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Literatura cubana contemporánea

Policial

Una llamada telefónica

El cóctel está aceptable.

Se le nota el alcohol. Quizás por eso aquel trigueñito barbudo con aspecto de quien hace un par de días no visita la ducha, tiene los ojos colorados y la mirada despistada. Debe estar aquí hace una hora al menos y haber asaltado cuánta bandeja de cócteles desfila junto a él.

Me parece adecuado, en ocasiones como esta, escuchar a Silvio: a bordo de esta expedición, va un loco, un albañil, un nigromante, un ruiseñor, y un beso espadachín… A mi juicio, nada más parecido a la poesía que las letras de sus canciones.

Echando un vistazo al patio, advierto varios grupitos de tres o cuatro personas… nos falta un día, un niño, un don, para sobrevivir

Detengo la mirada junto a un arbusto donde conversan dos muchachas de aspecto raro, aunque bonitas, y un joven mulato de ademanes finos, cada uno con una carpeta bajo el brazo, aparentan aprendices de periodistas prestos a entrevistar al ganador, para luego publicarlo en alguna página web que pocos conocen y nadie lee.

Cuando recibí la llamada me ilusioné.

Me creí el ganador del concurso.

Tres mil pesos y un libro publicado dentro de un año.

Con tres mil pesos podría garantizar la próxima reservación de Campismo Popular.

De esos tres mil pesos destinaría unos doscientos para comprar algunos libros que me interesan.

Después de esas dos acciones, con lo que sobre de los tres mil pesos, puedo ir un día a Coppelia, al cine, y caminar un poco por el Vedado.

Pero al ver a tantas personas por acá, que seguro también fueron telefoneadas, me percato de que no soy el ganador. Citaron a todos los concursantes para garantizar el quórum y el prestigio de la actividad.

No soy el ganador.

Soy simplemente uno más que se ilusionó al escuchar el timbre del teléfono y una voz, siempre femenina y amable, invitándome a la premiación.

Soy el que menos personas conoce.

A quién no saludan los escritores famosos que llegan.

Solo converso con el vendedor de libros; un antiguo colega de trabajo que decidió cambiar de empleo. Arrastro una silla hasta cerca de él.

Continúo el recorrido óptico por el patio, quizás en busca de algún conocido, o simplemente hurgando en detalles que pueda utilizar en alguna historia.

Caminando de un sitio a otro, sin prisa, abordando a cuánto escritor famoso hace entrada, las dos muchachas más lindas de la actividad. No deben pasar de veinticinco años, seguro son miembros de algún taller literario y buscan la forma —cualquiera que sea— de publicar un libro.

¿Qué diferencia hay entre publicar un libro y no publicarlo?

Ya tengo dos, y sigo siendo el mismo.

El aprendiz que cada vez que revisa una cuartilla, corrige los mismos errores.

El que encuentra los mismos obstáculos para que me reciban un libro en una editorial.

El mismo tipo que cuando ve alguna muchacha tan bonita, siente que algo crece debajo del pantalón.

Las jóvenes son lindas en verdad. Una ríe. La otra habla y habla, con ademanes sexys. La una la escucha y ríe; pero las dos desvían la atención a un escritor —famoso, por supuesto— que acaba de llegar. Mi pantalón quiere explotar. Disimulo. Miro a los árboles. Acomodo el portafolio encima de mí. A lo mejor si un día soy famoso, las muchachas más lindas de las actividades se alboroten a mi entrada y corran a abrazarme, a besarme, a reír, a dejar que les acaricie las manos, el brazo… Me supliquen que les revise un texto, que puedan ir por mi casa cuando yo les diga. Cambio la postura en la silla. Me cuesta disimular la erección.

Aquellos dos que cuchichean a pocos metros de la entrada del baño, los que cubren el cráneo con exóticos gorros, hablan muy bajo, a ratos quedan callados y miran a todos lados, para mí que ocultan algo. El más alto de los dos sujeta la mochila que le cuelga del hombro derecho, cual si guardara en ella un objeto valioso o de dudosa legalidad. El más bajo fuma sin cesar, lanza un cabo de cigarro al suelo y extrae otro de la cajetilla.

desde los tiempos más remotos vuelan los ángeles guardianes

Pasado el sofocón, me pongo de pie y camino por el patio.

Ojalá yo tuviese la pericia necesaria para descubrir qué esconden o a qué le temen, pero no soy Hércules Poirot ni Sherlock Holmes, por eso es que de seguro no soy el ganador del concurso. Ni siquiera Martin Beck o Leo Martín. Tampoco creo que el agraciado sea uno de esos dos, pues más bien tienen aspecto de delincuentes y no de policías. Aunque los mejores escritores policiales no deben ser policías, supongo, pero seguro habita dentro de ellos ese bichito detectivesco que ni siquiera creo me visite, porque en verdad odio ver cualquier tipo de serial o film policíaco que trasmita la TV. En realidad odio ver cualquier cosa que transmita la TV, que no sea deportes o música.

