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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Sodoma y Gomorra

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Sodoma y Gomorra es el último, y más impactante, de los ocho elegantes relatos que forman parte de este libro. En él, Curzio Malaparte realiza un viaje imaginario junto a Voltaire por tierras palestinas, desde Jerusalén a Sodoma, pasando por el mar Muerto y Jericó. El viaje les servirá para reflexionar acerca de la existencia y el sexo de los ángeles, así como para revivir los oscuros episodios acaecidos en la ciudad sodomita. Los otros relatos, auténticas joyas líricas del exquisito autor italiano, llevan por título La magdalena de Carlsbourg, La hija del pastor de Born, La mujer rota, Historia del Caballero del Arbol, El negro de Comacchio, El «martillador» de la vieja Inglaterra y La «Madonna» de los patriotas, y se sitúan en escenarios tan diversos como Bélgica, Escandinavia, Rusia, Italia o Polonia. La poderosa personalidad de Malaparte se muestra plenamente en este libro de extraordinaria fuerza descriptiva que, junto con un marcado sentido de lo trágico y una ironía puramente latina, brilla magistralmente desde la primera página. Curzio Malaparte es un autor imprescindible para entender el complejo imaginario italiano de la posguerra.

Fragmento

La Magdalena de Carlsbourg

Nuestros últimos muertos habían sido ya enterrados en el cementerio de Rocroi.

El primero de diciembre nos pusimos de nuevo en camino hacia septentrión: nos hallábamos, en aquel entonces, en el mismo corazón de ese triste país valón, que abraza, con sus inmensos bosques de abetos, toda aquella tierra belga que confina ya con Luxemburgo.

Nadie recordaba un invierno tan riguroso. Por la noche, se oían los aullidos de los lobos por entre los abetales; los hielos obligaban a los ciervos y a los jabalíes a salir de las intrincadas espesuras de los bosques, buscando tierras menos inhóspitas por las inmediaciones de Carlsbourg donde, justamente, teníamos nosotros nuestro acantonamiento invernal.

Los recuerdos aún latentes de nuestras aventuras del verano y del otoño pasados, de nuestra partida de Italia encuadrados en el Segundo Cuerpo de Ejército, las cruentas batallas por los bosques de Bligny, por el Aisne, sobre el camino de las Damas, sobre las marismas de Sissone, la victoriosa persecución hasta Rocroi del enemigo en derrota; la impresión de las interminables jornadas de marcha, horas y horas, bajo la incesante lluvia, desde el Mosa hasta las selvas de Saint-Hubert, curvados y agobiados bajo el peso de los equipos, de la fatiga, de las heridas, y pisando siempre los talones al ya casi deshecho y derrotado ejército teutón, nada de esto, con ser mucho, lograba quitar de nuestros espíritus la impresión de sentirnos, en medio de aquellos enormes, húmedos y tenebrosos bosques, como los meros restos de un ejército disperso que ha de luchar siempre contra el frío, contra el hambre y contra la agobiante sensación de hallarse aislado en medio de un territorio extranjero.

El horizonte estaba continuamente teñido de un tono grisáceo, monótono y desesperante. La casa en que me alojaba, frente por frente del Vrai sanglier des Ardennes —albergue y taberna que nuestros soldados llenaban de cánticos y de risas durante la noche a los compases del «rommelpot»—, aquella casa, repito, me oprimía el corazón con su aspecto de soledad, de abandono, de eterno frío.

Por las mañanas, o al caer la tarde, solía dedicarme a la caza del ciervo: las furiosas persecuciones me proporcionaban así una válvula de escape que a veces lograba darme el grado de equilibrio necesario para poder luego seguir afrontando aquella monotonía en que nos hallábamos sumidos.

Pero ¡qué triste es, realmente, el sonido del cuerno de caza cuando se le oye desde el fondo mismo de los bosques!

Aun así, y como digo, me dediqué de lleno a la caza, a falta de mejor ocupación en aquellos días concretos: con algunos soldados marismeños y con otros tantos cazadores de Carlsbourgy de Saint-Hubert, buenos conocedores éstos de las tretas del jabalí, dábamos batida tras batida por los nevados parajes. La alegría de los cazadores se volvía contagiosa: sus canciones, las charlas en torno a la hoguera, los tragos de buen vino con que combatir el frío reinante, todo ello llevaba calor a mi espíritu y me permitía, al menos por algunas horas, olvidar la causa de nuestra estancia, los horrores que por doquiera nos rodeaban. El «¡dallí!» «¡dallí!» de los marismeños, el «¡Hallalí!» de los batidores de Carlsbourg, lograban sacarme de mi estado de aburrimiento, de abatimiento, y por eso, justamente, me lanzaba en su compañía, vez tras vez, a lo más profundo de los bosques.

Una tarde, al regresar de una batida, me quedé solo, aislado, escuchando los sonidos —multiplicados a través de la espesura— del cuerno de caza que llamaba a los batidores indicándoles que había ya llegado el momento del regreso. Se me hizo de noche cuando, al fin, me decidí a volver a Carlsbourg: recordé, no sé aún por qué, que mi camino debería pasar forzosamente a un tiro de piedra de la hostería de El jabalí negro, donde habita totalmente recluida, al decir de las gentes, una desgraciada muchacha que durante la ocupación había tenido comercio de amores con los invasores alemanes.

Era así una hostería prohibida: por orden terminante de nuestra Plana Mayor, nadie, ni oficial ni soldado, podía trasponer aquel umbral.

Tal prohibición había sido exigida por el burgomaestre de Carlsbourg. En toda Bélgica, y al igual que en aquellas regiones de Francia que habían sido invadidas, tal clase de mujeres era tratada con odio por sus convecinos. Habían sido, incluso, declaradas fuera de la Ley, puestas al margen de la sociedad de los Hombres.

