Logo de Isliada

Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Momentos estelares de la humanidad: 14 miniaturas históricas

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Éste es probablemente el libro más famoso de Stefan Zweig . En él lleva a su cima el arte de la miniatura histórica y literaria. Muy variados son los acontecimientos que reúne bajo el título de Momentos estelares: el ocaso del imperio de Oriente, en el que la caída de Constantinopla a manos de los turcos en 1453 adquiere su signo más visible; el nacimiento de El Mesías de Händel en 1741; la derrota de Napoleón en 1815; el indulto de Dostoievski momentos antes de su ejecución en 1849; el viaje de Lenin hacia Rusia en 1917… «Cada uno de estos momentos estelares-escribe Stefan Zweig con acierto-marca un rumbo durante décadas y siglos», de manera que podemos ver en ellos unos puntos clave de inflexión de la historia, que leemos en estas catorce miniaturas históricas con la fascinación que siempre nos produce Zweig

Fragmento

I Cicerón

15 de marzo del 44 antes de Cristo

Cuando un hombre sagaz, pero no particularmente valiente, se encuentra con otro más fuerte que el, lo más prudente que puede hacer es hacerse a un lado y esperar, sin sonrojarse, a que el camino quede libre. Marco Tulio Cicerón, que fue en su tiempo el principal humanista del reino de Roma, maestro de oratoria y defensor del derecho, consagró durante treinta años sus energías al servicio de la ley y al mantenimiento de la República; sus discursos están cincelados en los anales de la historia y sus obras literarias forman un constituyente esencial en la lengua latina. En Catilina combatió la anarquía; en Verres denunció la corrupción; en los victoriosos generales percibió la amenaza de la dictadura y, al atacarlos, se acarreó su enemistad; su tratado De República fue largo tiempo considerado como la descripción mejor y más ética de la forma ideal del Estado. Pero ahora debía encontrarse con un hombre más fuerte que él. Julio César, a cuya elevación él (contando con más años y más renombre) contribuyó al principio confidencialmente, había utilizado, de la noche a la mañana, las legiones gálicas para conquistar el dominio supremo en Italia. Poseyendo César el mando absoluto de las fuerzas militares, le bastó simplemente alargar su mano para asir la corona regia que Marco Antonio le ofreció ante el populacho reunido. En vano se había opuesto Cicerón a la asunción por César del poder autocrático cuando César despreció la ley cruzando el Rubicón. Infructuosamente trató de lanzar contra el agresor a los últimos campeones de la libertad. Como siempre, las cohortes demostraron ser más fuertes que las palabras. César, un intelectual no menos que hombre de acción, triunfó en toda la línea; y si hubiera sido tan vengativo como lo son la mayoría de los dictadores, pudo, después de su éxito abrumador, haber aplastado fácilmente a este obstinado defensor de la ley, o al menos haberlo condenado al destierro. Pero la magnanimidad de César en esta ocasión fue aún más notable de lo que habían sido sus victorias. Habiendo tomado lo mejor de su adversario, se contentó con un reproche gentil, perdonando la vida a Cicerón, aunque aconsejándole al mismo tiempo que se retirara del escenario político. En adelante, Cicerón debía contentarse, como cualquier otro, con el papel de observador mudo y sumiso de los negocios de Estado.

¿Qué podría ser mejor para un hombre de inteligencia sobresaliente que la exclusión de la vida pública, política? De este modo el pensador, el artista es excluido de una esfera que sólo puede ser dominada por la brutalidad o por el artificio, y es devuelto a su propia inviolabilidad e indestructibilidad. Para un hombre de estudio toda forma de exilio se convierte en un acicate para la concentración interna, y para Cicerón esta desventura llegó en el momento más propicio. El gran dialéctico se estaba aproximando al recodo de su vida, y hasta ahora, en medio de temporales y esfuerzos, había tenido poca oportunidad para la contemplación creadora. ¿Cuántas contrariedades, cuántos conflictos tenía este hombre que ahora, a los sesenta años, se veía obligado a permanecer en el ambiente restringido de su época? Selecto en tenacidad, versatilidad y fuerza espiritual, él, un novus homo, había ocupado, uno tras otro, todos los puestos y honores públicos que, usualmente, estaban fuera del alcance de los de nacimiento humilde y eran celosamente reservados para su propio disfrute por la camarilla aristocrática. Había alcanzado las más elevadas cumbres de la aprobación popular y había sido sumergido en las más hondas profundidades de la desaprobación popular. Después de haber derrotado la conspiración de Catilina fue subido en triunfo a las gradas del Capitolio, fue enguirnaldarlo por el pueblo, y fue distinguido por el Senado con el codiciado título de pater patriae. Por otra parte, se vio obligado a huir de noche, cuando fue desterrado por el mismo Senado y perseguido por el mismo populacho. No existía ningún cargo importante que no hubiera podido ocupar, ninguna dignidad que este infatigable publicista no hubiera alcanzado. Había dirigido procesos en el Foro, había mandado legiones en el campo de batalla, como cónsul había gobernado la República y como procónsul las provincias. Por sus dedos habían pasado millones de sestercios, y bajo sus manos se habían fundido en deudas. Había poseído la casa más hermosa del Palatino, y la había visto en ruinas, incendiada y devastada por sus enemigos. Había escrito tratados memorables y pronunciado discursos que estaban reconocidos como clásicos. Había engendrado hijos y perdido hijos, había sido a un tiempo osado y débil, a un tiempo tenaz y servil, muy admirado y muy odiado, un hombre de disposición inconstante, igualmente notable por sus defectos y por sus méritos; en resumen, había sido la personalidad más atractiva y más estimulante de su época. No obstante, para una cosa, la más importante de todas, no había tenido ratos de ocio, pues no dispuso jamás de tiempo para dirigir una mirada interna a su propia vida. Incesantemente intranquilo por ambición, jamás había podido tomar decisiones sosegadamente, resumiendo con tranquilidad sus conocimientos y sus pensamientos.

