Poesía

Tambor

Poesía
Foto por Toa Heftiba en Unsplash

Es el signo del paisaje
que impone bailar sobre el cuero chorreante
y la grasa amotinada de los muertos
que no abandonan.
Rezar a su memoria coronada,
a la palma que guarda al guerrero
y nos revela el mundo
en su talón.
Poner una flor y un machete
sobre la estirpe
para que nos cuiden la sangre
las franjas y la estrella.
Una vela para la lucidez.
Una vela para incendiar.
Una vela para limpiarlo todo
aunque la cera queme
y arda.
Un túmulo de tierra
para no olvidar.
Bailar uniendo las manos
mirando a todas partes
levantando la cabezasobre la multitud chorreante
y la muerte amotinada
de los vivos
que no regresan.
Rezar a su suelo definitivo
a la ceiba que le concede hogar
lejos de la palma.
Poner perfume y maíz
piedra y agua
para que te haga necesario, fecundo y resistente.
Bailar sin demora
por la urgencia de tu sangre,
bailar con brazos y piernas
en épocas distintas
mirando a la ciudad.
Mientras caes o callas
bailar sobre los altares difuntos,
en medio de la marea,
de la multitud de boca dilatable.
Bailar, ser la ofrenda.
Entregarse para que la maleza
no rompa,
para que el miedo no parta.
Bailar alzando las manos
dejando la fruta
pidiendo
luz.

CARNAVAL

Este baile deja una mancha más o menos lívida
en el tronco leñoso de la historia.
Con su apagada unidad de resistencia eléctrica
el hombre depone
su herramienta para desbaratar.
Olvida con trucajes
su dolor central,
su muerte lenta sobre la raíz.
Cada pueblo es la suma de las muertes
de muchos hombres.
Un hombre puede vencer
a otro hombre
pero no trascender
su miedo.
–Competición universal,
deficiencia mental congénita.
Pero en carnaval todo hombre puede
desafiar a dios si tiene una navaja,
doblar su rostro para luego
y ser el traje lúdico de la tristeza.
Un hombre tiene varias opciones
para demostrar su poder y lo hace en su mejor simulacro.
No cae, está bailando
con las ruinas de la ciudad de fondo.
Todo está permitido
en su sesión de máscaras
pero si mira hacia atrás
descubrirá que ya era sal.

AZÚCAR

A Celia, La Mazucamba

No se le puede quitar a alguien lo que es suyo,
menos una porción de tierra o de agua
donde reposan los muertos de excelente madera.
Simón Cruz era fogonero en el barrio de Santos Suárez.
Su hija debió ser maestra
pero la rumba y el son le cosieron la garganta a un tambor.
“Quédate negra”, cantaba en el negativo de una fotografía
y su voz era capaz de unir fragmentos
como un barco de sangre y repique
que guarda proporción con la casa.
“Pa gozá”, decía escarbando un árbol tropical
sin pensar en la punzada filosa de la suerte.
Catalina y Simón se fueron sin despedirse
y la muchacha solo pudo apretar un puñado de tierra
entre los dientes y romper la voz
para volver a unir todas sus partes.
No se le puede quitar a alguien lo que es suyo.
En el cementerio Woodlawn del Bronx
descansa un tambor de agua,
un estruendo negro de sonidos.
Los muertos de excelente madera
no encuentran el reposo
y van en peregrinación
con una lápida de azúcar caliente
enredada en las cuerdas vocales,
“gozando, siempre gozando”
sobre un bolero triste
en el carnaval de la historia.

URBANO

La ciudad aquí retratada
parece un estuario de barcos incompletos,
una manada hurgando en los altares
para encontrar camino.
La pereza de sacudirnos y alzar las manos juntos
es castidad fiera de otro tiempo
donde impone su golpe la tristeza
del amolador de cuchillos
en su soledad esencial.
Los que miran este lado del muro,
escogen los filos cortantes, no queda otra salida.
El tiempo simulado para nacer y morir
tiene reflectores que inciden directamente
en este sueño subterráneo,
en este holograma de la sobrevida.
Yo, desde el fondo, percuto el fiero paisaje,
le exijo un nombre que importe
como herencia de mis hijos.
Salgo a la calle a juntarme con los ciegos
pero no quiero ser bastón de nadie.
Si me duele, hago que les duela.
La única fibra que precisa ser salvada
sirve de alimento al hombre contenido,
en la ceguera de mi puño.

RECORTABLE

—Quiero darte espacio.
En esta casa de juego sobrevivo.
La suerte es un ave que chirría.
Sobre las cabezas clandestinas
defino un punto de emboscada.
—La carta escondida sostiene mi tabique musculoso.
Nadie adquiere derecho de retribución.
A través de los cuerpos no pasa la luz.
Una llanura arenosa impide el arte de labrar.
Yo observo el descuidado barniz.
—Adentro, afuera, todo avanza en el sentido
de esta pasta agria.
Piensa que es un terreno dispuesto para la lucha.
Somos cerco que rodea el atuendo vigoroso,
agua turbia que fluye contra su curso.
—En este paraje no hay descanso posible.
Derribo una iconografía obsoleta.
—Quiero darte espacio.
No escribo para tirar contigo del cabo o del remo.
Solo dejo en mi nombre un instrumento que destila.

APARATOS MENTALES

Desde La Habana,
rodeada por el agua,
leo teoría crítica.
Veo categorías en quien aborda el taxi,
el sujeto cartesiano al borde del desquicio
que no cruza la calle por la esquina
y guarda la vida como un antivalor.
Emmanuel Levinas prefiere dejar pasar el tiempo
en un banco del Parque Central
con su traje de turista lituano.
No ve en nosotros Totalidad o Infinito.
Bajo su mirada todos somos cuatro figuras bíblicas:
la viuda, el extranjero, el pobre, el huérfano.
Un hombre o mujer al azar
da inicio a sus propias leyes morales.
A casa siempre volvemos tarde,
haciendo teoría.

TESTAMENTO

Quisieron parir una nación de héroes.
Una nación de héroes cree
como debilidad mayor.
Pero el mundo no sana
sobre las ruedas de la fe procastinante.
Es preciso fundar un nuevo cuerpo de creencias
sin hombres providenciales.

Yenys Laura Prieto. Sancti Spíritus, 1989. Poeta y periodista.

Es egresada de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Ha sido guionista, presentadora y reportera en varios programas televisivos de perfil cultural. Actualmente es redactora de la revista El Caimán Barbudo. También ha colaborado con varios proyectos periodísticos dentro y fuera de Cuba. Tiene en proceso de publicación los libros de poesía Secuencia de baile popular (Ediciones Unión) con el cual obtuvo el Premio David de Poesía 2018 y La ciencia de la conservación (Letras Cubanas), reconocido con el Premio Pinos Nuevos 2019. Ese mismo año presentó el cuaderno La gran fuga, perteneciente a la serie Narciso de la Colección Sur Editores. Participó en la redacción del volumen de crónicas periodísticas Rosario, una ciudad anfibia, publicado por la Editorial Mansalva. Su obra forma parte de varias antologías poéticas y revistas literarias en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, España y Puerto Rico.