todo el día, es mucho toqueteo. ¡Y eso que es escritor!

—Ya te lo dije, los escritores también viven y padecen. Estibar es tan duro y sucio como la literatura.

Marta volvió a reír.

—¿Y qué tú crees que es servir todo el día en este café?

—Igual, Marta, igual que ser estibador. Y no quieras imaginar el trabajo que da quedar satisfecho con algún texto, el escritor es tremendo insatisfecho.

—Me consta, me consta…

—No, no es solamente eso que imaginas. Tú sirves y el cliente se complace con un buen café.

—¿Y si queda amargo?

—Pones el azúcar en la mesa, cada cliente lo pone a su gusto.

—¿Y tú no puedes?

—No es igual, cuando escribes con un estilo y no le gusta a la gente te jodes, no puedes agregar más azúcar. Hay que ser certero. Tú, si no le gusta el café estás cerca del cliente, le pides disculpas, le ofreces otro y le muestras tu sonrisa preciosa, el movimiento de las nalgas.

—Tú como siempre.

—Es así, el escritor está jodío. Cargar sacos pesa, pero la literatura es un saco más pesado, con él nunca se puede, no se puede dominar aunque llegue un momento en el que tengas mañas. Mira, este muchacho quiere ser escritor, y realmente tiene talento, por supuesto comienza ahora y tiene que trabajar. Nunca había escrito algo, dice él, y le creo, y le ha salido muy bien. Tiene sangre de escritor. Ni él, ni tú, ni yo sabemos por qué se escribe, por qué cada uno de nosotros trae esas cosas.

Marta sirvió de nuevo el par de cafés y se fue a atender a la muchacha del vestido rojo que había llegado en un nuevo grupo.

Yordanis se sintió feliz por las palabras de Miguel y aunque lo invitó a la casa, respondió negativamente. Pero ese día Miguel le sugirió a Chéjov, Tolstoi, Dostoievski, Gogol y Turguéniev. Otro día le regalaba unos libros. Miguel le explicó que no tenía que apurarse, muchos escritores después de publicar se arrepentían, y él era muy joven. Saramago había comenzado a escribir a los cuarenta años y era premio nobel. Y escuchó la historia de un escritor cubano que había sido hasta soldado de la dictadura de Batista, vendedor ambulante, trabajador en una fábrica y muchos oficios. Los mejores escritores casi siempre no estudiaban nada que ver con las letras. El mismo escritor cubano no se había graduado de nada de letras ni universidades, se hizo escritor a fuerza de voluntad, copiando fragmentos de Los miserables de Víctor Hugo.

—No es un buen ejemplo, pero soy estibador. Quiero decir, escribo, no que sea bueno.

Y ese día Yordanis olvidó que la salida temprano de la casa era para comprar los alimentos de la semana en el mercado, pero como quería enseñarle las escrituras a Miguel lo olvidó y ya era muy tarde. Cuando llegó, Sucel estaba durmiendo. Le había dejado un libro como comida en el plato y la siguiente nota: “Ojalá que seas capaz de matar a Buesa, sino pasarás por mi vida sin saber que pasaste”.

 

V

 

Yordanis pensó en el jardín, la gran biblioteca, el escritorio en la parte alta con el aire soplando sin ráfagas; en los perros o gatos de mascotas; no, mejor perros, y un azul color cielo, pálido, que trasmitiera calma para escribir, y una zona de silencio. Incluso atinó a decirle la azul esta. Miguel se echó a reír.

—¿Tú crees que los escritores tienen casas azules como esas?

Yordanis lo siguió por un trillo hasta meterse en una covacha de un cuarto, una salita, una letrina, y un techo de numerosos materiales. Le asombró tan poco espacio lleno de tantos libros y afiches, mucho polvo concentrado y bastantes colillas y cabos de cigarros tirados por doquier en el suelo. Una caja con la ropa, una mesa con la máquina de escribir, una cafetera, y un fogón eléctrico.

—¿Quieres café?

—No, no se preocupe.

Yordanis vio a Miguel empinarse del termo.