Ahora, al fin, cuando el golpe de Estado de César alejó a Cicerón de los asuntos públicos, le fue posible a éste atender con fruto aquellos negocios privados que son, después de todo, las cosas más absorbedoras del mundo; y sin quejarse dejó el Foro, el Senado y el Imperio a la dictadura de Julio César. La aversión a la política comenzó a dominar al estadista que había sido expulsado de aquélla. Se resignó con su suerte. Que otros trataran de salvaguardar los derechos de un pueblo que estaba más interesado en las luchas gladiatorias y otras diversiones similares que en la libertad; en adelante, él se cuidaría más de buscar, encontrar, y cultivar su libertad interna, propia. De este modo ocurrió que Marco Tulio Cicerón miró por primera vez reflexivamente en su fuero interno, resuelto a mostrar al mundo para que había trabajado y para que había vivido.

Siendo artista por nacimiento, a quien sólo la casualidad había inducido del estudio a la fantasmagoría de la política, Marco Tulio Cicerón procuró adaptar su modo de vida a su edad y a sus inclinaciones fundamentales. Se retiró de Roma, la ruidosa metrópoli, estableciéndose en Tusculum (conocida hoy por Frascati), donde podía gozar de las más bellas perspectivas de Italia. Las colinas boscosas de tintes suaves flotaban gentilmente hacia abajo en la Campania, y los arroyos susurraban música argentina que no podía perturbar la tranquilidad dominante en ese lugar remoto. Después de muchos años pasados en la plaza pública, en el Foro, la tienda de campaña o el carro del viajero, podía ahora, al fin dedicar su mente, sin alboroto y sin reserva, a la reflexión creadora. La ciudad, fatigante y seductora, era como una niebla lejana en el horizonte distante; y sin embargo era una jornada fácil. Con frecuencia llegaban los amigos para gozar de su vivaz conversación: Ático, el más íntimo de ellos; jóvenes tales como Bruto y Casio; aun, una vez, un huésped peligroso, Julio César, el poderoso dictador. Aunque sus amigos de Roma pudieran a veces demorar su visita, ¿no tenía otros compañeros a mano, amigos muy bien recibidos que jamás podrían molestar, silenciosos o comunicativos, como uno deseara: los libros? Marco Tulio Cicerón preparó para su uso una magnífica biblioteca en su retiro rural, un inagotable panal de miel de sabiduría que contenía las mejores obras de los sabios de Grecia y los historiadores de Roma, acompañadas del compendio de las leyes. Con tales amigos de todas las edades y hablando todas las lenguas, un hombre no podía estar jamás aislado, por muy largas que fueran las noches. La mañana estaba dedicada al trabajo. Un esclavo ilustrado y dócil estaba pronto a escribir cuando el dueño decidía dictar; las comidas pasaban agradablemente en compañía de Tulia, la hija a quien tanto amaba; y las lecciones que daba a su hijo eran una fuente de variedad diaria, un estímulo perpetuo. Además, aunque sexagenario, se inclinó a condescender con la más dulce locura de la vejez, tomando una esposa joven —más joven que su propia hija—. El artista que había en él le despertó el deseo de gozar de la belleza no sólo en mármol o en versos, sino también en su forma más sensual y más seductora.

Así, pues, a la edad de sesenta años Marco Tulio César Cicerón tuvo un hogar al fin, para sí mismo. No sería otra cosa que un filósofo y no más un demagogo; nada más que un autor y nunca otra vez un retórico; señor de sus propios ocios, no ya como antes, el infatigable sirviente del favor popular. En vez de estar en la plaza pública redondeando períodos oratorios dirigidos a los oídos de jueces corruptibles, sería preferible demostrar sus talentos retóricos gráficamente a todos y a varios, componiendo De Oratore para beneficio de los presumidos imitadores. Simultáneamente, redactando su tratado De Senectud e., trataría de convencerse de que un sabio genuino debe considerar la resignación como la gloria principal de los años declinantes. Las más hermosas, las más armoniosas de sus cartas datan de este mismo período de recogimiento interno; y aun cuando lo castigó la desgracia con la pérdida de su amada Tulia, su arte le ayudó a mantener la dignidad filosófica; escribió las Consolationes que a través de siglos han proporcionado ecuanimidad a miles de aflicciones similares. Á causa de esta fase del destierro ha podido aclamarlo la posteridad como a un autor excepcionalmente delicado no menos que como a un gran orador, porque durante estos tres años tranquilos Cicerón contribuyó más a su obra y a su fama que durante los treinta que antes había despilfarrado en la vida pública. El exponente de la ley había aprendido al fin el amargo secreto que todos los empeñados en una carrera pública deben aprender a la larga —que un hombre no puede defender permanentemente la libertad de las masas, sino únicamente su propia libertad, la libertad que viene de adentro.

