Crematorio

Crematorio - Rafael Chirbes

La muerte de Matías Bertomeu, el ideólogo que cambió la revolución por la agricultura, pone en marcha los mecanismos que componen Crematorio. El dolor devuelve el reverso de vidas levantadas sobre oscuros cimientos: la del hermano de Matías, Rubén, el constructor sin escrúpulos; la de Silvia, la hija de Rubén, biempensante restauradora de arte casada con Juan Mullor, el catedrático que prepara la biografía de Federico Brouard, viejo amigo de los Bertomeu, un escritor alcohólico que vive el fracaso de sus últimos días; la de Ramón Collado, el hombre que hizo los trabajos sucios del constructor; la de Traian, el mafioso ruso, viejo socio de Rubén; y la de Mónica, la jovencísima y ambiciosa esposa. Chirbes nos ofrece un panorama terrible: la corrupción como savia que recorre todo el cuerpo de una sociedad en la que la destrucción del paisaje adquiere valor de símbolo. Chirbes despliega así un mundo abandonado por los dioses en el que las palabras y las ideas son sólo envoltorios, y el arte y la literatura, juguetes inanes. Rafael Chirbes se nos muestra, en esta gran novela, más radical, más feroz, más «Francis Bacon» y mejor escritor que nunca.

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Estás tendido sobre una sábana, sobre una lámina de metal, o sobre un mármol. Te estoy viendo. Vuelvo a verte. Me he olvidado de ti mientras he estado charlando con el ruso en la cafetería, observando por detrás de la cristalera a los turistas que, a primera hora de la mañana, ocupan las sillas de la terraza y a los que, unos metros más allá, se tienden sobre la arena o chapotean en el agua. El se ha tomado un par de whiskies. Yo me he pedido un té con hielo. No quiero beber tan temprano. Pero he mirado con ansiedad los dos vasos que el camarero le ha puesto delante. Si no hubiera sido porque estaba con él, de haber venido solo, me habría encontrado a gusto en el amplio salón aún vacío (allí dentro estábamos los dos solos), mirando el mar, verdoso en la orilla y de un intenso cobalto en la franja que precede al horizonte, por la que ya se mueven las lanchas, los barcos de vela, los catamaranes. Traian, el ruso, se ha tomado los dos whiskies de dos tragos. Primero un vaso, luego el segundo, sin dejar apenas tiempo entre un gesto y otro del brazo. Al poner en marcha el coche, he echado una mirada a la cafetería, pensando que podía regresar, y quedarme bajo el chorro de aire acondicionado, leyendo el periódico y mirando el mar, ahora sí, a solas, con un vaso de whisky con hielo entre las manos. Te veo tumbado en algún sitio. No sé dónde. Pero allí, sobre la plancha de metal, sobre la sábana, sobre una fría losa de mármol, bajo el chorro del aire acondicionado. La verdad es que no me gusta verte así. Con el motor ya en marcha, pulso con el dedo índice el botón que, junto al volante, acciona la radio. El ruido de la radio, el del motor, te alejan, me dejan solo, pendiente de los movimientos de mis manos, que ahora cogen el volante; del movimiento de mi pie derecho, con el que aprieto el acelerador del vehículo. Las ruedas del coche hacen crujir la capa de arena que cubre el asfalto en este tramo de la calle cercano a la playa. La arena cubre también las aceras bordeadas por vallas y celosías de las que brota una frondosa vegetación: por detrás de la ventanilla pasan lentamente hibiscos, adelfas, buganvillas, verdes cerramientos de tuya, alineaciones de cipreses. Las bolsas de basura son de color negro, rosa o azul; cuelgan en las verjas de los apartamentos, se amontonan junto a los contenedores, y parece como si fueran también ellas floraciones. Impregnan con sus pesadas emanaciones el mustio aire yodado que exhala el mar. El coche avanza lentamente, mientras yo me olvido de ti, Matías. Dejo de verte. Hace mucho calor, a pesar de lo temprano de la hora. Pulso el botón que cierra las ventanillas y me aíslo en el interior del vehículo. Me quedo a solas conmigo mismo. Son las diez y cinco de la mañana, y los numeritos iluminados en verde de la pantalla del salpicadero marcan ya treinta y cuatro grados. Después de varios días en los que las nieblas matutinas han impuesto índices elevados de humedad ambiental, propiciando un pegajoso ambiente de bochorno —eso que los franceses llaman marais thermique—, el martes por la tarde se levantó un desapacible viento de poniente que secó la atmósfera, haciendo subir el mercurio de los termómetros tres o cuatro grados aún más, y trayendo una sequedad asfixiante. Cuando llega la tarde, arrecia ese viento ardiente. Las ramas de los arbustos se mueven empujadas por las llamaradas de un horno que abre sus puertas por detrás de