Man-man

Foto de Kenrick Baksh en Unsplash

Descargar PDF Descargar ePUB

Todos los que vivían en Miguel Street decían que Man-man estaba loco, y por eso lo dejaban solo. Pero no estoy seguro de que así fuera, y se me ocurre que podría encontrar gente que estaba mucho más loca que él.

Desde luego, no lo parecía: era un hombre de mediana estatura, delgado, y hasta bien parecido. Su mirada no respondía a la que podía esperarse de un loco, y si se le hablaba, se podía estar seguro de obtener una respuesta muy razonable.

Lo que pasa es que tenía unas costumbres bastante curiosas.

Por ejemplo, se presentaba a cualquier elección que hubiera, fuera municipal o legislativa, y entonces se dedicaba a pegar carteles por todo el distrito. Unos carteles muy bien impresos, con sólo la palabra “Vota” y, bajo ella, el retrato de Man-man.

Y en cada elección obtenía exactamente tres votos. Eso no me cabía en la cabeza: por supuesto que Man-man se votaba a sí mismo, pero ¿quiénes eran los otros dos?

Le pregunté a Hat.

–No tengo ni idea, muchacho –me dijo–. Es un auténtico misterio. Pero a lo mejor son unos bromistas. Ahora, qué menudos bromistas si hacen lo mismo tantas veces: tienen que estar locos como él.

Y durante mucho tiempo estos otros dos locos me obsesionaron. Cada vez que veía a alguien haciendo algo raro, me preguntaba: ¿Habrá votado por Man-man? Así que, por lo menos, en nuestra ciudad había dos tipos misteriosos.

Man-man no trabajaba nunca, pero tampoco se le encontraba ocioso. La palabra le tenía hipnotizado, especialmente la palabra escrita, y podía pasarse un día entero escribiendo una sola palabra.

Un día me lo encontré al final de Miguel Street.

–¿Adónde vas, muchacho? –me preguntó.

–A la escuela.

Y Man-man, mirándome solemnemente, me dijo en tono jocoso:

–Con que a la escuela, ¿eh?

–Pues sí, voy a la escuela –contesté automáticamente, y de repente me di cuenta de que, sin proponérmelo, había imitado el acento correcto y muy inglés de Man-man.

Ese era otro de los misterios de Man-man: su acento. Oyéndole hablar con los ojos cerrados se podía pensar que era un caballero inglés (no muy preocupado por la gramática, desde luego) el que hablaba.

–Así que el hombrecito va a la escuela –dijo para sí.

Entonces se olvidó de mí y sacó un trozo largo de tiza de su bolsillo y comenzó a escribir en la acera. Trazó la forma de una E y luego la adornó, y siguió con una S, una C y una U. Pero luego se entretuvo escribiendo otra y otra U, cada una de tamaño menor que la anterior, hasta utilizar minúsculas, una detrás de otra.

Cuando volví a casa a comer había llegado a French Street y todavía seguía escribiendo la letra U, corrigiendo los errores con un trapo.

Por la tarde ya estaba casi otra vez en Miguel Street., después de haber rodeado la manzana. Fui a casa, me cambié el uniforme del colegio por ropa de casa y salí otra vez a la calle.

Para entonces, Man-man ya andaba por la mitad de la calle.

–¿Así que el hombrecito ha ido hoy a la escuela?

–Pues sí.

Se levantó y se estiró; luego volvió a acuclillarse y escribió la E, la L y una gran A, que rellenó y adornó lenta y primorosamente. Cuando la terminó, se levantó y dijo:

–Tú has terminado tu trabajo y yo he terminado el mío.

O también ocurría que le decías que ibas al cricket: entonces escribía CRICK y se concentraba en la E hasta que te veía de nuevo.

Un día Man-man fue a la cafetería grande que había en la parte más alta de Miguel Street y comenzó a ladrar y a gruñir a los parroquianos sentados en los taburetes como si fuera un perro. El propietario, un portugués grandote con las manos peludas, le dijo:

–Man-man, lárgate antes de que tengamos un lío.

Man-man soltó una carcajada y le echaron de allí.

Al día siguiente, el propietario se encontró con que alguien había entrado en el local durante la noche, dejando todas las puertas abiertas, pero no echó nada en falta.

–Hay algo que nunca debe hacerse –comentó Hat–, meterse con Man-man: se acuerda de todo..

A la noche siguiente, el café fue asaltado otra vez, pero ahora aparecieron montoncitos de excrementos en el centro de los taburetes, encima de cada mesa y dispuestos a intervalos regulares a lo largo de toda la barra. El propietario del local fue el hazmerreír de toda la calle durante varias semanas, y sólo después de bastante tiempo volvió la gente a frecuentar la cafetería.

–Ya te lo dije, muchacho, no te metas con ese hombre. Tiene muy mala mente, Dios le ha hecho así –dijo Hat.