***

De esta manera, Marco Tulio Cicerón, como cosmopolita, humanista y filósofo, pasó en el retiro un verano delicioso, un otoño creador y un invierno italiano, esperando pasar el resto de su vida alejado de intrusiones seculares o políticas. Apenas echaba una ojeada a los informes noticiosos diarios y a las cartas de Roma, manteniéndose indiferente al juego que no necesitaba ya más de él como jugador. Pareció estar curado del prurito del hombre de letras por la publicidad y haberse convertido en un ciudadano de la República invisible, no un ciudadano actual de aquella violada y corrompida República que había sucumbido sin resistencia al reinado del terror. Entonces, un mediodía de un día de marzo del año 44 a. de C., entró impetuosamente en la casa un mensajero jadeante y cubierto de polvo. Apenas hubo conseguido boquear su noticia de que Julio César, el dictador, había sido asesinado en el Foro, cuando cayó inanimado sobre el piso.

Cicerón se irguió repentinamente alarmado. No habían pasado muchas semanas desde que el magnánimo conquistador se sentara a esta misma mesa, y aunque él, Cicerón, se había sentido inclinado casi al odio por su oposición al hombre peligroso del poder, cuyos triunfos militares había contemplado con sospechas, nunca pudo dominar su secreta admiración por la mentalidad poderosa, el genio organizador y la buena índole del único respetable entre sus enemigos. Sin embargo, a pesar de la detestación del crudo argumento de la daga de un asesino, ¿no había César, no obstante sus grandes méritos y no obstante lo notable de sus logros, cometido él mismo el más atroz de los asesinatos, parricidium patriae, el degüello de la madre patria por el hijo? ¿No fue a causa de su genio sobresaliente por lo que julio César había llegado a ser tan peligroso para Roma? Su muerte era deplorable, por supuesto; y sin embargo el delito podía promover la victoria de una causa sagrada. ¿No podría ser resucitada la República ahora que César estaba muerto? ¿No podría la muerte del dictador conducir al triunfo del más sublime de los ideales, el ideal de libertad?

Cicerón, por lo tanto, se recobró pronto de su pánico. Nunca había deseado un hecho tan nefando, quizás ni aún lo había querido en sueños. Bruto y Casio (aunque Bruto, mientras arrancaba el puñal sangriento del pecho de César, había gritado el nombre de Cicerón, invocando así al líder del republicanismo para que fuera testigo del hecho) no le pidieron jamás que se uniera a las filas de los conspiradores. Pero en todo caso, desde que lo que ha sido hecho no puede ser deshecho, debería, si era posible, ser utilizado en ventaja para la República. Cicerón sabía que la senda hacia el restablecimiento de la República conducía a través de este cadáver real, y a él le correspondía mostrar el camino a los otros. Esta ocasión era única y no debía ser desperdiciada. Aquel mismo día Marco Tulio Cicerón abandonó su biblioteca, sus escritos y el ocio santificado del artista. Con apresuramiento febril se dirigió a Roma para defender los derechos de la República como verdadera heredera de César, para defenderla simultáneamente contra los asesinos de César y de aquellos que tratarían de vengar el asesinato.

***

Cicerón encontró a Roma una ciudad confundida, espantada y perpleja. En la primera hora, el asesinato de César se había mostrado más grande que los asesinos. Los grupos accidentales de complotados habían sabido solamente cómo asesinar, quitar de en medio a este hombre que elevaba la cabeza y los hombros sobre todos ellos. Ahora, cuando era llegado el momento de rendir cuentas de su crimen, se encontraban desconcertados por completo, sin saber qué hacer. Los senadores vacilaban, no sabiendo si perdonar o condenar; mientras que el populacho, largamente acostumbrado a las riendas, echaba de menos la mano firme y no aventuraba opinión. Marco Antonio y los demás amigos de César tenían miedo a los conspiradores y temblaban por sus propias vidas. Los conspiradores, a su vez, temían la venganza de aquellos que habían amado a César.

En medio de esta consternación general, Cicerón fue el único hombre que demostró firmeza de voluntad. Aunque, como otras personas que son predominantemente intelectuales y nerviosas, él era por lo usual vacilante y ansioso, tomo ahora posición firme apoyando el acto que no había hecho nada por promover. Erguido sobre las losas húmedas aún con la sangre del dictador asesinado, frente al Senado reunido, dio la bienvenida a la remoción de César como una victoria del ideal republicano. “¡Oh, pueblo mío —exclamó—, has encontrado la libertad una vez más! Bruto y Casio han realizado la más grande de las hazañas, no solo en favor de Roma, sino en favor del mundo entero”. Pero, al mismo tiempo, demando que se le diera su más alto significado a lo que en sí mismo era una acción sanguinaria. El poder se había disipado ahora que César había muerto. Debían instantáneamente proceder a salvar a la República, a restablecer la constitución romana. Debía privarse del consulado a Marco Antonio y conferirse la autoridad ejecutiva a Bruto y a Casio. Por primera vez en su vida, este devoto de la ley insto para que durante una hora o dos fueran desconocidas las disposiciones de la ley, para dar vigor sin cesar a la prevalencia de la libertad.

