El infierno de las chicas

Las tres protagonistas de El infierno de las chicas intentan sobrevivir en un mundo sórdido sometidas a la voluntad de los hombres mientras vagan por un retorcido laberinto de engaños, intrigas y callejones sin salida construido con maestría por uno de los escritores más innovadores de la literatura japonesa moderna.

Kyusaku Yumeno fue un escritor de misterio admirado por su oscura imaginación y por su talento para ir más allá de los límites establecidos para el género. Comparado frecuentemente con Kafka y Poe, sus obras inquietantes, atrevidas y de estilo inconfundiblemente bizarre reciben hoy el reconocimiento del que su autor no pudo disfrutar en su tiempo.

Libro Impreso

No tiene importancia

A mi estimado Hidemaro Shirataka, de su servidor Toshihira Usuketa.

Este humilde servidor tuvo el honor de conocerle y admirarle durante unos breves momentos en la pasada reunión del Koboku en el Marunouchi Club, y se licenció en Otorrinología por la Universidad Imperial de Kyushu en una promoción posterior a la suya. Desde primeros de junio del pasado año de este 1933, he colgado el letrero de neón «Clínica Usuketa – Otorrinología» en el barrio de Miyazaki, en Yokohama. Le ruego me disculpe la impertinencia de remitirle esta estrambótica carta de manera tan inesperada.

Yuriko Himegusa se ha suicidado.

Aquella muchacha, inocente, pura y delicada como su propio nombre, ha cometido suicidio maldiciendo el nombre de usted y el mío. Mediante las fantasías sin fundamento que anidaban en ese pecho pequeño como el de una paloma, la familia de usted y la mía por descontado, pero incluso los periódicos de toda la capital, la Agencia Metropolitana de Policía, y hasta los Tribunales de la Prefectura de Kanagawa, se han visto convertidos en materiales con los que tejer todo un paraíso de mentiras que, sin embargo, ha terminado convirtiéndose en un escalofriante y amenazador paisaje del infierno que se ha aparecido ante ella misma, transformándose en un pozo en el que su propia creadora ha debido enterrarse. Y ahora, mediante su propia muerte, la existencia de ese retrato del infierno ha sido endosada a otros como yo.

Qué espantoso resulta el mecanismo psicológico que late en las fantasías del interior de una chica tan extraordinariamente enigmática, en lo que a primera vista parece una sucesión de incidentes banales y sin importancia. Este servidor siente un deber anómalo hacia usted de explicar, diseccionar y analizar la manera en que ella se aferraba a dicho mecanismo psicológico.

Y, encima, ese anómalo sentimiento de responsabilidad tan dificil de llevar a cabo ha recaído sobre mis hombros de manera inesperada en la tarde de hoy, por obra de un sujeto desconocido. Por ello, me permito ordenar esto que podríamos llamar informe especial, de manera que empiece con el inexplicable suceso de esta tarde con ese sujeto desconocido.

Sucedió hacia la una de la tarde de hoy.

Me hallaba fatigado tras la operación a un paciente con grave inflamación de la meninge, y estaba medio tumbado en un sofá de la sala de espera aprovechando que por fin no quedaba ningún paciente. Cuando estaba adormilado escuchando una confusa mezcla de ruidos bajo la ventana desde la que se divisaban esos barcos del puerto de Yokohama que dejaban oír su intermitente sonido de sirenas, me sobresaltó el vibrar del timbre de la puerta, tras el cual se deslizó silenciosamente una oscura figura masculina.

Me levanté de un brinco. Ante mí se hallaba un hombre con todo el aspecto de un detective privado salido de una película extranjera. Debía de tener unos cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años. El rostro era alargado, las cejas gruesas y espesas, y la nariz alta y bien proporcionada. Sus alargados ojos desprendían un fulgor negro que transmitía astucia, todo lo cual daba la impresión de un Sherlock Holmes a la japonesa. El aspecto general de su piel presentaba, como la mía, una tonalidad oscu-ro-amoratada, y su constitución era esbelta pero de gran robustez. Vestía un elegante traje a la medida de color negro, una gorra también negra totalmente nueva y unos zapatos de charol igualmente negros, y portaba un bastón de madera terminado en una cabeza de serpiente plateada. Tras penetrar en la sala con este aspecto y aires impecables, cerró la puerta cuidadosamente sin volverse y, permaneciendo en pie, echó una escrutadora mirada en derredor para comprobar que me encontraba solo. Y a continuación, de pie ante mí, se descubrió cortésmente la gorra que hasta entonces ocultaba cuidadosamente esa cabeza un tanto calva e hizo una reverencia.

Despreocupado como soy, pensé que este recién llegado era un nuevo paciente y me puse en pie cordialmente para recibirle.

—Adelante, tome asiento —le dije indicándole una silla de tapiz jacobino—. Yo soy Usuketa.

