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Doña Bárbara

Género: DramaNovelasLibros

Resumen del libro:

Doña Bárbara es una novela escrita por el venezolano Rómulo Gallegos y publicada en 1929. Se le ha considerado como el novelista venezolano más relevante del siglo XX y uno de los más grandes literatos latinoamericanos de todos los tiempos. Esta novela supuso a Rómulo Gallegos la gloria literaria y la definitiva proyección política, constituye uno de los mejores exponentes del «mundinovismo». Los escritores que, entre 1920 y 1940, se sitúan en esta línea, abandonan en la narrativa los temas universales del modernismo y aspiran a crear una literatura de fuerte sabor americano. Doña Bárbara desarrolla un tema paradigmático en la literatura hispanoamericana: el conflicto entre civilización y barbarie. Para el autor, dicha barbarie puede ser superada mediante la educación y el control del instinto. Al lado del colombiano Rivera, Gallegos explora esa intensa y compleja relación del ser humano con el paisaje, mostrando de qué manera los seres pueden llegar a la degradación, por la ambición, la avaricia y el ansia del poder. El escenario de este drama es el llano venezolano, que el autor pinta con una plasticidad magistral, tanto en sus descripciones como en la construcción de personajes. Esta novela refleja la cultura venezolana del vigésimo siglo temprano, de sus opiniones hacia americanos, y de la vida típica en los llanos venezolanos. El lenguaje utilizado en este libro mantiene verdad a los términos familiares usados en la región del país en donde la historia ocurre. Ha sido reeditada más de cuarenta veces y traducida a otros idiomas, convirtiéndose en uno de los clásicos de la literatura hispanoamericana.

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Película sobre el libro:

Película: Doña Bárbara

Título: Doña Bárbara

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Fragmento:

I. ¿Con quién vamos?

Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha.

Dos bogas lo hacen avanzar mediante una lenta y penosa maniobra de galeotes. Insensibles al tórrido sol, los broncíneos cuerpos sudorosos, apenas cubiertos por unos mugrientos pantalones remangados a los muslos, alternativamente afincan en el limo del cauce largas palancas, cuyos cabos superiores sujetan contra los duros cojinetes de los robustos pectorales, y encorvados por el esfuerzo, le dan impulso a la embarcación, pasándosela bajo los pies de proa a popa, con pausados pasos laboriosos, como si marcharan por ella. Y mientras uno viene en silencio, jadeante sobre su pértiga, el otro vuelve al punto de partida reanudando la charla intermitente con que entretienen la recia faena, o entonando, tras un ruidoso respiro de alivio, alguna intencionada copla que aluda a los trabajos que pasa un bonguero, leguas y leguas de duras remontadas, a fuerza de palancas o coleándose, a tres, de las ramas de la vegetación ribereña.

En la paneta gobierna el patrón, viejo baquiano de los ríos y caños de la llanura apureña, con la diestra en la horqueta de la espadilla, atento al riesgo de las chorreras que se forman por entre los carameros que obstruyen el cauce, vigilante al aguaje que denunciare la presencia de algún caimán en acecho.

A bordo van dos pasajeros. Bajo la toldilla, un joven a quien la contextura vigorosa, sin ser atlética, y las facciones enérgicas y expresivas prestante gallardía casi altanera. Su aspecto y su indumentaria denuncian al hombre de la ciudad, cuidadoso del buen parecer. Como si en su espíritu combatieran dos sentimientos contrarios acerca de las cosas que lo rodean, a ratos la reposada altivez de su rostro se anima con una expresión de entusiasmo y le brilla la mirada vivaz en la contemplación del paisaje; pero, en seguida, frunce el entrecejo, y la boca se le contrae en un gesto de desaliento.

Su compañero de viaje es uno de esos hombres inquietantes, de facciones asiáticas, que hacen pensar en alguna semilla tártara caída en América quién sabe cuándo ni cómo. Un tipo de razas inferiores, crueles y sombrías, completamente diferente del de los pobladores de la llanura. Va tendido fuera de la toldilla, sobre su cobija, y finge dormir; pero ni el patrón ni los palanqueros lo pierden de vista.