La hora señalada para Marco Tulio Cicerón, que él había anhelado tan ardientemente desde el derrocamiento de Catilina, había llegado al fin con los idus de marzo en los cuales había sido derribado César, y si él hubiera aprovechado esta oportunidad nos habrían enseñado a todos en la escuela una historia romana diferente, En este caso, habría llegado a nosotros el nombre de Cicerón en la Rima de Livio y en las Vidas de Plutarco, no sólo como el de un autor célebre, sino como el del genio de la libertad romana. Habría sido la suya la gloria imperecedera de haber tenido los poderes de un dictador y haberlos restaurado voluntariamente al pueblo. Pero una y otra vez se repite en la historia la tragedia del hombre de estudio, porque cargado con un sentido excesivo de responsabilidad, raramente se muestra hombre decisivo de acción. Repetidamente encontramos la misma hendidura en personas intelectuales y creadoras. A causa de que ven mejor las locuras de la época, son más impacientes para intervenir, y en una hora de entusiasmo se lanzarán impetuosamente a la arena política. Pero simultáneamente huyen de hacer frente a la violencia con la violencia. Su sentido íntimo de la responsabilidad les hace vacilar antes de inspirar terror, de derramar sangre; y su indecisión y precaución en el preciso momento, cuando la precipitación y la temeridad han llegado a ser no solo deseables, sino esenciales, paraliza sus energías. Después de este primer impulso comenzó Cicerón a darse cuenta de la situación con alarmante claridad. Observando a los conspiradores, a los que el día antes había exaltado como héroes, vio que no eran más que débiles criaturas, al punto de huir de la sombra de su propia hazaña. Vio al común del pueblo y percibió que estaba ahora lejos de ser el viejo populus Romanus, los héroes que él había soñado; que era solo la plebe degenerada que no pensaba más que en provecho y placeres, pan y circo. Un día adularían a Bruto y a Casio, los asesinos de César; al siguiente aplaudirían a Antonio, cuando este los convocara para tomar venganza; y el tercero, glorificarían a Dolabella por haber destruido las estatuas de César. En esta ciudad depravada, llego él a comprender, no existía una sola alma que estuviera llena de devoción incondicional a la idea de libertad. La sangre de César había sido derramada en vano, el asesinato había sido inútil, porque todos rivalizaban uno con otro, intrigaban y discutían en la esperanza de obtener la mayor herencia, la mayor cantidad de la riqueza del hombre muerto, el control de sus legiones, el manejo de su poder. No deseaban promover la única causa que era sagrada, la causa de Roma; cada cual buscaba su propia ventaja y su propia ganancia.

El ser humano estaba soñando una vez más (como el más noble de los vivientes en tal época haya jamás soñado) el sempiterno sueño de asegurar la paz del mundo por la ilustración moral y la conciliación. La justicia y la ley —éstos solos deben ser los pilares del Estado. Los que fueron sinceros desde el principio hasta el fin, y no los demagogos, son los que deben retener el poder y gobernar así rectamente el Estado. Ninguno debe tratar de imponer su voluntad personal y, mediante ella, sus nociones arbitrarias sobre el pueblo, y debemos rehusamos a obedecer a todos los despreciables ambiciosos que han arrebatado el poder, y debemos rehusar ser guiados por hoc omne genes pestiferum adque impium; y Cicerón, como un hombre de independencia inviolable, rechaza fieramente todo pensamiento de tener algo en común con un dictador y la más remota idea de servirlo. Nulla est enim societas nobis cum tyrannis et potius summa distractio est. Porque, arguye el, el gobierno por la fuerza de un individuo infringe necesaria y violentamente los derechos comunes del hombre. En una comunidad sólo puede reinar la armonía cuando los individuos subordinan sus propios intereses a los de la comunidad, en vez de procurar sacar ventajas personales de una posición pública. Defensor, como todos los humanistas, de un instrumento superior, Cicerón reclama el perfeccionamiento de las oposiciones. De una parte Roma no necesita Silas ni Césares, y de otra tampoco Gracos; la dictadura es peligrosa, pero igualmente peligrosa es la revolución.

Mucho de lo que Cicerón escribe fue escrito antes que él por Platón en La República, y fue proclamado después de él, mucho más tarde, por Jean-Jacques Rousseau y otros idealistas utópicos. Pero lo que hace que su testamento se adelante de modo tan sorprendente a su día es que en él, medio siglo antes que comenzara la Era Cristiana, encontramos la primera expresión de una idea sublime, la idea de humanidad. En una época de crueldad brutal, cuando aun César, después de la conquista de la ciudad, había hecho cortar las manos a dos mil prisioneros, cuando martirios y combates de gladiadores, crucifixiones y matanzas ocurrían diariamente y eran considerados como cosas naturales, Cicerón fue el primero entre los romanos que lanzó una protesta elocuente contra el abuso de autoridad. Condenó la guerra como bestial, denunció el militarismo y el imperialismo de su propio pueblo, censuró la explotación de las provincias extranjeras y declaró que los territorios debían ser incorporados al dominio de Roma mediante la civilización y la moralidad, jamás por el poder de la espada. Con mirada profética previó que la destrucción de Roma sería resultado de la venganza ejercida contra ella por sus victorias sangrientas, por sus conquistas, que eran inmorales porque eran alcanzadas únicamente por la fuerza. Siempre, cuando una nación priva a otras naciones de su libertad, pone en peligro la suya por el trabajo secreto de la venganza. Precisamente cuando las legiones romanas (mercenarios armados) estaban marchando contra Parta y Persia, contra Alemania y Bretaña, contra España y Macedonia, persiguiendo el fuego fatuo del imperio, este campeón impotente de la humanidad conjuró a su hijo a que venerara la cooperación de la humanidad como el más sublime de los ideales. Así, pues, coronando su carrera con triunfos, justamente antes de su fin, Marco Tulio Cicerón, hasta ahora nada más que un humanista cultivado, se convirtió en el primer campeón de la humanidad en general, y por ello en el primer paladín de la genuina cultura espiritual.