Este tipo de cosas hacía que la gente le dejara solo. El único amigo que tenía Man-man era un perrito callejero blanco, con manchas negras en las orejas. Tenía un cierto aire a Man-man y era un perro muy extraño: jamás ladraba, evitaba mirar directamente y nunca hacía amistad con los otros perros: si alguno se mostraba amistoso o agresivo, el perrito de Man-man le dirigía una breve mirada desdeñosa y se marchaba al paso, sin volver la vista. Man-man adoraba a ese perro y éste le quería a él: estaban hechos el uno para el otro y Man-man no podía vivir sin su perro.

Por si fuera poco, Man-man parecía ejercer un gran control sobre los intestinos del animal.

–Eso me deja de una pieza –comentaba Hat–, no le pillo el truco.

Todo el asunto comenzó en Miguel Street. Una mañana, algunas de las mujeres de la calle encontraron que la ropa tendida por la noche estaba manchada con los excrementos de un perro. Por supuesto, después de eso nadie quiso utilizar las sábanas y las camisas y cuando Man-man pidió que se las dieran la gente se mostró deseosa de complacerlo. Man-man sacaba dinero vendiendo esa ropa.

–Eso, eso es lo que hace dudar si ese tipo está realmente loco –decía Hat.

Las actividades de Man-man se extendieron más allá de Miguel Street y todos los que habían sufrido las consecuencias del perro ansiaban que los demás las sufrieran también. Y creo que los de Miguel Street estábamos un poco orgullosos de él.

No sé cuál fue la causa de que Man-man se corrigiera. Quizá fuera la muerte de su perro o algo así. Al perro lo atropelló un coche y, según Hat, dio un chillido cortito y se calló para siempre.

Man-man vagabundeó unos cuantos días aturdido: no volvió a escribir letras por la calle, no me hablaba a mí ni a ningún otro chico, empezó a murmurar para sí y a retorcerse las manos como si tuviera malaria.

Un día dijo que había visto a Dios después de darse un baño. Esto no era sorprendente: ver a Dios era bastante corriente en Puerto España y, desde luego, en Trinidad. Ganesh Pundit, el curandero místico de Fuente Grove, había sido el primero. También él había visto a Dios y había publicado un folletito titulado Lo que Dios me ha dicho. Muchos místicos rivales y no pocos curanderos habían anunciado que lo mismo les había ocurrido a ellos, y ya que Dios andaba por nuestra zona, supongo que era natural que Man-man pudiera verlo.

Empezó a predicar al final de Miguel Street, bajo el toldillo de la tienda de Mary, todos los sábados por la noche. Se había dejado barba y se vestía con una túnica blanca y larga. Se hizo con una Biblia y otros objetos de culto y permanecía de pie, bajo la blanca luz del acetileno, predicando. Lo hacía de forma extraña, pero era un predicador imponente: hacía llorar a las mujeres y conseguía que personas como Hat se sintieran intranquilas.

Sujetaba la Biblia con la mano derecha y la golpeaba con la izquierda, mientras decía con su perfecto acento inglés:

–Estos últimos días he estado charlando con Dios y lo que me ha dicho no era demasiado halagador. Ahora los políticos no saben hablar nada más que de convertir nuestra isla en autosuficiente. ¿Pues sabéis lo que Dios me dijo anoche? ¿Anoche, después de cenar? Pues me dijo: Man-man, échale un vistazo a toda esta gente. Y me mostró al marido devorando a su mujer y a la mujer devorando a su marido. Me mostró al padre devorando al hijo y a la madre devorando a la hija. Me mostró al hermano devorando a la hermana y a la hermana devorando al hermano. Eso es lo que los políticos entienden por autosuficiencia. Pero, hermanos, todavía no es demasiado tarde para volver a Dios.

Yo tenía pesadillas los sábados por la noche, después de oír la prédica de Man-man. Pero lo curioso es que la gente acudía más cuanto más miedo les metía Man-man, y cuando se hacía la colecta daban como nunca.

Durante el resto de la semana se limitaba a merodear envuelto en su túnica blanca, mendigando la comida.. Decía que había hecho lo que Jesús había ordenado: había regalado todas sus cosas. Y con su larga barba negra y sus ojos profundos y brillantes nadie podía negarle nada. A mí ya no me hacía caso y nunca volvió a preguntarme:

–Con que vas a la escuela, ¿eh?

Los habitantes de Miguel Street estaban desconcertados con el cambio. Trataron de convencerse de que Man-man estaba verdaderamente loco, pero como yo, nunca estuvieron seguros de si Man-man estaba en lo cierto.

El siguiente paso fue absolutamente inesperado. Man-man anunció que era un nuevo Mesías.

–¿No sabéis la última? –dijo un día Hat.

–¿Qué?