—Menos mal que no quisiste, casi no quedaba.

Comenzó a preguntarse si realmente los escritores eran artistas, ¿era posible que los artistas vivieran tan mal? Repasó en la memoria personajes célebres que habían muerto de miseria. Artistas de todo tipo, de todas las manifestaciones. Pero en la riqueza también había escritores como la Rowling por su Harry Potter. “Depende del talento y la suerte”, se dijo, “aunque no basta con el talento. Hay que ayudar el talento para poder triunfar”.

—No cojas miedo —dijo Miguel—, no tienes por qué asustarte. ¿Leíste Crimen y castigo de Dostoievski?

—Todavía.

—Ah, a los escritores de hoy en día no le hagas tanto caso, ellos se están haciendo los intelectuales, no se miran, no miran bien, no saben mirar. No ponen el espejo frente al charco como proponía Stendhal, ¿qué podrás ver en el espejo?

Miguel sacó un fajo de papeles de su novela. En el fragmento que leyó describía a la muchacha del vestido rojo parada en una esquina, esperando que algún extranjero la entrara a la discoteca del hotel. La muchacha había salido del café con los contactos. El tipo quería llevársela para que compartiera con otra. La muchacha lloraba en la esquina, se quejaba de las cosas que le sucedían cuando le gustaba un hombre. ¿Tenía cara de lesbiana? En la esquina la muchacha comenzó a hacer crisis de identidad sexual. Un auto rojo se detuvo y la invitaron a subir. Era otra mujer.

— ¿Y entonces qué sucede, sube o no?

—Tendrás que leerla.

—Es una puta de nacimiento.

—¿Tú crees?

—No sé, usted es el autor, yo el lector.

—Pero los dos somos importantes. Recuerda que siempre cada hombre tiene su historia y justifica de cierto modo su comportamiento.

Yordanis hizo un gesto de no entender.

—Quiero decir que la muchacha tiene un hijo, se lo cuidan los padres. Ella dice que el padre le manda dinero, pero es ella quien lo lucha.

—Vaya, entonces ahora me da por pensar que sube al carro.

—¿Tú crees?

—¡No me vaya a exagerar!

—No hay nada exagerado si se sabe contar. A ver, si yo te digo que un hombre es estibador y escribe…

—Le creo.

—No he terminado. Si ese hombre no fue siempre estibador, un día fue profesor en la secundaria básica…

—Puede ser.

—Todavía. El profe, supón, está en el pasillo. Un estudiante se cae del alero.

Miguel hizo silencio.

—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Y si el profesor está entretenido y no lo ve; no puede hacer nada, no tiene culpa. Los muchachos viven inventando, y más a esa edad.

—Le estaba cogiendo el bolígrafo al profesor.

Miguel escogió otro bulto de papeles en silencio. En el fragmento el personaje principal era un muchacho que llegaba al café queriendo ser escritor. Escribía sobre las razones de la escritura de su personaje que era estibador. Hablaba de la soledad, de las diferentes soledades del hombre. Aparecía un muchacho de pelo corto y ojos claros, delgado, de buenos modales y excelentes resultados académicos, soñaba con ser científico y amar a una mujer que se llamaba Liliana, aparecía una secundaria y un profesor.

Miguel no pudo continuar la lectura.

—Esta parte se hace muy difícil.

Unos lagrimones le corrieron por la cara.

—Sufrí al escribirlo, y tuve que rehacer ocho veces esas dos cuartillas, pero bueno, Tolstoi, dicen, reescribió siete veces La guerra y la paz.

—Usted es un escritor auténtico, un hombre que escribe sobre personajes de verdad.

—No soy el primero, ya lo hizo Hemingway; Hemingway también escribía en bares y cafés. Se reunía con las putas y los pescadores, con los toreros y boxeadores. Su vida literaria era prácticamente en solitario. Ya ves, soy hemingweyano. ¿Has leído Las nieves del Kilimanjaro y La breve vida feliz de Francis Macomber?

Yordanis negó con la cabeza.