Sin embargo, el caballero permaneció inmutable, parado como una fría y oscura sombra ante mí. Entrecerró levemente los ojos y se limitó a poner una expresión que parecía significar «lo sé todo», continuando sin soltar palabra. Poco después, su mano azulada y vellosa se introdujo en el bolsillo interior de su chaleco, de donde tras rebuscar un instante, extrajo un papel del tamaño de una tarjeta postal. Mirándome significativamente, colocó la tarjeta en una mesita y la empujó hacia mí.

Ante esto, ridículamente, me dio por pensar: «Vaya, así que ha venido un paciente mudo…» mientras recogía el tarjetón. Inesperadamente, se hallaba escrito con una letra deficiente, que parecía hecha por un niño, pero claramente podía leerse «¿Sabe usted a dónde se ha ido Yuriko Himegusa?».

Estupefacto, levanté la mirada hacia el hombre. Debería de tener cerca de un metro setenta de estatura.

—Aah, ya veo… pues la verdad es que no lo sé. Como se marchó sin decir nada… —le contesté enseguida.

Pero, en ese instante, me dije repentina e instintivamente: «Ajá, este hombre ha sido enviado aquí por la propia Yuriko Himegusa. Ha venido para chantajearme de alguna manera», por lo que inmediatamente tomé la decisión de mandar todo a la mierda y que pasase lo que pasase. Sin embargo, no dejé que esta decisión se reflejase en mi rostro y, aparentemente, seguí con el aspecto inocente de un médico vulgar sin más interés que su clínica. Por fortuna, no conocía el paradero de Yuriko Himegusa. Algo en mi interior me indicaba que si hubiera dicho que lo conocía, indudablemente mi interlocutor se aferraría a ello para amenazarme de algún modo.

Durante algo más de diez segundos, el caballero que tenía ante mí fijó sus penetrantes y fríos ojos negros en mi cara de manera implacable, escudriñando, hasta que, finalmente, rebuscó en el interior de su chaleco y sacó un sobre blanco, que colocó ante mí ceremoniosamente. Con una suave sonrisa que parecía decir: «Vea usted esto, por favor…».

Dentro del sobre blanco había unas hojas de papel corriente, pero la escritura era, sin lugar a dudas, la del lápiz de Yuriko Himegusa, que en algunas partes estaba feamente borrosa, y que en otras aparecía temblorosa, provocando una inquietante sensación de desasosiego.

Dr. Shirataka

Dr. Usuketa

Voy a suicidarme. Para evitar causarles ningún problema a los dos, voy a cometer suicidio en una de las habitaciones para los pacientes de la clínica ginecológica del Dr. Mandara en Tsukiji. He pedido al Dr. Mandara que haga aparecer mi muerte como el resultado de un paro cardíaco debido a una infección de difteria mientras me hallaba hospitalizada por una enfermedad de los ovarios.

Dr. Shirataka, Dr. Usuketa

El cariño que ustedes dos me han dispensado y la gratitud que siento hacia sus esposas —porque, a pesar de que yo fuera receptora de aquel cariño suyo, no han sentido odio hacia mí, sino que me han tratado afectuosamente, como a una auténtica hermana— es algo que no podré olvidar ni después de muerta. Por eso, para pagar aunque sea una milésima de ese deber contraído hacia sus esposas, me suicido de esta manera furtiva. A partir de ahora, mi pequeña alma se convertirá en protectora eterna de la paz de sus hogares.

Una vez que expire mi último aliento, se cierren mis ojos y se sellen mis labios, todas aquellas verdades que he visto y oído se convertirán en mentiras sin rastros, y creo que ambos podrán disfrutar de la paz de sus hogares en compañía de sus fieles y bellas esposas, sin más preocupación.

Yuriko, que ha cometido tan terrible, terrible falta.

Yuriko Himegusa ha perdido la esperanza en este mundo.

¿Qué esperanza puede haber en este mundo en que dos personas de condición y renombre tan elevados como dos doctores de la respetabilidad de ustedes no creen en mi sinceridad? ¿Cómo puede merecer la pena vivir en un mundo donde las palabras de aquellos que tienen una respetabilidad y posición social, aunque puedan ser falsas, se aceptan por verdaderas, y las palabras de una chica pura que nada conoce, aunque sean verdaderas, se toman por mentiras?

Adiós.

Dr. Shirataka, Dr. Usuketa

La pobre Yuriko está a punto de morir.

Por favor, queden ustedes tranquilos.

A 3 de diciembre de 1933.

El infierno de las chicas – Kyūsaku Yumeno

Kyūsaku Yumeno. Escritor japonés, fue el seudónimo con el que Naoki Sugiyama firmó sus cuentos y novelas. Yumeno trabajó en diversos oficios antes de escribir e ilustrar para diversos diarios. Yumeno fue uno de los grandes autores de novela criminal y detectivesca del Japón de principios del siglo XX.