Otro joven, de piel blanca y peinado extravagante, se acerca a los de los gorros exóticos. El recién llegado también tiene una mochila, pero aparenta estar vacía.

Ahora son tres los jóvenes, y todos muestran nerviosismo. Miran a un lado y al otro. El de la mochila vacía abre el zíper. El de la mochila llena lo imita.

Trato de modificar mi rumbo y me acerco a ellos con disimulo. Miro arriba, a la entrada, a las chicas lindas, a la bandeja que pasa por mi lado y me permite reciclar el cóctel.

El de la mochila llena saca varios libros, y con sigilo los recibe el de la mochila vacía, que sin mirarlos, los guarda. Ahora hurga en el bolsillo trasero de su pantalón y extrae la billetera. Cuenta diez billetes de veinte pesos, se los entrega al de la mochila vacía ahora, que era quien la tenía llena hace dos minutos. No pude identificar los ejemplares, por más que me olvidé del disimulo y observé fijo la operación: contrabando de libros. Algún escritor prohibido en Cuba seguramente. ¿Aún se prohíben y/o persiguen escritores en Cuba?

En realidad no sé ni por qué vine, si estoy convencido de que mi libro no es bueno. Siempre seré un aprendiz del género. Devuelvo el vaso vacío y capturo otro lleno. El alcohol comienza a hacer su trabajo. Un joven se aferra a uno con torpeza y me derrama encima parte del líquido.

—Disculpe —me dice.

Le palmeo el hombro y con un gesto trato de decirle que no hay problema, que esas cosas suceden, que disfrute lo que le quedó en el vaso porque la bandeja ya está vacía y no podrá cambiarlo.

—¿Tú eres socio de Felo? —me pregunta el joven.

Su rostro me resulta conocido, pero soy mal fisonomista, tengo mejor memoria para los nombres.

—Sí —digo a secas.

—Yo soy de su taller —Y me dice el nombre, pero su nombre no me dice mucho; no obstante lo saludo, es alguien que he visto una o dos veces. Me parece conocido, pero no soy capaz de adivinar de dónde, si él dice que es del taller de Felo, de ahí será sin dudas.

—Hace rato que no veo a Felo —le digo, para iniciar alguna plática.

pobres los ángeles urgentes que nunca llegan a salvarnos

—Ahora cambiamos de sede —me dice el joven—, estamos en un lugar más cómodo —Pero menos céntrico, reflexiono cuando me informa de la nueva dirección. Yo que siempre le prometo a mi amigo que iré por allá, ahora podré menos.

Llegan otros dos colegas.

Nos saludan.

Correspondo.

Sus rostros también me parecen conocidos, del taller de Felo, claro, aunque los nombres se pierden en mi memoria; a pesar de haber trabajado juntos un libro de cuentos eróticos, el cual tenemos atascado por falta de tiempo para terminar el prólogo, y también porque otros proyectos culminados antes, se han demorado más de lo previsto en las editoriales.

Mientras ellos hablan, mi vista se escurre hasta los dos chicos de gorros exóticos. El que compró los libros ya no está, en su lugar veo a una chica. Parece que se conocen de hace tiempo, uno de ellos le tiene tomadas ambas manos. La joven está de espaldas a mí, no puedo saber si es bonita pero tiene las nalgas inmensas. Sus gestos son femeninos, no creo que tenga mucho que ver con ellos.

Alguien se para en la puerta de la sala y anuncia que vayan acomodándose, que la actividad está por comenzar. Yo ocupo la silla que pude capturar; los muchachos del taller de Felo, también arrastran sus sillas y se acomodan cerca de mí. Nos quedamos fuera, casi junto a una de las puertas, pues el local está abarrotado y nunca me ha gustado ser el centro de nada.

En la mesa principal hay cuatro hombres sentados, con cara de policías, tres de ellos deben ser los jurados del concurso; el otro, quizás el moderador.

Los aprendices de periodistas van a ocupar asientos dentro de la sala, en las primeras filas. Las dos chicas que aparentan menos de veinticinco, echan una última ojeada, no descubren a más ningún escritor famoso entrando al patio, comprueban que apenas hay sitio dentro de la sala y se acomodan justo detrás de nosotros, de pie.

Tengo deseos de orinar.

Dejo el portafolio encima de la silla, le pido a los muchachos del taller de Felo que me cuiden asiento y pertenencias. Voy rumbo al baño.

Para acceder al baño debo tomar un pasillo a uno de los laterales de la sala, pero antes, tengo que pasar muy cerca de los chicos de gorros exóticos y la muchacha de las nalgas más grandes de la actividad.

Me parece escuchar que discuten.

Me parece escuchar que ella le dice a él que no puede ser como le pide, que debe entender.

Él le dice algunas cosas que no puedo descifrar, porque habla más bajo. Los hombres siempre hablan más bajo que las mujeres.

Llego al baño.

Tengo que esperar.

Parece que alguien está descargando al menos tres o cuatro litros, porque se demora. Siento el chorro caer. Aprieto las piernas.

Se abre la puerta.

Un hombre sale.

Entro.

Intento correr el zíper, pero se traba.