—Ah, y léete las viñetas.

—Sabe, la Rowling, también escribió en bares y cafés, cuando su hija se dormía.

Miguel intentaba salirse del fragmento de la historia de la novela, terminó tomándose un poco de café. Yordanis le dio un abrazo, por primera vez creyó saber qué era un amigo.

Al regresar a casa le dijo a Sucel que Miguel le había mandado arroz, viandas, y especias.

—Apenas le des de comer a tu esposa se olvidará de ti. Toma, podrás escribir esta noche.

Le pidió a Sucel que colara café y se encerró en el cuarto. De todas maneras ella comenzó a reclamar que dejara de escribir, hacían falta otras cosas.

Comenzó a escribir la historia de un niño que deseaba encontrar un amigo. A Yordanis también se le mojó el rostro, era un niño solitario y egoísta. Los padres le reclamaban cuando decía que había compartido lo suyo, o cuando quería jugar con el vecino. Sus juguetes eran los mejores y él el niño más guapo, el mejor de los niños.

Su personaje se hizo un hombre sin descubrir a un amigo, pero descubrió a un estibador que escribía novelas en un café. No era un hombre egoísta, era un buen escritor y le gustaba ayudar a los jóvenes. Pudo comprender a los que una vez lloraron por la ausencia, por el dolor ajeno. El hombre descubrió la amistad y se sintió niño y hombre a la vez.

Le leyó la historia a Sucel y ella lloró a moco tendido. Se abrazaron y salieron a buscar a Miguel. No estaba en casa, a esa hora ya escribía su novela en el café.

 

VI

 

—No te puedes desesperar, dijo Miguel. La literatura es algo más que una necesidad económica. ¡Vívela y súfrela! Pero hazla buena, profundamente humana, que se parezca tanto a la humanidad que la gente la rechace o la ame. No abuses de los alardes de conocimientos literarios, no tienes que enseñarle a nadie lo que sabes de Breton, de Nietzsche, Hegel. Lo mejor es demostrar la asimilación que has hecho de ellos. Demuéstralo con la genialidad de tus personajes, de las historias, que sus diálogos sean profundos, que cada ser palpite con un corazón propio. Y eso de que vives en un lugar que nadie conoce… vamos, ¿de qué lugar es Vargas Llosa? ¿Sabes dónde queda Arequipa? ¿Sabes dónde queda el Chippong Sadbury de la misma Rowling? Lo importante es hacer la aldea universal como decía Tolstoi, recuérdalo. La buena literatura nace de cualquier rincón, viva donde viva el personaje, piense como piense, pero que convenza. Mi teoría ya sabes, el convencimiento. Vuelve a pensar en Vargas Llosa, ¿menciona a sus antecesores? Los buenos escritores hacen su literatura, no plagian, solo piden prestados los instrumentos. Son escritores de verdad. Así debes ser tú. Saber que quieres contar eso, que esa es tu historia. El hombre es bueno si puede ser sencillo, y hay que aprender a hacer la prosa sencilla y clara.

Yordanis pensaba en las palabras de Miguel, pero no entendía, no le bastaba que le dijeran tienes talento, eres muy bueno. Necesitaba algo más que los elogios, salir en la prensa, que su nombre apareciera en los titulares como aparecía el de algunos escritores aunque no fueran buenos. Necesitaba las entrevistas en la televisión para que Sucel le dijera a los vecinos mi marido está en la televisión y se olvidara de la cocina, y la gente del barrio creyera en lo que podía ser un escritor. Quería dejar tanta pobreza atrás, y quizás saliendo en los medios ganaba algo, quería convertirse en el verdadero artista de la palabra, un hombre refinado y culto, al que todos le preguntaran sobre mitología griega y el significado de diversos términos, como si fuera un diccionario.

Miguel lo había ayudado a seleccionar textos para que mandara a concursos, pero no había ganado ninguno.

—¿Cuántos concursos ganaron Cortázar y Borges? Eso…

—Sí, ya sé, no es lo más importante, ¿pero cuántos no se ha ganado Vargas Llosa? ¿Y cuánta gente en este país no se gana concursos apenas con algún talento?