las montañas y cuyo resplandor se adivina cada crepúsculo. Del calor habla en estos momentos la emisora local; de ciclos de valores térmicos establecidos por la estación meteorológica de Misent, según los cuales hay que remontarse a los años cincuenta para encontrar una sucesión de días con temperaturas tan elevadas. Se trata de la segunda ola de calor del verano. La primera (no una ola de calor, más bien un episodio, dijeron en su día las autoridades) se produjo a finales de junio: los termómetros subieron de improviso alcanzando máximas por encima de los treinta y seis grados durante ocho o nueve días, con una humedad ambiental que superaba el ochenta por ciento, para luego caer en picado durante un par de semanas. Parece que el episodio se repite, incluso con más virulencia. Según dice la radio, se espera que en algunos lugares del interior de la comarca se superen los cuarenta grados, y ningún signo en las imágenes que envían los satélites anuncia cambios apreciables. Las pequeñas flechas dibujadas sobre los mapas que ofrecen los noticiarios de la televisión siguen indicando la entrada de ese viento ardiente que llega cargado de arena del desierto. Los coches amanecen cubiertos con una rojiza capa de tierra. Esta misma mañana, antes de salir de casa, he tenido que hacerle limpiar al jardinero el mío, porque anoche se me olvidó meterlo en el garaje. Los noticiarios informan de la creación de una Comisión del Calor, a la que se puede acceder telefónicamente en busca de consejo. Los locutores de radio insisten machaconamente en la conveniencia de beber mucha agua, protegerse del sol en las horas en que más inmisericorde cae, cubrirse con sombreros, vestir ropas ligeras de tejidos que faciliten la transpiración, ropa de algodón, de lino; embadurnarse con cremas protectoras las partes del cuerpo expuestas al sol; recomiendan, sobre todo, mantener un estrecho contacto con el agua: beber varios litros de agua cada día, mojarse con agua fría nuca y muñecas. El locutor repite el número telefónico de la Comisión del Calor, precisando que se trata de un número gratuito, un nueve cero dos. Me parece ridículo todo ese parloteo. En Misent, en Xàbia, en Calp, en Benidorm, toda la vida ha hecho calor durante el verano. Pero el locutor y los contertulios que participan en el programa se refieren al progresivo calentamiento de la tierra provocado por la desaparición de la capa de ozono y refuerzan sus afirmaciones aportando datos que invitan al pesimismo: las cada vez más amplias oscilaciones térmicas derriten los hielos de la Antártida, que se quiebran convirtiéndose en flotantes icebergs a la deriva (peligros para la fauna, para la navegación); se funden los glaciares alpinos (amenaza de aludes este próximo invierno sobre las estaciones de esquí suizas), y las nieves del Kilimanjaro han empezado a desaparecer (inevitabilidad de sequía y nuevas hambrunas en el continente negro: los grandes lagos africanos agonizan convertidos en barrizales. El Kilimanjaro, el pico coronado por nieves perpetuas que Hemingway inmortalizó en su obra, apenas guarda pequeñas manchas de hielo. Ya no es blanco el techo de África, ha exclamado con voz vibrante el locutor). Por lo que se refiere a España (¿cómo nos afecta a nosotros el cambio climático?, pregunta un oyente), los contertulios hablan del modo en que la sequía amenaza con desertizar en pocos decenios al menos un tercio de la península ibérica, incluidos los bordes de la carretera por la que en este momento conduzco; desaparecerán las plantaciones de naranjos que crecen por detrás de los chalets y los bloques de apartamentos, y el mar engullirá las primeras líneas de edificaciones. A ti, todo eso te da ya igual, Matías, y a mí me aburre la cháchara. Pulso el botón que sirve para cambiar la radio a la opción CD, y en el interior del coche empieza a sonar música. Quiero relajarme de la tensión que me ha provocado la entrevista con Traian. Asunto resuelto, le he dicho, lo de Collado está resuelto. Ha levantado el vaso y lo ha sostenido un instante señalándome con él. Resuelto. Me ha llamado de buena mañana Sarcos para decírmelo. Mientras se lo cuento a Traian, me siento a disgusto. Salud, ha golpeado el vaso contra la taza de té que yo le he tendido. Ahora, la música me aporta calma, una sensación de irrealidad, somnolencia. Necesito esa calma en un día como hoy. Había pensado reunirme con los responsables de unas cuantas obras desperdigadas en Moraira, en Xàbia, en Altea, algunas de las cuales debían haber concluido antes del verano, y que muy probablemente no se acabarán ni para Navidad. De acuerdo con el programa previsto en mi agenda, tendría que pasarme