Sigo intentando.

Alguien toca a la puerta. Respondo que está ocupado.

Al fin logro bajar el zíper.

Descargo la vejiga poco a poco. Sin prisa. No sé por qué me viene a la mente la joven de las nalgas grandes. Mi pene endurece. Intento alejar su imagen, para que pierda vigor. En vano.

Comienzo a masturbarme.

Escucho voces afuera, parece que hay más de uno en la fila. No tengo más alternativa, imagino mis manos bajándole el pantalón, mi boca besando sus labios, luego sus pezones. Mis manos acariciando los glúteos más alimentados que he visto en los últimos días. Mi pene entrando entre sus nalgas, penetrando primero un agujero y después el otro, regresa al primero y luego al segundo. Mi pene entre mis manos, expulsando una buena cantidad de jugo.

Afuera continúan los murmullos.

Salgo.

Me miran con mala cara.

Regreso a mi asiento. La actividad ha comenzado, pero algunos sabelotodo disertan sobre los cánones de la literatura policial, la historia, el modernismo, los disímiles experimentos sobre el género que practican los posnovísimos, o los no sé qué…

Los dos jóvenes de gorros exóticos y la chica de las nalgas grandes van rumbo al baño. ¿Entrarán los tres juntos?

Pocas veces he visto una actividad literaria con tantos participantes. Es la oportunidad de activar los contactos, de no quedar tan alejado de este mundo, porque si dentro de él es difícil llegar a una editorial y publicar, desde afuera es mucho peor. Hay que ser socio de escritores, de editores, de evaluadores, de directores de editoriales… Claro, pero hay que tener un libro de calidad, si no pues para nada serviría ser amigo del mismísimo Miguel de Cervantes.

Regreso a mi asiento.

Intento concentrarme en la conferencia. Imposible.

Demoran los dos chicos de los gorros exóticos y la chica de las nalgas exuberantes.

¿Habrán entrado juntos?

¿La estarán violando?

Regresa uno de los chicos.

Me pongo de pie, voy rumbo al baño. No hay fila para entrar.

La puerta está cerrada, pero no toco, acerco el oído.

“Cuidado” —es la voz de ella.

“Vírate” —la de él.

“No, eso no” —otra vez ella.

“No hagas ruido.”

“¡Aaaaaah!”

“Relájate.”

Mi pene vuelve a endurecer. Pero aquí afuera ni soñarlo. Mejor regreso a mi lugar, ya deben estar por anunciar los ganadores.

“Déjame ya.”

“Quieta.”

No hay dudas, la está forzando.

“Por favor, déjame.”

Un estruendo. Parece como si él la hubiese golpeado y ella se golpeó contra la pared.

Silencio.

Ojalá hable rápido. Debo saber si está viva.

Aplausos en la sala.

Otro ruido.

“¡Aaaahhh!”

Los jóvenes, con ese aspecto, de seguro andan con armas blancas. La chica de las nalgas grandes debe estar en peligro, si es que aún vive. Debo llamar a la policía. No he visto ningún teléfono cerca. Ojalá yo fuera policía, detective, o alguno de estos escritores lo fuera de verdad, porque aquí sí tenemos un crimen verdadero.

La puerta del baño no se abre.

Persiste el silencio.

Vuelven los aplausos en la sala.

La sangre debe salir de un momento a otro por debajo de la puerta.

Siento leves quejidos, más bien parecen estertores, la chica de las nalgas grandes debe estar agonizando.

Me apresuro a buscar un teléfono.

En la actividad todos están concentrados.

Paso por delante del otro chico de gorro exótico, lo noto inquieto. Me mira. En la acera de enfrente hay una cafetería, junto a ella un teléfono público. El chico del gorro exótico me sigue.

Llego junto al teléfono.

Marco. No sé qué número marcar…

El joven del gorro exótico se detiene en la acera, muy cerca de mí. Mira a todos lados. Mi garganta se reseca. A estas horas la chica de las nalgas grandes debe estar muerta. Aunque no muerta y enterrada, sino muerta y escondida. Miro al patio, parece que terminó el acto y todos conversan afuera, asaltan las bandejas de cócteles y dulces. Siento hambre. No veo a los de gorros exóticos. Voy a la cafetería. Pido un refresco. Frente a mí una muchacha rubia, de finas facciones, una de las chicas más lindas que he visto en los últimos días.

Ella bebe un refresco.

Bebo el mío.

La chica termina primero que yo, deja el vaso en el mostrador y se marcha.

La miro de espaldas. Con calma. La miro fijamente.

¡Ufff!

¡Qué alivio siento!

No hay dudas. Nada malo ocurrió. Es la chica de las nalgas más grandes de toda la actividad y posiblemente de toda la ciudad.

Alguien pide un refresco a mis espaldas.

Me volteo.

Son los dos chicos de los gorros exóticos, con las manos en los bolsillos. Miro con disimulo y en uno de ellos, parece que la mano sostiene un puñal. Su mirada luce distraída.

Siento ganas de correr al baño. Me alejo a toda prisa.

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