***

Mientras Cicerón, apartado del mundo, estaba meditando tranquilamente sobre la substancia y la forma de una constitución moral para el Estado, crecía la intranquilidad en el reino de Roma. Ni el Senado ni el populacho habían decidido todavía si los asesinos de César debían ser ensalzados o condenados. Marco Antonio estaba armándose para la guerra contra Bruto y Casio e, inesperadamente, apareció en la escena un tercer pretendiente, Octavio, a quien César había designado su heredero y quien deseaba ahora recoger la herencia. Apenas hubo desembarcado en Italia cuando escribió a Cicerón pidiéndole su apoyo; pero, simultáneamente, Antonio invitó al anciano a ir a Roma, mientras que Bruto y Casio le llamaban desde sus campamentos. Todos estaban igualmente deseosos de que este gran estadista abogara por su causa, y cada cual esperaba que el famoso jurista demostrara que sus pretensiones eran justas. Por un sano instinto, los políticos que codician el poder necesitan siempre buscar el apoyo de intelectuales, a los que desdeñosamente echan a un lado tan pronto como han logrado sus fines. Si Cicerón no hubiera sido más que el hombre ambicioso y vano de sus primeros tiempos, habría sido fácilmente arrastrado.

Pero Cicerón había crecido tanto en hastío como en prudencia, dos talantes entre los cuales hay disposición a establecer una analogía peligrosa. Él sabía que sólo una cosa era ahora esencial: terminar su libro, poner orden en su vida y sus pensamientos. Como Ulises, que taponó con cera las orejas de sus hombres para evitar que fueran seducidos por el canto de las sirenas, el cerró sus oídos internos a los halagos de los que disfrutaban o buscaban el poder. Ignorando el llamado de Antonio, la solicitud de Bruto y aun las demandas del Senado, continuó escribiendo su libro, sintiéndose más fuerte en palabras que en hechos, más sabio en la soledad de lo que pudiera ser en una muchedumbre, y presagiando que De Officiis sería su adiós al mundo.

No miró a su alrededor hasta que hubo concluído su testamento. Fue un despertar desagradable. El país, su tierra natal, estaba amenazado por la guerra civil. Antonio, después de haber saqueado las arcas de César y los tesoros del templo, estaba en condiciones, con esta riqueza robada, de reclutar mercenarios, mientras que opuestos a él existían tres ejércitos bien equipados: el de Octavio, el de Lépido y el de Bruto y Casio. El momento para la conciliación o la intervención amistosa había pasado. El asunto que aguardaba decisión era saber si Roma sucumbiría a un nuevo Cesarismo, el de Antonio, o si la República había de continuar. En una hora semejante cada cual tenía que hacer su elección. Hasta Marco Tulio Cicerón tenía que elegir, aunque había sido siempre cauto y reflexivo, a uno que prefiriera la transacción, que se mantuviera sobre los partidos o vacilara entre ellos.

En este punto ocurrió una cosa extraña. Cuando Cicerón hubo entregado a su hijo su testamento, De Officiis, pareció como uno que ha vivido despreocupado de la vida, inspirado con nuevo valor. Conoció que su carrera, política o literaria, estaba concluída. Había dicho todo lo que quiso decir y tenía poco campo para posterior experiencia. Estaba envejecido, había realizado su obra; ¿por qué, entonces, se había de molestar en defender los pobres vestigios de la vida? Como un animal perseguido hasta el agotamiento, y que sabe que la ladradora jauría está cerca, se vuelve acorralado para encontrar más pronto su fin, así hizo Cicerón, menospreciando la muerte, arrojándose una vez más a la lucha donde se hacía con más fiereza. El, que durante meses y años había manejado sólo el mudo estilo, recurrió una vez más al rayo del discurso y lo lanzó contra los enemigos de la República.

El espectáculo fue quebrantador. En diciembre, el hombre de cabellos grises avanzó una vez más en el Foro y rogó a los romanos que se mostraran dignos de sus antecesores. Lanzó catorce “Filípicas” contra Antonio el usurpador, que había rehusado obedecer al Senado y al pueblo —aunque Cicerón no pedía menos que darse cuenta de lo peligroso que era para un hombre desarmado atacar a un dictador que había ya preparado sus legiones hasta el punto de estar listas para avanzar y matar a su menor indicación. El que espera demostración de coraje de los demás podrá sólo conseguirlo ofreciéndoles un ejemplo valeroso. Cicerón sabía bastante bien que ahora, corno en los pasados tiempos viejos en este mismo Foro, no estaba luchando únicamente con palabras, sino que debía aventurar su vida en defensa de sus convicciones. Declaró resueltamente desde la tribuna: “Ya en la juventud defendí a la República, no la abandonaré ahora que soy viejo. Daré contento mi vida si con ello puedo devolver la libertad a esta ciudad. Mi único deseo sería que mi muerte devolviera la libertad al pueblo de Roma. ¿Qué mayor favor que éste podrían concederme los dioses inmortales?” No ha quedado tiempo, expresó en términos precisos, para negociar con Antonio. Era indispensable apoyar a Octavio, quien, aunque pariente cercano de César y heredero de César, representaba la causa de la República. No se trataba ya de este hombre o aquél, sino del propósito más sagrado —res in extremum est adducta discrimen: de libertate decernitur. El asunto se había convertido en vital, la libertad estaba en la palestra. Cuando esta cosa sagrada hallábase en peligro, vacilar sería una total corrupción. En consecuencia, Cicerón, el pacifista, insistió en que los ejércitos de la República entraran en campaña contra los ejércitos de la dictadura. El, que como su discípulo de mil quinientos años después, Erasmo, detestaba el tumultus y aborrecía la guerra civil más que toda otra cosa en el mundo, dijo que debía declararse el estado de sitio y proscribir al usurpador.