–Man-man, que dice que le van a crucificar un día de éstos.

–Pero no habrá nadie que se atreva con él –dijo Edward–. Todos le tienen miedo.

–No, hombre, no es eso. Se va a crucificar él solo. Cualquier viernes es éstos va a ir a Blue Basin, se va a atar a una cruz y va a dejar que todos le apedreen.

Alguien, creo que fue Errol, soltó una carcajada, pero al ver que nadie le seguía se calló. Y por encima de nuestro asombro y nuestra preocupación estaba el orgullo de saber que Man-man procedía de Miguel Street, nuestra calle.

Empezaron a aparecer pequeñas notas manuscritas en las tiendas, en los cafés y en las puertas de algunas casas: anunciaban la crucifixión inminente de Man-man.

–La que se va a juntar en Blue Basin –comentó Hat con satisfacción–: he oído que hasta van a mandar a la policía.

El día anunciado, mucho antes de que abrieran las tiendas y de que circularan los trolebuses por la avenida Ariapita, la multitud se agolpaba al final de Miguel Street. Había montones de hombres vestidos de negro y muchas más mujeres vestidas de blanco, todos cantando himnos. Aunque sin cantar, también podían contarse alrededor de veinte policías.

Cuando Man-man apareció, con su pinta de santo delgaducho, las mujeres chillaron y se abalanzaron para tocarle la túnica. La policía se mantenía atenta para controlar la situación. Luego apareció una furgoneta con una gigantesca cruz de madera.

Hat, poco feliz en su traje de sarga, comentó: “Me han dicho que la cruz es de madera aglomerada y no pesa nada. Es muy ligera”.

–¿Es que eso importa? –le replicó abruptamente Edward–. Lo que importa es el espíritu, la esencia del asunto.

–No he dicho nada –contestó Hat.

Algunos hombres echaron mano a la cruz para dársela a Man-man, pero éste les detuvo. Su acento inglés impresionaba en la clara mañana:

–Aquí no, déjenla para Blue Basin.

Hat se llevó una desilusión.

Fuimos andando hasta Blue Basin, las cascadas situadas al norte de Puerto España, y a las dos horas estuvimos allí. Desde la carretera, Man-man se echó la cruz al hombro, subiendo primero por el camino rocoso y bajando luego hasta Blue Basin. Allí unos hombres levantaron la cruz y ataron a ella a Man-man.

–Lapidadme, hermanos –dijo éste.

Unas mujeres sollozantes le arrojaron a los pies puñaditos de arena y de grava.

Man-man dio un gruñido:

–Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen –luego gritó–: ¡Lapidadme, hermanos!

Un guijarro del tamaño de un huevo le acertó en el pecho.

–Lapidadme, ¡lapidadme!, ¡LAPIDADME, hermanos! Yo os perdono.

–Ese tipo es un valiente –comentó Edward.

Todos empezaron a tirarle piedras, apuntándole a la cara y el pecho. Man-man, adolorido, pareció sorprenderse. Dio un berrido.

–Pero ¿qué demonios es esto? ¿Qué demonios os creéis que estáis haciendo? Oídme, bajadme rápido de aquí y me las veré con el hijo de puta que se ha atrevido a tirarme esa piedra.

Desde donde estábamos Hat, Edward y los demás, aquello sonaba como un grito de agonía.

Una piedra de mayor tamaño le acertó, mientras las mujeres seguían con puñaditos de arena y de grava.

Oímos la voz de Man-man, estentórea:

–¡Suficiente! ¡Se acabó esta estupidez! ¡Se acabó, digo! –y se puso a lanzar insultos de forma tan soez, que todo se quedaron paralizados por la sorpresa.

Finalmente, la policía se llevó a Man-man y las autoridades lo pusieron bajo observación. Esta vez para siempre.

FIN

V. S. Naipaul. Escritor británico. Nació en 1932 en Chaguanas (Trinidad y Tobago), dentro de una familia de inmigrantes del norte de la India. Cuando cumplió 18 años viajó becado a Inglaterra. Tras obtener su licenciatura en Arte en la universidad de Oxford, comenzó a escribir, lo que desde entonces ha sido su única ocupación.

Entre sus obras de ficción destacan El sanador místico (1957), Una casa para el señor Biswas (1961), Los simuladores (1967), Un recodo en el río (1979), El enigma de la llegada (1987), Un camino en el mundo (1994), Media vida (2001) y Semillas mágicas (2004).

Ha recibido numerosos premios y distinciones, como el Booker en 1971, el T. S. Eliot de Escritura Creativa en 1986 y el Nobel de Literatura en 2001. Es Caballero del Imperio Británico desde 1990 y doctor honoris causa por las Universidades de Saint Andrew, Columbia, Cambridge, Londres y Oxford. Actualmente vive en Wiltshire, Inglaterra.