la jornada prácticamente entera en el interior del coche, pero no me siento con demasiados ánimos. Es muy posible que ni siquiera cumpla con las tres citas que tengo anotadas para esta mañana. Puedo elegir lo que me venga mejor, pararme a mediodía a comer en algún restaurante, picar cualquier cosa en un bar que me pille de paso, o volverme a comer a casa. No dependo de nadie. Yo, conmigo mismo. Me gustan estos días en los que puedo moverme solo, sin chófer, sin acompañantes que se empeñen en darme conversación, ni me fuercen a cumplir un programa. Además, así, a solas, reflexiono mejor sobre las cosas. Yo solo, tarareando la música que me pongo en el CD del coche. Silbándola, siguiéndola con movimientos de cabeza. La música me ayuda a pensar. Pienso en el equipo de arquitectos con los que diseño el proyecto de Benidorm, en que tenemos que corregir la posición del restaurante junto a la piscina, porque yo querría algo más formal, más exclusivo, más íntimo, con presencia de la lámina de agua, pero sin bañistas (me imagino lo que querría si comiera con algún cliente, si cenara con Mónica, con una amiga), me gusta mucho que se vea el agua, pero que no se tenga la sensación de compartida con los bañistas, en eso pienso a las diez y diez de la mañana, mientras en algún cuarto que imagino subterráneo, y fríamente iluminado, te visten, te maquillan; pero en eso no quiero pensar ahora; pensaré luego, cuando te tenga enfrente, y también pensaré en ti cuando ya no existas, cuando sólo seas humo, y, a pesar de todo, siga sin poder librarme de ti, te tenga conmigo, Matías. Quiera o no quiera, pensaré; lo tendré conmigo. Lo malo es que también ahora se interpone en mis pensamientos, a pesar de que no lo deseo. Estás ahí, tendido, como una transparencia entre mis ojos y los coches que me preceden. Está fuera, pero también dentro. Se vuelve una telaraña que me deja pocos huecos en la cabeza que me permitan seguir pensando. Intento dejarme la cabeza en blanco, pensar sólo en el trabajo del día, en lo que estoy haciendo en este momento, en las luces de frenado del coche de delante, en el acelerón del de atrás, en la cara del tipo de atrás que veo reflejada en el retrovisor. Desde la ventanilla contemplo al paso la playa del Nido ya de buena mañana atestada de bañistas, mientras el coche avanza lentamente, deteniéndose cada pocos metros por culpa del atasco que dificulta el acceso al desvío que se dirige a la autopista. En dirección opuesta, los carriles de entrada a la población aparecen completamente colapsados. A mi izquierda, veo detenidos los coches que pretenden alcanzar el centro urbano. Muchos de ellos llevan las ventanillas abiertas, de las que sobresalen codos y brazos bronceados y sudorosos. Todo refulge al sol, la lámina del mar, las cristaleras de los edificios, el metal de las carrocerías, las pieles de los ocupantes de los coches. Mantengo cerradas las ventanillas para que no se escape el frescor que provoca el suave flujo del aire acondicionado. Como otras veces, metido aquí dentro tengo la sensación de que la música que ha empezado a sonar (Schubert: The Late Piano Sonatas. D. 958-960. Andreas Staier. Fortepiano, dice la carátula del CD) y la agradable temperatura del cubículo me protegen, me dejan al margen del ajetreo del verano. Consigo distraerme con lo que me rodea, con lo que, lentamente, entre frenazo y frenazo, voy dejando atrás…

Rafael Chirbes. Escritor y ensayista español, cursó estudios de Historia en la Universidad de Madrid. Durante varios años trabajó como profesor de español en Marruecos y dio clases en varias ciudades españolas hasta que en el año 2000 se estableció definitivamente en Valencia. Destacó como crítico literario y colaboró con varios medios en los que escribió columnas de opinión, artículos sobre viajes y también reseñas gastronómicas.

En el campo de la narrativa, Chirbes publicó Mimoun, su primera novela, en 1988, quedando finalista del Premio Herralde. Su obra se caracteriza por retratar, de una manera directa y sin apenas concesiones, la realidad de la sociedad española desde el franquismo hasta la actualidad, destacando títulos como La larga marcha, La caída de Madrid o Los viejos amigos.

Crematorio, publicada en 2007, es quizá su novela más conocida, siendo galardonada con premios tan importantes como el Dulce Chacón y el Nacional de la Crítica, recibiendo más tarde una excelente adaptación a la televisión en formato de miniserie.

Recibió un gran reconocimiento por En la orilla (2014) por el que recibió el Premio Nacional de Narrativa, el de la Crítica y el Francisco Umbral. En 2016 se publicó París-Austerlitz, su última novela, de manera póstuma.