No siendo ya un jurisconsulto ocupado en hablar en defensa de causas discutibles, sino el abogado de un ideal sublime, Cicerón encontró palabras impresionantes y brillantes. “¡Que otros pueblos vivan como esclavos! —exclamó ante sus ciudadanos—. Nosotros los romanos rehusamos hacerlo. Si no podemos lograr la libertad, muramos”. Si el Estado había caído realmente en este abismo de vileza, parecía bien entonces que un pueblo que dominó al mundo entero (nos principes orbis terrarum gentiumque omnium) se condujera como hacen los esclavos que se han convertido en gladiadores en el circo y piensan que es mejor morir con arrogancia con la cara mirando al enemigo que someterse vilmente a ser exterminados por cobardía. Ut cum dignitate potius cadamus cucan cum ignominia serviamus —más bien morir con honor que servir con baldón.

El Senado y el populacho reunido escucharon estas Filípicas con asombro. Muchos, acaso, previeron que esta sería la última vez, en espacio de siglos, en que podrían ser pronunciadas estas palabras en la plaza pública. Pronto en este lugar público el pueblo se inclinaría silencioso ante las estatuas de mármol de los emperadores, porque en vez de la viera libertad de palabra, todo lo que sería tolerado en el reino de los Césares sería el susurro de los aduladores y cazadores de puestos. El auditorio se estremeció, con mezcla de temor y admiración hacia este anciano que, con el valor de la desesperación, continuó defendiendo la independencia de la República desintegrada. Pero aun la tea incendiaria de su elocuencia no pudo inflamar el vástago podrido del orgullo romano. Mientras que el solitario idealista estaba en el Foro predicando el autosacrificio, los inescrupulosos dueños de las legiones estaban ya entrando en el pacto más perverso de la historia de Roma.

El mismo Octavio, a quien Cicerón estaba enalteciendo como defensor de la República, y el mismo Lépido, en cuyo favor había pedido la erección de una estatua que conmemorara los servicios prestados al pueblo romano, los dos hombres que él había convocado para aplastar al usurpador Antonio, prefirieron, ambos, hacer convenios privados con este usurpador. Puesto que ninguno de los tres líderes de los ejércitos, ni Octavio ni Antonio ni Lépido, se sentía bastante fuerte para amordazar sin ayuda a la República de Roma, los enemigos llegaron a una inteligencia para hacer una división secreta de la herencia de Julio César. Un día después, en vez de un César grande, Roma tuvo tres Césares pequeños.

***

Se produjo un cambio de trascendencia en la historia universal cuando los tres generales, en vez de obedecer al Senado y respetar las leyes de Roma, se unieron para formar un triunvirato y dividir, con tanta facilidad como si fuera botín de guerra fácilmente ganado, un poderoso imperio que se extendía sobre una parte considerable de tres continentes.

En un lugar próximo a Bolonia, en la confluencia del Reno y el Levino, se levantó una tienda para la reunión de los tres bandidos. Casi innecesario es decir que ninguno de los héroes marciales está dispuesto a fiarse de los otros dos. Con demasiada frecuencia, en sus proclamas, se habían llamado uno a otro villano, embustero, usurpador, enemigo del Estado y bandolero, para olvidar la depravación de sus aliados en perspectiva. Pero los que ansían el poder lo valoran no por sentimientos dignos de alabanza, sino pensando sólo en el saqueo y no en el honor. Los tres nombrados por sí mismos líderes del mundo, los tres asociados se mantuvieron a notable distancia uno de otro hasta que se tomaron todas las precauciones. Tuvieron que someterse a un registro preliminar para evitar que llevaran armas ocultas. Cuando se convencieron de que todo estaba bien a este respecto, se saludaron con sonrisa amistosa y entraron en la tienda en que iban a incubar sus planes.

Durante tres días, Antonio, Octavio y Lépido estuvieron en esta tienda sin testigos. Estaban en discusión tres puntos principales. En cuanto al primero, la partición del imperio, no se tardó mucho en llegar a una decisión. Convinieron en que Octavio ocuparía las provincias de África, incluso Numidia; Antonio tendría las Galias: y a Lépido se le asignaba España. Tampoco ofreció mucha dificultad el segundo punto: cómo iban a conseguir el dinero necesario para sus soldados y partidarios civiles, cuya paga estaba atrasada en meses. El problema fue rápidamente resuelto de acuerdo con un sistema bien ensayado: robarían las propiedades de los más ricos romanos, cuya pronta ejecución ahorraría gran parte de las dificultades. Cómodamente sentados alrededor de una mesa, los triunviros redactaron una lista de dos mil de los hombres de mayor riqueza de Italia, entre los cuales figuraba un ciento de senadores. Cada cual contribuyó con los nombres de los que sabía que tenían el riñón bien cubierto, no olvidando a sus enemigos y adversarios personales. Con unos cuantos trazos de estilo habían arreglado las cuestiones económica y territorial.