—¿Y quieres hacer lo que ellos hacen, hay veces que los jurados son malos, y si son malos escritores cómo crees que va a ser su elección?

Miguel le habló de un amigo que conoció en el café, se iba a llevar algunas cosas para el extranjero, algunos escritores lograban ser famosos afuera antes que en suelo patrio.

—España es buena plaza para mandar a concursos, pagan muy bien.

A Yordanis le brillaron los ojos enseguida.

—¿Y cuándo viene el hombre?

—Pronto. Me dejas algo tuyo.

A Yordanis no le bastó, algo comenzaba a renacer muy dentro de él, como si jamás se hubiera perdido, como si nunca hubiera dejado de ser. Ya bastaba, no quería continuar escuchando los consejos y sugerencias de Miguel, quizás había perdido por mandar los que a él le parecían mejores. No quería admitir que Miguel le mostró los escritores españoles, franceses, norteamericanos, y hasta cubanos que jamás hubiera conocido. No quería admitir que Miguel le abastecía la alacena para que Sucel no le dijera no hay qué cocinar.

Dejó de ir a casa de Miguel, se preguntaba cómo era posible que hubiera tomado café de su termo, que lo invitara a beber cervezas, que lo llevara a su casa y se mostró en el café y habló con Marta. Le discutió a Miguel la idea original de la novela, pero Miguel no se molestó, con mucha paciencia le dijo tendrán finales distintos, en la mía un hombre muere de tristeza, no comprende, no entiende lo que es un amigo. Dios fue muy cruel. Yordanis lo miró con odio e ironía.

—Eso no es un buen final, en la mía el profesor fue quien mató al muchacho, él mandó al estudiante a coger el bolígrafo. No puede dormir y termina alcohólico. Un grupo de rastafaris y una muchacha de un vestido rojo lo matan a golpes.

Miguel contuvo los puños cerrados, pero los descargó con furia. Yordanis concluyó limpiándose la boca:

—Jamás llega ningún hombre para sacarlo de la ineditez, muere olvidado y desconocido, como un estibador común.

Miguel lo miró con lástima. Se arrepintió de haberlo golpeado.

—Pobrecito —dijo—, no lo puede comprender.

Y aún así no se arrepintió de lo que le había enseñado.

 

VII

 

Le tocan a la puerta. Los labios y las piernas le tiemblan. “¡Acaba de cerrar la llave!, ¿qué coño haces tanto tiempo en la ducha? ¿Qué rayos te pasa hoy? Ahorita no querías seguir, ¿me estás escondiendo algo? Voy a creerme que estás pensando de nuevo en la boba de Sucel”. Y ahora sí piensa en ella, la recuerda en la cocina diciendo no triunfas por ese Miguel, y era Miguel quien le decía ¿ya le llevaste de comer a tu esposa? Piensa en Sucel, si lo ha visto debe querer desaparecerlo, debe estar maldiciéndolo.

Lo conoció por ella, ella le había dicho que ese sí era un escritor de verdad: refinado, de estilo, no como ese lleno de polvo y suciedades, que este sí vivía en La Habana. Y le enseñó un libro publicado y una entrevista en el periódico. ¿Ves?, este sí es famoso. Hoy va a estar en el café. Léete el libro y háblale, si no tuviera trabajo fuera contigo… ¡y olvídate de Miguel!

Pensó buscar a Miguel para ir juntos, pero seguro que Miguel estaría allí, escribiendo su novela, bebiendo café, cogiéndole las nalgas a la camarera. Cuando entró los vio en la misma mesa. Miguel dijo ven, Yordanis, para que conozcas un escritor famoso. El otro le dio la mano y se la estrechó fuerte, de una manera prolongada. Este es bueno también, dijo Miguel refiriéndose a Yordanis, será un buen escritor. Miguel le hizo una seña a Marta y le trajeron otro vaso y una botella de cerveza. ¿Le cortaron la lengua a su discípulo, maestro? Y Yordanis no sabía qué decir. Llévate por los consejos de él, muchacho, es el mejor maestro que pudiste tener. Yordanis se preguntó por qué, si él era reconocido, Miguel no. Pero no se quiere ir de aquí, dijo el otro. Y de aquí no me voy; tú sabes que yo lo que intento es inculcar el amor al arte, no me preocupa la fama, incluso puedo morir en el silencio.