Un sol cegante de mediodía llanero centellea en las aguas amarillas del Arauca y sobre los árboles que pueblan sus márgenes. Por entre las ventanas, que, a espacios, rompen la continuidad de la vegetación, divísanse, a la derecha, las calcetas del cajón del Apure —pequeñas sabanas rodeadas de chaparrales y palmares—, y a la izquierda, los bancos del vasto cajón del Arauca —praderas tendidas hasta el horizonte—, sobre la verdura de cuyos pastos apenas negrea una que otra mancha errante de ganado. En el profundo silencio resuenan, monótonos, exasperantes ya, los pasos de los palanqueros por la cubierta del bongo. A ratos, el patrón emboca un caracol y le arranca un sonido ronco y quejumbroso que va a morir en el fondo de las mudas soledades circundantes, y entonces se alza dentro del monte ribereño la desapacible algarabía de las chenchenas, o se escucha tras los recodos el rumor de las precipitadas zambullidas de los caimanes que dormitan al sol de las desiertas playas, dueños terribles del ancho, mudo y solitario río.

Se acentúa el bochorno del mediodía; perturba los sentidos el olor a fango que exhalan las aguas calientes, cortadas por el bongo. Ya los palanqueros no cantan ni entonan coplas. Gravita sobre el espíritu la abrumadora impresión del desierto.

—Ya estamos llegando al palodeagua —dice por fin el patrón, dirigiéndose al pasajero de la toldilla y señalando un árbol gigante—. Bajo ese palo puede usted almorzar cómodo y echar una buena siestecita.

El pasajero inquietante entreabre los párpados oblicuos y murmura:

—De aquí al paso del Bramador es nada lo que falta, y allí sí que hay un sesteador sabroso.

—Al señor, que es quien manda en el bongo, no le interesa el sesteadero del Bramador —responde ásperamente el patrón, aludiendo al pasajero de la toldilla.

El hombre lo mira de soslayo y luego concluye, con una voz que parecía adherirse al sentido, blanda y pegajosa como el lodo de los tremedales de la llanura:

—Pues entonces no he dicho nada, patrón.

Santos Luzardo vuelve rápidamente la cabeza. Olvidado ya de que tal hombre iba en el bongo, ha reconocido ahora, de pronto, aquella voz singular.

Fue en San Fernando donde por primera vez la oyó, al atravesar el corredor de una pulpería. Conversaban allí de cosas de su oficio algunos peones ganaderos y el que en ese momento llevaba la palabra, se interrumpió de pronto, y dijo:

«—Ése es el hombre.»

La segunda vez fue en una de las posadas del camino. El calor sofocante de la noche lo había obligado a salirse al patio. En uno de los corredores, dos hombres se mecían en sus hamacas, y uno de ellos concluía de esta manera el relato que le hiciera al otro:

—Yo lo que hice fue arrimarle la lanza. Lo demás lo hizo el difunto: él mismo se la fue clavandito como si le gustara el frío del jierro.

Finalmente, la noche anterior. Por habérsele atarrillado el caballo, llegando ya a la casa del paso por donde esguazaría el Arauca, se vio obligado a pernoctar en ella, para continuar el viaje al día siguiente en un bongo que a la sazón tomaba allí una carga de cueros para San Fernando. Contratada la embarcación y concertada la partida para el amanecer, ya al coger el sueño oyó que alguien decía por allá:

—Váyase alante, compañero, que yo voy a ver si quepo en el bongo.

Fueron tres imágenes claras, precisas, en un relámpago de memoria, y Santos Luzardo sacó esta conclusión que había de dar origen al cambio de los propósitos que lo llevaban al Arauca:

—Este hombre viene siguiéndome desde San Fernando. Lo de la fiebre no fue sino un ardid. ¿Cómo no se me ocurrió esta mañana?