Ahora llegaba el tercer problema. Quien desea fundar una dictadura debe, ante todo, para salvaguardar su gobierno, silenciar a los perpetuos opositores a la tiranía —los independientes (demasiado pocos en número), los defensores permanentes de esa inextinguible utopía, la libertad espiritual. Antonio propuso encabezar la lista con el nombre de Marco Tulio Cicerón. Cicerón era el más peligroso de todos los de su clase, porque tenía energía mental y anhelo de independencia. Se le marcó, pues, para morir.

Octavio se horrorizó y rehusó su aprobación. Siendo todavía joven (no pasaba de los veinte), no estaba endurecido y envenenado por la perfidia política, y se opuso a que tuviera comienzo su gobierno con la muerte del más distinguido hombre de letras de Italia. Cicerón había sido su consejero leal, lo había alabado ante el pueblo y el Senado; habían transcurrido pocos meses desde que Octavio había buscado la ayuda de Cicerón, había rogado el consejo de Cicerón, había acudido reverentemente al anciano como a su “verdadero padre”. Abochornado por la propuesta de Antonio, Octavio resistió con tenacidad. Movido por un instinto sano, le repugnaba la idea de que este notable maestro de la lengua latina cayese bajo el puñal de un asesino pagado. Antonio, sin embargo, insistió, sabiendo perfectamente que el espíritu y la fuerza son enemigos irreconciliables, y que nada puede ser más peligroso para una dictadura que un hombre prominente en el empleo del idioma. La lucha por la cabeza de Cicerón continuó durante tres días. Pero al fin se rindió Octavio, con el resultado de que el nombre Cicerón puso remate al que es, quizás, el documento más abominable de la historia de Roma. Esta última edición a la lista de los proscritos selló la sentencia de muerte de la República.

Desde el momento en que Cicerón supo que se habían reconciliado los tres que hasta ahora habían sido opositores uno a otro, comprendió que estaba perdido. Sabía que Antonio era un hombre de violencia, y que él mismo, en sus Filípicas había descrito demasiado vívidamente la codicia y odiosidad, la inescrupulosidad y la vanidad, la insaciable crueldad de Antonio, para esperar que este miembro del triunvirato diera muestra alguna de la magnanimidad de César. Si quería salvar su vida, su único recurso era huir instantáneamente. Debía escapar a Grecia; debía buscar en Bruto, Casio y Catón el último campamento de los que estaban dispuestos a luchar por la libertad republicana. Parece que dos o tres veces meditó ensayar este refugio, donde podría al menos estar seguro de los asesinos que ya le daban caza. Hizo sus preparativos, informó a sus amigos, embarcó y partió. Sin embargo, una vez más vaciló a último momento. Familiarizado con la desolación del exilio, estaba dominado por el amor a su tierra natal y pensó que sería indigno pasar el resto de sus días emigrado. Un poderoso impulso que se sobreponía a la razón, que era opuesto a la razón, obligó al anciano a afrontar la suerte que le esperaba. Fatigado por todo lo que le había acontecido, anhelaba, al menos, el descanso de unos cuantos días. Reflexionaría tranquilamente un poco más, escribiría algunas cartas; leería unos cuantos libros; después de eso, que ocurriera lo que quisiera. Durante estos últimos meses, Cicerón se había ocultado, ya en un lugar del país, ya en otro, moviéndose tan pronto corno amenazaba el peligro, pero jamas poniéndose fuera de su alcance. Como un hombre con fiebre pone continuamente en orden sus almohadas, de igual manera Cicerón se trasladaba una y otra vez de un lugar de ocultamiento parcial a otro, ni completamente resuelto a hacer frente a sus asesinos ni completamente decidido a eludirlos. Era como si estuviera siendo guiado, en su pasiva disposición para el fin, por lo que había escrito en De Senectute, esto es, que un anciano no debe nunca buscar la muerte ni tratar de alejarla, por que la muerte debe ser recibida con indiferencia cuando quiera decidirse a venir. Neque turpis mors forti viro potest accedere: para el hombre fuerte de alma no puede haber muerte vergonzosa.

Encontrándose en este espíritu, cuando comenzó el invierno, Cicerón, que había ido ya a Sicilia, ordenó a sus servidores que se embarcaran con él para Italia. El tenía una pequeña propiedad en Cajeta (conocida hoy como Gaeta). Allí podría mantenerse oculto algún tiempo; allí desembarcaría. La verdad era que la fatiga —no solamente fatiga de los músculos o los nervios, sino cansancio de la vida, nostalgia del fin y de la tumba— se había apoderado de él. Todavía podría descansar un poco. Una vez más podría respirar el fragante aire de su tierra natal, una vez más despedirse del mundo. Allí gozaría de reposo, aunque sólo fuera por un día o por una hora.

Inmediatamente de desembarcar, invocó reverentemente los lares de la casa. Este hombre de sesenta y cuatro años estaba cansado en extremo y el viaje lo había agotado, así es que se acostó en el cuhiculum, relajó sus miembros y cerró sus ojos. En un dormitar gentil pudo tener un goce anticipado del descanso eterno que estaba próximo.

