El gigante

El coloso, atribuido por Manuela Mena, responsable del siglo XVIII y Goya del Museo del Prado, en 2009, a un «seguidor de Goya».

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Ha venido el gigante, el gigante grande, grande. ¡Tan grande, tan grande! ¡Y tan bobo ese gigante! Tiene manazas enormes, con dedos muy gruesos, y pies tan enormes y gruesos como árboles. Muy gordos, muy gordos. ¡Ha venido y… se ha caldo! ¿Sabes? ¡Se cayó! ¡Tropezó con un peldaño y se cayó! Es tan bruto el gigante, tan bobo… De repente, va y se cayó.

Abrió la bocaza… y se quedó en el suelo, bobo como un deshollinador. ¿A qué has venido, gigante? ¡Vete, vete, gigante! ¡Mi Pepín es tan dulce y gentil! ¡Se abraza tan cariñosamente a su mamá, contra el corazón de su mamaíta! ¡Es tan bueno y tan cariñoso! Sus ojos son tan dulces y tan claros, que todo el mundo le quiere. Tiene una naricita monísima y no hace tonterías. Antes corría, gritaba, montaba a caballo. Has de saber, gigante, que Pepín tenía un caballo, un lindo caballo grande, con su cola. Pepín monta a caballo y se va lejos, lejos, al bosque, al río. Y en el río, ¿no lo sabes, gigante?, hay pececitos. No, tú no lo sabes porque eres un bruto, pero Pepín sí que lo sabe. ¡Pececitos lindos! El sol ilumina el agua y los pececitos juegan, ¡tan lindos, tan lindos y ligeros! ¡Si, gigante bruto, que no sabes nada!…

-¡Qué bobo de gigante! Vino y… se cayó. ¡Qué bobo es! Subía la escalera y de pronto, ¡para!, se cayó. ¡Ah, qué bruto es! No tiene por qué venir aquí el gigante; no le hemos invitado. Antes Pepín hacía travesuras, pero ahora es tan juicioso, tan dulce, tan bueno, y mamá le quiere tan tiernamente. Le quiere tanto… más que al mundo entero, más a sí misma, más que a la vida. Pepín es para su mamá el sol, la dicha, la alegría. Ahora es muy pequeñín y su vida es pequeñita, pero después se hará grande como un gigante. Tendrá una larga barba y unos largos bigotes, y su vida será grande, clara y bella. Será bueno, inteligente y fuerte, como un gigante, ¡tan fuerte y tan inteligente! Y todo el mundo le querrá, le admirará. Tendrá en su vida penas, porque todo el mundo tiene penas, pero conocerá también grandes alegrías, claras como el sol. Entrará en la vida bello e inteligente, y el cielo azul estará suspendido por encima de su cabeza y los pájaros le cantarán sus más bonitas canciones y el agua le murmurara cariñosa. Y mi Pepín mirará en torno suyo y dirá: “¡Qué bella es la vida!”

-¡Ya… ya!… No; es imposible; te tengo fuerte, querido chiquitín mío. ¿No te asusta la oscuridad? Mira, se ve luz por la ventana: es el farol de la calle, que nos alumbra. ¡Es tan bobo ese farol! ¡Se está derecho y alumbra! También a nosotros nos da un poco de luz. Él dice: “¡Vaya, no hay luz en esa casa, les voy a alumbrar un poco!” ¡Es tan bobo ese alto farol! ¡Mañana nos alumbrará también! Mañana… ¡Dios mío, Dios mío!

-Sí, sí… El gigante… Desde luego… ¡Es tan grande! Más alto que el farol y que el campanario. Y vino y… ¡se cayó! ¡Ah, qué bobo eres, gigante! ¿Es que no veías el escalón? “¡Yo miraba a lo alto y no vi el escalón!”, responde el gigante con voz de bajo profundo. “¡Yo miraba a lo alto!” ¡Ah, qué bruto eres, gigante! Es mejor mirar abajo; así, hubieras visto el escalón. Mira mi Pepín, gigante; ¡es tan guapo, tan inteligente! Será todavía más grande que tú. Dará unos pasos enormes. Caminará a través de la ciudad, sobre los bosques y las montañas.

Será fuerte y valiente; no temerá nada, absolutamente nada. Caminará a través de los ríos. Todos le mirarán con la boca abierta, tan bobos, y él atravesará los ríos. Su vida será tan grande, tan bella y clara, y el sol brillará sobre su cabeza, el dulce sol, tan lindo. Desde la mañana brillará el dulce sol… ¡Dios mío, Dios mío!…

Ya… Vino el gigante y… ¡se cayó! ¡Qué bobo es el gigante, Dios mío, qué bobo es!…

Así, en la noche profunda, hablaba la madre, estrechando contra su corazón a su hijito moribundo. Paseaba con él, por la habitación débilmente iluminada por el farol, y hablaba sin cesar.

Y en la habitación contigua, se oía llorar al padre del niño.

FIN

Leonid Andréiev. Fue un escritor y dramaturgo ruso que se destacó por su estilo expresionista y su visión pesimista de la vida. Nació en Oriol, una ciudad del centro de Rusia, el 9 de agosto de 1871, en el seno de una familia pobre. Estudió derecho en Moscú y San Petersburgo, pero pronto se dedicó al periodismo y a la literatura. Su primer relato publicado fue Sobre un estudiante pobre, basado en sus propias experiencias. Su carrera literaria despegó cuando Máximo Gorki lo descubrió y lo apoyó.

Andréiev escribió numerosos cuentos, novelas y obras de teatro, en las que exploró los aspectos más oscuros y trágicos de la condición humana. Entre sus obras más famosas se encuentran El abismo, Los siete ahorcados, Risa roja, La vida del hombre y El que recibe las bofetadas. Sus personajes suelen ser víctimas de la injusticia social, la violencia política, la guerra, el amor infeliz o la locura. Andréiev fue un crítico de la sociedad zarista y participó en el movimiento revolucionario de 1905. Sin embargo, después de la Revolución de Octubre de 1917, se exilió en Finlandia, donde murió de insuficiencia cardíaca el 12 de septiembre de 1919.