Y esa noche Yordanis leyó fragmentos de su novela y Miguel de la suya, parecía la misma novela escrita a cuatro manos, distintas perspectivas con los mismos personajes. Miguel llamó a Marta y ella se fue rápidamente a la parte trasera quitándose el delantal. Miguel se disculpó: Tengo que irme, esta noche me toca escribir la historia de amor de la camarera. Yordanis y el otro le dijeron vaya, resuelva la historia de amor de ese personaje. Y lo vieron marcharse, cogerse de las manos con Marta, alejándose del café.

Esa noche Yordanis habló demasiado y escuchó otro tanto. Le preguntó al otro cómo derribar los muros, cruzar las alambradas, las fronteras que aparecían después de los límites. Esa noche se le ocurrió decir yo no quiero naufragar, estoy cansado de la tabla, de sostenerme de algo, quiero salir a flote, que las olas no me sumerjan nunca más. Habló muchísimo de literatura y leyó más fragmentos de la novela, bebió bastante y amaneció en el hotel.

Tocan insistentemente. “Ya voy”, dice, “ya voy a salir”. Están hablando de tu premio. Golpea la pared. La rabia se le escapa por los puños. Sigue la rabia desbordándose por los puños. “¿Qué te pasa, no estás contento con el premio? Ya eres un escritor famoso, y joven. Tus padres se alegrarán por ti; tienes que animarte, esta noche saldremos con X. para que nos cuente cuán difícil le fue con los otros jurados”.

No podía apartarse de Miguel, siendo estibador, teniendo amores con una camarera, escribiendo sobre el café y en el café era un excelente escritor. Él ni siquiera pudo concluir su novela, hasta las ideas se le fueron cuando se marchó del pueblo. “Vamos, muchacho, anímate, eres tremendo escritor”. Pero lo duda y piensa en Sucel, quizás ya tuvieran el hijo que deseaban, sus padres lo abrazarían por darles el nieto y no estarían hambrientos. Se pasa las manos por los ojos, “me tendrán que aceptar”, dice, “ya soy famoso, tendrán dinero para lo que quieran. Triunfé, para vencer se necesitan diferentes sacrificios”. Y decide abrir para darle un abrazo fortísimo, aunque no quiere que le vea los ojos.

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Comentarios a: "La espalda marcada"

1 Comentario

  1. […] Jorge Enrique Lage, pero también en narradores que viven en otras provincias, como Ernesto Peña, Yunier Riquenes y Alejandro Cernuda). ¿Puede hablarse de una estética generacional o cada quien está escribiendo […]

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Sobre el autor

  • Yunier Riquenes

    . Jiguaní, Granma, 1982. Narrador y poeta. Licenciado en Letras por la Universidad de Oriente. Tiene publicados los libros de cuentos La llama en la boca (Ediciones Bayamo, 2004); Quién cuidará los perros (Ediciones Santiago, 2007) y Lo que me ha dado la noche (Editorial Oriente, 2007); así como Los cuernos de la luna (Novela, Ediciones Bayamo, 2006); Claustrofobias (Poesía, Letras Cubanas, 2009); Las respuestas de Soler Puig (Compilación de Entrevistas, Ediciones Santiago, 2010) y Dibujar el mundo (Selección de Cuentos del Grupo de Narrativa Hacedor, Ediciones Bayamo, 2010). Trabajos suyos han sido publicados en varias revistas cubanas y extranjeras. Es colaborador habitual de las revistas digitales CubaLiteraria y Esquife. Forma parte del consejo de redacción de la revista SiC de la Editorial Oriente y dirige la revista Caserón de la UNEAC en Santiago de Cuba.