Pero apenas encontró reposo cuando fue despertado por un fiel esclavo que entró atropelladamente en la habitación. Se observaron personas sospechosas, hombres armados, y un miembro de la casa (uno a quien Cicerón había prodigado muchas bondades) había, como recompensa, denunciado las idas y venidas del dueño. Que su señor huya instantáneamente; una litera estaba pronta; los esclavos se armarían para protegerlo; la distancia hasta el barco era corta, y entonces estaría seguro. El fatigado anciano rehusó moverse. “¿Que ocurre? —preguntó—. Estoy cansado de huir de un lado a otro y hastiado de la vida. Déjenme perecer en el país que he intentado vanamente salvar”. A la postre, sin embargo, sus leales criados pudieron persuadirle; esclavos armados condujeron la litera a través de un bosquecillo por una senda extraviada que los llevaría al embarcadero.

Pero el traidor no quiso perdonar el precio prometido por el derramamiento de la sangre. Apresuradamente llamó a un centurión y a algunos legionarios y, persiguiendo a Cicerón a través del bosque, se apoderaron de su presa.

Los portadores armados que rodeaban la litera se dispusieron a pelear, pero el dueño les ordenó que depusieran su actitud. En todo caso, su vida debía estar acercándose a su fin, ¿por qué debían sacrificarse otros hombres más jóvenes? En esta última hora, el hombre que se había mostrado siempre tan vacilante, inseguro, y rara vez valiente, demostró resolución e intrepidez. Como un verdadero romano sintió que él, como un maestro de filosofía del mundo, debía afrontar esta prueba última muriendo sin espanto —sapientissimus quisque aequissimo animo moritur. Ante una orden suya, los esclavos se apartaron. Desarmado y sin oponer resistencia, Cicerón presentó su cabeza gris a los asesinos, diciendo con dignidad: “He sabido siempre ser mortal” —non ignoravi me mortalem genuisse. Pero los asesinos no querían filosofía; querían el premio prometido. No hubo demora. Con un poderoso golpe, el centurión puso fin a la vida del hombre desarmado.

Así pereció Marco Tulio Cicerón, el último campeón de la libertad romana, más heroico, más poderoso y más leal en esta hora final que lo había sido en los miles y miles de horas que había vivido antes.

***

A la tragedia siguió una sátira sangrienta. La urgencia con que Antonio había exigido este asesinato particular hizo suponer a los asesinos que la cabeza de Cicerón valía bien un precio especialmente bueno. Por supuesto, no llegarían a prever cuánto valor se atribuía al cerebro de este hombre por los intelectuales de su propio tiempo y de la posteridad, pero podían comprender perfectamente la suma que sería pagada por el triunviro que tan ansioso se había mostrado de quitar de en medio a este enemigo. A fin de que no pudiera suscitarse cuestión sobre si eran ellos los que habían hecho el trabajo, resolvieron llevar a Antonio una prueba incontestable. Sin el menor escrúpulo, el jefe de la banda segó la cabeza y las manos del muerto, las puso en un saco que cargó sobre el hombro cuando aún chorreaba la sangre, y se encaminó fogosamente hacia Roma para deleitar al dictador con la noticia de que el famoso campeón de la República romana había sido sacrificado en la forma usual.

El bandido menor, el jefe de los asesinos, no había calculado mal. El asesino mayor, el que había ordenado el crimen, mostró su alegría con generosidad principesca. Marco Antonio podía permitirse ser liberal ahora que habían sido sacrificados y robados los mil hombres más ricos de Italia. No menos de un millón de sestercios pagó al centurión por el saco manchado de sangre que contenía la cabeza y las manos del que había sido Marco Tulio Cicerón. Pero no quedaba satisfecha todavía con esto su sed de venganza. El odio feroz del hombre de la sangre al hombre superior en altura moral le permitió disponer una horrible afrenta —inconsciente de que la vergüenza por este hecho recaería sobre él hasta el fin de los tiempos—. Ordenó que la cabeza y las manos de la víctima fueran clavadas en la tribuna desde la cual Cicerón había pedido al pueblo romano que se alzara contra Antonio y en defensa de la libertad de Roma.

El populacho asistió al espectáculo al siguiente día. En medio del Foro, sobre la tribuna, estaba expuesta la cabeza del último campeón de la libertad. Un gran clavo herrumbroso perforó la frente que había originado miles de grandes pensamientos; pálidos y contraídos, cerrados, estaban los labios que habían emitido más dulcemente que ningún otro las resonantes palabras del idioma latino; cerrados estaban los párpados para ocultar los ojos que por espacio de sesenta años habían velado a la República; impotentes estaban las manos que habían escrito las más bellas epístolas de la época. Pero ninguna de las acusaciones que el famoso orador había lanzado desde esta tribuna contra la brutalidad, contra la furia del despotismo, contra el desorden, podría denunciar de manera tan convincente la eterna sinrazón de la fuerza como lo hacía ahora la cabeza austera y silenciosa del asesinado. El terrible espectáculo de su cruel martirio tuvo poder más elocuente sobre las masas intimidadas que los más famosos discursos pronunciados por él desde este profanado Foro. Lo que se pretendió que fuera una humillación vergonzosa se convirtió en su última y más grande victoria.

Contenido relacionado