La bailarina

Danza del alma. Foto por Ahmad Odeh en Unsplash
Danza del alma. Foto por Ahmad Odeh en Unsplash

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Bailaban maravillosamente juntos, evolucionando de un lado a otro de la pista a los eróticos ritmos del tango, a veces del vals. A la edad de veinte y veintiún años, respectivamente, Claudette y Rodolphe se hicieron amantes. Quisieron casarse, pero su empresario consideró que resultaban más excitantes para los clientes si no estaban casados. Así que permanecieron solteros.

La sala de fiestas donde trabajaban se llamaba «El Rendez-vous» y era conocida entre cierta clientela de hombres maduros y gastados como una cura eficaz contra la impotencia. Basta con ir a ver bailar a Claudette y Rodolphe, decían todos. Los periodistas, intentando poner un poco de picante en sus columnas, describían su número como sadomasoquista, porque a menudo parecía que Rodolphe iba a estrangular a Claudette. La asía por la garganta y avanzaba, doblándola hacia atrás, o retrocedía —daba igual— manteniendo su presa, sacudiéndola a veces por el cuello, de tal modo que su pelo se agitaba furiosamente. El público contenía el aliento, suspiraba y los contemplaba fascinado. La batería de la banda de tres músicos sonaba más alta e insistente.

Claudette dejó de acostarse con Rodolphe porque pensaba que la privación estimularía su apetito. Le resultaba fácil excitar a Rodolphe mientras bailaba con él, para luego abandonarlo con un movimiento brusco, haciendo mutis acompañada por los aplausos y, en ocasiones, las risas de los espectadores. Bien ajenos estaban al hecho de que lo abandonaba de verdad.

Claudette era caprichosa y no tenía verdaderos planes, pero empezó a salir con un hombre barrigudo llamado Charles, de buen carácter, generoso y rico. Hasta se acostó con él. Charles aplaudía con fuerza cuando Claudette y Rodolphe bailaban, él rodeando con sus manos el grácil cuello blanco, ella doblada hacia atrás. Charles podía permitirse el lujo de reír. Se la iba a llevar a la cama luego.

Como sus ganancias iban unidas, Rodolphe le planteó el asunto a Claudette: o dejaba de ver a Charles o él no volvería a actuar con ella. O, por lo menos, no actuaría con las manos alrededor de su garganta, como si fuera a ahogarla en un exceso de pasión, que era lo que venían buscando los clientes. Rodolphe lo decía en serio, así que Claudette prometió no acostarse más con Charles. Cumplió su promesa. Charles se distanció; raras veces se le veía por «El Rendez-vous»; en esas ocasiones andaba triste y abatido y, finalmente, no volvió más. Pero Rodolphe se fue dando cuenta poco a poco de que Claudette estaba viéndose con dos o tres hombres. Empezó a dormir con ellos y el negocio prosperó más que con el rico Charles, quien, después de todo, era un solo hombre, con solo un grupo de amigos a los que poder traer a «El Rendez-vous».

Rodolphe le pidió a Claudette que terminara con los tres. Ella se lo prometió. Sin embargo, ellos, o sus mensajeros con noticias y flores, continuaron frecuentando el camerino todas las noches.

Rodolphe, que no había pasado una noche con Claudette desde hacía ya cinco meses, pero cuyo cuerpo se apretaba contra el suyo cada noche ante los ojos de doscientas personas… Rodolphe bailó un tango magnífico una noche. Se apretó contra ella como de costumbre y ella se inclinó hacia atrás.

—¡Más! ¡Más! —gritó el público, hombres en su mayoría, cuando las manos de Rodolphe oprimían la garganta de ella.

Claudette siempre fingía sufrir, amar a Rodolphe y sufrir a manos de su pasión durante la danza. Esta vez no se levantó cuando la soltó. Ni él la ayudó, como solía hacer. La había estrangulado, con tanta fuerza que ella no pudo gritar. Rodolphe salió del pequeño escenario y dejó a Claudette allí para que otros la recogieran.

FIN

Patricia Highsmith. Escritora americana, se trasladó de muy joven a Nueva York, graduándose en 1942 en el Barnard College. Trabajó para una editorial haciendo sinopsis de historietas, comenzando a escribir a los veintidós años.

Highsith vivió algún tiempo entre Nueva York y México, donde también publicó. Comoquiera que sus obras no tuvieron demasiado éxito en Estados Unidos pero sí en Europa, en 1963 se trasladó a Inglaterra, viviendo posteriormente en Francia y Suiza.

De carácter muy introvertido, Highsmith era lesbiana, lo que se hizo notar en novelas como Carol (publicada con seudónimo por su contenido sexual), y adicta al alcohol.

Varias de sus novelas fueron llevadas al cine, destacando Extraños en un tren, llevada en tres ocasiones, una de ellas con gran éxito por Alfred Hitchcock. También produjo una serie para televisión.

Pero sin duda, es su personaje Tom Ripley el más conocido de su producción. Con este antihéroe, psicópata y amante de la buena vida, logró un gran éxito en todo el mundo. Libros protagonizados por Ripley, como El talento de Mr. Ripley, El amigo americano o La máscara de Ripley han logrado llegar al cine, en ocasiones hasta en más de una ocasión.

Autora de relatos cortos y ensayos, fue fundamentalmente conocida por sus novelas de suspense psicológico, y policiacas. A lo largo de su carrera recibió premios como el O. Henry o el Silver Dagger, quedando en varias ocasiones como finalista del Edgar.