Se contaba, por aquellos días, que en Bruselas, durante la tarde del 11 de noviembre —Día del Armisticio— una de esas pobres mujeres había sido perseguida por el Boulevard Anspach, y apaleada por una multitud enloquecida y ávida de sangre: fue tratada luego, precisamente, como lo eran las prostitutas de los remotos tiempos de la Historia.

Y tal ola de odio había llegado, como la llama de un incendio que se propaga, hasta aquel pequeño pueblo perdido en el fondo de las Ardenas.

Hacía un frío intenso que se metía entre la ropa y que calaba hasta el interior de los huesos. Debo decir, sin embargo, que no fue ésta la causa que me impelió a llamar a la puerta de la casa prohibida.

Al sonar mis aldabonazos, un llanto comenzó a oírse allá dentro. Inmediatamente me arrepentí de lo hecho y bruscamente me separé unos pasos, quedando así en la oscuridad. En la planta baja se abrió una contraventana y pude entrever, en la penumbra, una cara, casi aún de niña, que desapareció seguidamente.

Aquella tarde no tuve valor para llamar de nuevo; pero al día siguiente, hacia el ocaso, volví otra vez a la hostería de El jabalí negro y, sin dudarlo más, entré ya en su interior.

La aborrecida prostituta no era sino una muchachita de poco más de veinte años, frágil y blanca, con grandes ojos dulces, y con el pelo rubio dividido en dos crenchas y anudado luego, bajo la nuca, en un pequeño moño. Hablaba sonriendo y aquella sonrisa triste iluminaba por completo su cara, sus ojos, dándole un aspecto de total desamparo. Se llamaba Magdalena; pero en el país, desde que ocurrió aquello, la llamaban Madelón.

Me acogió con miedo al principio; luego, quizá, con confianza y con agradecimiento. Pero aquel primer día no me atreví ni tan siquiera a darle la mano.

En las próximas visitas llegamos ya a ser buenos amigos. Su casa era húmeda y fría, igual en todo a una casa abandonada.

Magdalena no solía atreverse ni tan siquiera a salir al bosque para buscar leña: su madre, una viejecilla que me miraba silenciosa desde un rincón del cuarto, no tenía fuerzas para manejar el hacha. Y cuando los lugareños la veían recogiendo las ramas caídas, la amenazaban también desde lejos, con puños y palos. Aquellas ramitas no eran suficientes para calentar el hogar. Daban una gran llama al principio, pero acababan de arder en breves minutos. La casa, así, continuaba helada día tras día. Magdalena, durante la noche, hacía de vez en cuando pequeñas incursiones por el bosque. Pero pronto la dominaba el terror y regresaba apresuradamente a casa, trayendo tan sólo algún pequeño tronco, las manos llenas de sangre y el corazón atenazado por el pánico.

Una tarde me ofrecí a acompañarla y así aquella casa volvió a conocer la alegría de las llamas bailando en la campana de la chimenea. Magdalena me veía comer, pero sin querer probar bocado. «Nenni», me decía en su francés valón, y enrojecía luego de vergüenza. Pero la maravilla de una naranja siciliana que nos había llegado entre otras provisiones del ejército, fue ya más fuerte que su orgullo. Cuando acercaba a sus labios la fruta, me fijé en su mano: la muchacha bajó los ojos, retiró la mano escondiéndola tras la espalda y comenzó a llorar, lenta, muy lentamente, con una indescriptible sensación de pena.

Al día siguiente, llevé a la casa un frasco de pomada de azufre y enseñé a Magdalena cómo debía usarla. Al cabo de una semana, gracias a aquel cuidado, la muchacha se había curado totalmente. Y era la suya entonces una alegría inocente, pero tan intensa que se le salía por los ojos aun cuando estaba en silencio. Empecé a sentir así una gran piedad por aquella desgraciada: cuando nuestros ojos se encontraban era yo siempre el primero en bajar la vista.

Magdalena se fue recuperando gradualmente y comenzó ya a sentir de nuevo la alegría de vivir, la confianza en el mañana.

Una tarde, la pobre chiquilla cogió mi mano, la apretó con fuerza, puso sus labios sobre ella y comenzó a llorar en silencio. La historia surgió entera, sin haberla nadie pedido:

Al principio de la guerra, cuando ya los alemanes habían entrado en Dinant, el padre y el hermano de Magdalena se hallaban por los bosques, dedicados a la caza.

Y en aquellas mismas zonas selváticas se unieron ambos a las guerrillas de francotiradores de las Ardenas.

¡Hallalí! ¡Hallalí! Los cazadores profesionales comenzaron la caza del hombre, la caza del ulano.

Pronto el ejército ocupante organizó la captura de tales guerrilleros: los francotiradores de Carlsbourg no regresaron ya jamás a sus hogares. Magdalena quedó sola con su madre, en aquella casa perdida en el bosque en la que faltaba, y faltaría de allí en adelante, el calor y la protección de un hombre. Magdalena quedó, pues, virtualmente sola y sin poder defenderse. Pasó luego la oleada de los ocupantes. Magdalena fue violada por las fuerzas tantas veces como los dominadores así lo quisieron. Después, Magdalena hubo de entregarse por hambre.

Sentí un profundo dolor en el corazón: un dolor que no era sino rabia y piedad, odio y compasión al mismo tiempo. Hubiera entonces querido decirle: «Magdalena, yo sí te quiero»: pero… ¿cómo podría hacerlo?

Acaricié sus cabellos y su rostro.

Con mi mano, torpemente, sequé sus lágrimas.

La luna parecía ir saliendo al cielo desde el fondo de los bosques, en los que el viento entonaba su monótona melodía.

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