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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Diez negritos

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Diez personas reciben sendas cartas firmadas por un desconocido Mr. Owen, que las invita a pasar unos días en la mansión que tienen en uno de los islotes de la costa de Devon. La primera noche, después de la cena, una voz los acusa, de ser culpables de un crimen. Lo que parece ser una broma macabra se convierte en una espantosa realidad cuando, uno por uno, los diez invitados son asesinados en una atmósfera de miedo y mutuas recriminaciones. La clave parece estar en una vieja canción infantil: «Diez negritos se fueron a cenar, uno se ahogó y quedaron nueve. Nueve negritos trasnocharon mucho, uno no despertó, y quedaron ocho…»

Fragmento

Capítulo 1

CONFORTABLEMENTE instalado en la esquina de un departamento de primera clase, el juez Wargrave, jubilado hacía poco, echaba bocanadas de humo de su cigarro, recorriendo además con mirada sagaz las noticias políticas del Times.

De pronto puso el diario sobre el asiento y echó un vistazo por la ventanilla. En este momento el tren pasaba por el condado de Somerset. El juez consultó su reloj: todavía le quedaban dos horas de viaje.

Entonces recordó los artículos publicados en la Prensa sobre el asunto de la isla del Negro. Desde luego se había hablado de un millonario americano, loco por las cosas del mar, que había ocupado esta pequeña isla y había construido en la misma una lujosa residencia moderna. Desgraciadamente, la tercera esposa de este rico yanqui no tenía gustos marinos y por ello la isla, con su espléndida mansión, fueron puestas en venta. Una formidable publicidad se hizo patente en los periódicos, y un buen día se supo que la isla habíala adquirido un tal mister Owen.

Las habladurías más fantásticas no tardaron en circular por la Prensa londinense. La isla del Negro, decíase, había sido adquirida realmente por miss Gabrielle Turl. La famosa «estrella» de Hollywood deseaba descansar algunos meses, lejos de los reporteros indiscretos. «La abeja Laboriosa» insinuaba delicadamente que aquélla era una morada digna de una reina. Merry Weather deslizó que la isla había sido comprada por una pareja deseosa de pasar allí su luna de miel. Hasta se rumoreaba el nombre del joven lord L…, alcanzado por las flechas de Cupido. Jonas afirmaba que la isla del Negro había caído en manos del Almirantazgo británico que quería dedicarla a muy secretas experiencias.

En breve, la isla del Negro fue, en aquella temporada, un maná para los periodistas faltos de información.

El juez sacó de su bolsillo una carta cuya escritura era, por así decirlo, ilegible; pero, aun desperdigadas las palabras, se destacaban unas más que otras con cierta claridad.

Mi querido Lawrence… después de tantos años de haberme dejado sin noticias… Venid a la isla del Negro… un sitio verdaderamente encantador… tantas cosas tenemos para contarnos… del tiempo pasado… en comunión con la naturaleza… tostarse al sol… a las 12.40 salida de Paddington… a

Y la carta terminaba así:

Siempre vuestra,

CONSTANCE CULMINGTON

adornando su firma con una gran rúbrica.

El juez Wargrave intentó recordar la fecha exacta de su último encuentro con lady Constance Culmington; debía de remontarse a siete u ocho años atrás. La joven se volvió a Italia para tostarse al sol, comulgar con la naturaleza y los contadini. Más tarde se dijo que había proseguido su viaje hasta Siria, donde quizá se prometió tostarse bajo un sol más ardiente todavía y «comunicarse» con la naturaleza y los beduinos.

Constance Culmington, pensaba el magistrado, era una mujer capaz de comprarse una isla y rodearse de misterio. Aprobando con una inclinación de cabeza la lógica de su argumentación, el juez Wargrave se dejó mecer por el movimiento del tren.

Y se adormeció.

* * *

Vera Claythorne, sentada en un vagón de tercera clase en compañía de otros viajeros, cerraba los ojos, recostada hacia atrás su cabeza. ¡Qué calor más sofocante hacía dentro de aquel tren…!, ¡qué bien se estaría a orillas del mar! Esta situación constituía para la joven una verdadera suerte. Conmuévete; cuando solicitáis un empleo para los meses de vacaciones, se os encarga la vigilancia de una chiquillería… las plazas de secretaria, en esta época, se presentan muy de tarde en tarde. La oficina de colocaciones no le dio sino una ligera esperanza. Al fin la esperada carta había llegado:

La agencia para colocaciones profesionales me propone su nombre y me la recomienda calurosamente. Creo entender que la directora la conoce personalmente. Estoy dispuesta a concederle los honorarios propuestos por usted y cuento con que podrá entrar en funciones el día 8 de agosto. Tome el tren de las 12 y 40 en Paddington y se la irá a recibir a la estación de Oakbridge. Adjunto un billete de cinco libras para sus gastos de viaje.

Sinceramente suya

UNA NANCY OWEN

En la cabecera de esta carta consignábase la dirección:

Isla del Negro, Sticklehaven (Devon).

¡La isla del Negro! ¡Y tanto como se habían ocupado de ella los periódicos! Toda suerte de insinuaciones y de rumores extraños circulaban motivados por este pedazo de tierra rodeada de agua. Sin duda no habría nada de verdad en ellos. De todas maneras, la casa, construida bajo los cuidados de un millonario americano sería, al parecer, el «último grito» del lujo y del «confort». Miss Vera Claythorne, fatigada por su último trimestre de clases pensaba:

«La situación del profesor de cultura física en una escuela de tercer orden no es muy brillante… Si por lo menos pudiese hallar un empleo en un establecimiento mejor…».

Luego, con el corazón oprimido, pensó:

«Yo debo aún considerarme dichosa… La gente, por lo regular, no quiere tener en sus casas a una persona que ha sido procesada…, aunque luego quedase absuelta».

Hasta el fiscal la había cumplimentado por su presencia de ánimo y su serenidad. En suma, el juicio le fue favorable del todo. La señora Hamilton habíale testimoniado su gran bondad; solamente Hugo… Pero ella no quería pensar en Hugo.

De súbito, a pesar del calor sofocante del departamento, se estremeció y deseó encontrarse a orillas del mar. Un cuadro se dibujaba con toda claridad en su espíritu. Veía la cabeza de Cyril subir y bajar de la superficie del agua y dirigirse hacia las rocas. La cabeza subía y bajaba…, aparecía y sumergíase… y ella misma, Vera, nadadora experta, se reprochaba por ello, al hendir fácilmente las olas, aunque persuadida de que llegaría… demasiado tarde…

El mar…, sus aguas profundas, calientes y azuladas…, las mañanas pasadas tendidos sobre la arena… Hugo…, Hugo… que le había vendido su amor. Era preciso no pensar más en Hugo…

Abriendo los ojos, miró desabridamente al viajero sentado frente a ella, un hombrón de cara bronceada, ojos claros y boca arrogante, casi cruel.

«Yo apostaría a que este hombre ha recorrido el mundo y visto cosas sumamente interesantes».

* * *

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