En efecto, al amanecer de aquel día, cuando ya el bongo se disponía a abandonar la orilla, había aparecido aquel individuo, tiritando bajo la cobija con que se abrigaba y proponiéndole al patrón:

—Amigo, ¿quiere hacerme el favor de alquilarme un puestecito? Necesito dir hasta el paso del Bramador, y la calentura no me permite sostenerme a caballo. Yo le pago bien, ¿sabe?

—Lo siento, amigo —respondió el patrón, llanero malicioso, después de echarle una rápida mirada escrutadora—. Aquí no hay puesto que yo pueda alquilarle, porque el bongo navega por la cuenta del señor, que quiere ir solo.

Pero Santos Luzardo, sin más prenda y sin advertir la significativa guiñada del bonguero, le permitió embarcarse.

Ahora lo observa de soslayo y se pregunta mentalmente:

«¿Qué se propondrá este individuo? Para tenderme una celada, si es que a eso lo han mandado, ya se le han presentado oportunidades. Porque juraría que éste pertenece a la pandilla de El Miedo. Ya vamos a saberlo.»

Y poniendo por obra la repentina ocurrencia, en alta voz, al bonguero:

—Dígame, patrón: ¿conoce usted a esa famosa doña Bárbara de quien tantas cosas se cuentan en Apure?

Los palanqueros cruzáronse una mirada recelosa, y el patrón respondió evasivamente, al cabo de un rato, con la frase con que contesta el llanero taimado las preguntas indiscretas:

—Voy a decirle, joven: yo vivo lejos.

Luzardo sonrió comprensivo; pero, insistiendo en el propósito de sondear al compañero inquietante, agregó sin perderlo de vista:

—Dicen que es una mujer terrible, capitana de una pandilla de bandoleros, encargados de asesinar a mansalva a cuantos intenten oponerse a sus designios.

Un brusco movimiento de la diestra que manejaba el timón hizo saltar el bongo, a tiempo que uno de los palanqueros, indicando algo que parecía un hacinamiento de troncos de árboles encallados en la arena de la ribera derecha, exclamaba, dirigiéndose a Luzardo:

—¡Aguaite! Usted que quería tirar caimanes. Mire cómo están en aquella punta de playa.

Otra vez apareció en el rostro de Luzardo la sonrisa de inteligencia de la situación, y, poniéndose de pie, se echó a la cara un rifle que llevaba consigo. Pero la bala no dio en el blanco, y los enormes saurios se precipitaron al agua, levantando un hervor de espumas.

Viéndolos zambullirse ilesos, el pasajero sospechoso, que había permanecido hermético mientras Luzardo tratara de sondearlo, murmuró, con una leve sonrisa entre la pelambre del rostro:

—Eran algunos los bichos, y todos se jueron vivitos y coleando.

Pero sólo el patrón pudo entender lo que decía, y lo miró de pies a cabeza, como si quisiera medirle encima del cuerpo la siniestra intención de aquel comentario. Él se hizo el desentendido, y después de haberse incorporado y desperezado con unos movimientos largos y lentos, dijo:

—Bueno. Ya estamos llegando al palodeagua. Y ya sudé mi calentura. Lástima que se me haya quitado. ¡Sabrosita que estaba!

En cambio, Luzardo se había sumido en un mutismo sombrío, y entretanto, el bongo atracaba en el sitio elegido por el patrón para el descanso del mediodía.

Saltaron a tierra. Los palanqueros clavaron en la arena una estaca, a la cual amarraron el bongo. El desconocido se internó por entre la espesura del monte, y Luzardo, viéndole alejarse, preguntó al patrón:

—¿Conoce usted a ese hombre?

—Conocerlo, propiamente, no, porque es la primera vez que me lo topo; pero, por las señas que les he escuchado a los llaneros de por estos lados, malicio que debe ser uno a quien mentan el Brujeador.

A lo que intervino uno de los palanqueros:

—Y no se equivoca usted, patrón. Ése es el hombre.

—¿Y ese Brujeador, qué especie de persona es? —volvió a interrogar Luzardo.

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